Amores de barra
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Relato 1
MOCA DE CARAMELO
¡¡ P LAS!!
El sonido de una taza que se hace añicos cuando cae al suelo me sobresalta. Y eso que debería estar acostumbrado a estos imprevistos debido a mi profesión.
Salgo de la barra para recoger los trozos y preguntarle a la chica si está bien. No sé cómo se llama, solo que viene casi todos los días con su libro electrónico y a mí me tiene muy intrigado.
—Sí, tranquilo. Ni un rasguño —responde a mi pregunta.
La chica lectora me gusta a pesar de no conocerla mucho.
Es guapa, o al menos a mí me lo parece. Tiene el pelo casi negro, rizado, suele venir sin maquillar y con unos ojos azules como el mar.
En numerosas ocasiones intento adivinar cosas acerca de ella, como, por ejemplo, su nombre.
Ella sabe el mío. Y no, no se lo he dicho, lo leyó en la chapita que llevo a la altura del corazón.
Tras asegurarme de que no queda ningún trozo en el suelo para pasar la fregona, le entrego una nueva bebida y vuelvo a la barra a continuar con mis tareas.
Algunos piensan que ser camarero es un rollo.
Yo pienso todo lo contrario. Tiene sus partes malas, claro, como trabajar un festivo mientras toda mi familia está en casa comiendo tranquilamente.
Es una profesión que te deja ver todo tipo de personas, relacionarte con todas ellas y conocerlas mejor o peor.
Por ejemplo, el trajeado de la esquina trabaja en el banco y siempre llega estresado, pide un café solo, se lo toma en menos de cinco minutos y se marcha a toda prisa otra vez a trabajar.
Rara vez pronuncia una frase. Luego está una chica que viene de lunes a viernes por la tarde y cada día pide una bebida diferente.
No todos son clientes habituales, suele haber caras nuevas todos los días.
En este caso me gusta intentar adivinar qué van a pedir.
Casi nunca acierto. Pero si hay algo que realmente disfruto de mi trabajo, es cuando me dejan que les sorprenda y me piden una recomendación.
La satisfacción es completa cuando acierto.
Mi vista se pasea por el local para comprobar que todo está en orden mientras coloco los vasos que saco del lavavajillas.
Mis ojos se posan de nuevo en la chica lectora.
Cuando viene, se pide su bebida —que varía en función del día, pero que siempre está entre tres o cuatro opciones—, se sienta en una mesa y se pone a leer.
Con frecuencia me pregunto qué leerá: poesía, ensayo, fantasía, thriller , romance…
—Ya estás otra vez poniendo esa cara.
El comentario de mi compañera me devuelve a la realidad.
—¿Qué cara?
—La que pones siempre que miras a esa chica.
—Ya estás otra vez con lo mismo. —Resoplo cansado de volver a tener esta conversación por enésima vez.
—Pues a ver si eres sincero de una vez y reconoces que te gusta. Entonces dejaré el tema.
Cuando quiere, mi compañera es como un grano en el culo, incómoda e incansable.
Muy a mi pesar, ella tiene razón, pero no pienso dársela.
—No puedo darte la razón porque no la tienes. Por mucho que te fastidie.
—Eso no te lo crees ni tú. Además, pienso que ella viene aquí solo para verte.
Mi compañera insiste, nunca se da por vencida.
—Si fuese así, intentaría tener una conversación conmigo. Y las únicas frases que pronuncia son para pedirme la bebida o la cuenta.
—Porque es tímida. Viene para que la veas y seas tú quien dé el primer paso.
—Y, según tú, ella lee novelas románticas en las que el protagonista es un príncipe azul y tiene que salvar a la hermosa protagonista de las garras del mal —ironizo.
—O igual es la protagonista quien salva al chico. Los mundos han evolucionado.
—Te veo muy puesta en la materia. No sabía que eras una lectora voraz.
No dejo que me conteste y salgo de la barra para recoger un par de mesas. Paso por detrás de la chica, pero no logro leer nada sin pararme, y menos con sus preciosos rizos alrededor de su cabeza.
—Para tu información —me dice María cuando vuelvo a junto de ella—, me encanta leer. De todo. Deberías lanzarte y confesarle tu amor.
—Mira que eres romántica. Seguro que te va más un buen salseo que un buen thriller .
—Me gustan los dos.
Se encoge de hombros y continúa con su labor.
Entra un grupo de personas al local y tenemos que dejar la conversación.
A veces pienso que tiene razón y que debería lanzarme.
Tan solo tendría que acercarme y preguntarle su nombre o qué lee.
Sin embargo, un segundo después de que eso me pase por la mente, lo descarto. Seguro que pensaría que la acoso.
Sigo con mi trabajo mientras suena End of beggining , de Djo, y, al pasar por el lateral de la mesa donde está sentada la chica lectora, no me puedo contener y le hago una pregunta.
—¿Necesitas algo más?
Ella pega un respingo del susto. Y yo me siento mal por hacer que pierda el hilo de la lectura.
—Lo siento, no pretendía asustarte. No me había dado cuenta de que el libro te tenía tan concentrada.
—No pasa nada. Cuando leo, suelo desconectar del mundo y entrar en el ficticio.
—Qué poder tan grande el de los libros.
—Sí, ¿a ti no te pasa? —pregunta curiosa intentando averiguar la respuesta en mis ojos.
—Si te soy sincero, no suelo leer —admito muy a mi pesar. Estoy seguro de que pensará que soy un ignorante.
—¿Puedo saber por qué? —pregunta con la curiosidad reflejada en la cara. Me encojo de hombros como respuesta. Al ver que no voy a decir nada más, continúa—. Eso es que no has encontrado aún tu libro —dice a la vez que sube un poco el e-book y lo vuelve a bajar.
Su respuesta me llama mucho la atención, no sabía que cada persona tuviera uno.
—¿Es que hay un libro para cada persona?
—Sí y no —contesta paciente. Me mira a los ojos, pero de vez en cuando los desvía hacia su libro electrónico—.
No es que haya un libro para cada persona, pero cada uno tiene sus propios gustos y tiene que encontrar el libro que le atrape.
Después es buscar tramas parecidas que seguro que le van a gustar.
—Ah, es bueno saberlo. ¿Alguno que me recomiendes? —No quiero preguntarle directamente qué lee, pero igual así consigue saciar mi curiosidad.
Niega con la cabeza antes de responderme.
—Para recomendarte un libro que realmente consiga atraparte, primero tengo que conocer tus gustos literarios.
Y no creo que ahora mismo dispongas de tiempo para poder hacerte una encuesta.
A mí, por ejemplo, me encanta el género romántico.
—Una sonrisa asoma en su cara al hablar de su género favorito—.
Ya sea fantasía, histórica, contemporánea…
A lo mejor a ti el romance no, pero el misterio sí.
—Entiendo. —Aunque en realidad respondo por aportar algo a la conversación y que no se convierta en un monólogo. Parece que la bebida que le preparé hoy le suelta la lengua, es la vez que más frases juntas ha dicho.
—Pero puedo intentarlo a través de tus gustos cinéfilos. ¿Cuál es tu película favorita?
—No es mi favorita, pero me gustó mucho Los juegos del hambre .
—Podría recomendarte el libro del mismo título, pero le vas a sacar un montón de defectos.
Mejor… —Piensa durante unos segundos que yo aprovecho para mirar por el bar si hace falta mi ayuda.
De momento todo bajo control—. El corredor del laberinto o Divergente .
Ambos son de fantasía y con un toque de acción.
Además, seguro que los encuentras en una biblioteca o una librería.
Anoto los dos títulos en la libreta que siempre llevo conmigo, arranco la hoja y la guardo en el bolsillo del pantalón.
—Anotados. Les echaré un vistazo a ver cual me llama más la atención.
—No tienes por qué hacerme caso. Es una sugerencia. También puedes ir a la librería y dejar que te aconsejen —indica y se encoge de hombros para restarle importancia a su recomendación.
—Me voy a fiar de tu palabra y darles una oportunidad. Si el próximo día que vengas no estoy, puedes suponer que me han abducido los libros. Y ahora... tengo que seguir con el trabajo. No te molesto más y te dejo seguir leyendo… eh… No sé tu nombre.
—Alicia —me dice sonriente.
—Un placer, Alicia. En el país de las Maravillas.
La sonrisa que aparece en su cara por mi comentario me hipnotiza por un momento y casi me olvido de que tengo trabajo.
De camino a la barra, atiendo a unos clientes y recojo una mesa. Al llegar, María me aborda.
—¿Y bien? —pregunta impaciente a la vez que hace aspavientos con las manos y levanta las cejas—. ¿De que habéis hablado tanto tiempo?
—Mira que eres cotilla. —Como sé que no se va a conformar hasta que le de algo de información, continúo—. De libros.
—¿Solo? Dime al menos que sabes qué lee.
Mira hacia Alicia como si así pudiera adivinar el libro que tiene entre manos. Cuando se vuelve hacia mí, niego con la cabeza.
—Eres un inútil. ¿Algo interesante que te haya contado?
—Impaciente. No sé qué está leyendo, pero sí que le gusta el género romántico.
—¿Ves?, tenía razón. Y no querías hacerme caso, como siempre. ¿Y te ha dicho su nombre?
—¿Esto es un interrogatorio? Pensé que estaba trabajando en un bar, no que me investigaban por asesinato.
—Qué exagerado eres. ¿Lo sabes o no? —pregunta de nuevo y hace un gesto con la mano que me invita a hablar.
—Sí, pero no te lo voy a decir —me adelanto antes de que pueda volver a abrir la boca—. Por muchas preguntas que me hagas no lo voy a soltar. Y, por cierto —añado antes de salir de la barra con la comanda que me pidieron antes—, que sepas que si el próximo día no vengo a trabajar es por su culpa.
—¿Qué dices? —le oigo preguntar mientras me alejo, pero hago como que no la he escuchado.
Es domingo por la mañana, el bar aún está bastante tranquilo. Aprovecho este ratito para reponer y dejar todo colocado en su sitio. Cuando vuelvo a mirar hacia el local, veo a Alicia sentada en una de sus mesas habituales.
—Buenos días, Alicia, ¿qué te apetece tomar hoy?
—Buenos días. Hoy voy a dejar que me sorprendas —responde con una sonrisa en la cara que ilumina su rostro.
—Qué bien. Enseguida vuelvo.