Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 19 ~
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Estoy sentada a la mesa redonda, rodeada de algunos participantes del festival gastronómico.

El alcalde está frente a mí con su traje de siempre, algo ceñido, que seguramente le da la sensación de tenerlo todo controlado, cosa que, casi siempre, es cierta.

Al menos en lo que respecta a representar al pueblo y, claro, solo cuando Cassidy se encarga del trabajo de verdad.

Hoy no es distinto. Habla con todos como si llevara las riendas del espectáculo. Cassidy se esfuerza por corregir todo lo que él sigue diciendo mal.

No dejo de pensar en el momento en que probó mi pastel de carne. Cómo se echó hacia atrás tras el primer bocado y asintió secamente.

—Bastante bueno. Bastante bueno, Sarah.

Eso fue todo. Ni elogios efusivos ni críticas duras. Aun así, bastó para darme luz verde. Y sin embargo, algo en su expresión me decía que sigue sin creer que pueda cumplir sus expectativas.

Entonces dijo:

—No olvides que Maple Hollow tiene una reputación que mantener. Nada de desastres, nada de bochornos. No podemos permitirnos acabar en el furgón de cola.

Lo había dicho con ese tono casi paternal que usa cuando quiere parecer razonable, pero aun así me caló hondo. No era cuestión de si mi comida estaba a la altura. Era el miedo a decepcionar al pueblo, a que mi restaurante se convirtiera en el hazmerreír de Maple Hollow.

Lo que sí sé es que, si fracaso en el festival, él no lo olvidará jamás. Y eso será el fin del restaurante.

Para quitarme esa idea de la cabeza, carraspeo y vuelvo a centrarme en la conversación. El alcalde está explicando lo importante que es ofrecer calidad excepcional y un servicio impecable.

Como si supiera de verdad lo que eso significa.

Cruzo una mirada con Cassidy, que ni siquiera intenta disimular su sonrisa torcida.

Ahora arquea una ceja y se dirige al alcalde:

—Oh, por supuesto. Y no olvide, señor alcalde, que hasta un filete a la parrilla perfecto necesita sazonarse con amor y un toque de magia.

Su voz suena dulce, casi inocente.

—La calidad sola no basta si a la comida le falta el sabor adecuado.

El señor Cooper hace una pausa y resopla antes de responder:

—Muy cierto, Cassidy. Bien pensado.

La mira con tanto orgullo, como si acabara de tachar otro punto de su lista de tareas. Cassidy me guiña un ojo y vuelve a recostarse en la silla.

—Entonces —su mirada recorre a los participantes del festival—, ya la han oído. Esperamos más que platos excelentes.

Cómo no.

—Bueno, señor alcalde, si somete a los chefs a tanta presión, es todo un milagro que no sirvamos el estrés en el plato junto con la comida —le recuerdo.

El comentario arranca unas risas, y por un momento disfruto del ambiente distendido.

Pero entonces, como tantas veces en los últimos minutos, mi mirada se desvía hacia la puerta. Oliver sigue sin aparecer. ¿Dónde estará?

Me invade una punzada de nervios, aunque no quiera reconocerlo ni ante mí misma.

¿Por qué llega tarde? ¿Vendrá siquiera?

El alcalde carraspea con aire solemne y se levanta con tanto dramatismo que cualquiera diría que va a pronunciar un discurso desde el balcón del ayuntamiento.

—Bien, pasemos a las reglas del concurso culinario —comienza, levantando un dedo—. Cada visitante del festival recibirá tres tarjetas de votación para depositar en una gran urna de cristal a favor de sus puestos favoritos.

Cassidy levanta la cabeza de inmediato:

—No es una urna de cristal. Es un acuario jubilado.

Varias personas se vuelven hacia ella mientras el alcalde suspira ante la interrupción.

—Generosamente donado por Noah Carter, nuestro veterinario —añade Cassidy con una sonrisa encantadora que no admite réplica.

Doy una palmada.

—Muy innovador. Y sostenible —digo con aprobación.

Algunos asienten o ríen por lo bajo, mientras alguien murmura:

—Ese Noah siempre piensa en todo.

El alcalde, mientras tanto, tiene cara de que alguien le acaba de aguar la fiesta con un cubo de agua de acuario.

—Sí, vale. Acuario entonces —gruñe, lanzándole a Cassidy una mirada elocuente que prácticamente dice: «Deja de robarme el protagonismo, Cassidy» .

Me recuesto, aparto un poco mis notas y vuelvo a mirar hacia la puerta. Nada. Ni rastro de Oliver.

La inquietud empieza a apoderarse de mí. ¿Y si ha cambiado de opinión?

—Cada puesto de comida recibirá su propio color. Así nos aseguramos de que el proceso sea justo y transparente —continúa el señor Cooper—. La señora Lee y su puesto de fideos de cristal recibirán tarjetas verde esmeralda con cintas amarillas —anuncia, recorriendo la sala con la mirada.

Cassidy levanta la mano:

—Verde turquesa. No esmeralda. Hubo problemas de suministro.

—Eh, correcto. Verde turquesa.

El alcalde se rasca la cabeza.

—La crepería de la plaza recibe amarillo soleado.

—Amarillo limón. Con lunares verdes —murmura Cassidy como quien no quiere la cosa mientras anota algo en su bloc.

—Eso es exactamente lo que he dicho.

El alcalde empieza a sonar algo irritado.

—El puesto de wraps veganos recibe morado con... eh, rombos naranjas.

—Hojas de arce —corrige Cassidy amablemente—. Decidieron hojas de arce. Ya sabes, por cuestiones de imagen.

—Hojas de arce. Por supuesto.

El alcalde parece estar calculando cuánto más de esto puede aguantar. A veces me pregunto si de verdad cree en todo esto o si simplemente le aterroriza que Maple Hollow se desmorone en cuanto suelte el control.

—Y la señorita Jensen recibe rojo. Rojo clásico.

Mi mejor amiga se inclina hacia mí:

—Magenta. Pero parece casi rojo si no te fijas mucho —susurra.

Me tapo la boca con la mano para no reírme demasiado fuerte.

El alcalde carraspea y desliza lentamente la mano sobre la carpeta que tiene delante.

—Y el puesto tradicional de Sarah recibe...

Me yergo un poco sin darme cuenta. Es mi puesto. Mi color. El corazón me late más deprisa, aunque literalmente estamos hablando de un trozo de papel de colores.

Hace una pausa. Demasiado larga. De esas pausas en las que todos en la sala saben que ha olvidado lo que iba a decir. Cassidy levanta tranquilamente el bloc y da un golpecito con el bolígrafo en el borde, lo bastante fuerte como para que el alcalde pueda oírlo, si quiere.

—Recibe… —intenta de nuevo, esta vez con un tono aún más teatral, como si la pura entonación pudiera compensar su falta de memoria.

Justo en ese momento, la puerta se abre y entra Oliver. Por fin.

Parece preocupado. Tiene los hombros tensos, la mirada inquieta, y cuando me ve, duda una fracción de segundo.

—Ah, Oliver. Me alegro de que hayas podido venir —dice el alcalde con visible alivio mientras hojea sus papeles apresuradamente.

Miro a Oliver, tratando de descifrar qué le pasa. Hay algo distinto en él. Sus ojos tienen esa mirada cautelosa que no le veía desde hace días. Y eso solo hace que mi sonrisa se ensanche mientras le hago un gesto para que se siente a mi lado.

En cuanto Oliver toma asiento, el alcalde por fin anuncia:

—El puesto tradicional recibe amarillo miel con puntos naranjas.

Cassidy me da un codazo.

—En realidad, amarillo girasol con motas marrón rojizo. Un homenaje a tu delantal de cocina.

Le lanzo un beso. Es la mejor amiga que se puede tener.

—Como ya se ha dicho, los invitados podrán usar sus tarjetas de votación para decidir qué platos les han gustado más —continúa el alcalde, visiblemente orgulloso del sistema que inventó—.

Naturalmente, el recuento de votos estará estrictamente supervisado.

Al fin y al cabo, queremos un resultado justo.

Y el encargado de supervisarlo todo será nada menos que Cal Dawson.

Un murmullo colectivo recorre la sala, acompañado de varios gemidos contenidos. Cal Dawson, el cuidador del cementerio, es prácticamente una leyenda en Maple Hollow. Y no precisamente alegre.

—Así que nada de tarjetas duplicadas, nada de votos colados, nada de manipulación —añade el alcalde con énfasis.

—Y nada de bordes irregulares, nada de dobleces descuidados, nada de sonreír mientras depositas tu papeleta —murmura Cassidy a mi lado, tan bajo que solo yo la oigo.

Se me escapa una risa ahogada. El alcalde nos lanza una mirada rápida, pero decide ignorarlo. Oliver, en cambio, no dice ni una palabra. Está sentado muy tieso a mi lado, con los hombros tensos, mirando fijamente al frente.

Sin pensarlo, deslizo la mano bajo la mesa hasta encontrar la suya.

Por un momento no pasa nada. Luego entrelaza lentamente sus dedos con los míos.

Le lanzo una mirada interrogante, preocupada, buscando respuestas en su rostro, pero lo único que encuentro es algo que aún no está listo para compartir.

No parece enfadado. Ni siquiera triste, en realidad. Es más bien como si alguien le hubiera dado a un interruptor dentro de él. Pero su pulgar traza círculos lentos en mi palma, casi imperceptibles, aunque suficientes para calmarme.

No parece tener nada que ver conmigo, pero algo ha pasado. Lo noto. ¿Habrá salido algo mal en la obra del restaurante? Sé lo mucho que significa ese lugar para él, lo importante que es este sueño.

En cuanto termine esta reunión, voy a preguntarle. Y sea cual sea el problema, lo ayudaré a superarlo y estaré a su lado. Igual que él ha estado al mío.