Relato 3 #2
—Espera —dice cuando solo he dado un paso.
Su mano se cierra alrededor de mi muñeca.
Al ver que doy media vuelta y quedo de frente a él, me suelta—.
Prometo intentar dejar apartado mi ego. Como acabo de decir, me dejo guiar por mi instinto, y este me dice que debo conocerte.
No me voy a rendir hasta lograrlo. Dejo en tus manos que sea hoy u otro día.
Me lo pienso durante unos segundos. Si lo dejamos para otro día, es capaz de conseguir mi teléfono y mandarme mensajes o llamarme hasta que acepte. Por el contrario, si lo acepto hoy y lo convenzo de que no somos compatibles, me dejará por fin en paz. Creo que la decisión es fácil.
—Está bien, pero con una condición.
—¿Cuál? —Se nota qué es su profesión la que pregunta antes de aceptar.
—Si, tras media hora, una como mucho, vemos que no tenemos nada en común, que no hay atracción o que me incomodas, nos despediremos sin rencor y no volverás a insistir.
—Eso es más de una condición, pero acepto.
Empieza a andar y yo lo sigo, no decimos nada y no sé si eso es bueno o malo. Saco el móvil del bolsillo y pongo la cuenta atrás. Sesenta minutos para ver si todo acaba de una vez.
—¿Ya estás incómodo, que has cogido el teléfono? —No podía estar más tiempo callado, no sé cómo hace en las misiones.
—No, puse el cronómetro para que me avise dentro de una hora.
Deja de caminar y me obliga a mí a parar a su lado.
—¿Ya ha empezado el tiempo? Pensé que contaría desde que nos sentemos en una mesa.
—No, el tiempo empezó a contar desde que aceptamos. Has tenido unos minutos de margen. No te quejes.
En lugar de contestar, levanta las manos en son de paz.
Reanuda la marcha y unos metros más adelante me invita a entrar en otra cafetería.
Está decorada con tonos blancos y negros, parece un tablero de ajedrez.
¿Lo habrá escogido al azar? Seguro que no.
De fondo, se oye la radio con la canción Ni tú ni nadie, de Alaska, a mí me encanta y la pongo siempre que quiero subirme la moral.
Supongo que el destino quiere decirme algo, ¿no?
—¿Conocías este sitio? —No pude retener las ganas de preguntarle.
—Vine un par de veces y me encanta su decoración rollo tablero de ajedrez. Es un juego que disfruto mucho. —La sonrisa en su cara revela que sus palabras son sinceras.
—Vaya, yo también.
—Algo en lo que estamos de acuerdo.
—No te emociones, Pedro, que solo es una coincidencia. De momento tenemos más en contra que a favor.
—¿Eres siempre así de negativo? —El tono con el que me lo pregunta hace que me ponga a la defensiva.
—No soy negativo, soy realista. Y te advierto, por última vez, que por ese camino no vas bien.
Antes de que pueda añadir nada más, aparece el camarero para tomar nota de nuestras bebidas. Una vez que se marcha, me entretengo mirando la decoración a mi alrededor a la vez que intento ubicar el baño por si tengo que ir y así evitar la situación con Pedro.
—Así que eres informático… —Asiento con la cabeza y continúa hablando—. No me lo vas a poner fácil, ¿verdad?
—Eres tú el que insistías en venir. Si por mi fuera, no estaría aquí.
—Está bien. ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?
—Lo normal, salir con los amigos, ir a algún concierto…
—Otro punto en común. ¿Qué música te gusta? —se interesa.
Poco a poco, la conversación fluye, y tengo que reconocer que se está comportando mejor. Es agradable charlar con él y tenemos más en común de lo que imaginaba en un principio.
De repente, suena la alarma y me sobresalto al escucharla.
—¿Ya ha pasado una hora?
—Sí, a mi también me ha sorprendido —le contesto.
—¿Te arrepientes de darme esta oportunidad?
No le respondo de inmediato, sino que analizo su expresión. Tiene un brillo de esperanza en los ojos, le gustaría que le diera la razón. Sus facciones son normalitas, si hay algo que resaltar son sus labios, de un color rosado muy apetecible y un poco delgados, como a mí me gustan.
—No ha estado mal —comento finalmente.
—Algo es algo. Por lo menos no has salido corriendo. —Lo fulmino con la mirada y luego lo aclara—. No te critico, solo resalto un hecho.
Levanta las manos en señal de paz. Su mirada ahora refleja alegría contenida, esperaba que le contestase más entusiasmado, pero no lo voy a hacer.
—Aún puedo hacerlo.
—Si es lo que quieres, no seré yo quien te lo impida. —Que no me insista en quedarme es un punto positivo para Pedro.
—Antes de que me vaya, me gustaría saber algo.
—Dime.
Acabo lo que queda de mi bebida y, tras unos segundos de espera, le hago la pregunta.
—¿Sigues pensando que tu instinto tenía razón?
—Te diría que mi instinto nunca falla, pero me echarías a patadas. Así que voy a decir que sí, pienso lo mismo.
—Sigo sin estar seguro. Que pasemos un rato agradable no indica que seamos compatibles.
Expresarlo en voz alta lo hace parecer más real… y así también ve que estoy cerrado en banda.
—Tienes razón. Pero si nunca lo intentamos, nunca lo sabremos.
—Eres de los que siempre ve el vaso medio lleno, ¿no? —Me asombra su positividad y la confianza que tiene en su instinto.
—No siempre, pero la mayoría de las veces sí. ¿Qué necesitas para intentarlo?
—Una prueba real de que somos compatibles y que cinco minutos juntos no van a hacer que nos echemos los trastos a la cabeza.
La verdad es que no sé por qué sigo aquí.
Por qué no me he levantado y abandonado el local.
Sé que hay gente que cree en los flechazos, pero yo no soy uno de ellos.
Creo que el amor surge poco a poco, según conoces a la otra persona y te enamoras de su forma de ser.
Y, por supuesto, tiene que haber atracción.
—Muy bien. Si quieres una prueba, te la daré —afirma antes de levantarse y sentarse en la silla que está a mi lado.
Sigo sus movimientos sin perder detalle de lo que hace, no soy capaz ni de articular palabra. Solo de esperar a ver que ocurre a continuación.
Me coge la cabeza con sus manos y con los pulgares me acaricia las mejillas por encima de la barba, lo que me provoca unas ligeras cosquillas.
Poco a poco, acerca su boca a la mía. Desvío la mirada a sus labios, ¿por qué me parecen tan apetecibles?
Están enmarcados por una barba de dos días que le queda muy bien y remarca sus facciones.
Puedo respirar su aliento, nuestros labios están a solo un par de centímetros.
Detiene su avance durante unos segundos, que espero impaciente.
Al ver que no se aproxima más, soy yo quien cubre el último tramo y el que impacta mi boca con la suya.
Su sabor a cola me deja noqueado por unos segundos y un escalofrío me recorre la espalda.
Ladea la cabeza para tener mejor acceso y la intensidad se vuelve notable.
Noto una dureza en mis pantalones que hace un rato no estaba.
Gruño de satisfacción. Esa es la señal que necesitaba Pedro para que su lengua entre en juego y vaya en busca de la mía.
El ruido a nuestro alrededor deja de existir. Solo estamos él y yo. No quiero soltar esos labios tan adictivos y con mis manos lo atraigo más hacia mí. No sé cuánto tiempo nos besamos, nos saboreamos hasta que es él quien decide romper nuestra conexión.
Sin embargo, no se aparta del todo. Gira un poco su cabeza y me susurra algo al oído.
—¿Te parece suficiente prueba? ¿O quieres más?
Esa seguridad hace que la tela de mi pantalón se tense aún más. Es el mejor beso que me han dado nunca, y eso que he besado a unos cuantos chicos.
Al ver que no le respondo, me agarra la mano y la acerca a su entrepierna. También tiene una erección difícil de ocultar.
Muerde el lóbulo de mi oreja y eso me pone a cien. Después, pasa la lengua por dónde segundos antes estaban sus dientes. Trago saliva con dificultad. ¿Qué me ha hecho este chico?
—¿Crees que mi instinto estaba equivocado? —susurra en mi oído.
Niego con la cabeza, lo que hace que nuestras mejillas choquen. Pedro se separa un poco de mí y me mira de frente. Parece que no puede mantenerse alejado mucho tiempo de mí porque une nuestras frentes.
—¿Vamos a mi casa y comprobamos si somos compatibles en la cama?
Es en ese momento que caigo en la cuenta de que no estamos solos. No lo ha dicho muy alto, pero sí para hacerme volver a la realidad.
Lo miro a los ojos y lo que veo en ellos es deseo. Uno que yo tampoco puedo ocultar. Decido lanzarme a la piscina, ¿qué puede salir mal?
—Estoy deseando ver con qué me sorprendes —le respondo al fin.
Una sonrisa aflora en su cara, grande, sincera y real. Le sienta fenomenal.
De camino al piso de Pedro nos paramos cada dos por tres porque no somos capaces de estar separados.
Si hace un mes me llegan a decir que conocería a mi pareja en una doble cita en una cafetería, habría dicho que esa persona estaba loca.
Sin embargo, sucedió. Después de acostarnos en su casa, seguimos viéndonos casi todos los días.
Él hace un esfuerzo por dejar su ego a un lado y, cuando le sale, yo hago la vista gorda.
Poco a poco me encuentro más a gusto a su lado y lo echo más de menos cuando estamos separados.
Al final voy a tener que agradecerle el cambio de planes a Fran. Cada vez tengo menos dudas de que esta relación va a salir bien. ¿Cómo no hacerlo al lado de Pedro?