Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 27 ~
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Mi corazón todavía late demasiado rápido cuando la puerta se cierra detrás de Oliver. Jadeo, como si respirando con todas mis fuerzas pudiera expulsar la tristeza, pero no funciona.

Miro hacia la cocina. Nadie que me eche una mano. Ningún Oliver. Solo yo, un corazón roto y una montaña de trabajo.

Suspirando, abro la carpeta de recetas que preparé para el festival.

Todo Calabaza, Todo Amor , dice el título. Hasta dibujé corazoncitos en lugar de puntos sobre las íes. Qué idiota soy.

Las lágrimas me arden detrás de los párpados, pero las contengo. No hay tiempo para eso.

Me subo las mangas deprisa, me ato el delantal y me fuerzo a respirar.

—Puedes hacerlo —me susurro—. Puedes. Hacerlo.

Lo primero es lo primero: el risotto de calabaza.

Pongo la olla al fuego, echo un poco de aceite de oliva y cojo una cebolla. Pelar, partir por la mitad, picar fino. Normalmente es rutina. Normalmente.

Pero en cuanto pongo el cuchillo sobre ella, me asaltan imágenes de Oliver. Cómo se inclinó hacia mí antes, con los ojos cerrados, listo para besarme.

Y cómo me aparté.

Cómo le dije que se marchara. Que ya no me creía ni una palabra de lo que decía.

El cuchillo resbala.

Un dolor agudo me atraviesa el dedo. Retrocedo de golpe, mirando la fina línea de sangre que brota del corte.

—Maldita sea.

Presiono rápidamente un paño de cocina contra la herida y me apoyo en la encimera un momento.

Pero ni siquiera con esto voy a rendirme. No hoy. No cuando el festival empieza en apenas unas horas.

Así que me yergo de nuevo. Tirita impermeable, cebolla nueva.

Y esta vez corto más despacio. Con más cuidado.

Aunque el otro corte no va a ser tan fácil de vendar.

En ese momento se abre la puerta de la cocina.

—Ash —murmuro sorprendida, mientras me limpio los ojos a toda prisa con el dorso de la mano.

Mi hermano se queda un momento en el umbral, mirando alrededor como si buscara algo.

Sigo su mirada y enseguida sé lo que está pensando.

Busca a Oliver.

A propósito, me vuelvo hacia la encimera y me concentro en la cebolla. No quiero hablar de ello. No con él, que me advirtió sobre Oliver desde el principio. No con nadie, porque hablar de ello no va a servir de nada.

Lo que ayudará es mirar hacia delante.

Espero desesperadamente que se vaya de un momento a otro, pero en cambio lo oigo acercarse despacio.

—¿Qué queda por hacer? —pregunta en voz baja.

Me detengo.

No me lo esperaba.

Ninguna pregunta, ninguna mirada inquisitiva, ningún sermón fraternal de te lo dije . Solo un simple ofrecimiento.

—El arroz está en el segundo armario a la derecha. Y me vendría genial que cortaras la calabaza.

Asiento agradecida.

Ash no dice nada, pero por el rabillo del ojo lo veo coger un delantal, lavarse bien las manos y acercarse en silencio a la encimera.

Me pasa el arroz, luego coge la calabaza y el cuchillo grande como si llevara toda la vida haciéndolo.

Y por primera vez en todo el día, la cocina no me parece tan vacía.

—En cubos, pero no demasiado grandes —le digo.

Empieza a picar, preciso y concentrado.

Echo las cebollas en la olla, dejo que se vuelvan translúcidas, remuevo el arroz mecánicamente y sigo mirando de reojo a mi hermano.

Qué bien sienta no estar sola.

—Ahora la calabaza —digo.

Otro asentimiento silencioso.

Ash me pasa los cubos, los añado a la olla y vierto el caldo.

Y así seguimos.

Doy instrucciones, él las sigue. Sin preguntas. Sin comentarios. Simplemente está ahí, dispuesto a ayudarme.

Nos movemos al ritmo de la cocina, un equipo perfectamente sincronizado, casi como si siempre hubiera sido así. Como si esos meses de distancia entre nosotros tras el accidente de nuestros padres nunca hubieran existido.

Ese muro invisible entre nosotros, hecho de dolor, conmoción, impotencia.

No sé exactamente cuándo empezó a desmoronarse.

Quizá ahora mismo.

Le lanzo una mirada rápida.

Se da cuenta. Levanta una ceja ligeramente, interrogante.

—Gracias —digo esbozando apenas una sonrisa.

Él solo asiente. No dice nada.

Y no le hace falta.

Porque por primera vez en mucho tiempo, es como si volviéramos a ser hermanos. Conectados. Codo con codo.

Seguimos trabajando un rato hasta que finalmente digo en voz baja:

—Tenías razón, Ash. Desde el principio. Sobre Oliver.

No me mira, solo sigue removiendo la olla, pero noto que está escuchando.

—Debería haberte hecho caso.

Se le tensa ligeramente la mandíbula antes de decir:

—Estabas enamorada.

Dejo escapar una risa triste y pruebo el risotto.

Pensativa, dejo que la textura cremosa se derrita en mi lengua.

Le falta un poco de sal. Los cubos de calabaza necesitan otro minuto.

Pero está bueno.

No perfecto.

Pero bueno.

Y eso es suficiente.

Le tiendo la cuchara a Ash.

—Pruébalo.

Da un bocado, mastica despacio y asiente.

—A la gente le va a encantar.

Sonrío.

Acabo de cocinar un buen plato sin Oliver.

—Quizá al final sí me convierta en chef.

No como mi madre, pero sí una cuya comida la gente disfrute en el restaurante.

Ash me pone una mano en el hombro, y en sus ojos solo hay confianza genuina.

—¿Ves? No necesitas a Oliver —dice, y por primera vez en todo el día, quiero creerlo, aunque la idea de estar sin Oliver todavía me duele horrores.

Pero el Oliver del que me enamoré no existe.

Lo que sí existe es la reputación de mi restaurante, y hoy voy a salvarla con mi comida en el festival.

Estoy salvando lo que mis padres construyeron. Estoy salvando lo que me importa.

Aunque sea sin Oliver, y aunque él abra un restaurante justo al lado con el mismo concepto que el mío.

Puede que su comida sepa mejor, pero a sus platos siempre les faltará algo que los míos tienen: corazón.