Amores de barra Relato 6 #2
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Relato 6 #2

Si lo de antes me pareció una bomba, esto debe de ser un bombardeo.

Su respuesta me deja alucinada, con la boca abierta y sin saber que decir a continuación.

De pequeña, siempre imaginaba que seguiríamos juntos, empezaríamos una relación y acabaríamos casándonos.

Sin embargo, después se fue, y con él se marcharon mis sueños.

Las personas que somos ahora no se parecen en nada a aquellas que fuimos.

—Yo… —Me callo porque no sé que añadir a continuación.

—Cuando te he vuelto a ver, he sentido como si no hubieron pasado veinte años y fuera ayer cuando nos vimos por última vez.

He vuelto a sentir esa atracción que sentía de pequeño que me llevaba a estar siempre cerca de ti.

No te lo dije en su momento porque no lo sabía.

Ahora sí. —Me agarra de las manos y las acaricia con sus pulgares, como si necesitase estar en contacto conmigo para poder continuar hablando—.

Estaba enamorado de ti. Y no he conseguido olvidarte, por mucho que lo haya intentado.

Creo que nunca me he enamorado de otra persona como lo estaba por ti, y sigo estando.

Sé que ya no somos los mismos, pero si te pareces en algo a la persona que un día fuiste, creo que podemos tener un futuro.

—Si me lo llegas a decir hace veinte años, te hubiese dicho que sí sin pensarlo. En este momento, no lo sé. Creo que nos separan muchas cosas, no sabemos si somos compatibles, vivimos en ciudades diferentes…

—De la otra vez fueron mis padres quienes nos separaron.

No perdemos nada por intentarlo. ¿Que no sale bien?

, cada uno sigue con su vida. ¿Que sale bien?

, pues seguimos adelante. Lo que no quiero es quedarme con la duda de que pasaría si...

Quiero intentarlo y ver a dónde nos lleva.

Yo ahora trabajo en León, pero quizás pueda pedir traslado.

O dejar el trabajo y volver a presentarme.

Niego con la cabeza, es muy difícil conseguir una plaza como para que ahora tenga que repetirlo por seguirme.

—No, es muy difícil lo que has logrado. No lo eches todo por la borda por una relación que no sabemos si va a funcionar.

—Tienes razón. —Sus hombros se hunden un poco—. Te propongo algo. Yo voy a estar por aquí unos días, podemos quedar y seguir viéndonos, conocernos otra vez.

—Vale, en eso no tengo problema. Es más, lo estoy deseando.

La sonrisa que se instala en su cara tras mis palabras ilumina todo el local. Así de grande es.

—Me acabas de hacer muy feliz. Ven aquí y dame un abrazo.

Le hago caso y lo rodeo con los brazos. Su aroma se cuela por mi nariz. El olor a cedro me invade y me sacude por dentro, lo que hace que mi corazón de un salto. ¿Qué es lo que me está pasando?

Tras unos segundos rompemos el abrazo. Me armo de valor y le hago una pregunta que me ronda la mente.

—¿Por qué nunca me escribiste una carta? Estoy segura que tus padres sabían mi dirección.

—Me fui enfadado con el mundo y con mis padres.

No quería saber nada de nadie. Cuando llegamos a nuestro nuevo hogar, me encerré en mi habitación hasta que empezó el instituto y tuve que volver a socializar.

Estuve tentado, pero pensé que igual te habrías olvidado de mí y prefería tener la duda a confirmarlo.

—Se encoge de hombros para restar importancia a lo que acaba de decir.

No sé cómo comportarme ahora, ¿como desconocidos que se acaban de conocer?

¿Como viejos amigos? ¿O como algo más?; así que me giro para darle un trago a mi cerveza, que se está calentando.

Por suerte, Julio está más centrado que yo y reconduce la conversación.

Se interesa por mis gustos, por mi familia y por saber qué me hace feliz.

Cuando nos damos cuenta, llevamos horas aquí sentados, hablando. Se acerca para darme dos besos de despedida, pero el segundo, en lugar de hacerlo en la mejilla, me lo deja en la comisura de mis labios. Se despide de mí como si fuera algo inocente y quedamos en vernos mañana.

Por la noche, me cuesta mucho dormir. Entre el calor que hace y que mi mente vuela a lo sucedido esta tarde en el bar, lo único que consigo es dar vueltas en la cama. El resultado es que, por la mañana, tengo unas ojeras poco discretas. Hoy, para evitar las horas de calor, hemos quedado a las diez.

Son las nueve y estoy indecisa acerca de qué ropa ponerme.

¿Con unos vaqueros voy bien? ¿O mejor me pongo la falda negra con una camiseta roja que me queda de maravilla?

Aunque, en realidad, la camiseta tiene bastante escote e igual piensa lo que no es.

Le doy un par de vueltas más y al final escojo un short verde claro con una camiseta blanca de tirantes que tiene un estampado de flores.

Me miro en el espejo y me gusta la imagen que me devuelve.

Sonrío y cojo el bolso para salir de casa.

A las diez en punto estoy delante de la cafetería en la que hemos quedado esta vez.

Un minuto más tarde lo veo llegar y me quedo sin aliento. Trae unos pantalones grises oscuros por encima de la rodilla que dejan ver unas piernas bien tonificadas, y una camiseta en tono azul claro que se ajusta a su escultural cuerpo como si estuviera hecha a medida.

Nos damos dos besos de nuevo y vuelve a dejarme uno en la comisura de la boca, lo que me pone aún más nerviosa.

Entramos en la cafetería y Julio se encarga de que volvamos a la normalidad. Hablamos de todo un poco y, a cada minuto que paso a su lado, me siento más cómoda. Y, por supuesto, la atracción va en aumento. Su risa, cómo se le iluminan los ojos cuando le cuento algo que le hace gracia.

Poco a poco, descubrimos que tenemos varias cosas en común, como que nos gustan los animales y estar con la familia.

El tiempo pasa volando cuando estamos juntos y nos sabe a poco, por lo que quedamos un día tras otro y así llegamos al sábado.

Nos encontramos en una cafetería que descubrimos por casualidad mientras dábamos un paseo. Estamos un poco tristes los dos, ya que Julio se marcha mañana de vuelta a León, el lunes tiene que trabajar.

—Vente a vivir conmigo —me suelta de golpe sin venir a cuento.

—Julio, ni siquiera somos novios, ¿cómo me voy a ir a vivir contigo, en una ciudad diferente, y dejando atrás a mi familia? Además, igual consigo plaza en Galicia y no podría ir contigo.

La luz de sus ojos se apaga y me demuestran que no le ha gustado mi noticia.

—Tienes razón. Es muy egoísta por mi parte pedirte que abandones todo tu mundo solo por seguirme.

Ojalá todo fuera más fácil. De repente una idea cobra vida en mi mente. Antes de verbalizarla, necesito estar segura de algo.

—¿Qué sientes por mí?

—La pregunta adecuada sería que no siento por ti —contesta.

Me coge de las manos y me mira a los ojos antes de seguir hablando—.

Me encanta estar a tu lado, y cada vez que nos separamos siento que me falta la vida.

Estar contigo es un soplo de aire fresco.

Te lo dije el otro día y hoy puedo confirmártelo sin lugar a dudas.

Estoy enamorado de ti. Quiero ser tu amigo, tu confidente, quien te haga reír, tener una vida a tu lado y formar una familia.

Contigo lo quiero todo, hasta dejaría mi trabajo para estar a tu lado.

—Y si… —Algo me impide formular mi idea en voz alta.

—Y si… ¿qué? —me pregunta curioso y lleno de esperanza. Con eso consigue darme la fuerza que necesito para proponer mi idea.

—¿Y si empezamos una relación a distancia?

—Frunce el ceño, porque la idea no es buena, pero la alternativa es no tener nada—.

Podemos seguir hablando, intentar vernos, si no vienes tú puedo acercarme yo, si el trabajo me lo permite.

¿Qué vemos que queremos más? Pues ya lo resolveremos llegado el momento.

La vida da muchas vueltas y no se sabe que va a ocurrir.

—Con una condición.

—¿Cuál? —pregunto intrigada.

—Que nos veamos al menos dos veces al mes. Yo voy a hacer lo imposible para tener libranzas más largas y así poder venir a verte. Y, si no consigues trabajo, me gustaría que vinieses a verme todo lo a menudo que puedas.

—Me parece justo.

—Y quiero llamadas todos los días, aunque sea a las doce de la noche. Quiero saberlo todo acerca de tu día.

Asiento, porque pienso igual.

—¿Alguna condición más?

—Que se me ocurra ahora mismo, no. Mi mente solo puede pensar en una cosa.

Su tono serio me despista.

—¿En qué?

—En besar a mi novia. Llevo días deseándolo. ¿Puedo?

—Ya estás tardando —afirmo con una sonrisa.

Se levanta del taburete y se sienta en el que está a mi lado.

Acerca poco a poco su boca a la mía hasta que nuestros labios se juntan y se saborean.

Es un beso dulce, de descubrimiento. Nos separamos para coger aire.

En seguida nuestras bocas vuelven a buscarse, ansiosas la una de la otra.

Su lengua se abre espacio entre mis labios y dejo que su sabor, y el de la cerveza, me invada.

Es el mejor beso que me han dado nunca. Ahora estoy segura de que lo nuestro va a salir adelante. O, al menos, lo intentaremos.