Amores de barra Relato 4 #2
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Relato 4 #2

»¿Has estado alguna vez en un estadio de fútbol?

—Niego con la cabeza y él continúa—. Allí el ambiente es diez veces mejor.

La mayoría van con algo que identifica a su equipo, ya sea una camiseta, una gorra, una bufanda, un llavero, la funda del móvil…

Los nervios están presentes desde antes de entrar al estadio.

Tienes la oportunidad de animar a tu equipo, a que jueguen mejor, a que ganen.

Y eso, para esas personas que están en el campo de juego, es mucho.

Porque saben que miles de personas están pendientes de lo que hacen o dejan de hacer.

Mujeres y hombres que los admiran por cómo se defienden en el campo delante de un balón.

Y que después serán juzgados, por su entrenador y sus compañeros.

Pero también por los seguidores, por la prensa, que está pendiente y que al final del partido les harán una entrevista.

Y que tú estés allí y los animes —Hace una pausa de un segundo antes de seguir—, eso les da energía para continuar adelante e intentar ser mejores, ser la mejor versión de ellos mismos.

—¡¡GOOOOOLLL!! —Escuchamos que gritan todos los del bar.

Desviamos la atención hacia la pantalla y vemos quien acaba de marcar. Este se acerca a la grada, se lleva el puño al corazón y después señala a todos los presentes.

—Un gol. —Devuelvo la vista a Pablo cuando vuelve a empezar a hablar, el cual no creía que fuese capaz de articular más de dos frases seguidas y me ha sorprendido—.

Un gol nunca es solo un gol. Ese gesto que acabas de ver, es una forma de agradecer a todos los que lo apoyan y lo siguen.

A los que confían en él y no lo dejan de lado, aunque tenga un mal día.

Es el reconocimiento a todo el trabajo que hay detrás, los duros entrenamientos, el juego en equipo, la puntería.

Y ahora fíjate en la cara de la gente que está en el estadio.

O de la que está en la cafetería, sin ir más lejos.

Le hago caso y echo un vistazo a mi alrededor. Algunos se abrazan, emocionados, otros se dan palmadas en la espalda. Sin embargo, hay algo común en todos ellos. La felicidad que inunda sus caras.

—Todos ellos están aquí por una razón: ser parte de la historia de su equipo —concluye tras un par de minutos.

Nos quedamos en silencio a las puertas del baño, mirando hacia la pantalla donde vemos cómo continúa el juego. Una duda invade mi mente. Decido no callármela y la suelto.

—¿Y tú por qué estás aquí?

Se gira, extrañado, hacia mi.

—Te lo acabo de decir. Para formar parte de la historia de mi equipo.

Niego con la cabeza.

—No me refiero a eso. ¿Por qué te has levantado de la mesa y has venido hasta aquí?

—Ah, eso —dice a la vez que desvía sus ojos de los míos.

—Sí, eso. ¿A qué has venido?

—Quería asegurarme de que estabas bien.

No me lo acabo de creer del todo, así que insisto un poco más.

—¿Y qué más?

—Nada más —contesta tras unos segundos.

—Yo creo que sí —afirmo con seguridad—. Me conoces desde hace menos de una hora.

Sin embargo, pese a estar interesado en el partido, te has dado cuenta de que me levanté de la mesa y me seguiste para asegurarte si estaba bien.

Si me estaba empezando a gustar el fútbol o, por el contrario, estaba aburrida.

Te has ofrecido a cubrirme delante de mi amiga, sin apenas conocerme.

Incluso has propuesto acompañarme a casa.

Así que sí. Yo creo que significa algo. Aunque igual, y a diferencia de lo que produce este deporte en ti, todavía no sabes bien el qué.

Dejo que piense acerca de mis palabras y me dirijo a mi sitio en la mesa.

—¿Todo bien? —me pregunta Patricia cuando tomo asiento. Afirmo con la cabeza y centra de nuevo su atención en el partido.

Poco tiempo después, aparece Pablo en la mesa, pero ni siquiera me dedica una mirada.

El juego continúa hasta que el árbitro pita el fin de la primera parte.

Aprovecho estos minutos para salir a fuera y respirar un poco de aire.

Aunque esté contaminado por el tráfico, ahora mismo lo prefiero al que se respira en el interior del bar.

Incluso el ruido de los coches no me parece tan caótico como el de los gritos del interior.

Y eso que el equipo local va ganando, no me quiero ni imaginar lo contrario.

De hecho, si fumara, este sería un buen momento para encenderme un cigarrillo, como han hecho varias personas a mi lado. Me desplazo un poco por la acera para alejarme del humo del tabaco y me pongo a mirar las notificaciones del móvil.

—¿Te escapas? —escucho una voz a mi lado.

La mirada de Pablo choca contra la mía. Aunque todavía es serena, una chispa de diversión asoma en sus ojos.

—No, solo buscaba un poco de paz.

Asiente con la cabeza, sin embargo, algo me dice que no se ha creído mi respuesta. Como no quiero que siga, decido cambiar de tema.

—¿Por qué me has seguido? ¿Sigues queriendo asegurarte de que estoy bien? —cuestiono rememorando la respuesta que me dio cuando le hice la misma pregunta al salir del baño.

—Sé que no quieres estar aquí —dice sin llegar a contestar a mi pregunta—. Pero que sigas solo por tu amiga dice mucho de ti. Y eso me atrae. —Baja la vista al suelo, haciendo aparecer su timidez—. Tú me atraes.

Me quedo en shock tras su comentario. No me lo esperaba. No aparta la mirada del suelo y yo solo tengo ganas de ver sus ojos. Le cojo la barbilla y se la levanto con delicadeza.

—Mírame —le pido suavemente.

Me hace caso y sus pupilas se encuentran con las mías. No sé lo que él ve en mí. Yo veo una mirada clara, tímida pero segura, que tiene claro lo que quiere. Y, al parecer, me quiere a mí.

—Hay algo en ti que también me atrae —me sincero—. Nos conocemos desde hace una hora escasa. Y, quitando la conversación del baño, poco más hemos hablado.

—La comunicación no verbal también es importante.

—Y tú eres un experto, ¿no?

—Un experto no, pero entiendo algo.

—Deduzco que me has observado durante la primera parte del partido. —Asiente con la cabeza y me animo a preguntarle—. ¿Y qué te transmitía?

—Que te preocupas por los demás, que no te gusta el fútbol.

Ni siquiera un poco. Y eres más de dulce que de salado.

—Abro la boca para preguntarle cómo lo sabe, pero se adelanta—.

No has probado los frutos secos ni las patatas fritas.

Y eres sincera, no has tenido miedo de defender tus ideas a pesar de estar rodeada de personas que no conoces y que sabías que opinaban lo opuesto a ti.

—Buen observador. Has dado en el clavo. Sin embargo, ahora tienes ventaja sobre mí. Yo no sé nada de ti. Salvo que te gusta el fútbol.

Pablo me cuenta que también es sincero y sus aficiones a parte del fútbol. Que también le gusta el dulce, pero que no tiene nada en contra del salado. Le gusta estar con sus amigos y le cuesta abrirse. Pero conmigo algo le hace actuar de manera diferente.

—Ahora ya estamos en igualdad de condiciones —dice al finalizar.

—¡Pablo! Va a empezar el partido, ¿vienes? —grita Gerardo desde la puerta de la cafetería para que le oigamos.

—¡Voy ahora! —le hace saber.

Gerardo vuelve a entrar y nos quedamos solos otra vez en medio de la calle. Tras unos segundos, rompo el silencio.

—Creo que deberíamos entrar.

—Yo… —deja la frase a medias y vuelvo a mirar a la entrada del bar—. Yo creo que será mejor que volvamos adentro.

—Espera. —Lo agarro de la muñeca antes de que de media vuelta y una descarga me recorre entera. Pablo mira hacia donde le estoy tocando, lo que me hace intuir que él también lo ha sentido—. No era eso lo que querías decirme.

Sube su mirada desde mi mano, pasa por mi brazo hasta mis ojos. No dice nada, pero ambos sabemos que no miento. Le doy tiempo para que se relaje y me diga lo que le pasaba por su cabeza.

—Da igual, no tenía importancia.

—Quiero saberlo —aseguro sin soltar su muñeca por miedo a que huya.

—Yo… —vuelve a empezar—, me gustaría saber si te apetece quedar un día para conocernos mejor.

Lo miro y me parece que ha sido valiente por contármelo al final. Una sonrisa aparece en mi cara y sus facciones se relajan.

—Claro, pero no para ver un partido —aclaro por si las dudas.

—Por supuesto. Eso me ha quedado claro.

—Y pienso llamarlo cita, ¿te parece bien?

Asiente a mi pregunta y emprendemos el camino de vuelta al establecimiento mientras me da su número de teléfono.

La segunda parte del partido me parece que transcurre más rápido. Creo que estoy más pendiente de Pablo que del partido, y a él parece que también le cuesta mantener la mirada en la televisión.

Al final, el equipo de la mayoría acaba con victoria y todos se abrazan emocionados.

Patricia, Pablo y yo somos los últimos en marcharnos. Lo hacemos juntos, ya que vamos en la misma dirección.

—¿Te hemos convencido de que el fútbol es un deporte maravilloso? —me pregunta Patricia.

—Ni por asomo —contesto divertida.

Pablo también se ríe, y la imagen que me ofrece hace que me guste más. Estoy deseando quedarnos a solas y poder besarlo, pero eso tendrá que esperar un poco. Saco el móvil y le escribo.

Yo:

Me gusta verte reír

Veo que saca el teléfono del bolsillo y su sonrisa se amplía al leer mi mensaje. Y eso me hace más feliz que ver un partido de fútbol.

Quién me iba a decir a mí hoy que acabaría conociendo a un chico interesante en el plan más aburrido que me ha propuesto mi amiga. Quizás debería hacerle caso más a menudo. ¿Será esto el principio de algo verdadero?