Relato 8 #2
La verdad es que mi amiga tiene razón, y yo siento mucha curiosidad por saber qué contesta. Este chico despierta algo en mí y no tiene nada que ver con lo que me hizo sentir Andrés.
Aprovecho mientras espero a que responda para fijarme más en él.
Tiene el pelo rubio más corto por los lados que por arriba, unos ojos expresivos de un color castaño claro rodeado de unas pestañas rubias que le aportan un toque dorado.
No es un chiquillo, debe superar ya los treinta años, y tiene unos labios ni finos ni gordos, de un color rosado que invitan a ser besados.
¿A qué sabrán? ¿Se sentirán dulces al rozarlos con los míos o… ?
—Porque no tiene nada que perder. —La voz grave de Juan me devuelve a la realidad. Casi mejor así, porque mis pensamientos se tornaban muy calientes. Le responde a mi amiga, pero no aparta sus ojos de los míos.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —le insiste. Creo que la mirada de Juan me ha quitado la capacidad de habla.
—Si lo que te asusta es que le vaya a hacer daño, no es lo que pretendo.
Tampoco me van los líos de una noche, aunque, si me lo proponen, es probable que no me niegue.
No me gustan las mentiras ni que jueguen conmigo, por eso yo tampoco lo hago.
Soy un tío familiar y sociable, aunque hoy me apetecía estar un rato a solas con mis pensamientos.
Si quieres puedo llamar a un amigo para que te verifique mis palabras.
—Tu amigo está claro que no va a hablar mal de ti. —Mi amiga sigue en sus trece.
—Pues tú te lo pierdes. ¿Quieres ver alguna conversación? Te desbloqueo el móvil y dejo que cotillees.
—Creo que eso sería pasarse —intervengo por primera vez desde hace un rato.
—Si tu amiga se queda a gusto, no tengo problema.
—No, eso es invadir tu intimidad —interviene ella.
—¿Y qué es lo que necesitas para que te convenza? —Ahora es la primera vez que aparta la mirada de la mía y la dirige a nuestra compañera de mesa, como para hacerle ver que va en serio.
—¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Por qué yo? —le pregunto antes de que conteste.
—¿Por qué tu? Punto número uno —dice a la vez que eleva un dedo de la mano derecha—: porque buscas una relación seria.
Como yo. Punto número dos —Eleva un segundo dedo—: porque eres guapa, aunque seguramente eso ya lo sabes.
Punto número tres —Un dedo más—: lo poco que me has dejado ver de tu personalidad me gusta y me atrae.
Punto número cuatro: me gustan los retos y tengo la sensación de que contigo no me voy a aburrir.
Y punto número cinco —Ya no le queda ningún dedo por subir—: tú también me deseas. Lo he visto en tu mirada.
—Con cinco motivos no tengo suficiente, necesito al menos diez.
Mi amiga me mira como si me hubieran salido tres cabezas igual que el perro de Harry Potter, y puede que tenga razón.
Sin embargo, el punto cinco que ha enumerado Juan parece potente porque es el único de los que ha nombrado por el que me planteo darle una oportunidad.
Sé que no lo conozco, y por eso le he pedido que enumere hasta diez.
—Como quieras, ahí voy. Punto número seis —Esta vez empieza a elevar los dedos de la otra mano—: soy un tío seguro de sí mismo y me gusta tener la razón, aunque también sé reconocer cuando no la tengo.
Punto número siete —Levanta otro dedo—: soy leal, y si he cambiado de opinión lo digo.
Punto número ocho: me gustan las tareas domésticas, sobre todo cocinar.
—Miro a mi amiga y veo que me dedica una mirada de que se está echando un farol para conquistarme—.
Punto número nueve —Levanta el penúltimo dedo de la mano izquierda—: me gusta el orden, aunque no estoy obsesionado con él.
Y punto número diez —dice a la vez que levanta el último dedo de la mano—: soy muy bueno en la cama.
—Abro la boca para protestar, pero se adelanta—.
No lo he inventado, me lo han dicho muchas veces. ¿Te parece suficiente?
—¿Cómo sé que no me mientes? —Lo miro a los ojos a ver si consigo descifrar algo en ellos.
—Tendrás que fiarte de mi palabra. Si no lo intentas, nunca lo sabrás —afirma sin apartar su mirada de la mía.
No sé qué pensar. Una parte de mí me dice que es una locura, que no le haga caso y que salga corriendo. Otra, que no pierdo nada por intentarlo, que menos sabía del chico que conocí por la aplicación. ¿A cuál debería hacerle caso?
Una patada por parte de mi amiga me saca de mi ensoñación.
Le dirijo la mirada y pone los ojos en blanco.
Lo que me quiere decir con ese gesto es que no le haga caso.
Sin embargo, algo dentro de mí me dice que debería darle una oportunidad.
Le devuelvo la patada y le señalo con la cabeza el baño, quiero hablar a solas con Juan.
—Os dejo con vuestras locuras. Voy un momento al baño. —Se levanta, pero antes de abandonar la mesa se dirige a él—. Espero que, al volver, mi amiga siga de una pieza o atente a las consecuencias.
—Sí, señora —dice a la vez que hace el saludo militar.
Sigo con la mirada a mi amiga hasta que desaparece por la puerta del baño. Al dejar de prestar atención a Juan, escucho que por la radio suena Puedes contar conmigo, de La oreja de Van Gogh.
—Por fin a solas —suspiro. Antes de que pueda añadir nada más, él se levanta de la silla—. Pero, ¿a dónde…?
No logro terminar la frase, porque se ha sentado en la silla que se encuentra a mi lado. Alarga las manos por encima de la mesa y las entrelaza con las mías. Una descarga eléctrica me recorre la columna.
—Ahora ya podemos continuar. ¿Por dónde íbamos?
—Me intentabas convencer de que te diera una oportunidad —le sigo el juego.
—Ah, pero… ¿todavía no te he convencido? —pregunta con una sonrisa en la cara. Niego con la cabeza y me contagia su sonrisa. Suspira y vuelve a hablar—. Está bien. Si coincidimos en la mayoría de las siguientes preguntas es que estamos hechos el uno para el otro.
—Eso me parece un poco exagerado —protesto.
—Vale. Pero si coincidimos en casi todas, me darás una oportunidad y saldremos de esta cafetería como novios. ¿Aceptas el trato?
No sé qué preguntas va a hacer, pero me parece una buena idea.
—Acepto. —Tras mi respuesta, se acerca a mí y me da un pico en los labios—. ¿Qué haces?
—Sellar el trato. Nuestras manos están unidas y no podemos cerrarlo con ellas. Primera pregunta: ¿prefieres vivir en la ciudad o en campo?
—Ciudad —comento sin dudar.
—Bien, yo también. Primera coincidencia. Vamos a por la siguiente: ¿quieres tener hijos?
—Sí, mínimo uno o dos. —Esta respuesta tampoco la he dudado, supongo que la conversación con Andrés me abrió los ojos—. ¿Y tú?
—Yo mínimo tres. Otra coincidencia. ¿Educación religiosa o no? Voy a ser bueno y voy a contestar primero, prefiero católica.
—Yo igual —contesto aumentando mi sonrisa al ver que pensamos igual.
—Tres de tres. La cuarta: ¿en qué colegio inscribirías tus hijos? ¿Público, concertado o privado?
—Si me lo puedo permitir, concertado, sino público. —Yo he estudiado en un concertado, pero conozco a gente que estudió en el público y está igual de preparada.
—Estoy de acuerdo. Llegados a este punto, aunque la siguiente no estemos de acuerdo, sabes lo que va a pasar, ¿no? —Asiento con la cabeza y en su cara asoma una sonrisa ante lo que se va a venir—. Última pregunta: en cuanto al sexo, ¿prefieres arriba o abajo?
—¿Esta es importante? —Juan asiente con la cabeza y me obligo a contestar—. Arriba.
—Yo también, pero supongo que te puedo ceder el puesto alguna vez.
—¡Oye! —protesto y separo nuestras manos como castigo.
—¿No te habrás enfadado? —pregunta con el ceño fruncido.
En lugar de contestarle, me levanto de la silla y me siento en su regazo.
Le agarro la cara entre las manos y acerco mi boca a la suya.
Sus ojos se desplazan de los míos a mis labios, hasta que por fin nuestras bocas se unen.
El beso es lento, probándonos por primera vez, pero ambos sabemos que no será el último.
Poco a poco aumentamos la intensidad hasta que un carraspeo nos devuelve a la realidad.
Separamos nuestras bocas, pero unimos nuestras frentes. Le miro a esos preciosos ojos que tiene y que ahora brillan de una forma especial.
—No veo que hayas puesto problemas a que esté yo arriba —me meto con él.
—Te vas a enterar en cuanto nos quedemos a solas —me responde.
—Ya veo que soy un estorbo —dice mi amiga a nuestro lado—. Pero no me voy a ir hasta conseguir el teléfono de este chico y la dirección.
Juan le da lo que le pide y, después, le dice que ya se puede marchar.
—¿Vamos a tu casa? —le pregunto—. Yo vivo con mi amiga y no creo que le agrade que vayamos hasta allí.
—Si vamos a mi casa no sé si saldremos algún día de allí.
—Hecho.
Para reafirmar mis palabras, me levanto y le tiro de la mano para salir del local hacia nuestra nueva vida.