Relato 2
INFUSIÓN
S i hay algo que odio de la fama, es no poder tener vida social.
Vayas a donde vayas, la gente te reconoce.
No puedo salir a la calle sin escolta y necesito un coche con los cristales tintados.
Y, por supuesto, nada de conducir. Si paro en un semáforo, la gente me mira y se olvidan de a dónde iban, se bajan del coche y me piden autógrafos.
Cuando te vuelves famoso, hasta dejas de tener amigos, porque no puedes quedar con ellos en lugares públicos y no sabes si se acercan a ti por tu fama o por quién eres.
Por todo esto, mi mánager, cansado de escuchar mis quejas, me ha propuesto un plan.
Me ha abierto una cuenta en una app de citas y esta tarde he quedado con una chica.
Estoy nervioso por lo que pueda pasar. Mi estilista se ha unido al plan y me ha conseguido una peluca, unas lentillas y unas gafas para intentar pasar desapercibido.
Aún así, alguien podría reconocerme por la voz. Es lo malo de ser cantante.
Mi escolta se ha vestido informal y estará sentado en una de las mesas del bar donde hemos quedado por si pasa cualquier cosa.
Me visto con unos vaqueros, una camiseta y unos playeros como si fuera un chico más.
Después me pongo la peluca, las lentillas y las gafas tal y como me indicó mi estilista.
Me miro en el espejo y la verdad es que no me reconozco.
Además, cuando tengo algún evento, suelo ir recién afeitado, pero esta vez me he dejado crecer un poco la barba para pasar más desapercibido.
Me aseguro de llevar el móvil y la cartera y compruebo que no tenga ninguna tarjeta que ponga mi nombre visible. Por último, cojo las llaves y salgo de casa.
Mi chófer me lleva hasta la cafetería donde he quedado con Adriana. Antes de llegar, ya he recibido un mensaje de mi escolta en el que me dice que todo está bien. El coche me deja en la esquina de la calle y tengo que recorrer unos pocos metros hasta llegar al local.
Al entrar, hago un barrido con la mirada por las mesas y no localizo a la chica. Veo una mesa libre al fondo y me dirijo hacia allí. Me siento a esperar a Adriana, ojalá no tarde mucho. Un par de minutos después, entra en la cafetería y levanto un poco la mano para que me ubique.
Tras los saludos, aparece una camarera para tomarnos nota. Me pido una infusión de manzanilla para calmar los nervios y Adriana un refresco. Una vez que nos volvemos a quedar solos, soy yo quien empieza a hablar.
—Bueno, por fin nos vemos.
—Sí, tenía ganas de vernos las caras. ¿Qué te parece el local?
Aprovecho su pregunta para mirar a mi alrededor y comprobar que todo sigue en orden. Mi escolta me hace un pequeño gesto para confirmarme que todo está bien. Vuelvo a mirarla y sus ojos transmiten una calidez que no había visto antes.
—Es acogedor —le contesto finalmente.
—¿Nunca habías estado? Es uno de los locales más famosos de Madrid.
—La verdad es que no. No suelo venir por esta zona.
—No le digo toda la verdad, pero tampoco le miento.
No soporto las mentiras, será porque mucha gente a mi alrededor lo hace.
No espero a que pregunte más cosas sobre mí y me adelanto a hacerlo yo—.
Me has contado que te gusta dar paseos, ¿lo haces por Madrid o buscas rutas fuera de la ciudad?
—La mayoría de las veces las hago por la capital. Me encanta pasear, ver las diferentes calles y descubrir nuevas tiendas. De vez en cuando salgo de Madrid y busco rutas naturales por las que perderme entre el paisaje.
—Así que eres una chica a la que le gustan los descubrimientos. ¿No serás científica? —Tan pronto suelto la pregunta, me arrepiento de ello. No porque no quiera saberlo, sino porque, si me la devuelve, tendré que mentirle. No puedo confesarle que soy un cantante famoso.
—Qué va. Soy diseñadora web. Paso muchas horas sentadas delante del ordenador, quizás por eso en mis ratos libres me gusta moverme. ¿A ti que te gusta hacer en tu tiempo de ocio?
Menos mal que no me ha preguntado por mi profesión, aunque, justo por ella, mi tiempo libre se ve muy reducido.
—Me gusta ver películas, hacer deporte… Nada del otro mundo.
—¿Y qué deportes practicas? —prueba con otra pregunta.
—Me gusta mucho ir a correr. Y, si puedo, me gusta acercarme a la costa y hacer surf, kitesurf , windsurf o incluso kayak . Ya ves que, a pesar de vivir en Madrid, me encanta el mar. Es uno de los puntos negativos de esta ciudad.
—Te entiendo, a mí también me gusta escaparme a la playa algunas veces. Pero no para hacer deporte, sino para tumbarme en la arena y escuchar el sonido del mar. Es relajante.
—¿Incluso si hay gente alrededor? —pregunto curioso. Yo no sería capaz de relajarme si hay mucho ruido cerca. Quizás el ser famoso influye en eso.
—No. Intento buscar esquinas donde haya poca gente y suelo madrugar para coger un buen sitio y pasar la mañana relajada. Por la tarde, si veo que no hay paz, me vuelvo.
—No es un mal plan. Yo también suelo ir por las mañanas cuando practico deportes acuáticos. Hay menos gente y se está mejor.
Me parece muy curioso que, por la aplicación, nuestras conversaciones eran muy interesantes y, sin embargo, hoy nos hemos ido a los clásicos temas de qué hacemos en nuestro tiempo libre.
No sé si es que, al ser un chat, nos dejamos llevar más y somos nosotros mismos o que, el vernos en persona, nos ha defraudado.
La escucho hablar y mis ojos se fijan en sus labios. Los lleva pintados de un rosa no muy fuerte y tienen un grosor intermedio, como me gusta a mí.
Temo que si la conversación no mejora ni siquiera me daré el gusto de probarlos, no quiero darle falsas esperanzas. Por los altavoces suena Lady Madrid, de Pereza, quizás podría llamarla a ella así. Aprovecho que se calla un segundo para lanzar mi pregunta.
—¿Hay alguna característica que tenga que tener si o sí un hombre para que te plantees que sea tu pareja?
Adriana me mira como si se me hubiese ido la olla. Y no me extraña, el cambio de tema es radical. Cada minuto que paso en esta cafetería es un minuto que estoy más cerca de que me reconozcan y, si puedo evitarlo, mejor.
Mientras se piensa la respuesta, me fijo mejor en sus rasgos.
Tiene unos ojos del color del chocolate con leche que ahora mismo reflejan confusión, pero también determinación.
Están enmarcados por unas pestañas negras y largas que le aportan un toque risueño.
Su piel tiene un ligero moreno a pesar de que todavía no ha llegado el verano.
Se nota que le gusta ir a la playa, tal y como me dijo antes.
—Sincero. —Mierda, cuando descubra que no soy quien digo ser, no va a querer estar conmigo—.
Si voy a estar con alguien, esa persona tiene que ser sincera.
No me gusta que me guarden secretos o me oculten cosas.
Para mí eso es señal de que no confía en mí y, si eso es así, no hacemos nada como pareja.
—¿Ni siquiera para darte una sorpresa?
—No me gustan las sorpresas. —Se encoge de hombros.
—¿Ni por tu cumpleaños? —No me creo que no le gusten las sorpresas.
—Si es un regalo, sí.
—No estoy hablando de regalos, sino de darte una sorpresa un día cualquiera. Imagínate que tu pareja te organiza un día especial porque le apetece y no te cuenta nada. ¿No te gustaría? —A todas las mujeres les gustan que las sorprendan con detalles, ¿será ella la excepción que confirma la regla?
—No. Me gusta saber a dónde me va a llevar para estar preparada. No es lo mismo que me lleve a la playa que a una ruta de senderismo.
—Bueno, te puede decir que te pongas cómoda o elegante. O incluso preparar lo necesario para la sorpresa y tú dejarte guiar.
—Podría, pero me gusta saberlo. Soy una persona curiosa.
Seguimos conversando y me gusta lo que descubro de Adriana.
Es una chica sencilla, amable, sabe escuchar y le gusta mi música.
He descubierto cosas que no me agradan, pero no son muy importantes.
Nadie es perfecto. Sin embargo, hay una pregunta que no me abandona en ningún momento: ¿cómo reaccionará cuando se entere de quién soy?
La tarde pasa sin contratiempos y me da pena despedirme de ella, así que le propongo quedar otro día. Adriana acepta encantada.
Me despido de ella y salgo del local tras pagar las consumiciones.
Mi chófer me espera no muy lejos y, tras meterme en el coche, empiezo a rememorar la tarde que pasamos.
Fue muy agradable y, a pesar de estar algo en tensión por si había algún contratiempo o me reconocían, por suerte no fue así.
Estoy deseando que pasen los días para volver a vernos.
Por fin llega el día en el que voy a volver a ver a Adriana. Me pongo de nuevo la peluca, las lentillas y las gafas. Cojo las llaves de casa y el móvil y salgo en dirección a la cafetería en la que quedamos hoy.
Como siempre, mi escolta ya se encuentra en el lugar y me dice que puedo entrar.
—Te queda bien no tener barba —me dice mi acompañante tras el saludo pertinente.
Esta vez, como tuve un evento hace dos días, no la llevo tan larga. Es un riesgo, porque me pueden reconocer más fácilmente, pero, si no, tenía que esperar una semana más para verla. Y no quería.
—Gracias. Tú también estás muy guapa. Ese vestido te queda fenomenal —la halago.
Y es verdad. Hoy se ha puesto una prenda de color verde que le llega a mitad de muslo y con un escote redondo no muy marcado, pero si lo suficiente para ver que esconde debajo.
Acabamos de vernos y ya deseo poder quitárselo.
Gracias a la confianza que adquirimos el otro día, y tras seguir hablando por la aplicación, la conversación fluye sin sobresaltos.
El único que está acelerado es mi corazón, sobre todo cada vez que se ríe.
Nunca había escuchado una risa tan bonita.
Me encantaría poder oírla todos los días.
Y ese sonido, junto con su forma de ser, hace que yo también me ría.
Incluso tengo que quitarme las gafas, porque me lloran los ojos de la risa.