Relato 5 #2
—¿Qué horóscopo eres?
—Leo. ¿Crees en el horóscopo?
—Forma parte de nuestra forma de ser, al igual que nuestro nombre.
—¿Y somos compatibles?
—Sí, soy sagitario.
—¿Ves?, una prueba más de que debemos darnos una oportunidad. —Me atrae mucho la seguridad que tiene en sí mismo.
Nos pasamos un rato y aprovechamos para conocernos mejor, hasta que suena su móvil. Mientras contesta, observo por la ventana y veo que ya ha parado de llover. Miro el reloj y me sorprende ver que han pasado tres horas. Estaba tan a gusto que pensé que solo habría pasado una.
—Perdona, era mi amigo.
—No pasa nada. Me acabo de dar cuenta de que se ha hecho tarde. Debería irme.
—¿Cuál es tu respuesta al final?
—¿Qué? —pregunto desubicada.
—Tu respuesta. A la cita. ¿Aceptas o no?
Miro por la ventana para evitar el magnetismo de sus ojos. Mi corazón me dice que sí, pero mi cabeza que solo lo he visto dos veces. Es como tener al ángel y al demonio en los hombros hablándote a la vez y solo puedes hacer caso a uno.
—¿Y bien? —insiste al ver que no digo nada.
Devuelvo la vista a su cara y le contesto.
—Acepto.
—Genial. Dame tu número para poder concretar día y hora.
Tras decírselo me hace una perdida para que guarde el suyo. Nos despedimos y salgo a la calle dispuesta a terminar mis recados.
Estoy nerviosa. ¿Aún estoy a tiempo de decirle que no voy? Miro el reloj y veo que apenas falta media hora para la hora acordada. Si no salgo ya, llegaré tarde. Me muerdo el labio sopesando qué hacer. El sonido de un mensaje hace que de un respingo.
Raúl
Contando los minutos para volver a verte
Ya no hay marcha atrás. Salgo de casa decidida.
Inspiro hondo para serenarme y doy la vuelta a la esquina. Raúl me espera delante del restaurante con las manos metidas en los bolsillos y atento a todo lo que sucede en la calle.
—Estás preciosa. —Me da dos besos y me coge de la mano.
—Si solo ves el abrigo.
—Y las medias. Y los zapatos, que te hacen una piernas de infarto.
Sonrío ante su halago y decido romper el momento antes de que se ponga más intenso.
—Deberíamos ir entrando.
—Claro, las damas primero.
Una vez que nos acomodamos en la mesa, Raúl rompe el silencio.
—¿Nerviosa?
—Sí. —Mi voz no es más que un susurro, lo que demuestra mi estado.
—Yo también. —Suspira y continúa—. Quiero que sepas que, si en algún momento te sientes incómoda, o quieres marcharte, solo tienes que decírmelo. No quiero obligarte a nada. Lo sabes, ¿verdad?
—Vale. —Ojeo el menú y, tras unos segundos, le hago la pregunta que me ronda la cabeza—. ¿Habías estado aquí antes?
—Es uno de mis restaurantes favoritos. He probado casi todos los platos de la carta.
—No soy capaz de decidirme, ¿cuál me recomiendas?
Cuando llega el camarero, sigo su consejo y pido uno de los platos que me recomendó. En cuanto se va, el silencio vuelve a reinar en la mesa. No es incómodo, es simplemente que no sabemos qué decir a continuación.
—¿Por qué tenías tanto interés en que aceptara la cita?
—Ya te lo he dicho. Entre nosotros hay química y me gustaría ver si esta nos lleva a alguna parte o no. Puedes estar tranquila que no pienso hacer nada que no quieras.
—Está bien. —No sé por qué, pero algo en mi interior me dice que me fíe de él—. ¿Qué te llevó a escoger este restaurante?
—Como he dicho antes, es uno de mis favoritos. Quería ir sobre seguro. ¿Has estado alguna vez?
Niego con la cabeza y Raúl me explica sus motivos para que sea de sus favoritos. Después de eso, la conversación fluye sin problema y cuando nos traen los platos compruebo que el sabor es maravilloso, tal y como me dijo.
—¿Vas a querer postre? —me pregunta mi acompañante cuando terminamos la comida de los platos.
—No me entra nada más. —Me llevo una mano a la barriga para reafirmar mis palabras.
—Yo puedo hacer que gastes calorías. —Entre el tono seductor y el levantamiento de cejas no me deja dudas sobre cómo me haría gastar energía.
—Parece que la cena te ha dado fuerzas y has metido quinta.
—Aún no me has visto acelerar. Pero tiempo al tiempo. Supe lo que quería desde que chocaste conmigo, y encontrarte el otro día en la cafetería me hizo ver que el destino estaba de mi parte y no quise desaprovechar la oportunidad.
Su explicación hace que mi mente vuele al día que me pidió la cita, y entonces recuerdo que no me contestó a una pregunta.
—Por cierto, me dijiste que me ibas a decir que era mejor que el café calentito si aceptaba una cita contigo. Ya se está acabando, sería un buen momento para resolver el misterio.
—Respecto a que se está acabando, discrepo —afirma todo serio. Antes de que pueda añadir algo me frena—. Sshh. En cuanto a lo que es mejor, ¿estás preparada para oírlo?
Asiento con la cabeza, pero no parece ser suficiente para él porque, hasta que lo digo en voz alta, no se anima a continuar. Se echa hacia atrás en la silla y pone una sonrisa de suficiencia antes de soltar la bomba.
—El sexo.
Menos mal que no tenía nada en la boca, porque sino habría salido disparado. Aunque, por otra parte, empiezo a conocerlo y no debería sorprenderme esa afirmación.
—¿Solo piensas en eso?
—¿En sexo? No, pienso en muchas más cosas, pero es algo que me gusta disfrutar. —Se acerca hacia delante, apoya los brazos en la mesa y ahora quedamos a escasos centímetros de distancia. Sus ojos no se apartan de los míos—. ¿A ti no?
—No paso cada segundo de mi tiempo libre pensando en eso.
—Puedes decir la palabra «sexo», no me voy a escandalizar. Y te estaba preguntando si te gusta disfrutarlo.
—Sí. —Es lo único que puedo añadir.
Hace un gesto de afirmación y le pide la cuenta al camarero que acaba de pasar. Salimos a la calle y nos quedamos quietos en la puerta.
—Bueno, ha estado bien —inicio la despedida.
—Me gustaría llevarte a un sitio, ¿me dejas sorprenderte?
Su pregunta me pilla desprevenida. Me lo pienso durante unos segundos. La cena ha estado muy bien y Raúl hace que su compañía sea muy agradable. No me apetece despedirme de él, y siempre me ha gustado que me sorprendan.
—Con una condición —lo parafraseo.
—¿Cuál? —pregunta con una sonrisa en los labios.
—Que me digas a dónde vamos.
—Entonces ya no sería una sorpresa. Venga, déjame que te lleve a un sitio y, si después no te apetece volver a verme, no volveré a insistir más.
—Está bien.
Nos subimos a su coche y se escuchan los primeros acordes de la canción de Pablo Alborán que sonaba cuando nos conocimos. Ambos nos miramos y nos echamos a reír.
—Tú también te acuerdas.
—Cómo para no hacerlo, chocaste conmigo.
—Ya te pedí perdón por aquello.
—Y yo te he perdonado, pero no voy a desperdiciar la ocasión de recordártelo.
—Agh. Eres insufrible —le reprocho.
—Lo sé, pero no me lo tengas en cuenta. Te dejo cambiar la emisora, pero no creo que quieras.
—Qué creído te lo tienes.
—No es eso, a ambos nos trae el recuerdo de cuando nos conocimos. Parece en otra época y hace solo un par de semanas.
—Cierto.
Nos quedamos en silencio unos minutos hasta que Raúl lo rompe pidiéndome que cierre los ojos. Lo miro en busca de una explicación.
—Ya estamos llegando, será solo un minuto. Fíate de mí.
Pone su mano encima de mi rodilla y me la aprieta para darme ánimos. Decido hacerle caso. Poco después, detiene el coche y me dice que le espere y que él me ayudará a bajar. Me hace caminar unos cuantos pasos, con su cuerpo pegado a mi espalda y sus manos sobre mis ojos para evitar que los abra.
—Ya hemos llegado, ¿estás preparada?
—Sí.
Noto como se desplaza y se sitúa a mi lado. Poco a poco aparta las manos y lo que veo me deja sin palabras.
Estamos en una extensión llana ajardinada con unas mesas para hacer picnic. En el cielo, la luna brilla en todo su esplendor, lo que le da un toque romántico a la noche. A nuestra derecha, una pequeña casita de madera luce adornada de luces que le dan un aspecto cálido.
—Por tu cara deduzco que no conocías este sitio y que te gusta.
Me giro para quedar frente a él. Tiene las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa preciosa le adorna la cara.
—Las vistas son preciosas —afirmo sin separar mis ojos de los suyos. Me ha dejado impresionada su sorpresa y mi mente no es capaz de elaborar una frase más completa.
—Gracias.
Traga saliva y eso hace que su nuez de Adán se mueva, y mi mirada se desplaza en esa dirección. Luego subo a sus labios y no puedo resistir el impulso de besarlos.
Le agarro la cara y dejo que nuestras bocas se junten por primera vez. Raúl me devuelve el beso, hambriento. Me inclina la cabeza para profundizar más y después saca su lengua a paseo, que se encuentra con la mía. Nos besamos hasta que la falta de aire hace que tengamos que separar nuestros labios.
—Es la sorpresa más bonita que me han dado nunca —digo cuando juntamos nuestras frentes.
—Me alegro. —Me da un beso casto en los labios y después me abraza—. ¿Ha merecido la pena?
—Sí, es maravilloso.
—¿Me dejarás sorprenderte más veces?
Ambos sabemos que esa pregunta esconde mucho más de lo que parece. Y tengo clara la respuesta.
—Las veces que quieras.
Nos volvemos a besar, incapaces de separarnos el uno del otro. El destino hizo que nos conociéramos por casualidad, pero es nuestra decisión continuar con lo que empezamos hoy.