Amores de barra Relato 2 #2
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Relato 2 #2

El único problema es que hemos llamado la atención de las mesas cercanas, que ahora nos miran. Noto que empiezan a cuchichear y a mirarnos con más frecuencia. Incluso miran el móvil y asienten. ¿Eso quiere decir que…?

Una llamada interrumpe mis pensamientos, pero, al ver quien la realiza, se me para el corazón.

—¿Sí? —contesto.

—Tienes que salir de aquí ya.

Cuelgo a mi escolta y me voy casi sin despedirme de Adriana. Pero antes de que pueda dar dos pasos, ya tengo a una chica delante de mí preguntándome si soy Jorge Beltrán. Le digo que no e intento andar, pero me vuelven a parar.

La frustración se adueña de mí y me paso la mano por el pelo, lo que hace que se me descoloque la peluca.

Ahora sí que me reconocen. Miro a todos lados buscando una salida.

Mi escolta aparece a mi lado al momento y me guía hacia una puerta que está abriendo el camarero.

Entramos y la puerta se cierra detrás de nosotros.

Mi escolta enciende la luz y es en ese momento en el que me doy cuenta de que Adriana está con nosotros.

Su cara refleja la confusión del momento. Voy a explicarme cuando unos golpes y gritos a través de la puerta hacen que me dé cuenta de que no es el momento ni el lugar. Mi escolta está de acuerdo y nos guía hasta la salida posterior, donde ya nos está esperando mi chófer.

—Sal de aquí y llévanos a una zona tranquila, por favor —le digo al conductor una vez nos subimos en la parte de atrás del coche.

Mi escolta se queda para intentar apaciguar a los fans de la cafetería.

El trayecto transcurre en un silencio incómodo.

Adriana se dedica a mirar por la ventana y yo intento encontrar las palabras que mejor puedan describir la situación.

Tras lo que me parece una eternidad, pero no han sido más que unos minutos, el coche se detiene en una estación de servicio.

Mi chófer se baja del coche para darnos privacidad.

—No quería que te enteraras así —me disculpo a la vez que me giro hacia ella. Asiente con la cabeza, pero no dice nada más—. Tenía intención de decírtelo si la cita de hoy acababa bien. No podía guardarme el secreto para siempre, pero también necesitaba saber si lo nuestro podría funcionar.

—Sabes que no me gustan las sorpresas. —Su tono de voz duro hace que tenga que tragar saliva. Lo que viene ahora no va a ser fácil.

Me paso la mano por el pelo y me termino de quitar la peluca. Veo que ahora sí me reconoce y traga saliva.

—Sí, soy Jorge Beltrán, el famoso cantante.

A veces, el no poder llevar una vida normal me pasa factura.

Yo quería conocer a una chica que me quiera por quien soy, no por la persona famosa.

Por esta razón, mi mánager me dijo que me camuflara e intentara tener una cita con alguien que conociese a través de la app . Así ellos podían investigar que...

—¿Me han investigado? —me interrumpe asustada. Por su cara, si le digo que sí, sé que todo esto habrá acabado. Si le digo que no, todo empezará con una mentira. Teniendo en cuenta a dónde nos ha llevado este secreto, no creo que la segunda opción sea viable.

—Déjame explicarte primero, por favor —le suplico.

Me mira y, tras un par de segundos, asiente con la cabeza. Me giro en mi asiento para mirarla de frente y no perder detalle de su expresión.

—Empecé buscando en la aplicación, pero nadie me llamaba la atención.

Hasta que te vi. Decidí hablarte y me pareciste muy maja.

Quería quedar para conocerte en persona, sin embargo, mi personal de seguridad no me dejaba hacerlo si no tenía ciertas garantías.

Muy a mi pesar, tuve que darles permiso para que investigaran un poco más sobre ti.

—Su cara refleja lo poco que le gusta todo esto.

En el fondo de mi corazón, sé que la estoy perdiendo y estos serán los últimos minutos que pase a su lado.

Nunca los voy a olvidar—. Miraron que no tuvieses antecedentes penales ni que pertenecieras a ningún grupo radical.

No quise saber más y espero que no hayan hurgado mucho.

Lo que quiero decir con esto es que todo lo que sé sobre ti —Le cojo de las manos para que vea que soy sincero— es porque me lo has contado tú.

Ellos no me han dicho nada, solamente me han dado el visto bueno.

Espero unos segundos para ver cómo se toma la noticia. Con mi pulgar, le acaricio las palmas, un gesto con el que pretendo relajarla y a la vez calmarme yo mismo para poder continuar.

—Si todo iba bien, mi intención era llevarte a un lugar menos concurrido y decirte quién era.

Pero la gente empezó a mirarme y supe que tenía que irme sin llamar la atención.

La llamada que recibí era de mi escolta para decirme que tenía que salir de la cafetería cuanto antes.

En cuanto me levanté, ya viste que me reconocieron.

Nunca pretendí que te enteraras así, quería contártelo yo.

Sé que suena a locura, y que apenas nos conocemos, pero quiero seguir viéndote.

—Le doy unos segundos para que asimile lo que le acabo de contar antes de seguir hablando—.

Comprendo que no es una decisión fácil de tomar, que mi vida tiene muchas complicaciones y te verás expuesta ante todo el mundo…

En sus ojos veo el alcance de la noticia, tiene miedo de dar el paso, pero también ganas de seguir conmigo. No se mueve del sitio, ni siquiera asiente; aún así, sé que ha entendido todo, solo tiene que procesarlo.

—Piénsatelo. Y si al final decides que quieres seguir adelante con lo nuestro, escríbeme.

Cojo un papel y un bolígrafo que siempre llevo en el coche por si necesito apuntar algo y le escribo mi número de teléfono. Sé que me arriesgo, pero creo que merece la pena. Ella lo coge y se lo guarda en el bolso.

Tras unos minutos de silencio, le digo a mi chófer que entre y le pregunto a Adriana a dónde quiere ir.

Reemprendemos el camino de vuelta en silencio.

Ni siquiera suena la radio con alguna canción de moda o la noticia del momento.

Miro hacia la chica que viaja en el asiento de al lado, parece que, en vez de separarnos unos centímetros, nos separan kilómetros.

Me duele dejarla ir, pero no puedo obligarla a venir a mi mundo.

Y yo no puedo volver al suyo. Aprovecho que mira por el cristal tintado del coche para memorizar su silueta por si no vuelvo a verla.

—Ya hemos llegado.

No me había dado cuenta de dónde estábamos. A diferencia de antes, el trayecto se me ha hecho muy corto. Le hago una señal con la cabeza al chófer y este baja para dejarnos un último momento de intimidad.

—Le diré a mi mánager que se ponga en contacto contigo y que te envíe dos entradas para el próximo concierto. Si necesitas alguna más para ir con tus amigas, pídeselas también.

Adriana me mira por primera vez desde que le confesé quién era y veo que sus ojos están a punto de derramar lágrimas silenciosas. Y eso me parte el corazón. Me quito el cinturón de seguridad y me acerco a ella para abrazarla.

—Siento si te he hecho daño. No era mi intención —susurro sin despegar mi cabeza de su cuello. Inhalo su aroma, dulce como ella y aprieto un poco más el abrazo. No quiero moverme de aquí.

—Me gustó mucho conocerte —dice de forma entrecortada.

Deshago el abrazo y la cojo de las manos. Intenta retener las lágrimas.

—A mí también.

—Eres un magnífico cantante. Y hoy he descubierto que eres una persona aún mejor.

—Gracias —susurro para no romper el momento.

Una lágrima se desliza por su mejilla, mi mano se desengancha de la suya y le limpia la humedad.

—Me da pena despedirme de ti. —Se calla durante un segundo, respira hondo y vuelve a hablar con más determinación—. Pero no estoy preparada para lo que se me vendría encima si eligiese estar contigo.

—Te entiendo. Ojalá nos hubiésemos conocido en otro momento. Por mucho que dejase de cantar, seguiría siendo famoso. Lamento que no pueda hacer otra cosa por estar a tu lado. Cuídate mucho.

Le doy un último abrazo que dura solo unos segundos. Adriana se separa de mí, me da un dulce beso en los labios de despedida y sale del coche.

Sigo su recorrido con la mirada, no se vuelve en ningún momento, pero sé que está llorando, porque se lleva una mano a la cara para quitar las lágrimas que caen de sus hermosos ojos. Unos segundos más tarde, su silueta se pierde entre la multitud.

—Cuando usted quiera nos vamos. —La voz de mi chófer me devuelve a la realidad.

Miro una vez más hacia la calle, pero no consigo verla. Me siento bien, me pongo el cinturón y miro al frente.

—Vámonos.

El coche empieza a moverse, y a cada segundo que se aleja de ella, siento que mi alma se rompe más y más. Nuestra relación no ha durado mucho, pero fue profunda y no creo que logre olvidarla nunca.

Un pañuelo aparece entre los asientos de delante, y es ahí cuando me doy cuenta de que yo también estoy llorando.

—Todas las personas dejan una huella en nosotros. No importa si han estado a nuestro lado minutos o años.

—Gracias —le respondo a mi chófer.

Mi conductor ha intentado animarme, pero ahora mismo lo único que quiero es meterme en la cama y mañana, cuando me levante, darme cuenta de que todo fue una pesadilla.

De repente, una idea me viene a la cabeza. Dicen que las mejores canciones se han escrito con el corazón roto y va a ser la primera vez que lo presencie en primera persona. Cojo el móvil y me pongo a escribir la idea que he tenido.

No puedo retroceder en el tiempo, de lo contrario, habría hecho las cosas diferente. Ahora solo me queda intentar continuar con mi vida.