Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 22 ~
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La puerta se cierra tras nosotros con un alegre tintineo de la campanilla, y al instante me llega ese aroma familiar: café, un toque de nostalgia, algo único de este restaurante. Equilibro dos grandes bolsas de papel en mis brazos mientras Sarah se dirige hacia la puerta de la cocina.

Las mesas están vacías, las sillas en su sitio, pero la cocina prácticamente suplica vida. Ideas. Platos nuevos. Dejo las bolsas sobre la encimera, me quito la chaqueta y me paso la mano por el pelo.

—Esto —digo, mirando los ingredientes que acabamos de recoger del mercado: manzanas, calabaza, mantequilla casera, tomillo fresco, rúcula, un aceite de oliva excepcional que un señor mayor trajo de la Toscana— es básicamente Navidad.

Sarah sonríe, y noto que me está observando. Esa sonrisa cálida y serena que siempre pone cuando me cala.

—Quieres empezar ya, ¿verdad? —pregunta, y sonrío.

—Apenas puedo esperar.

Hoy, en el recinto del festival gastronómico, se me encendió la bombilla cuando vi el puesto de pasta casera justo al lado del de comida mexicana.

Tomates, chile, maíz, queso y lima. Eso funcionaría de maravilla con pasta, polenta o pizza.

A estas alturas, ya se me están ocurriendo platos: tacos con ragú de ossobuco, quesadillas con mozzarella, rúcula y tomates secos.

—Pues venga, ve —dice Sarah con cariño mientras empieza a sacar manzanas de una de las bolsas—. Puedo encargarme del resto yo sola.

Dudo un momento. Parte de mí quiere quedarse, ayudar a colocar las cosas. Pero otra parte, la creativa, la que bulle, anhela una sartén, un cuchillo y esta idea que poco a poco va tomando forma.

Sarah lo sabe. Me conoce. Quizás incluso mejor de lo que me conozco yo.

Me acerco a ella, le pongo las manos en la cintura con suavidad y la atraigo hacia mí. Su mirada se alza hacia la mía, cálida y familiar.

—Entonces te veo mañana a las cinco, ¿no? —murmuro, apoyando la frente contra la suya.

Se ríe, con los ojos brillándole como siempre que está feliz.

—A las seis mejor. Antes tengo que preparar el café.

La beso, despacio, profundamente, una promesa para mañana y todos los días que vendrán. Luego cojo la bolsa con los ingredientes y me dirijo a la puerta.

Al salir, la oigo tararear para sí. La tarde es templada, la bolsa se balancea a mi lado, y me imagino mi restaurante ahí delante. Mi pequeño rincón del mundo, donde una idea está a punto de empezar a cobrar forma.

Pero nada más doblar la esquina, la sonrisa se me congela en la cara.

Claire.

Está plantada frente a la puerta. Elegante como siempre, el pelo recogido con esmero, el abrigo demasiado caro para este lugar.

Y su expresión es suplicante.

Un café para llevar en una mano, una maleta en la otra. Me quedo paralizado.

—Hola, Oliver —dice con cautela, casi en un susurro.

Me detengo, mirándola fijamente. La maleta. Su expresión. Todo en ella apesta a drama que no necesito. Abandoné ese escenario hace mucho, el que siempre fue más suyo que mío.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con frialdad, apretando los dedos en las asas de la bolsa.

Claire traga saliva.

—He venido a disculparme.

Suelto una risa incrédula.

—¿Ahora? ¿Después de tanto tiempo?

—Dejarte fue un error —dice atropelladamente antes de que pueda responder. Le tiembla la voz—. Todo fue un error. Estaba desbordada. No vi lo que tenía. Lo que me dabas. Lo arruiné, lo sé. Pero, Oliver... me arrepiento. Todos los días.

La miro, veo cómo se le llenan los ojos de lágrimas. Y no quiero esto, sea lo que sea. Solo quiero darme la vuelta y largarme.

Pero está plantada frente a mi maldito restaurante, y esta vez va a ser ella quien desaparezca, no yo.

—Ah, así que te arrepientes —digo—. ¿Y ahora crees que puedes volver sin más como si nada hubiera pasado?

Dios mío, ¿en qué planeta vive esta mujer?

Levanta las manos a la defensiva.

—No. Sé que no funciona así. Pero te pido una oportunidad de hablar. Solo un poco de tiempo. Te lo suplico.

—¿Me lo suplicas?

Se me escapa otra risa burlona.

Ahí está esa expresión suya que solía confundir con honestidad.

—Dejarte fue el mayor error de mi vida.

—Ah, ¿el nuevo restaurante no va tan bien como esperabas?

Doy un paso hacia ella.

—Qué curioso. Me pregunto por qué será.

Contiene el aliento.

—A lo mejor porque es mi concepto el que vendiste como tuyo, y ahora no tienes ni idea de dónde viene el alma de los platos.

Por fin poder decirlo en voz alta sienta de maravilla.

Ahora baja la mirada como si estuviera decepcionada de sí misma. No soporto verlo, así que paso junto a ella hacia la puerta. En cuanto la alcanzo, oigo sus pasos detrás de mí.

—Oliver, por favor —me llama, con la voz aún más desesperada—. Sé que es demasiado tarde. Pero no quiero dejar las cosas así. Mereces saber que lo siento. Y quiero que entiendas por qué lo hice.

Me detengo en seco y me vuelvo hacia ella. La maleta en su mano me recuerda que piensa quedarse. Quizás para siempre.

—Estás aquí porque fracasaste sin mí.

Noto la amargura en mi propia voz.

—Estás aquí porque te diste cuenta de que me necesitas.

No porque me quiera. Desde luego que no.

Claire se detiene, debatiéndose consigo misma antes de soltar las palabras que ya sé que no me van a gustar.

—No quiero cometer más errores, Oliver. No quiero que sea demasiado tarde.

—Pero ya lo es.

Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.

—Búscate a otro idiota al que puedas fingir querer mientras le robas todo lo que le importa a sus espaldas.

—Por favor —suplica—. Dame al menos la oportunidad de explicarme.

Su mirada se torna intensa.

—No pienso irme hasta que sepas lo que pasó de verdad.

—Eso no cambiaría nada.

—Lo sé —dice, señalando el restaurante—. ¿Podemos sentarnos? Será breve.

Dudo un momento. Parte de mí quiere rechazarla, darle la espalda y cerrar este capítulo de una vez por todas. Pero es terca, y por alguna razón no consigo echarla. Probablemente porque quiero saber qué la empujó a traicionarme así.

Así que me fuerzo a reaccionar y le indico que me siga al interior del restaurante. Entra detrás de mí y deja la maleta junto a la única mesa decente. La mesa donde me senté con Sarah hace unos días. Sarah, tan distinta de Claire.

—Toma —oigo decir a Claire de pronto, y veo que sostiene dos copas de vino que ha cogido del mostrador. Me ofrece una.

Miro la copa que me tiende y me siento como un idiota.

—¿Y esto?

—Créeme, lo vas a necesitar.

Claire me pone la copa en la mano y se sienta. En su rostro se mezclan la incertidumbre y la esperanza.

Doy un sorbo y me apoyo en la pared. El vino me deja un regusto amargo.

—¿Y bien?

—Esto no me resulta fácil —dice en voz baja—. Pero quiero contarte la verdad. Te mereces saberla.

—¿Desde cuándo te importa lo que me merezco? —me burlo con desprecio.

—Siéntate de una vez —susurra suplicante—. Por favor.

Su voz me cala hasta los huesos. Claire me mira con los ojos llenos de algo que no sé nombrar. Arrepentimiento, desesperación, o quizá solo miedo.

Empujo la silla hacia atrás; las patas chirrían contra el suelo. La sala está en silencio, solo el tictac del reloj de pared tras el mostrador llena el vacío entre nosotros. Me siento despacio, me echo hacia atrás y cruzo los brazos sobre el pecho.

Claire deja la copa de vino intacta sobre la mesa. Le tiemblan ligeramente los dedos al soltarla.

—En Nueva York, todo me superó —empieza en voz baja—. Era nueva en la ciudad, insegura, y la única persona que conocía eras tú. Entonces, un día, Gabe Laurent se acercó a mí.

El nombre me golpea como un puñetazo. Lo conozco. En la industria lo conoce todo el mundo.

—Me invitó a una cata. Al principio pensé que era solo hacer contactos. Pero él... era diferente. Me preguntó por qué me empeñaba en hacerme de menos. Por qué siempre hablaba de nuestra idea en vez de la mía, por qué seguía escondiéndome detrás de ti cuando podía lograr mucho más por mi cuenta.

La observo.

—Y le creíste.

No es una pregunta. Es una afirmación.

—Al principio no.

Se inclina hacia delante, casi desesperada.

—Pero luego... no sé... me hizo sentir valiosa. Como si por fin pudiera salir de tu sombra.

Se le quiebra la voz.

—Él creía en mí, y eso me sentaba tan bien.

Percibo la acusación silenciosa bajo sus palabras, y de pronto noto una oleada dentro de mí, amarga, ardiente, apenas controlable. Dejo la copa con brusquedad; el vino salpica por el borde.

—¿Y yo no?

La voz me sale más baja de lo que esperaba, pero más afilada que una cuchilla.

Claire traga saliva. Se le hunden los hombros.

—Estabas tan absorto con el restaurante, Oliver. Proveedores, números, obras...

No me mira.

—Y al final simplemente empecé a sentirme invisible. Como si no fuera más que un personaje secundario en tu sueño.

Suelto una risa seca y amarga.

—Nuestro sueño, Claire. Era nuestro maldito sueño. Lo esbozamos juntos en servilletas de papel, ¿recuerdas?

Claire alza la mirada, a punto de decir algo, pero ya estoy de pie. Fuera, pasa un coche. Los faros trazan líneas fugaces en la pared antes de desaparecer tan deprisa como llegaron.

Clavo la vista en el borde de la copa.

—Maldita sea, Claire, lo di todo. Por nosotros. Por lo que queríamos construir. Y tú... por lo visto estabas demasiado ocupada contigo misma y con tu ego.

—No —susurra—. Simplemente no fui lo bastante fuerte cuando importaba.

—No lo bastante fuerte —repito, negando con la cabeza, incrédulo. Noto la ira latiéndome con fuerza en el pecho, pero debajo hay algo más. Decepción.

—Gabe dijo que no estabas preparado. Que eras demasiado emocional. Que los inversores jamás tomarían en serio a alguien como tú.

Claire también se levanta, aferrando la copa con fuerza.

—Dijo que me hundiría contigo, pero que si me asociaba con él y su inversor...

Dios mío, ¿de verdad está pasando esto?

—¿De verdad le creíste?

Ahora camina hacia mí y se detiene justo delante.

—Me utilizó, Oliver. Confié en él y se aprovechó sin dudarlo.

—Bueno, bienvenida al club —digo—. Es horrible, ¿verdad?

No dice nada. El resplandor de la única luz del techo proyecta sombras suaves en su rostro. Parece agotada.

—¿Por qué ahora?

Mi voz suena ronca.

—¿Por qué vienes a contarme esto ahora?

—Porque vi que has seguido adelante. Que estás construyendo algo maravilloso.

Claire me mira con los ojos brillantes.

—Me dio esperanzas de que por fin pudieras estar preparado para creer que no te traicioné a propósito.

Exhalo despacio. Algo dentro de mí empieza a ceder.

—Creía que te conocía —digo en voz baja.

—Quizá aún me conoces —susurra, y de pronto su mano me roza el brazo.