Amores de barra Relato 8
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Relato 8

FUZE TEA

— E sta vez todo va a salir bien.

En mi mente repito esa frase como un mantra a ver si así me da suerte.

He quedado con un chico que conocí en una aplicación de citas, y espero que el resultado no sea decepcionante como las anteriores veces.

Empiezo a estar cansada de buscar y no encontrar nada.

Todos a mi alrededor me decían que me abriese una cuenta en Tinder, y les acabé haciendo caso.

Pero lo único que encuentro es gente desesperada por tener sexo.

Me empiezo a cansar. La de hoy es la última oportunidad que le doy a la app .

Escogí un bar céntrico para vernos por primera vez, y mi amiga se encuentra a unas cuantas mesas de distancia. Me siento más segura con ella aquí.

Para que no nos viera llegar juntas, hemos venido media hora antes.

Aunque sea de mala educación, en cuanto la camarera se para en mi mesa, le pido un Fuze Tea.

Llevo un rato sentada, miro el reloj y veo que faltan tan solo cinco minutos para la hora acordada.

¿Será de los que llegan puntuales? ¿O de los que siempre llegan tarde? No tardaré en averiguarlo.

Los minutos pasan y, por mucho que observe a mi alrededor, no veo a nadie con la descripción que me ha dado. ¿Me habrá mentido?

Saco el móvil y le envío un mensaje a mi amiga para preguntarle si ella lo ha localizado. Niega con la cabeza y yo suspiro. Miro la hora de nuevo, pasan cinco minutos. Echo otro vistazo a las mesas, pero no veo a nadie con una camiseta naranja.

—Hola, ¿eres Camila?

Una voz me sorprende mientras mataba el tiempo en Instagram. Levanto la vista de la pantalla y me lo encuentro.

—Hola, si. Tú eres Andrés, ¿no?

Me levanto para saludarlo y nos damos los dos besos de rigor en la mejilla.

—Sí, soy yo. —Se sienta sin que yo le diga nada.

Es un chico alto, con el pelo castaño un poco largo y despeinado. La camiseta le queda un poco justa, como si hubiera engordado, pero no le apeteciese renovar el vestuario.

Me siento yo también donde estaba segundos antes y guardo el móvil. Si necesito salir corriendo, solo tengo que hacerle una señal a mi amiga.

—Espero que no te importe que haya pedido. Como te retrasabas, no quería estar sentada sin pedir nada.

—Claro, ¿se pide en mesa o en la barra? —me pregunta.

—En mesa. Mira, ahí viene el camarero.

Mi tono es amable, aunque está empezando a no caerme bien. En la aplicación era más majo. Ni siquiera se ha disculpado por llegar casi quince minutos tarde.

Empieza a hablar de nuevo y me cuenta que le encanta jugar a videojuegos y que puede pasarse horas sin despegarse de la pantalla.

Al pasar mucho tiempo en casa jugando, se instaló la aplicación para poder conocer a gente.

Y en este punto de la ecuación entro yo, que le gustó mi perfil y por eso empezó a hablarme.

Llevamos conociéndonos cerca de un mes y pensó que sería un buen momento para vernos en persona, ya que vivimos en la misma ciudad.

La verdad es que empiezo a aburrirme, más que un diálogo parece un monólogo.

Cojo el móvil para mirar la hora y veo que lleva casi veinte minutos hablando solo.

—¿Te aburro? —pregunta cuando vuelvo a dejar el teléfono en la mesa.

—No, solo quiero saber qué hora es.

—Vale, cuéntame algo de ti que no sepa.

—Soy una persona muy social, me gusta estar con gente, pero me cuesta conectar con las personas al principio.

—¿Te gusta más estar en casa o salir? —me interrumpe.

—Soy más de salir, quedar con los amigos, la familia… Aunque, de vez en cuando, no está mal quedarse en casa relajada y poner una película o invitar a amigos y jugar a algo.

—¿Te gustaría tener hijos? —Su pregunta me coge por sorpresa. Una porque, aunque hemos hablado a través de la aplicación, me parece que es una pregunta muy personal para hacer la primera vez que nos vemos. Y, dos, porque es algo que nunca me había planteado, así que no estoy segura.

—Ahora mismo no, pero supongo que en el futuro sí. Tener al menos uno o dos hijos —respondo tras pensarlo unos segundos—. Lo normal, supongo.

—Yo lo tengo claro. No quiero hijos.

—¿Y eso por qué? —Me entra la curiosidad tras su afirmación tan segura.

—Dan mucho trabajo y hay que gastar mucho en ellos.

Pero este chico, ¿de dónde salió? Quiero pensar que es por la diferencia de edad que tenemos. Yo ya paso de los treinta mientras que él debe estar al principio de la década de los veinte. Las prioridades cambian con el tiempo y a lo mejor en el futuro le apetece tenerlos.

—Sí, pero también dan cariño y es una experiencia muy bonita.

—¿Tienes hijos?

—No —afirmo a la vez que niego con la cabeza—, pero me parece que es así. Veo que en esto no estamos de acuerdo, vamos a cambiar de tema. ¿A qué te dedicas?

—No trabajo. Mis padres son ricos, no necesito el dinero.

Ahora entiendo su arrogancia y su forma de pensar. Es como si todo le diese igual y lo único que importa es lo que él quiere y le gusta.

—¿No te gustaría ser independiente?

—Vivo en una mansión con servicio, chófer y tengo todo el dinero que quiero. No necesito nada más. Bueno, sí. Que me digas si prefieres en tu casa o en la mía.

—¿Cómo dices? —Me parece que no le entendí bien. ¿Quiere que nos acostemos?

—Si prefieres que nos liemos en tu casa o en la mía. También podemos irnos a un hotel. En los baños no me gusta hacerlo, hay poco espacio.

Al parecer le había entendido perfectamente.

—No quiero acostarme contigo. Ya lo dije cuando nos conocimos, busco una relación seria, no un polvo de un día.

—Eso decís todas y luego lo único que queréis es sexo.

—Ya, pues yo no soy todas —le aseguro cortante.

—¿No quieres que nos liemos?

—No. —Acompaño mi afirmación con una negativa de la cabeza, a ver si así le queda más claro.

—Entonces me voy. No me interesas.

Se levanta de la silla y se marcha. Ni siquiera se molesta en despedirse ni en pagar su consumición. Veo cómo desaparece por la puerta sin acabar de creérmelo.

—¿Qué ha pasado? —pregunta mi amiga que ocupa el asiento contiguo al mío.

Le cuento un poco por encima la conversación, todo lo que nos separaba y, por último, la gota que colma el vaso: que solo quería acostarse conmigo.

—Menos mal que se ha largado.

—Sí, creo que esto de buscar pareja en la aplicación no es lo mío.

—Es cuestión de seguir y… —Una voz que no conocemos interrumpe a mi amiga.

—Encontrar parejas en una app de citas es misión imposible. Muy poca gente lo consigue.

—¿Y tú eres…? —le pregunto al chico que nos acaba de hablar y que, al parecer, escuchaba nuestra conversación desde la mesa de al lado.

—Soy Juan. Lo siento, pero no he podido evitar escucharos.

—Y, al parecer, eres todo un erudito en el tema —digo con ironía.

—La verdad es que sí. Todos mis amigos se instalaron una aplicación y quedaban con alguien.

Me insistieron en que abriera un perfil y probara.

Estuve dos años hasta que me cansé y lo cerré.

Me pasaba como a ti, buscaba una relación, no una sesión de sexo, a diferencia de mis amigos.

Ellos coinciden conmigo en que lo único para lo que vale la app es para ello.

—Por muy experto que seas, eso no te da derecho a meterte en nuestra conversación.

—Ya me he disculpado por ello. Ahora no puedo retroceder las manecillas del reloj. No dispongo de un giratiempo.

—¿Eres fan de Harry Potter? —interviene por primera vez mi amiga.

—Incondicional. —Se lleva una mano al pecho.

—¡Qué guay! ¡Nosotras también! ¿Cuál es tu casa favorita? —Parece que ahora que se lanzó a hablar no puede callarse.

—Slytherin siempre.

—Nosotras somos de Gryffindor. —Me sumo a la conversación.

—Predecible. A las mujeres os suele gustar ir con el protagonista, aunque por dentro os morís de ganas de ir con los malos.

—No es por eso. Gryffindor es la casa con los mejores magos. Representa la valentía, el coraje y la audacia, por eso somos sus fans. El sombrero es muy sabio.

—Y Slytherin tiene a los más astutos, fuertes y ambiciosos, lo que nos coloca a la cabeza —defiende su postura.

—No sirve de nada ser astuto si no tienes la valentía y el coraje suficiente para poner en práctica tus ideas. No puedes esperar que un golpe de suerte esté de tu parte para conseguir tus sueños.

—Ahí tengo que darte la razón —me dice—. Pero también somos ambiciosos, y eso es lo que nos impulsa a tener ideas mejores y llevarlas a cabo. Nos gusta y queremos triunfar, no quedarnos atrás.

—Y por eso te instalaste la aplicación de citas, para no quedarte atrás con tus amigos —lo pico.

—No. Porque si quería afirmar que no valía la pena, primero tenía que probarla. Seguro que a ti el coraje te llevó a hacerlo.

—No, fui yo quien la convenció —interviene de nuevo mi amiga.

—¿Y no era mejor que le presentases a alguien?

—Ningún chico de los que conozco creo que sea su media naranja. Son muy diferentes.

—Los polos opuestos se atraen —insiste Juan. ¿Qué interés tiene en qué mi amiga me presente a alguien o cómo conozca yo a los chicos con los que salgo?—. Además, solo era una sugerencia —dice con las manos en alto en son de paz.

—Si tú lo dices… —No estoy segura de que sea tal y como afirma.

—Por lo menos ella sabe como es el chico, si lo conoces por internet, te puede salir rana. Como el que se marchó —insiste.

—Calla, no me lo recuerdes.

—O también puedes dejar que un desconocido entre a formar parte de una conversación con tu amiga y al final de la misma ya no sea tan desconocido.

—¿Me estás diciendo… —tengo que preguntárselo, no estoy segura de que haya insinuado lo que pienso, aunque una mirada rápida a mi amiga me indica que sí —... que debería darte una oportunidad?

—Solo si quieres, claro. Yo no te obligo a nada.

—¿Y por qué debería? —interviene mi amiga.

En lugar de contestar, Juan se levanta de la silla y se sienta en la que antes ocupaba Andrés, aparta su bebida y pone la suya en su lugar.

—A lo mejor te estás equivocando de pregunta y querías decir por qué no deberías —hace hincapié en la palabra «no».

—Puedes contestar a ambas preguntas, no nos vamos a oponer.