Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 30 ~
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Rodeado de un caos de harina, cáscaras de huevo y sartenes sucias, me encuentro en mi cocina. La habitación parece que la hubiera arrasado un tornado, pero me da igual. Ya limpiaré mañana. Hoy solo importa una cosa.

Me limpio el sudor de la frente con la manga de la camiseta. Tengo los pantalones cubiertos de harina, igual que el suelo, y me da vueltas la cabeza.

—Bueno, intento número veintinueve.

La verdad, parece más bien el intento trescientos, pero no pienso rendirme. Esta vez tiene que funcionar.

Cojo el bol de masa, compruebo la temperatura de la sartén y reviso la mantequilla. Cada paso tiene que ser perfecto. No puedo presentarme con las manos vacías. No cuando intento demostrarle a Sarah lo importante que es para mí.

—Maldita sea —murmuro al verter la masa en la sartén.

Demasiado líquida. Solo un poco, pero seguro que esto tampoco funciona.

Intento mantener la calma. El olor de la masa friéndose llena el aire y, por un momento, cierro los ojos. Me imagino llevándole a Sarah las tortitas perfectas.

Las que lleva tanto tiempo soñando.

Eran esponjosas y un poco saladas, con esa compota de manzana encima... y luego mucho sirope de arce , oigo la voz de Sarah en mi memoria.

En mi mente, todavía puedo ver el anhelo en sus ojos mientras miraba al vacío.

Si pudiera probarlas una vez más...

Ha intentado recrear esas tortitas infinidad de veces. No solo porque siempre le encantaron, sino porque todo Maple Hollow las adoraba. Son el corazón del restaurante, el sabor de todo lo que intenta conservar, y lo significan todo para ella.

Le doy la vuelta a la tortita con cuidado y pruebo la textura con la espátula. Sarah describió la masa a la perfección: espesa, pero esponjosa, casi como masa de bizcocho. Tiene que subir en la sartén, ligera pero firme.

Esta vez parece que va bien.

Aunque al principio pensé que la masa estaba demasiado líquida, ahora se está inflando de maravilla, y poco a poco algo esperanzador se agita en mi pecho.

Miro el reloj.

Una hora.

En una hora se anunciará el ganador del festival gastronómico. Si esta masa de tortitas aún no está bien, no llegaré a tiempo. Todavía tengo que repartir muestras, y luego la gente tiene que votar. El tiempo se agota. No hay margen de error.

La tortita está lista.

La deslizo en un plato, y ahí está, delante de mí, dorada y —al menos a la vista— perfecta.

Corto un trozo, me lo llevo a la boca y lo pruebo.

Sí.

Es esto.

Exactamente como Sarah la describió. Espesa pero esponjosa, casi como masa de bizcocho, y aun así con esa textura suave y cremosa.

Claro que no sé si esta tortita sabe exactamente igual que las que hacía la madre de Sarah, pero coincide a la perfección con la descripción.

La textura es perfecta. El sabor, equilibrado e intenso. Quizás he descifrado los ingredientes secretos de la madre de Sarah: sirope de canela y un toque de crema fresca. La canela añade una profundidad inesperada, mientras que la crema fresca aporta la suavidad que hace la masa tan rica y redonda.

Dejo escapar un suspiro de alivio.

Es el momento que llevo esperando todo este tiempo.

Los dedos casi me tiemblan de emoción mientras cojo el cucharón y vierto otra tanda de masa en la sartén. Por fin todo encaja, y una seguridad nueva se apodera de mí.

Todavía puedo llegar a tiempo.

—La compota de manzana —me digo, recordando de inmediato las palabras de Sarah.

Era casi como una crema, aterciopelada. Salada, pero con canela y un toque de nuez moscada, aunque nunca demasiado. Y luego el sirope de arce...

Saco los ingredientes rápidamente y empiezo a experimentar.

Y mientras frío una tortita tras otra, doy con la mezcla perfecta de mantequilla, compota de manzana, canela, azúcar, sal y nuez moscada.

Treinta minutos después, llego al recinto del festival gastronómico. Llevo los pantalones llenos de harina, y no me extrañaría tener todavía masa en la cara.

El crepúsculo baña el pueblo en una suave luz dorada. El aire es fresco y todo el lugar vibra de energía. La gente ríe, charla, prueba diferentes platos. El festival ha alcanzado su punto álgido, los puestos están abarrotados y las guirnaldas de luces se encienden mientras el cielo oscurece.

Una escena llena de vida, color y calidez.

Con una caja llena de muestras de mis tortitas cubiertas de compota de manzana y sirope de arce, me abro paso entre la multitud buscando a la primera persona a quien ofrecérselas.

Entonces lo veo: un hombre mayor charlando animadamente con un pequeño grupo. Lleva un chaleco grueso color burdeos y una gorra que casi le oculta el pelo canoso. Cuando me ve, su rostro se ilumina con una sonrisa.

—¿Le apetece una muestra? —pregunto, ofreciéndole la caja de trozos de tortita.

Mira las tortitas, luego a mí, y asiente.

—¿Por qué no? ¿Qué tenemos aquí?

—Tortitas. Basadas en una receta tradicional del Maple Hollow Diner —respondo con entusiasmo—. Con compota de manzana y sirope de arce.

Coge una, se la lleva a la boca y cierra los ojos mientras mastica.

Por un momento, el resto del mundo parece detenerse.

Contengo la respiración.

—Esto es... Dios mío... —dice al fin, entornando los ojos mientras saborea—. ¡Sabe exactamente igual que antes!

Las palabras del hombre resuenan en mis oídos. Apenas puedo contener la oleada de orgullo cuando coge un segundo trozo.

De repente, la gente a nuestro alrededor parece animarse.

—¿Igual que antes? ¿Como en el restaurante? —oigo repetir a la gente, y antes de darme cuenta, una multitud de rostros curiosos se vuelve hacia mí.

Una mujer se inclina hacia mí con una amplia sonrisa.

—¿De verdad puede ser cierto? —pregunta, con un tono entre escéptico y esperanzado.

—Tengo que probar esto —exclama alguien, y empiezo a repartir muestras.

Miro los rostros ansiosos a mi alrededor y siento cómo la emoción recorre la multitud como una corriente. Luego las prueban, y algo cambia en el grupo. Es como si todos, de repente, regresaran a un recuerdo olvidado.

—Estas —digo con una sonrisa, levantando la caja de tortitas— han vuelto oficialmente al restaurante. Todos los días. Recuperamos el sabor de antes para todos vosotros.

Un murmullo se extiende por la multitud.

El hombre mayor asiente con entusiasmo y exclama a los que tiene alrededor:

—¡Así es exactamente como sabían en el restaurante! Un bocado y vuelves a estar allí.

—¿De verdad? ¿Han vuelto? —pregunta una mujer con un pañuelo en la cabeza, con los ojos brillantes—. Las he echado tanto de menos.

—Desde luego —dice un chico mientras se une al grupo—. Eran lo mejor que ha tenido el restaurante.

Siento que algo se expande en mi pecho al ver esas sonrisas en los rostros de todos. Por primera vez, creo de verdad que esto podría funcionar.

—¡Atención, por favor! Estas tortitas forman parte del proceso de votación —anuncio con una amplia sonrisa—.

Así que si queréis que estas tortitas y los demás platos del restaurante ganen el premio al Mejor Puesto del festival gastronómico, solo queda una cosa por hacer: echar las tarjetas amarillo girasol con manchas marrón óxido en el acuario de votación.

La gente asiente y ríe, y algunos incluso intercambian miradas de complicidad. Unos vitorean, otros cuchichean emocionados, pero todos empiezan a dirigirse hacia el acuario.

—¡El restaurante ya tiene mis tres votos! —grita un hombre por encima del hombro mientras se aleja.

Aliviado, observo al grupo desaparecer hacia el pabellón.

Mientras vuelvo a moverme entre la multitud, sin dejar de repartir tortitas, mi mirada recorre el mar de gente.

Mis pensamientos se desvían hacia Sarah.

Tiene que estar por aquí, en alguna parte.

Todavía no la he visto, pero lo presiento. Es cuestión de tiempo que nos encontremos.

Me la imagino probando las tortitas. El sabor del recuerdo en su lengua. El momento que tanto ha anhelado.

Me la imagino comprendiendo el gesto. Comprendiendo que haría cualquier cosa por verla feliz.

Estas tortitas no son para el festival. Sarah habría ganado sin mí de todos modos, estoy convencido. Son para ella. Para nosotros. Para lo que aún podríamos llegar a ser.

Con una sensación cálida y esperanzadora instalándose en mi pecho, me acerco a los siguientes invitados. Pero el pensamiento de Sarah me acompaña a cada paso.

Pronto nos veremos.

Y cuando llegue ese momento, espero con todas mis fuerzas que ella entienda…