~ 21 ~
El sol baña Maple Hollow con esa luz dorada y suave que solo el otoño sabe traer. Me ajusto la chaqueta mientras Oliver y yo montamos nuestro puesto para el festival gastronómico. A nuestro alrededor, las hojas susurran como si hasta el viento estuviera en el ajo.
Hemos esparcido calabacitas por el mostrador, colocado tallos de maíz secos entre ellas, y mañana por la mañana esparciré hojas de colores sobre el mantel antes de que empiece todo.
Unas cuantas linternas ya esperan el anochecer.
Parece sacado de un catálogo de otoño. Y, sinceramente, la sensación es la misma.
Oliver apila las tarjetas de votación y alisa los bordes con cuidado.
—Las guardaré en el cajón para mañana.
—Perfecto —digo, aunque me refiero más a él que al puesto o a las tarjetas.
Cassidy aparece entre dos puestos de vendedores, con el portapapeles en la mano y esa expresión de no-es-culpa-mía que domina tan bien.
—Lo siento mucho, chicos —dice, levantando ambas manos a modo de disculpa—. Pero el alcalde insiste en que inspeccione todo exactamente según su lista. Cita textual: «Exactamente como debe ser».
Pone voz grave con su mejor imitación de villano de película.
Con un gesto dramático de la mano, la invito a cumplir con su deber.
—Pues adelante, Cass. Mídenos, inspecciona el diámetro de nuestras calabazas y asegúrate de que la rama de arce cuelgue en el ángulo exacto.
—Ríete todo lo que quieras —dice, subiéndose las gafas de sol a la cabeza—. No tienes ni idea de lo que pasa si las calabazas decorativas a ambos lados del arco de entrada no son simétricas. Sería un desastre para todo el festival.
Pone los ojos en blanco y se vuelve hacia su lista.
—Muy bien. ¿Estabilidad de la mesa?
Sacude el mostrador.
—Listo. ¿Dirección del viento en relación con el servilletero?
Mira alrededor.
—¿Dónde están vuestros servilleteros?
—Todavía en el restaurante —respondo.
—Crítico. Muy crítico.
Cassidy garabatea una nota mientras Oliver cuelga las luces con una sonrisa.
—¿Conexión emocional con la paleta de colores otoñales? —pregunta mi amiga.
—Listo —respondo, señalando las calabazas naranjas.
Cassidy no parece convencida.
—Seguiré vigilando.
Le lanzo una mirada divertida a Oliver, que apenas puede contener la risa. Por un momento, recuerdo lo reservado que estaba cuando nos conocimos. Verlo tan relajado ahora, aunque el futuro de su restaurante sigue sin resolverse, me hace más feliz de lo que puedo explicar.
Es feliz. Después de todo lo que ha pasado, por fin vuelve a ser feliz. Y yo también, sobre todo porque sé que pronto encontrará un concepto brillante para su restaurante.
Cassidy pasa la página con gesto dramático, echa un vistazo crítico al portapapeles y esboza una sonrisa traviesa.
—Ajá —dice, arqueando una ceja—. Punto siete: Armonía entre los responsables del puesto.
Oliver se detiene con las luces todavía en la mano.
Arqueo las cejas.
—Sabía que tarde o temprano perderías el control de esa lista.
—Que no, que está aquí de verdad.
Cassidy da unos golpecitos en la línea con el bolígrafo, como si mereciera atención especial. Luego nos mira, primero a mí, luego a Oliver, luego a mí otra vez, y finalmente dice con una amplia sonrisa:
—Bueno, desde un punto de vista estrictamente profesional: los niveles de armonía son excepcionalmente altos. Y potencialmente contagiosos.
Oliver me besa en la mejilla.
—¿Aprobamos? —le pregunta a Cassidy.
—¿Sin los servilleteros? Quizás mañana, siempre que estén bien alineados en la siguiente inspección.
Cassidy se mete el portapapeles bajo el brazo y empieza a alejarse. A medio camino, se da la vuelta.
—Ah, y un mensaje más del alcalde...
—¿«Mantente dulce como nuestro sirope, nos vemos en Maple Hollow»? —le grito.
Suspira.
—¿Cómo has podido saberlo?
—No tengo ni la menor idea.
Le digo adiós con la mano y un guiño, y la veo alejarse a toda prisa hacia el siguiente puesto.
Oliver y yo seguimos trabajando, intercambiando sonrisas mientras esa calma sencilla entre nosotros se mantiene, algo para lo que aún no tengo palabras pero que no quiero cuestionar.
—¿Quieres ir al mercado después? —pregunto mientras cuelgo una guirnaldita de semillas de calabaza secas.
—Claro —dice Oliver—. Quiero buscar tomillo fresco, de todos modos. Y tú todavía necesitas arándanos para tus magdalenas, ¿no?
—¿Tomillo, eh? —lo miro por encima del hombro—. Eso suena a que alguien está tramando algo nuevo.
Oliver esboza una sonrisa pícara, y capto ese destello en sus ojos, esa mirada que tiene cuando las piezas empiezan a encajar.
—Quizás —dice despacio—. Todavía estoy al principio. Solo unas cuantas ideas sueltas. Pero creo que va a ser italiano. Cocina fusión con raíces mediterráneas, puede ser.
—Eso suena increíble.
Le robo un beso rápido.
—Prométeme que seré la primera en probarlo.
Su expresión es cálida y radiante.
—¿Qué? ¿Quieres probar mi receta secreta de ñoquis de limón con tomillo asado y espuma de ricotta?
—Ya se me hace la boca agua —respondo.
Mi mirada se demora en la suya, en esa sonrisa torcida tan familiar, en cómo se le relajan los hombros cada vez que estamos juntos. Y de repente lo siento muy dentro: la certeza de estar por fin exactamente donde tengo que estar.
El viento otoñal juega con mi bufanda, en algún lugar una caja de manzanas vacía traquetea con la brisa, pero dentro de mí todo está en calma.
Completamente en calma. Miro el puesto, las calabazas, las tarjetas de votación, las luces, y nos veo a nosotros.
Trabajando juntos. Encontrando nuestro camino juntos.
Quizás no siempre sea fácil. Quizás todavía haya discusiones, obstáculos, noches en vela. Pero en este momento, lo sé: todo va a salir bien.
Con el restaurante.
Con el local.
Con nosotros.
Me apoyo en él y dejo caer la frente sobre su hombro un momento.
—Me alegro tanto de que vinieras a Maple Hollow.
Me rodea con el brazo, y de repente las palabras sobran porque todo está bien. No es solo un día precioso. Es un nuevo comienzo que por fin se siente real.