Relato 1 #2
Pienso qué puedo prepararle para dejarla con la boca abierta. Tan solo necesito dos segundos para tener la respuesta. Elaboro la bebida y vuelvo a la mesa, donde también deposito un café para mí.
—¿Dos bebidas? ¿Es por si una no me gusta? —me pregunta con el entrecejo fruncido cuando dejo las dos tazas en la mesa.
—No, una es para ti y la otra para mí. Si hay poco trabajo, el jefe nos deja charlar con los clientes. Hoy es tu día de suerte porque tengo muchas cosas que contarte. Pero, antes, me gustaría que probases lo que te he preparado y me digas si te gusta.
—Vale, vamos allá.
Acerca la taza a los labios y le da un pequeño sorbo. No pone buena cara y le añade el sobre de azúcar que le puse en el plato. Revuelve y prueba de nuevo.
—Mmm qué rico. —Esta vez sí que le ha gustado y me ha hecho muy feliz. Me contento con poco—. Tiene un toque a café y también a caramelo.
—Correcto. Es un moca de caramelo.
—¿Cómo sabías que me iba a gustar? —pregunta curiosa.
—Que te gusta el chocolate lo tenía claro, no sería la primera vez que pides uno. No las tenía todas conmigo, pero quería intentarlo. Y sorprenderte.
—Lo has conseguido.
Una sonrisa se instala en mi cara al oír que he logrado mi propósito. Bebo un poco de mi café y me animo a decirle lo que quería.
—He leído los dos libros que me recomendaste. —El tono es neutro, no quiero que adivine nada e intento que no se me note lo emocionado que estoy a través de mis gestos.
—¿Y qué te parecieron? —Está expectante ante la posible respuesta que le puedo dar. Y eso me gusta y me da ánimos para seguir.
—Me encantaron. —Una sonrisa aparece en su cara ante mi afirmación—. Me los leí casi del tirón. Comí leyendo y hasta casi llego tarde a trabajar. Suerte que me había puesto una alarma.
—Me alegro mucho. ¿Te has animado con algún otro?
—No. Terminé ayer el segundo y estaba esperando a ver si venías para pedirte más recomendaciones.
—¿Después de Divergente no te entraron ganas de leer Insurgente ?
—Por supuesto, pero es el que acabé ayer de noche. Y hasta mañana no puedo ni ir a la biblioteca ni comprarlo en una librería.
—Puedes comprarlo a través de Amazon —me sugiere Alicia.
—Estaría en las mismas y no me llegaría hasta dentro de unos días.
—Me refería en digital. —Voy a contradecirle, pero se adelanta a mi respuesta, parece que ya me va conociendo—. No necesitas un libro electrónico, con que instales una aplicación en el móvil es suficiente.
—Prefiero leerlo en físico y así no le doy más de comer al gigante.
Veo que entran unos clientes por la puerta y le pido un minuto para ir a atenderlos. Después vuelvo junto a ella. Me gusta mucho charlar con Alicia, tiene algo que me atrae y, cuanto más tiempo estoy con ella, más quiero pasar. ¿Sentirá lo mismo? ¿O solo es amable?
—Ya he vuelto. ¿Por dónde íbamos? —En este instante veo que tiene las manos alrededor de la taza, y no veo su e-book por ningún lado—. ¿Hoy no has traído ningún libro?
—No, tenía la esperanza de encontrarte y poder hablar contigo.
No lo dice muy alto, pero la escucho perfectamente. Mi corazón se salta un latido con su confesión. Eso es que también le atraigo.
—La suerte ha estado de tu lado. ¿Qué te parece si te dejo mi número de teléfono y quedamos para cenar y hablar con calma? Así yo no tengo que estar pendiente de los clientes.
—Me parece una buena idea.
Ambos sonreímos. Le escribo mi número en una hoja de mi libreta y se la doy. Después me despido de ella para seguir con mi trabajo.
Cuando acaba mi turno, tengo un mensaje de ella en el que me pregunta cuándo me viene bien quedar. Intercambiamos unos cuantos más hasta confirmar hora y lugar. Y, para mi alegría, será esta noche.
Según van pasando los minutos, me pongo más y más nervioso. He escogido un sitio informal que se llama El emporio de los sándwiches, un local familiar y con una carta variada. Para mi sorpresa, Alicia dijo que tenía ganas de ir.
Faltan cinco minutos para la hora acordada y ya estoy en la esquina donde quedamos. Doy varios pasos a un lado, pero enseguida vuelvo a la esquina para poder verla venir desde el lado que venga.
Dan las nueve en punto y miro para todos lados para ver si llega. Sin embargo, no la veo por ninguno. Miro el móvil por si tengo algún mensaje. Mi corazón se acelera al ver que tengo uno, pero me decepciono al ver que no es suyo.
Miro a un lado. Nada.
Miro al otro. Tampoco.
El móvil. Sin noticias nuevas.
Parece que el tiempo se ha vuelto más lento. O quizás es que estoy más impaciente de lo creía.
Nueve y cinco. Sigue sin llegar.
Miro a la derecha. Nada.
A la izquierda. Tampoco.
Por delante. No hay nadie.
Por detrás. Tampoco.
Nueve y diez. Sigo sin noticias.
Empiezo a pensar que me ha dado plantón. Paseo por la acera nervioso y vuelvo a la esquina. Veo a una chica al fondo de la calle. ¡Por fin! Se acerca, pero gira una calle antes. No es ella.
Nueve y cuarto. Me muerdo las uñas para intentar frenar el nerviosismo. ¿Debería mandarle un mensaje? ¿Le habrá pasado algo?
Vuelvo a mirar a mi derecha. No viene nadie. Me llevo otra uña a la boca. A este paso me voy a quedar sin ellas.
A la izquierda. Por fin la veo. Más guapa que nunca con un vestido de flores, el pelo suelto y unas sandalias negras.
—Buenas noches, estás guapísima —le digo cuando llega a mi altura. Me acerco para darle dos besos y su aroma floral me hace estremecer. Le cojo la mano y hago que de una vuelta sobre sí misma—. Espectacular.
—Gracias. Siento llegar tarde. Hubo un accidente y había algo de tráfico.
—No te preocupes. Lo importante es que estás aquí. ¿Entramos?
Tras su afirmación, recorremos los pocos metros que nos separan del local y accedemos al interior.
Nos sentamos en la mesa que nos indican y hojeamos la carta.
Una vez que pedimos, un silencio se instala entre nosotros, envuelto por el ruido de las diferentes conversaciones que hay en el restaurante.
He conseguido una cita y nada puede salir mal, por lo que decido empezar una conversación y le pregunto qué le parece el local.
A partir de ahí, los temas se suceden uno tras otro y hablar con ella es muy fácil.
Me siento muy cómodo a su lado y cada vez que sonríe hace que mi corazón dé un brinco.
De hecho, lleva un rato trotando, y si Alicia no lo escucha es por todos los sonidos que hay alrededor.
Tras cenar, decidimos salir a dar un paseo. Parece que ninguno de los dos quiere despedirse del otro.
Unos minutos más tarde nos llama la atención una pareja. Van cogidos de la mano y en ellos se puede ver la complicidad que tienen, buscan todo el rato el contacto mutuo.
—Qué bonito es el amor —susurra Alicia a mi lado.
—Sobre todo si es correspondido —le digo, dejo de observar a la pareja y dirijo mi atención a ella.
Tiene un brillo nostálgico en los ojos, como si recordara un gran amor. Nos hemos parado sin darnos cuenta y la luz de la farola alumbra su bonito rostro. Retiene las lágrimas en los ojos y no me gusta verla triste.
—¿Estás bien? —le pregunto, la cojo de la mano y se la acaricio.
No es capaz de contestar, pero afirma con la cabeza y mira hacia otro lado. Intenta evitar que vea su tristeza. A veces no necesitamos grandes gestos de amor, sino alguno pequeño y sincero. Por eso, acerco mi cuerpo al suyo y la abrazo, para que sepa que no está sola.
—No pasa nada —digo cuando nos separamos—. A todos nos han roto el corazón alguna vez, pero solo el tiempo decide cuándo somos capaces de volver a amar. A algunas personas les lleva más tiempo que a otras.
—Lo he superado —afirma y me mira a los ojos. Me lo creo—. Solo que, a veces, me entra la nostalgia y pienso que yo no voy a ser capaz de encontrar a nadie que me complemente. Y eso me entristece.
—¿Y por qué no ibas a encontrar a alguien?
Eres guapa, amable, culta, inteligente y divertida.
El sueño de cualquier hombre. Y si no quiere estar a tu lado es que no ve la maravillosa mujer que eres.
Te mereces a alguien que te apoye siempre, en los buenos momentos y en los malos.
Que te acompañe en tus logros y te ayude a superar tus miedos. No deberías conformarte con menos.
—¿Has conocido a esa persona?
—Estoy en ello —le contesto, y veo como su brillo se apaga. Me apuro a aclarar—. La conozco desde hace poco y no sé si ella está en el mismo punto que yo.
Mi vista se desvía hasta sus labios y veo cómo se pasa la lengua por ellos. Tengo ganas de besarlos y saber a que saben, pero si no está preparada, esperaré a que lo esté. No quiero forzarla.
—¿Y si no está segura? —pregunta mirándome.
—Puede intentarlo. El «no» ya lo tiene.
—¿Y si no quiere perder una futura amistad por algo que no sabe si va a funcionar?
—El destino es impredecible. A lo mejor tampoco tiene futuro esa amistad.
Nos quedamos en silencio y nos miramos a los ojos. Trago saliva para evitar el nudo que se ha instalado en mi garganta tras esta conversación y su vista se desvía a mi nuez. Esa es la señal que necesitaba para dar el paso definitivo.
Acerco poco a poco mi boca a la suya. Le doy tiempo para echarse atrás si es lo que quiere.
Me quedo a pocos centímetros de su boca, me permito respirar nuestros alientos.
Ella no se aparta y elimino la distancia que nos separa.
Nos envolvemos en un beso suave que supera mis expectativas.
Y sé, sin lugar a dudas, que va a dejar huella en mi corazón.