Amores de barra Relato 5
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Relato 5

RIBEIRO

L lego al bar justo a tiempo y no me sorprende ver a mi amiga sentada en la barra y charlando de forma animada con el camarero.

Por los altavoces suena Pablo Alborán con Clickbait , una canción de lo más pegadiza y que me invita a bailar. Antes de dejarme llevar por el ritmo, me acerco junto a Carla.

—Buenas tardes —saludo—. Veo que no has perdido el tiempo.

—¡Hola! Llegué hace cinco minutos y, al ver que había sitio, decidí esperarte dentro. Estaba hablando con…

—Gabriel —interviene el camarero, que no me había dado cuenta que estaba tras la barra—. Bienvenida, ¿qué quieres beber?

—Un Ribeiro.

Se marcha para buscar mi comanda y yo me giro hacia mi amiga.

—Te veo muy contenta, ¿hay algo que celebrar?

—¡Tengo nuevo trabajo!

—¡Enhorabuena! —Le doy un abrazo y me intereso por su nuevo puesto—. ¿De qué se trata?

—En la tienda de ropa de la esquina. Ya sabes lo mucho que me gusta la moda y ayer estaba buscando un pantalón que combinase con la blusa marrón de volantes que me compré el otro día.

Empecé a hablar con la dependienta, una cosa llevó a la otra, me dijo que necesitaba ayuda por las mañanas que había más gente y, al ver lo mucho que entendía de moda, me contrató.

Sé cuánto se ha esforzado por conseguir un empleo desde que perdió el suyo hace unos meses, y le va a venir fenomenal. Carla es una de esas personas que necesitan estar entretenida.

—¡Qué bien! ¡Me alegro muchísimo por ti! ¡Te lo mereces! ¿Cuándo empiezas?

—El lunes.

Vuelvo a darle un abrazo, emocionada, y al volver a mi sitio choco con la persona que tengo detrás.

Me doy la vuelta y me sorprendo al ver a un chico más o menos de mi edad vestido con traje.

¿Quién va a un bar un jueves por la noche de traje?

Y no solo eso, sino que el nudo de la corbata se ajusta perfectamente a su cuello, ni siquiera se lo ha aflojado un poco.

Subo un poco más la vista y veo unos ojos castaños enmarcados por unas pestañas que me dejan impactada.

—¡Perdona! —me disculpo.

—No te preocupes, mi traje sigue intacto. —Me mira directo a los ojos. Los suyos son de un color castaño precioso que me deja sin respiración durante un segundo.

—Lo siento, fue sin querer —insisto.

—No es nada grave, aunque, si me quieres compensar, déjame que te invite a una copa.

En ese momento, el camarero aparece con mi consumición y se vuelve a ir un segundo después.

—Gracias, pero tengo una todavía intacta.

—Como no me dejas invitarte, espero que puedas darme conversación mientras espero a mis amigos, que llegan tarde, como siempre. ¿Qué te trae por aquí?

—He quedado con mi amiga Carla.

Me hago a un lado para poder hacer las presentaciones correspondientes y él me dice que se llama Raúl. Después, le hago una pregunta que lleva en mi cabeza desde que lo he visto.

—¿Vais a ir a una fiesta de disfraces?

—¿Qué? —me pregunta con el entrecejo fruncido.

—Que si te has disfrazado para ir a una fiesta —le aclaro—. Me resulta extraño que alguien venga de traje a un bar a no ser que sea alguien importante.

—¡Ah! No. Es el uniforme del trabajo. No me daba tiempo a ir a casa a cambiarme y decidí venir con el traje. ¿No te gusta?

Mira hacia abajo a la vez que se plancha la chaqueta con las manos, aunque, en realidad, no le hace falta porque se ajusta perfectamente a su cuerpo. Lleva un traje gris liso, con una camisa blanca que contrasta con su tono de piel y lo único que aporta algo de color es la corbata azul.

—No es que no me guste, me parece serio. ¿No tienes calor con la chaqueta aquí puesta?

—La verdad es que un poco sí. Pero no me dio tiempo a quitarla.

—Adelante, no te cortes —interviene mi amiga por primera vez en la conversación.

El chico le hace caso y se desabrocha la chaqueta del traje.

Luego se la desliza por los hombros y los brazos.

Trago saliva al ver cómo se le tensan los músculos con el movimiento.

Después, parece que todavía tiene calor, creo que han quitado el aire, porque yo también, y se remanga la camisa para dejar al descubierto unos antebrazos fuertes y el inicio, o el final, de un tatuaje.

Me giro hacia la barra y bebo un poco para ver si consigo refrescarme.

—¿Por dónde íbamos? —La voz de Raúl me devuelve a la realidad. Carla está tan bloqueada como yo y, al ver que no decimos nada, continúa—. ¿Qué os trae por aquí?

—Carla ha encontrado trabajo y venimos a celebrarlo. —Para darle más énfasis a mi afirmación, cojo la copa y la choco contra la que tiene mi amiga en la mano, y después bebo otro poco.

—¡Enhorabuena! —La felicita a la vez que se acerca a ella para darle dos besos.

—¿Vienes mucho por aquí? —Tengo curiosidad por saber más acerca de él.

—No, es la primera vez. Aunque el local está chulo, lo escogimos porque me quedaba cerca del trabajo para que no tuviera que desplazarme mucho. ¿Vosotras ya lo conocíais?

—No, es nuestra primera vez también. Nos hablaron bien de él y quisimos comprobarlo.

—¿Y qué os parece? —La pregunta va hacia las dos, pero no despega sus ojos de los míos.

—La ambientación está muy bien. —Parece que mi amiga ha recuperado el habla.

—Sí, la verdad es que sí —afirma Raúl a la vez que hace un repaso visual rápido por el local para volver a posar su vista en la mía—. ¿Y qué os gusta hacer en vuestro tiempo libre? A parte de conocer locales, claro.

Parece realmente interesado en la respuesta y no por mantener una conversación trivial con unas desconocidas. Y algo me dice que, aunque la pregunta es para las dos, le interesa más mi respuesta.

—Lo típico, ir a conciertos, viajar… ¿Y a ti?

—También. ¿Cuáles son vuestros artistas favoritos? A mí me gusta Ed Sheeran, Pablo Alborán y Shakira.

—Nosotras tenemos ganas de ir a un concierto de Ed Sheeran, ¿verdad, Alma? —Mi amiga ha recuperado el habla, y es que ella es una gran fan del cantante—. A ver si viene pronto a España y vamos a verlo. ¿Has ido a algún concierto suyo?

—No he podido, pero me gustaría. Lo bueno de vivir cerca de la capital es que lo tenemos más fácil.

—Y no tenemos el estrés, ni la contaminación, ni es tan caro. —No sé si tiene relación, pero tenía que aportar algo a la conversación antes de que Carla la monopolice con el tema de su cantante favorito.

—Estoy de acuerdo, todo son ventajas. —Él me sigue la corriente.

—Todo no, no hay playa.

—Pero hay piscinas —me rebate.

—No es lo mismo, el sonido del mar y el olor a salitre no lo puede sustituir una piscina.

—Vaya, veo que en esto no coincidimos. —Hasta pone una carita triste para darle más énfasis a sus palabras.

—Qué aburrido si estuviésemos de acuerdo en todo.

—¿Tú crees? —me pregunta.

—Pues claro, a veces sienta bien salir de la zona de confort y descubrir nuevas experiencias. Y si no tienes a alguien a tu lado que te ayude, es más difícil hacerlo. Los humanos somos seres de costumbres.

—Puede, pero si no coincidimos en nada sería muy difícil ponerse de acuerdo.

—Es verdad.

Nos quedamos en silencio un momento y es entonces cuando me doy cuenta de lo que suena en el hilo musical.

—¡Me encanta esta canción!

Me arrimo a mi amiga y me pongo a bailar con ella, nada muy llamativo, pero a las dos nos gusta movernos y, sobre todo, si es al ritmo de Madonna y su Bring of love .

Cuando acaba esa, también nos animamos con la siguiente.

Al terminar, me doy cuenta de que Raúl está entretenido con sus amigos que ya han llegado.

Volvemos a la barra y nos sentamos a terminar nuestras bebidas.

Poco después decidimos marcharnos, no sin antes despedirnos de Raúl.

Camino por la calle intentando esquivar los charcos de agua.

Se ha puesto a diluviar de repente y me ha pillado sin paraguas.

Paso por delante del local donde conocí a Raúl y decido entrar.

Encuentro una mesa libre y me siento en ella.

Tras pedirle mi consumición al camarero, saco el móvil para entretenerme.

—¿Alma?

Levanto la vista y me encuentro con unos ojos castaños que hacía una semana que no veía.

—¡Hola! Qué casualidad que nos volvamos a encontrar.

—Pues sí. ¿Te importa que me siente contigo? —Me pregunta Raúl—. No hay más mesas libres.

—Claro, siéntate. Así también me haces compañía. No esperaba volver a verte. —Aunque mentiría si dijese que no pensé en él.

—Ni yo. ¿Qué te trae por esta zona?

—Vine a hacer unos recados por aquí y me pilló la lluvia. Decidí esperar dentro a que escampara.

—Yo salí hace un rato del trabajo y también aprovechaba para visitar un par de tiendas. Pero con este tiempo, apetece poco.

—Estoy de acuerdo. No hay nada mejor que un café calentito —le digo.

—Discrepo.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué es mejor, según tú? —pregunto intrigada.

Permanece en silencio durante unos segundos con la vista clavada en la mía. A continuación, una sonrisa se asoma en sus labios y solo puedo pensar en lo bien que le quedan las arruguitas que se le forman alrededor de los ojos con ese gesto.

—Te lo diré con una condición.

Me sorprenden sus palabras, pero también es verdad que el misterio alrededor de la respuesta ha crecido exponencialmente.

—¿Qué condición?

Tengo que preguntar. Aunque me parece una persona de fiar, apenas le conozco y lo que salga de su boca va a ser determinante. Su sonrisa se amplía antes de responder a mi pregunta.

—Que aceptes una cita conmigo.

—¿Y no te sirve esto que estamos teniendo?

—No. —Mueve la cabeza para reafirmar su negativa—. Quiero que quedemos, llevarte a algún sitio y pasar unas cuantas horas juntos. Tú y yo y lo que decidamos hacer.

Bebo un sorbo de mi café mientras pienso qué decir.

—No sé —me sincero.

—¿Qué es lo que te frena? Creí que habíamos conectado de alguna manera el otro día. Y el destino nos quiere decir algo al volver a encontrarnos hoy.

—Apenas te conozco.

—Y para eso está la cita, para conocernos mejor. No ha parado de llover, aún tenemos un rato para seguir hablando. Puedo sentir la atracción que hay entre nosotros y sé que tú también. Piénsatelo y cuando nos vayamos a ir me contestas, ¿te parece?

—Está bien.

—¿Qué quieres saber de mí? Ya sabes mi nombre y dónde trabajo.