Amores de barra Relato 4
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Relato 4

DOS COCA-COLAS

M i amiga Patricia me convenció para venir, pero ya sé de antemano que no me va a gustar. Yo odio el fútbol y a ella le encanta. Por eso, cada vez que hay partido, se reúne con sus amigos en el bar de la esquina para ver a su equipo jugar.

—Ya verás cómo tú también caes en los encantos de este deporte —me anima mi amiga.

No pienso lo mismo, pero no se lo digo. Seguro que se reúnen todos y están más pendientes de la pantalla que de otra cosa, y todo por ver cómo varias personas se pelean por tener el balón entre sus pies.

En cuanto llegamos, veo que hay varios grupos repartidos por la cafetería, y la mayoría llevan alguna prenda del equipo al que siguen.

Y, como no podía ser de otra forma, el noventa por ciento son hombres.

Se nota el ambiente previo al partido, ya que el ruido de las conversaciones es bastante alto.

Patricia me lleva hasta una mesa que queda en una esquina del local, donde hay reunidos seis o siete hombres, y me sorprende ver a dos mujeres con ellos. Patricia hace las respectivas presentaciones de los que aún no conozco y me hago un hueco entre ellos.

El camarero está tan ocupado que no se dio cuenta de nuestra llegada. Por esta razón decido acercarme a la barra a pedir dos Coca-colas, la mía y la de mi amiga.

—¿De qué equipo eres? —me pregunta Gerardo cuando vuelvo a la mesa. Es el único hombre rubio del grupo, así que es fácil distinguirlo.

—De ninguno —contesto y me encojo de hombros para restarle importancia a mi respuesta.

Cómo era de esperar, todos van en mi contra, dicen que eso no puede ser y empiezan a enumerar los pros del equipo que siguen, ya que la mayoría son seguidores del mismo club.

—Hoy te vamos a convencer para unirte a nuestro equipo.

—Buena suerte con eso —le dice Patricia al hombre que habló, no recuerdo su nombre—. Llevo tiempo intentándolo y no lo consigo. De hecho, hoy la traje obligada.

—No dejan de ser un puñado de hombres en la búsqueda y captura de un balón. —Tengo las ideas claras y es difícil convencerme.

—Halaaa… Lo que ha dicho. —Esta vez toma la palabra otro de los chicos, es el que tiene gafas, creo que se llama Julián.

—No he mentido.

—Técnicamente, es verdad —añade otra vez Julián—. Pero el fútbol es mucho más. Es emoción, pasión, juego, esperanza y equipo. Si jugaran por separado, el resultado no sería el mismo.

—A veces hay algún jugador que solo quiere la pelota para él. Y algunos partidos parece que solo saben hacer faltas.

—No siempre lo hacen y, si eso sucede, es porque tiene un porcentaje más alto de aciertos en tiro a portería. No suele haber muchas oportunidades y sería una pena desperdiciarlas. Ya verás como a nuestro lado va a cambiar tu forma de ver este deporte.

El que ha tratado de convencerme ahora es el que supongo es el más tímido, le cuesta mantenerme la mirada y habla poco. Creo recordar que se llama Pablo.

—Vais a tener que esforzaros mucho para conseguirlo.

—Si conseguís en una tarde lo que yo no he conseguido en años, sois mis ídolos. —Patricia vuelve a repetirse, supongo que por si alguien no se enteró por culpa del ruido.

—¿Y qué nos das a cambio? —pregunta Julián.

—Os invito a todos a cenar. —Los gritos de todos los presentes empiezan a escucharse más alto, me esperan las dos horas más largas de mi vida. Lo estoy viendo—. En donde yo diga. Nada de sitios gourmet que me arruináis, no soy rica —aclara mi amiga al ver que se vienen arriba.

—Es justo —oigo decir a Pablo.

Me fijo más en él y veo a un chico de pelo castaño no muy largo, con una barba recortada de dos o tres días y unas gruesas pestañas que envuelven sus ojos marrones.

A simple vista, no tiene ningún rasgo llamativo, pero el conjunto de sus facciones hace que llame ligeramente la atención.

Creo que voy a aprovechar que es el que menos habla y acercarme a él, a ver si así consigo dos cosas: una, que mi amiga no gane y evitarle pagar la cena; y dos, que yo no salga convencida de que es un gran deporte y así no cambiar mi perspectiva de toda la vida.

¿Que igual estoy equivocada y me estoy perdiendo algo grande? Puede ser. ¿Qué igual consigo ganar unos amigos? Eso solo el tiempo lo dirá.

En el televisor se ve como salen los jugadores al campo de fútbol y el ambiente en la cafetería empieza a caldearse. Explican los elegidos para empezar el partido por los respectivos entrenadores, algunos se alegran y otros protestan. Está claro que aquí tampoco llueve a gusto de todos.

Julián, que está a mi lado, me explica los pros y los contras de cada uno de los jugadores.

Que si el defensa, que si el portero es mejor que el del otro equipo, los delanteros que son muy buenos, etcétera.

Si soy sincera, no me entero ni de la mitad de las cosas que dice.

Sin embargo, asiento para que no piense que soy tonta.

Pocos minutos después, el juego comienza y es el equipo contrario quien se hace con el balón. Los integrantes de la mesa intentan animar a los suyos a que recuperen la pelota, pero esta se resiste en manos del contrario.

—El juego solo está empezando, es mejor que no gasten energía innecesaria ahora al principio y la reserven para el final, que estarán más cansados, por si tienen que remontar.

La explicación de Pablo hace que lo mire interesada. No todo el mundo pensaría así. Eso me dice que es una persona inteligente y que no se cree lo primero que le dicen. Punto para él.

Los minutos transcurren y ninguno de los dos equipos ha marcado un gol. Ha habido varios intentos, pero ningún acierto.

—¡Eso es fuera de juego! —grita Julián.

—¿Qué es un fuera de juego? —pregunto a nadie en particular.

Enseguida Pablo me lo explica.

—Fuera de juego se considera cuando la persona que va a recibir el balón por parte de un compañero se encuentra por delante del penúltimo adversario. Se considera el momento exacto en el que el balón deja de estar a los pies del compañero que se lo pasa.

—Es decir, que no puede estar más cerca de la portería que algún adversario cuando vaya a recibir el balón.

—Eso es —me dice con una sonrisa tímida en la boca—. El equipo contrario se lleva un tiro, lo cual puede ocasionar gol.

—Entiendo.

Vuelvo a mirar a la pantalla, pero al parecer el árbitro no considera que fuese un fuera de juego y el partido continúa.

—Al menos no están muy faltones.

—Eso es porque nuestro equipo es el mejor —vuelve a contestarme Pablo. Como es el que tengo enfrente, debe ser el que mejor me oye. O el que está más pendiente de mí, ya que los demás no quitan ojo de la televisión.

El juego continúa y yo miro cómo se pasan el balón de unos a otros y corren por el campo. Ninguno es capaz de marcar gol, me empiezo a aburrir. Aprovecho que están todos entretenidos con el partido para ir al baño.

Al salir, me encuentro con Pablo, que está apoyado en la pared, pero sin apartar la mirada de la televisión.

—¿Te aburres? —pregunta con preocupación., O por lo menos, a mí me parece que lo es.

—Un poco —contesto sincera. Espero que no se ofenda.

—¿Quieres irte? —Frunce un poco el ceño, como si la idea no le gustase.

—Le prometí a mi amiga que me quedaría todo el partido.

—Puedo decirle que te encontrabas mal, si quieres. Y te acompaño a casa para que sea más creíble.

—Gracias por ofrecerte, pero no se lo creería.

Asiente con la cabeza y nos quedamos en silencio unos segundos. Pablo tiene una mirada serena, parece de esos que no se alteran por cualquier cosa y que piensa antes de actuar. No le veo intención de acceder al aseo, y eso me indica que no está aquí de casualidad.

—¿Qué es lo que no te gusta?

Me encojo de hombros otra vez.

—¿Tú sabes por qué te gusta un color y otro no?

Pues esto es lo mismo. No dejan de ser hombres —recalco bien esta palabra, porque, en este deporte, y en la mayoría, las mujeres están muy por debajo— corriendo detrás de un balón que tiene que entrar en una zona delimitada llamada «portería».

Unas veces con más habilidad que otras. Eso por no hablar de todos los gritos que hay en la cafetería por defender a un jugador o a otro y alabar al equipo como si fueran dioses.

No lo son. Solo son personas que cobran una pasta por hacer el paripé con un balón.

—Entiendo. Pero lo estás mirando desde el lado equivocado.

Ojo —añade cuando ve que voy a decir algo—, no digo que no tengas razón.

Que la tienes. Pero este deporte une a mucha gente.

Mira a tu alrededor —me dice a la vez que con su brazo señala las diferentes mesas del local—.

Son personas que igual no tienen nada en común más allá de su pasión por el fútbol y, seguramente, por el mismo equipo.

Nos une como personas para comentar las jugadas, analizarlas y se crean amigos.

Igual solo para ver los partidos. Pero amigos, al fin y al cabo.

Comparten un rato y pueden no estar de acuerdo, sin embargo, su amistad se mantiene porque buscan lo mismo: que gane su equipo.