Amores de barra Relato 6
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Relato 6

CERVEZA BIEN FRÍA

N o hay nada mejor que una cerveza fresquita para bajar el calor que hace en la calle, pero no una cualquiera, una Estrella Galicia.

Y sabe aún mejor si me la tomo en mi cafetería favorita, en mi sitio de siempre.

Estoy en un extremo de la barra desde donde puedo ver casi todo el local.

Tiene algo mágico ver a la gente que llega, la que se va, los camareros atareados de un lado a otro.

La gente prefiere sentarse a la mesa, por eso no suelo tener compañía.

De fondo suena Escuela de calor , de Radio futura.

—Una Estrella bien fría, por favor —dice un chico que se acaba de sentar a mi lado.

¿No tenía barra suficiente que tenía que ocupar el asiento contiguo? Espero que no sea de los que les gusta dar conversación y me deje disfrutar de mi rato de paz.

—Buenas tardes —dice girándose hacia mí para saludarme—. ¿Romina?

Que sepa mi nombre me llama la atención. Me fijo más en él, pero no me suena su cara.

—¿Nos conocemos?

—Sí, fuimos juntos al colegio. Soy Julio, ¿no te acuerdas de mí? Íbamos en la misma clase.

Antes de que pueda contestar, aparece el camarero con su cerveza. Tan pronto la tiene delante, le da un trago. Su nuez se mueve de arriba a abajo.

—Aahh, qué buena está —comenta una vez ha devuelto el vaso a la barra.

Hago memoria y me acuerdo que había dos Julios en mi clase. Con uno me llevaba muy bien, con el otro no tanto.

—Julio… ¿Fernández? —le pregunto al recordar el apellido de uno de ellos.

—No —contesta sonriente—. El otro.

Si no es Julio Fernández, entonces tiene que ser el Julio con el que me llevaba bien.

—¿Julio Díaz? —pregunto asombrada.

—El mismo —afirma ensanchando su sonrisa—. ¿Ahora te acuerdas de mí?

—¡Pues claro que sí! —Me acerco para darle un abrazo y me vuelvo a separar para poder observarlo mejor—. No te pareces en nada a aquel niño que jugaba conmigo en los recreos.

Su risa inunda nuestro rincón. Sigue igual de risueño que antes. Recuerdo que siempre tenía una palabra positiva o algún gesto para alegrarnos el día.

—Tú sigues igual. Con unos cuantos años más, pero te he reconocido al momento.

—¡Pero si han pasado casi veinte años!

—Hay caras que nunca se olvidan.

Su confesión me deja un poco descolocada. ¿Me está echando en cara que me haya olvidado de la suya? Si antes era un niño gordito y ahora está delgado. Si me lo dicen no me lo creo.

—Cuéntame, ¿qué es de tu vida? ¿Qué te trae de nuevo por la ciudad?

Al acabar primaria y pasar a la ESO., sus padres, aprovechando que tenía que cambiar para el instituto, decidieron que era un buen momento para mudarse de ciudad y, desde aquella, no he vuelto a verlo. Por aquel entonces no había redes sociales y ninguno de los dos tenía móvil.

—Estoy de vacaciones y he aprovechado para venir a visitar a mis abuelos. ¿Y tú?

—Yo no me he ido de aquí. —Al momento de decir eso, veo un halo de tristeza en sus ojos.

No quiere que lo vea así y aprovecha para darle otro trago a su cerveza.

Él no tiene la culpa de la decisión que tomaron sus padres.

De hecho, el día que nos despedimos fue uno de los días más tristes de mi vida, ni siquiera las palabras de ánimo que me dedicó lograron calmar mi llanto—.

Estudié Magisterio y ahora estoy esperando los resultados de las oposiciones y ver si encuentro trabajo para el curso que viene. ¿Qué tal están tus abuelos?

—Con los achaques propios de la edad, pero en general bien.

—Me alegro —le digo sincera—. Cuéntame, ¿cómo te trata la vida? Te veo más delgado, por eso me ha costado más reconocerte.

—La vida bien. Al llegar a la adolescencia y ver que mis amigos estaban en mejor forma que yo, y que ligaban más, decidí hacer algo de ejercicio y controlar mi alimentación. Y eso, junto con mi profesión, hace que esté más atlético.

—¿A qué te dedicas? —pregunto curiosa por saber más de él.

—Soy policía —responde orgulloso.

—¡Guau! —suelto impresionada, no es fácil llegar hasta ahí—. ¿Nacional o local?

—Nacional.

—¿Y dónde ejerces? Más que nada para no liarla y no hacerte el feo de tener que arrestarme. —Intento darle un toque cómico a una conversación bastante seria para cómo éramos nosotros.

—En León.

—Nunca estuve ahí.

—Si algún día vas, avísame y te hago un tour. —Me guiña un ojo que me devuelve, así, parte de la confianza que teníamos antaño.

—Si me das tú número de teléfono, igual puedo avisarte.

—¿Y qué te hace pensar que te lo voy a dar? —pregunta juguetón.

—Fuiste tú el que dijo que te avisara. Ya me dirás cómo quieres que lo haga si no. ¿Te mando una carta? Tampoco tengo tu dirección. —A cada excusa que pongo su sonrisa se amplía más y a mí me da alas para seguir—. ¿Te busco en redes sociales? Anda que no debe haber unos cuantos «Julio Díaz».

— Touché.

Me dicta su número y le hago una perdida para que tenga el mío. Después me sigo interesando por él.

—¿Y qué te trae a este bar? No queda cerca de la casa de tus abuelos.

—Hacía tiempo que no venía por esta zona y quería ver lo que había cambiado. Pero hacía demasiado calor como para seguir en la calle y decidí entrar. ¿Y a ti?

—Lo descubrí un día por casualidad, me gustó la ambientación del local, lo bien que sirven la cerveza y siempre que puedo me escapo y vengo hasta aquí. Además, tengo una amiga que vive aquí cerca, venimos muchas veces juntas.

—¿La estabas esperando?

—No podía venir hoy. Me apetecía salir de casa y despejarme, pero el calor hizo que quisiese tomarme una cerveza fresquita, como tú. He atravesado media ciudad, pero merece la pena.

Bebo un poco de mi vaso y vuelvo a mirarlo.

Él también ha bebido y ahora tiene espuma alrededor de los labios.

Paso la lengua por los míos en un gesto inconsciente y veo que eso le debe de dar una pista, ya que se limpia con la servilleta.

No sé si es porque hablamos del calor, pero noto que ha subido la temperatura unos cuantos grados.

Observo sus labios rosados y ligeramente entreabiertos, rodeados por una barba espesa que oculta su mandíbula.

¿Seguirá redondeada como cuando éramos pequeños o también habrá cambiado?

—¿Alguna vez has pensado en mí, Romina?

Su pregunta, y más con el tono serio en el que la pronuncia, consigue que vuelva a la Tierra y deje de fantasear con sus labios.

—Te eché mucho de menos, sobre todo ese verano. Ya no tenía con quien jugar. Después cambié al instituto, hice nuevos amigos y me fui acostumbrando a estar sin ti. Cada vez me acordaba menos, pero eso no quiere decir que te haya olvidado y de vez en cuando me preguntase que fue de ti.

—Yo tampoco me he olvidado de ti. —Se calla durante unos segundos y, cuando pienso que no va a decir nada más, añade tres palabras más—. Nunca lo conseguí.

Mi corazón da un salto mortal y me quedo sin aire. De pequeña pensé que estaba enamorada de Julio, según me hice mayor, me di cuenta de que era un amor infantil debido al tiempo que pasábamos juntos.

—¿Odiaste a tus padres por apartarnos? —cambio de tema, el otro empezaba a ser muy profundo.

—Al principio, sí. —Siempre le gustó ser sincero—. Después descubrí que el odio no me llevaba a ninguna parte y que no podía hacer nada para volver a estar cerca de ti.

—Muy maduro por tu parte.

—Bueno, fue un camino largo, eso no sucedió de la noche a la mañana. Mis padres nunca quisieron separarme de mis amigos, pero era una oportunidad laboral a la que no se podían negar. Con el tiempo vi que ellos también dejaron atrás a su familia y a sus amigos. Todos perdimos algo con la mudanza.

La tristeza que baña sus palabras no me gusta, prefiero verlo sonreír, así que intento animarlo como tantas veces hizo él en el pasado.

—Digo yo que algo bueno tendría.

—Sí, el piso al que nos fuimos a vivir era más grande y tenía una habitación donde cabía el escritorio sin que la silla tropezase con la cama —afirma con una sonrisa.

—Y ahora has sido tú quien se ha mudado por trabajo. Supongo que ahora los entiendes mejor.

Da un trago a su cerveza y asiente con la cabeza. Después se gira para poder hablarme de frente.

—Así es. Pero esperar una plaza en la misma ciudad era misión imposible. Así que tuve que hacer como ellos y dejarlos atrás y mis amigos ya se habían mudado a diferentes ciudades para estudiar sus respectivas carreras. No perdí tanto como mis padres.

—Si ahora te saliera un trabajo en, digamos Sevilla, ¿te irías? ¿O te lo plantearías dos veces?

—Buf, seguramente me lo piense más de dos veces. En León estoy relativamente cerca de mis padres y de mis abuelos. Sevilla está bastante más lejos. Si me necesitan no puedo venir inmediatamente.

—¿Vienes mucho a ver a tus abuelos? —pregunto curiosa, quiero saber más de él.

—No tanto como me gustaría. Lo de trabajar por turnos es un rollo, y cuando tengo un par de días libres, me apetece descansar, no coger el coche para poder venir a verlos. Aunque intento hacerlo al menos una vez al mes.

—¿Estás contento en León? ¿O preferirías trabajar en otro lugar?

—No está mal, pero si me sale una oferta de empleo aquí, me vengo con los ojos cerrados —afirma sin dudarlo ni un segundo.

—Ah, ¿si? ¿Para estar más cerca de tus abuelos?

—No. —Hace una pausa y, cuando creo que no va a añadir nada más, suelta una bomba—. Por ti.

—¿Por mí? —pregunto con incredulidad. Mueve la cabeza de arriba a abajo sin apartar sus ojos de los míos. En ellos veo determinación—. ¿Y eso por qué? Hace veinte años que no nos vemos.

Suspira y creo que con el aire que coge, su determinación aumenta.

—Te lo he dicho antes. No consigo olvidarte. Pensaba que no, pero sigo enamorado de ti. Me gustaría volver a relacionarme contigo, aunque sea a través de mensajes.