Amores de barra Relato 7 #2
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Relato 7 #2

Tras casi dos horas, nos despedimos con una de las canciones que compusimos nosotros y que actualmente es la que más reproducciones tiene en Spotify y más alegrías nos ha dado.

Vamos al backstage y nos limpiamos un poco el sudor antes de salir a hablar con nuestros fans, estamos aquí gracias a ellos. Si nadie quisiese escucharnos, esto no sería posible. Todos coinciden en que hemos estado genial encima del escenario.

Me despido de la chica con la que estaba hablando y me encuentro con Beatriz.

—Habéis estado maravillosos ahí arriba —nos felicita.

Es una de las últimas en acercarse a nosotros, casi no queda nadie en el local, y eso hace que estemos todos juntos. Nuestros amigos hablan entre ellos.

—Necesito beber algo, ¿te importa si nos acercamos a la barra?

Entre el calor de los focos, y el rato que llevo hablando, estoy sediento. Por suerte, ella acepta y nos movemos. Tras pedirme una botella de agua, me giro para seguir hablando con ella.

—¿Conocías este local? —pregunto para iniciar una conversación que no estoy muy seguro de por dónde llevar.

—Vine un par de veces. Tiene buena acústica.

Me fijo más en ella y veo que el look de hoy es diferente. Lleva un pantalón corto de color negro combinado con…

—¡Ehh, llevas nuestra camiseta! —exclamo entusiasmado.

—Pues claro. Siempre que voy a un concierto llevo algo representativo del grupo o cantante que voy a escuchar. Puede ser la entrada de otro concierto, un disco, una camiseta, una noticia que me hizo ilusión.

—Eso está genial.

Tengo que reconocer, aunque igual lo que me hace pensarlo es el subidón de adrenalina, que desde que empezamos de cero, mi visión sobre ella ha cambiado.

A cada cosa que descubro, me gusta más. Es directa, quizás por eso al principio pensé que estaba loca, pero ahora, lejos de asustarme, me gusta.

Comparte su opinión sin importarle si a la persona que escucha le va a gustar o no.

Y eso hace que sea sincera. Lo cual también me atrae.

Creo que la mentira no lleva a ningún sitio.

—¿Crees que me queda bien? —pregunta coqueta. ¿Puede ser que me esté leyendo la mente?

—Date la vuelta para que pueda verte mejor.

Me hace caso. Pero no se limita a girarse sin más.

Si no que lo hace poco a poco, aumentando la expectativa.

Y me da tiempo para que admire, lo poco que la escasa luz me deja ver, lo bien que le sienta nuestra camiseta.

Se ciñe a sus curvas como si estuviera hecha a propósito para su cuerpo.

Y para hacerlo más espectacular, mueve las caderas.

Trago saliva. Sin embargo, este simple movimiento me cuesta más de lo que pensaba.

Acaba de darse la vuelta y sonríe advirtiendo el efecto que ha causado en mí.

Sus dientes blancos y alineados me llaman la atención.

—¿Y bien? —pregunta al ver que no digo nada.

—Te queda genial —respondo en un susurro que me cuesta la vida misma pronunciar.

Cojo la botella de agua y bebo casi la mitad. Deberían poner el aire, hace mucho calor aquí dentro.

Desvío la mirada por el local en busca de mis amigos. Se encuentran cada uno en una zona diferente, todos hablan con alguien. Al devolver la vista a Beatriz, veo que Héctor me hace señas para que me acerque.

—Reclaman mi presencia. Me alegro que lo pasaras bien. Ya nos veremos —me despido de la chica.

El resto de la noche la paso con el grupo y no vuelvo a ver a Beatriz.

Siempre me gustó pasear por la ciudad o incluso entrar en alguna cafetería cerca del local en el que tocamos el día anterior y escuchar a ver si alguien comenta algo sobre nosotros.

Y es justo en una cafetería donde me encuentro con la chica que parece perseguirme últimamente.

Mentiría si dijese que hoy no he pensado en ella.

Y como no podía ser de otra forma, es Beatriz quien se acerca a la mesa en la que disfruto de mi café cortado.

—Volvemos a encontrarnos —digo una vez se sienta en la silla de al lado. Lo cual hace que me pregunte por qué no se sienta en frente. ¿Lo hará para estar cerca de mí?—. ¿Qué te trae por aquí?

—Vine a un recado aquí cerca y, al pasar por delante, te vi y me animé a entrar.

—No me estarás siguiendo, ¿verdad?

—¿Yo? Para nada, es el destino que quiere que nos encontremos —dice convencida.

—¿Crees en el destino?

—No, pero nos hemos visto tres veces en poco más de una semana.

Dos de ellas por casualidad. Eso tiene que significar algo, ¿no?

—Se acerca más a mí y se inclina hacia delante, de forma que nuestras caras están a centímetros de distancia.

Sus labios rojos llaman mi atención, pero enseguida desvío la mirada a sus ojos.

En estos momentos, la canción The fate of Ophelia , de Taylor Swift, que suena por los altavoces, queda en segundo plano.

—Cosas que pasan.

—Pues, como dicen en Galicia, habelas hailas . ¿Sabes qué significa? —Le hago un gesto para que continúe hablando—. Que hay cosas que no se ven, pero se sabe que están ahí, a veces incluso se puede sentir.

—¿Y qué has sentido cuando me has visto? —pregunto curioso.

—Que era una buena oportunidad para seguir conociéndote. Como amigo —aclara antes de que pueda añadir nada más.

—¿Y cómo fan?

—¿Si te quiero seguir conociendo cómo fan?

Por supuesto. ¿Sabes la típica fan que asegura estar enamorada del cantante?

—Asiento con la cabeza—. Pues yo podría ser una.

—Como siempre, habla y actúa directa. ¿Y por qué digo actúa?

Porque se pasa la lengua por los labios muy consciente del efecto que causa en mí.

—¿Podrías? —Esa palabra me llama la atención y quiero asegurarme de que oí bien.

—Quizás lo esté —le resta importancia.

—¿Y en qué momento te diste cuenta? ¿La primera vez que me viste hace unos días en la cafetería, tal vez?

—No, ahí me llamó la atención tu físico. Y yo siempre voy a por lo que quiero, así que fui a por ti. Pero, después, según hablábamos, me fuiste gustando más.

—Ajá —la incito a seguir.

—Es pronto para decirlo, porque no nos conocemos mucho, pero puede que esté empezando a enamorarme.

—Y esa es la razón por la que me quieres conocer como amigo.

—Porque no estás en el mismo punto que yo. Si me lanzo a tu boca ahora mismo, me rechazarás igual que el otro día. Pero veo signos de atracción en ti. Me miras mucho los labios, por ejemplo.

—Debo añadir «observadora» a tu lista de virtudes.

—¿Tienes una lista con mis virtudes? —pregunta curiosa ante mi confesión.

—No, es una forma de hablar. —Puede que, inconscientemente, la tenga. El otro día añadí «sincera».

—Puedes decirlo, que no me va a parecer mal. Al contrario, eso me dice que estás un paso más cerca para no rechazarme.

—Vamos, que has entrado para intentar conseguir un beso —le digo divertido. La situación, lejos de asustarme, cada vez me gusta más.

—No necesariamente. Puedo esperar a que estés preparado. Creo que merecerá la pena —asegura.

¿Realmente me estoy enamorando de ella? ¿En poco más de una semana?

Es muy poco tiempo, pero a cada minuto que paso a su lado, más me gusta.

Y cuantas más veces se pasa la lengua por esos labios rojos, más ganas tengo de besarlos.

Y más incómodo estoy sentado. Y esto se debe al bulto en mis pantalones, que cada vez es más grande.

Y podría ser atracción sin más, pero en ese caso me habría liado con ella la primera vez que nos vimos.

—¿Cuánto tiempo estás dispuesta a esperar? —vuelvo a la conversación.

—Unos días, unas semanas… Un año no. —Se ríe—. Pero estoy segura de que no vas a necesitar tanto tiempo.

—¿Y si no somos compatibles? —Alguien tiene que poner un punto sensato a la conversación, y está claro que ella no va a ser.

—Solo hay una forma de saberlo —contesta.

—Espero que no tengas intención de hacerte rica a mi lado, porque ya te advierto que eso no va a suceder.

—Tranquilo —dice a la vez que levanta las manos en son de paz—, eso me quedó claro la primera vez que nos vimos.

—Necesitaba confirmarlo, por si acaso. —Me termino el café, que ya está frío, y le señalo la puerta con la cabeza—. ¿Nos vamos?

Beatriz acepta y, tras pagar las consumiciones, salimos de la cafetería. Estoy deseando besarla y no quería hacerlo dentro del local, porque conozco al camarero.

Tan pronto avanzamos un poco, la agarro de la muñeca y la acerco hacia mí.

Sus labios impactan contra los míos y el sabor a café invade aún más mi boca.

Lejos de repulsarme, como la otra vez, ahora tengo ganas de más.

Inclino la cabeza para profundizar. Un gemido brota de su boca, lo que me indica que lo disfruta.

Poco tiempo después, o eso es lo que a mi me parece, suena un claxon y hace que me de cuenta de que estamos en la calle a plena luz del día.

Me separo un poco de ella. Lo justo para poder mirarla a los ojos.

—¿Ha merecido la pena la espera? —le pregunto.

—Sí, y espero que no tardes en repetir.

—Empieza la cuenta atrás —le contesto—. ¿Tienes prisa? —Niega con la cabeza.

La agarro de la mano y empezamos a andar sin un rumbo fijo, pero con una cosa clara: que nos vamos a dar una oportunidad.