~ 25 ~
La puerta cruje cuando la empujo, un poco demasiado alto para esta hora tan temprana. Pero me da igual. Ahora mismo me da igual todo.
Me quito la chaqueta, intento colgarla en el gancho, pero se resbala y cae al suelo. La dejo ahí y me arrastro hacia el mostrador.
Me arden los ojos. No solo por la falta de sueño, sino por una noche entera llorando. Por los pensamientos. Por esa maldita imagen grabada a fuego en mi cerebro. Esa mujer. Oliver. Demasiado cerca. Demasiado íntimos.
¿Quién era ella?
¿Su ex? ¿O hay alguien más además de mí?
Me tiemblan las manos mientras coloco el filtro en la cafetera, echo el café molido y le doy al botón. Me quedo mirando la máquina como si pudiera darme respuestas.
¿Soy solo la tonta del pueblo con la que se entretuvo un tiempo?
La campanilla sobre la puerta suena suavemente al abrirse. No me doy la vuelta. Demasiado cansada. Demasiado vacía. Demasiado llena. Todo a la vez.
Pero la voz de Cassidy me llega igual, alegre, familiar y demasiado animada para esta hora infernal.
—¡Madre del amor hermoso, Sarah! Parece que has pasado la noche con una novela espantosa y una botella de merlot del chino.
Me muerdo el labio inferior para no echarme a llorar otra vez.
Cassidy deja de hablar.
Ya no oigo sus pasos, pero noto que está detrás de mí. Esa pausa sutil porque se da cuenta de que algo va mal. Y mi mejor amiga es de las que se fijan en esas cosas.
—Vale —dice tras un momento. Con la voz más suave, más cautelosa—. ¿Qué ha pasado? ¿Quién ha sido? Dime que puedo pincharle las ruedas con un tenedor.
Niego con la cabeza, una sonrisa débil y temblorosa asomando a mis labios antes de desvanecerse al instante.
Y entonces llegan las lágrimas.
Así, sin más. Otra vez. Como si solo estuvieran esperando a que alguien preguntara.
—Yo... pensé que nosotros éramos... —no puedo terminar la frase.
Se me quiebra la voz. Me tiembla todo el cuerpo. Me apoyo en el mostrador.
Cassidy reacciona de inmediato. Me rodea con los brazos sin dudarlo. Cálida. Segura. Sin preguntas.
En voz baja, dice:
—Shhh. Tranquila. Estoy aquí.
Y no hay presión en su voz. Ni impaciencia. Solo amistad de verdad.
Me aferro a ella como si me estuviera ahogando, y por primera vez desde anoche, siento que quizá no voy a hundirme del todo.
Cassidy me sostiene un momento más antes de apartarse lo justo para mirarme a la cara. Sus manos siguen firmes en mis hombros.
—Tengo la sensación... —su voz suena tranquila, pero la conozco lo suficiente para notar el ligero temblor por debajo—. ¿Esto tiene algo que ver con Oliver?
Apenas asiento.
—Lo vi ayer. Con una mujer. Estaban... cerca. Muy cerca.
Cassidy entrecierra los ojos. Todo su cuerpo se tensa como si ya hubiera decidido qué va a hacer al respecto.
—¿Estaban qué? —sisea.
Me encojo de hombros, indefensa, intentando hablar, pero solo me sale un sonido estrangulado.
Cassidy ya está que echa chispas.
—¿Qué demonios le pasa? Le dejas entrar en tu corazón, ¿y qué hace él? ¿Coquetear con otra como si tú fueras solo el aperitivo?
—Bueno, técnicamente... nunca pregunté, y él nunca dijo nada. Aun así, después de ese primer beso, pensé que era obvio que había algo entre nosotros. —Que estábamos hechos el uno para el otro. Aunque nunca usáramos la palabra «relación»—. ¿Fui ingenua?
—¿Después del primer beso? —repite Cassidy, arqueando las cejas—. Sarah, cariño, si un hombre te besa y luego te mira como si acabaras de salvarle la vida, no te lo estás imaginando.
Respiro entrecortadamente.
—Quizá en la ciudad es diferente. —Allí la gente no se hace pareja solo porque se besen o se miren como si el otro se les hubiera metido bajo la piel—. Quizá no se cierran puertas hasta estar seguros.
Mi amiga respira hondo, luego apoya brevemente su frente contra la mía y me mira con esa expresión tan suya: una mezcla de desafío, lealtad y un puntito de locura.
—Vale, sé exactamente lo que vamos a hacer —su voz se vuelve peligrosamente tranquila de repente—. Vamos a soltar unas cuantas cucarachas bien vivarachas en su cocina. Enormes y brillantes, de las que dan pesadillas a los inspectores de sanidad.
Sorbeteo otra vez, pero noto un leve tirón en las comisuras de la boca.
—Y luego —continúa—, nos colamos de noche y cambiamos toda la sal por azúcar glas. A sus clientes les va a encantar.
Me río. Frágil, pero de verdad.
Cassidy levanta un dedo como una profesora impartiendo una clase magistral.
—O —y esta es mi favorita— le llenamos todos los dispensadores de jabón con ajo líquido. Porque nadie con ajo líquido en las manos resulta sexy.
Se me escapa una risita mientras me seco los ojos.
Cassidy sonríe, satisfecha.
—¿Ves? Ya estás mejor. No lo vamos a sabotear. Todavía. Pero si quieres, tengo contactos en el mundo cucarachil. Solo tienes que decirlo.
Respiro hondo y siento que la presión en el pecho empieza a aflojarse poco a poco.
—Gracias —susurro—. En serio, Cass. No sé qué haría sin ti.
Ella le quita importancia con un gesto.
—Para eso está la amistad. En lo bueno y en el sabotaje.
Me río bajito y apoyo la frente en su hombro un segundo. Luego me echo hacia atrás y la miro entrecerrando los ojos.
—Espera un momento —frunzo el ceño—. Llevas como diez minutos hablando con frases completas.
Ella parpadea.
—Eh... ¿sí? ¿Y qué?
—Y todavía no has tomado café. —Su cerebro solo funciona por la mañana después de al menos una taza de café. Como mínimo. Es prácticamente una ley de la naturaleza.
Abre los ojos de par en par. —El milagro del Festival Gastronómico de Maple Hollow.
La miro fijamente.
Las palabras Festival Gastronómico de Maple Hollow resuenan en mi cabeza como una mala broma. Se me encoge el estómago.
—Oh, Dios —susurro—. El festival.
Por un instante, lo había olvidado. Por un breve y miserable instante, todo había sido solo dolor y lágrimas.
¿Y ahora?
Ahora es estrés. Ahora es caos. Ahora es: tengo que hacerlo todo sola.
Cierro los ojos un momento y respiro entrecortadamente. El corazón me late demasiado rápido, demasiado fuerte.
—¿Qué pasa? —oigo que pregunta Cassidy.
Tardo un segundo en poder responder. —Tengo que encargarme de todo el menú del festival yo sola hoy. Se suponía que Oliver iba a ayudarme.
Cassidy frunce el ceño como si intentara resolver un sudoku particularmente ofensivo. —Claro, se suponía que Oliver iba a ayudarte. Lástima que estuviera ocupado con otra mujer ayer mientras te hacía papilla el corazón.
—Gracias por la imagen tan vívida —murmuro—. Una cosa está clara: no voy a cocinar con él hoy en el evento gastronómico más importante del año como si no hubiera pasado nada.
Cassidy resopla con disgusto. —Como si se lo mereciera —dice, como si Oliver fuera el que ha salido herido aquí.
—Pero ¿cómo se supone que voy a hacer esto sin él...? Maldita sea, ni siquiera quiero verlo.
Le brillan los ojos. —Vale —dice con firmeza—. No vas a hacer esto sola. Tengo a algunas personas que todavía me deben favores. Y tengo contactos. Esta vez no son contactos cutres. Personas de verdad. Amables. Capaces. Dispuestas a arremangarse.
No estoy convencida. —¿Con tan poca antelación? ¿Hoy?
Cassidy hace una mueca y deja caer los hombros dramáticamente. —Cierto, olvidé ese pequeño e insignificante evento llamado Festival Gastronómico de Maple Hollow.
Le lanzo una mirada elocuente. —Ya asignaste a todos los voluntarios, ¿verdad?
Suspira. —Cualquier otra cosa le habría provocado un infarto moderado al alcalde.
Lentamente, me enderezo. Me aparto el pelo de la cara y cuadro los hombros. —Entonces lo haré sin ayudantes. Sin Oliver. Sin su estúpida sonrisa.
Cassidy me mira como si me estuviera transformando en superheroína. —Sarah...
—No. —Niego con la cabeza. Con voz firme—. No voy a dejar que un hombre como Oliver me destruya. He sobrevivido días peores que este. Puedo hacerlo. Pase lo que pase.
Cassidy aplaude. —¡Eso es, Sarah, de eso estoy hablando!
Chocamos los cinco.
Me río. Todavía suena un poco ronca, pero es real.
Sé que esto va a ser difícil, pero no voy a derrumbarme.
Mi mejor amiga gira sobre sus talones y escanea el restaurante como una detective con mono de cafeína. —Entonces, ¿dónde está mi dosis?
Señalo la cafetera, ahora llena. —Hoy puedes tomar hasta un doble si quieres.
Cassidy resopla teatralmente. —Primero desamor, ahora una sobredosis de cafeína. ¿Qué será lo siguiente? ¿Flores de primavera brotando en Maple Hollow en octubre?
Cojo una taza y le sirvo una cantidad generosa. Leche extra, dos cucharadas de azúcar, exactamente como le gusta.
Justo cuando le entrego el milagro humeante, el móvil le empieza a vibrar.
Lo saca del bolsillo del abrigo y se le oscurece la expresión en cuanto ve la pantalla.
—El alcalde. Antes de mi primer café —murmura, y luego contesta—. ¿Qué ha pasado?
Su voz suena tranquila, pero reconozco de inmediato el tono característico de Cassidy: algodón de azúcar mezclado con gestión de crisis.
—Vale... Despacio... No, estoy en el restaurante ahora mismo.
Mientras habla, me va lanzando miradas que lo dicen todo: No pinta bien. Nivel de desastre medio-alto. Prepárate.
Frunzo el ceño mientras sigue hablando como alguien que sabe que el pánico no va a ayudar a nadie.
—Sí... No... Pensaba que el corte de luz en los puestos refrigerados estaba arreglado... Ajá... Sí, me encargo... Te lo dije. Estaré allí enseguida.
Cuelga y acepta el café con un gesto agradecido. —Eres un ángel —dice, con tono de quien acaba de aceptar una misión que no le tocaba.
Luego se apresura hacia la puerta y choca de lleno con Oliver.
Él está ahí plantado, con una mano todavía en el picaporte, mientras la campanilla de la puerta tintinea.
—Oh, fantástico —murmura Cassidy, con los ojos brillándole peligrosamente—. Momento perfecto.
Oliver parece sorprendido por un segundo y hace amago de saludar, pero Cassidy levanta una mano.
—Ni. Una. Palabra. Hoy no, Romeo. Muévete.
Sin dirigirle otra mirada, lo aparta de un empujón y sale del restaurante como una tromba.