Amores de barra Relato 7
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Relato 7

CORTADO

— O ye, Tristán —reclama mi atención mi amigo Héctor. Cuando ve que la tiene, sigue hablando—. Allí hay una chica que no te quita el ojo de encima.

—¿Dónde? —pregunto más por inercia que por otra cosa.

Nos encontramos en la cafetería en la que nos reunimos siempre después de ensayar con el grupo. Tras varias horas tocando la guitarra, estoy tan cansado que no tengo ni fuerzas para pensar.

—Allí. —Me señala con la cabeza hacia un lado del local.

Hay varias chicas reunidas en una mesa, y una de ellas no deja de observar a nuestro grupo.

Las demás se giran hacia nosotras y, al ver que las miramos, vuelven la vista al frente.

No me cabe duda de que hablan de nosotros.

Nada fuera de lo habitual teniendo en cuenta que somos un grupo de cinco chicos jóvenes y que nuestro tono de voz es alto.

—Hoy no me interesa. Quizás otro día —le contesto.

Le doy un trago a mi café cortado y devuelvo la atención a la conversación que tienen mis compañeros, que no viene a ser otra que los diferentes arreglos que tenemos que hacer a las canciones para que suenen mejor.

La semana que viene tenemos un concierto y eso hace que esta tengamos más ensayos de lo habitual.

—Chicos, ¿qué os parece si dejamos las canciones a un lado un rato e invitamos a aquellas chicas a sentarse con nosotros? —sugiere Héctor a todos los integrantes del grupo.

—Si quieren, son bienvenidas —dice el batería.

—Si las vais a invitar, yo me piro —salta el bajista—. Prefiero estar un rato con mi novia que con cinco desconocidas.

El cantante también quiere que se acerquen y es Héctor, el encargado del teclado, quien las invita a unirse.

Mientras se acercan, unimos una mesa a la nuestra e incorporamos las sillas necesarias para que puedan sentarse todas. Quedamos un poco apretados, pero no hay más sitio.

En frente de mí se sienta la chica que no dejaba de mirarme antes.

Es guapa. Tiene el pelo rizado, le cae por los laterales de la cara y enmarca unas facciones preciosas.

Las pestañas destacan sus ojos castaños, una nariz ligeramente respingona y unos labios pintados de rojo que invitan a ser devorados.

Lleva una camiseta blanca de manga larga que deja los hombros al aire. Todo en ella incita al pecado.

Nos cuentan que nos han oído tocar alguna vez y que les gusta nuestra música.

No somos un grupo muy famoso, así que, cuando alguien nos dice que nos conoce, y además que les gustamos, nos hace muy felices.

Tras comentarles que tenemos un concierto la semana que viene, nos confirman que ya tienen las entradas desde hace semanas.

—Así que guitarrista, ¿eh? —me pregunta la chica morena que tengo sentada enfrente, Beatriz dijo que se llamaba.

—Así es.

—¿Y dónde aprendiste a tocar?

—Soy autodidacta —respondo orgulloso—. Aprendí a través de vídeos de YouTube.

—Igual si hubieses probado a subir vídeos como Pablo Alborán, te hubieses vuelto famoso —comenta ella.

—No busco la fama —suelto más duro de lo que esperaba—. Solo toco por hobbie .

—¿Nunca has querido ser famoso?

Su pregunta me llama la atención. ¿Lo estoy malinterpretando o busca mi fama? ¿O solo es curiosidad? Porque, si es lo primero, va mal.

—Supongo que todos de pequeños hemos querido serlo alguna vez. Pero ahora mismo no es lo que busco. Toco por placer, no por pasión.

—¿Y qué más te apasiona? —Se inclina hacia delante para dejarme una mejor vista de su escote. Me revuelvo incómodo en el asiento.

—Mi trabajo —afirmo.

—Y te dedicas a…

—Soy carnicero.

—Mmm, así que te gusta tocar carne. A mí también.

Doy un respingo en el sitio por su insinuación. La conversación cada vez se torna más caliente y yo no soy de piedra.

—Voy un momento al baño, vuelvo ahora.

De camino al aseo, paro en la barra y le pido al camarero que me prepare un café con hielo, o un café amarillo, como diría un familiar mío muy cercano. ¿Que por qué lo llama así? Porque amarillo en inglés es « yellow» , cuya pronunciación se parece a hielo en español.

Entro al baño, me echo agua en la cara y en la nuca y respiro hondo un par de veces para bajar pulsaciones. Poco después salgo y me encuentro con Beatriz fuera.

Lejos del barullo de la gente, escucho mejor la música que brota por los altavoces, y no es otra que Pa ti toa , de Ana Mena y Lola Índigo.

En cuanto la chica me ve, se acerca a mí con pasos depredadores.

Una vez delante, desliza su mano por mi brazo en una caricia lenta.

Cuando llega hasta mi mano, invierte el sentido y sus dedos se deslizan hacia mi hombro.

Centro mis ojos en los suyos y veo una mirada juguetona, junto con una ligera sonrisa coqueta.

Una vez que llega hasta mi hombro, su mano decide que es un buen momento para bajar por mi torso.

Su cabeza se acerca cada vez más a la mía, hasta que su boca queda a pocos centímetros de mis labios.

Cuando su caricia llega a mi cintura, detengo su avance y la agarro por la muñeca con delicadeza.

Me separo un poco de ella para poder mirarla a los ojos y vea que voy en serio.

—Deberíamos volver a la mesa —susurro mientras aún me queda un atisbo de cordura.

—¿No quieres continuar con lo que hemos empezado? —me pregunta sugerente.

—Quizás otro día —le contesto a la vez que obligo a mis pies a moverse.

Cuando llego a la mesa, intento disimular el bulto en mis pantalones que creció gracias a las caricias de Beatriz. Me tomo el café lo más rápido que puedo y salgo de la cafetería. Mis amigos están entretenidos con las chicas y a mí ya no me apetece seguir aquí.

Al llegar a la calle, corre un agradable aire que me devuelve un poco la vida.

—¡Espera! —grita alguien cuando todavía no he llegado a la esquina de la calle.

Me giro por curiosidad y me encuentro con Beatriz, que camina hacia mí. Cuando llega a mi altura, aguardo a que sea ella quién inicie la conversación.

—Yo… —Se queda callada unos segundos y, al ver que no hablo, continúa—. Siento si antes fui muy brusca. No quería incomodarte.

—Disculpas aceptadas. —Uso un tono monocorde, a ver si así se da por enterada y vuelve al bar.

—Me encantaría conocerte más. Eres un chico guapo, con talento para la música.

—Gracias —acepto su cumplido.

—Tengo la sensación que, detrás de esa fachada, hay una persona muy interesante.

Aunque mi intención esta noche era liarme contigo, he cambiado de opinión.

A ver, no es que ya no esté interesada en acostarme contigo, sino que quiero ver qué ocultas.

—Espera un par de segundos para darme a tiempo a procesar sus palabras antes de emitir las siguientes preguntas—. ¿Qué me dices? ¿Empezamos de cero?

La miro como si le hubieran salido dos cabezas. ¿Qué es lo que ha tomado en la cafetería? ¿Le habrá sentado mal? Aunque tal vez no es mala idea, me gustaría olvidar lo que acaba de pasar.

—Vale, encantado de conocerte.

No estoy seguro de lo que hago, pero aún así extiendo la mano para que la apriete y sellemos el pacto. Sin embargo, vuelve a sorprenderme al acercarse a darme dos besos.

—¿Te apetece ir a dar un paseo?

Parece que ha dejado el arte de la seducción a un lado y ahora se esfuerza por ser alguien amable. Porque no estará pensando en pasear por una zona oscura para acorralarme, ¿no? Igual mi integridad corre peligro, porque es una experta en artes marciales.

—Eehh… —dudo. ¿Cómo puedo rechazarla sin que le siente mal?—. No creo que sea una buena idea.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que no me pueda controlar?

—Porque no nos conocemos —le contesto.

—Para eso mismo sirve el paseo, para poder conocernos mejor y llegar a ser buenos amigos.

Es buena rebatiendo, ¿será abogada? Por el contrario, a mí no se me ocurren más ideas para rechazarla.

—Está bien, pero no muy largo, que estoy muy cansado.

Aunque no es mi cuerpo el que está agotado, sino mi mente. Ahora mismo no da para más.

—¡Genial! —exclama dando saltitos contenta. ¿Dónde me he metido?

Empezamos a andar y, en esta ocasión, soy yo el que empieza preguntando.

Me dice que trabaja en un estudio fotográfico y que eso le permite conocer a mucha gente y viajar.

Que está soltera, le encanta salir con las amigas e ir a conciertos.

Y, por supuesto, que está deseando ver el nuestro.

Le gusta el repertorio que escogemos y que la voz del cantante es cautivadora.

Después, la conversación continúa con grupos de música y estilos musicales que nos gustan.

Me sorprende ver que tenemos bastantes en común.

Pensándolo bien, si le gusta lo que tocamos es lógico que tengamos gustos musicales parecidos.

Cuando nos damos cuenta, llevamos más de una hora caminando. Por lo menos, ahora ya no pienso que esté loca. La veo más como una persona normal. La charla ha sido entretenida y no hubo momentos incómodos. Salvo que, en este momento, ninguno de los dos sabe cómo despedirse.

—Bueno, ha estado bien. Espero que disfrutes del concierto. —Al final soy yo quien da el primer paso.

—Seguro que sí. Espero que lo paséis bien y tengáis mucho éxito.

Le doy dos besos como despedida y cada uno coge una dirección diferente. Por mucho que me esfuerce, la conversación que hemos tenido no se va de mi cabeza en lo que queda de día.

Mentiría si dijese que no estoy nervioso. Hemos vendido todas las entradas y habrá decenas de ojos observándonos. Es el momento de aplicar todo lo que sabemos y dar lo mejor de nosotros mismos.

Pensar que Beatriz estará escuchándonos no hace otra cosa que aumentar mis pulsaciones.

En los ensayos todo fue bien, espero que en el directo también.

Antes de subir al escenario, hacemos nuestro saludo de buena suerte y salimos a darlo todo. Disfrutamos mucho con cada canción, y la gente está entusiasmada con nuestra música, lo que nos motiva y hace que no nos afecte ni el calor de los focos. Solo están ellos y nosotros con los instrumentos.