Relato 3
CAFÉ SOLO Y SIN AZÚCAR
— H ay cambio de planes.
—¿Qué pasa? ¿Ya no te apetece salir a tomar algo conmigo? —le pregunto a Fran—. ¿Tan mala compañía te parezco?
—No es eso, Rodrigo, es que mi novia me ha dicho de salir a tomar algo y no he podido negarme.
—Ya veo. —Aunque, en realidad, no puede verme porque mantenemos una conversación telefónica—. Tu novia es más importante que tu amigo de toda la vida. He quedado en segundo plano.
—No, no me has dejado terminar.
—Pues continúa —le animo.
—Le dije que ya había quedado contigo y entonces me sugirió hacer una doble quedada.
—Fran —lo interrumpo—, no es por mal, pero no tengo pareja.
—Lo sé, por eso ella se ofreció a llevar un amigo que es bisexual y me ha dicho que cree que podéis conectar.
—Y como has dicho que hay cambio de planes, no me queda otra que ir, ¿no?
—Qué listo eres.
—Que sepas que esto lo hago por ti. ¿Misma hora y mismo sitio? —pregunto antes de dar por finalizada la llamada.
—Sí, nos vemos dentro de un par de horas.
No me hace ninguna gracia el cambio de planes. Espero que Fran y su novia, Lola, no se dediquen a darse mimos todo el rato y nos dejen solos. Y que el amigo que va a llevar sea majo. No pido tanto, ¿no?
Para la ocasión, he escogido unos vaqueros rotos y una camiseta llena de arcoíris pequeños. Llamativa pero discreta.
Llego al bar donde quedamos y, desde fuera, no veo que hayan llegado.
Le mando un mensaje a Fran para que sepa que estoy junto a la puerta.
No ha pasado mucho tiempo cuando lo veo llegar.
Una vez que está junto a mí, nos saludamos y me dice que Lola no tardará en llegar con su amigo.
Decidimos entrar para coger sitio y no abrasarnos con el calor del exterior.
Como era de esperar, la mayoría de las mesas están ocupadas y tenemos que aguardar un poco de pie. Eso sí, se está mucho mejor que fuera gracias al aire acondicionado. Me entretengo con la decoración del local. Es la primera vez que entro, aunque paso por delante a menudo.
—Está muy chulo el sitio —comento y me fijo en todos los cuadros que adornan las paredes. Es arte abstracto, del que puedes mirar horas para intentar descifrar que quiso pintar el artista.
Estoy observando uno cerca de la puerta cuando alguien entra por ella y me llama la atención.
Se trata de dos personas: una chica y un chico.
A ella la he visto un par de veces, pero a él no.
Es alto, con una barba de tres o cuatro días, atlético y lleva unos pantalones cortos blancos y una camisa con unos dibujos que no logro distinguir desde esta distancia.
Sin duda, es uno de esos hombres que no pasan desapercibidos y que tanto mujeres como hombres se quedan mirando.
¿Y ese es el amigo de Lola? Seguro que, con lo guapo que es, tiene una actitud insoportable.
Creo que en media hora voy a estar fuera. Pondré cualquier excusa y me iré.
Cuando llegan a nuestra altura, Fran piropea a su novia y hacen las presentaciones. Una vez terminadas, llega nuestro momento de sentarnos a la mesa. En frente de mí está Lola y, a su lado, como no podía ser de otra forma, Fran, que queda a mi derecha. Y, a mi izquierda, Pedro, el amigo de Lola.
Una vez que pedimos nuestras consumiciones, se hace el silencio en la mesa por unos segundos. Yo estoy aquí casi a la fuerza, así que no pienso romperlo. Pensándolo bien, voy a hacerlo, a ver qué les parece mi chiste.
—¿Por qué el barista mantenía una escalera en la cafetería? —Espero a ver si alguien contesta.
—Rodrigo, no empieces con tus chistes malos. —Fran quería que viniese, no le queda otra que aguantarme, aunque no le gusten mis chistes.
—¡Porque el café estaba a otro nivel! —exclamo al ver que nadie responde.
—Pues es bueno. Me gusta —comenta Pedro y hace un gesto apreciativo en mi dirección.
—Por fin alguien que entiende mi humor —comento en dirección a Fran, para que se dé por aludido. Él tan solo niega con la cabeza.
—Hablando de cafés, ¿cómo te gusta? —se interesa Pedro sin apartar su mirada de mí.
—Cortado. Sin leche y con una cucharada de azúcar.
—Eres de emociones fuertes, como yo. A mí me gusta solo y sin azúcar.
—No sabéis apreciar un buen café, el que mejor sabe es manchado y con una cucharada de azúcar —se une a la conversación Fran.
—Yo estoy con Pedro —comenta Lola—. aunque a mí me gusta con un poco más de leche. Me ha dicho mi novio que te interesan los deportes, ¿cuáles sigues?
Lola y yo nos habíamos visto en anteriores ocasiones, pero no más de un par de minutos y creo que nunca llegamos a tener una conversación. Parece que ahora está interesada en saber de mí, ¿o lo hará por su novio?
—El fútbol y MotoGP, sobre todo —le respondo—. Pero a veces también veo baloncesto o hockey .
—¿Y de qué equipo eres?
—Del Real Madrid, por supuesto.
—¡Venga ya! —exclama a mi lado Pedro con signos evidentes de indignación—. El mejor es el Barça.
—Porque tú lo digas. El Madrid tiene ciento seis títulos, uno por delante de los azulgrana. —Que no me venga a tocar las pelotas con el fútbol, porque este tema es sagrado. Si ya sabía yo que este tío no valía la pena. Y no llevo ni cinco minutos sentado con él.
—Haya paz —media la única mujer de la mesa—. Que los tíos nombráis el fútbol y os volvéis locos.
—Cariño, a mí no me incluyas en el saco. Me gusta estar al día, pero no soy un gran seguidor de ninguno. —Cómo no, Fran se pone de parte de Lola. Si es que son tal para cual.
El camarero escoge este momento para traer nuestras consumiciones. Una vez que se marcha, nos volvemos a quedar en silencio.
—Rodrigo, Fran me ha dicho que eres informático, ¿a qué te dedicas realmente? —se vuelve a interesar Lola por mí. ¿Querrá coger puntos para que me parezca bien que sea la novia de mi amigo?
—Trabajo para una multinacional y me dedico a mirar que no haya problemas con los ordenadores, solventarlos y controlar que nadie se quiera colar en el sistema y robar datos.
—Qué interesante.
—Pues yo no le veo nada de interesante —le rebate Pedro a Lola. Si es que lo supe desde el principio y cada vez me cae peor. Paso de él y cojo el vaso para beber un poco.
—¿Y por qué no te parece interesante?
—¿Sentarse todo el día delante del ordenador? Parece monótono —responde el aludido a la pregunta de su amiga.
—No a todos les gusta la acción como a ti. —¿En qué trabajará? Aunque esté intrigado por preguntarle, no lo voy a hacer. No tengo ganas de hablar con él.
—¿A qué te dedicas? —Parece que Fran me lee el pensamiento. Pongo la mano encima de su pierna y se la aprieto en señal de agradecimiento, luego la dejo encima de mi regazo para que no se haga tan evidente.
—Soy policía. —Ahora lo entiendo todo. Su enorme ego, su pose de chulito y su afán de acción—. Pertenezco a un grupo de operativos especiales de seguridad.
Y cómo no podía ser de otra forma, tiene que decir que es de los mejores.
Solo le falta informarnos de que va a ser un GEO.
Y si cambiamos de sitio las dos primeras letras, sale ego, lo que él tiene.
Miro la hora en el móvil, llevamos aquí veinte minutos, tiempo más que suficiente para saber que no estoy interesado en él.
Me levanto y digo que voy al baño. Sin embargo, me acerco a la barra a pagar por no dejar quedar mal a mi amigo, y me marcho del local.
Tan pronto estoy fuera, me paro al lado de la cafetería a la sombra de un árbol para mandarle un mensaje a Fran, le digo que me ha surgido algo y me he tenido que marchar.
—¿Dije algo que te incomodó?
No puede ser, esa voz pertenece a Pedro. ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? Guardo el teléfono en el bolsillo del pantalón y levanto la cabeza para mirarlo.
—¿Quieres que sea sincero? —le pregunto. No tengo nada que perder si no le gusta mi respuesta.
—Por supuesto. No me gustan las mentiras.
—Todo. —Si parece sorprendido por mis palabras, su cara no lo refleja—.
Al principio parecía que íbamos bien, te gustó mi chiste y te interesaste por mis gustos sobre el café.
Pero desde que quedó claro que nos gustan equipos distintos de fútbol, parece que vas en mi contra.
Y no me gusta estar donde no soy bienvenido.
—Perdona si te hice sentir así. No fue mi intención. —Su disculpa parece sincera, pero eso no cambia nada.
Nos quedamos en silencio unos segundos sin saber muy bien qué hacer ahora. Voy a decirle que me voy cuando vuelve a hablar.
—Te invito a tomar algo.
—No creo que sea buena idea. Lo acabamos de intentar, ¿recuerdas? —Le señalo el local con una mano para ver si así le refresco la memoria.
—Eso era solo una toma de contacto. Además, es mi forma de disculparme —insiste. Su mirada me indica que realmente quiere que le dé otra oportunidad.
—No estaría bien dejarlos solos —le digo en referencia a Lola y a Fran.
—No nos van a echar de menos hasta dentro de un rato. Y, para entonces, será tarde. Seguro que están besándose como si no hubiera un mañana. Ya sabes, cosas de pareja. —Se encoge de hombros para restarle importancia.
—Es probable.
Quizá debería pensar otra excusa para irme, porque esa no ha sonado muy convincente. Y eso hace que me de cuenta de que me ha seguido fuera del local.
—¿Por qué me has seguido hasta aquí? ¿No te creíste mi excusa? —Quiero saber por qué lo hizo.
Cambia el peso de un pie a otro antes de responderme.
—Vi que no ibas en dirección a los baños y que, en cambio, salías de la cafetería. No lo pensé y te seguí.
—Es decir, que me seguiste sin una razón aparente.
—Actué por instinto. —Se encoge de hombros para restarle importancia—. Debido a mi profesión, lo tengo desarrollado y no me equivoqué. —Cómo no, ya vuelve a relucir su ego.
—Creo que tu ego y yo no nos vamos a llevar bien. Será mejor que me vaya.