Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 17 ~
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Son casi las once cuando coloco la última cesta de magdalenas en el mostrador, aliso el paño de cocina y respiro hondo.

El aire huele a pan de calabaza recién hecho, patatas asadas con hierbas y pastel de carne con el equilibrio perfecto entre sabroso y contundente.

Ayer, Oliver y yo probamos todos los acompañamientos, hicimos ajustes, descartamos algunos, los volvimos a cocinar y, en algún momento, todo encajó.

Me limpio las manos en el delantal y me dirijo a la puerta principal.

Cuando le doy la vuelta al cartel de Cerrado, los veo: dos señoras mayores con abrigos de lana de colores, un joven con un portátil bajo el brazo y Noah Carter, el veterinario de Maple Hollow, cogido de la mano de su hija.

Todos me sonríen, y algo cálido se instala en mi pecho.

En cuanto abro la puerta, el local se llena como por arte de magia.

Es como si todo Maple Hollow hubiera estado esperando este momento.

Los clientes charlan, ríen, se acomodan en sus sitios favoritos.

Voy de mesa en mesa a toda prisa: tomo pedidos, llevo pan de calabaza, sirvo pastel de carne, relleno tazas de café.

Por primera vez desde que empecé a llevar el local yo sola, apenas puedo seguir el ritmo, pero no me importa.

Porque por primera vez en mucho tiempo, todo se siente exactamente como debe ser.

Este pequeño local, el olor de algo realmente bueno que sale de esta cocina, las sonrisas en los rostros de los clientes, la sensación de que esto por fin, de verdad, está funcionando.

Horas más tarde, cuando el local casi se ha vaciado, la puerta se abre de nuevo.

El hombre de pantalones beige y chaleco de cuadros entra y trae consigo una ráfaga de aire fresco; la campanilla tintinea alegremente sobre la puerta.

Lleva esa expresión que pone cuando no sabe si sentirse impresionado o receloso.

El alcalde.

Cómo no.

Tranquilo, con mirada escrutadora, como si estuviera decidiendo si el lugar puede quedarse como está o si hay que formar un comité para examinarlo a fondo.

—Sarah —dice finalmente con un gesto educado de la cabeza mientras mira alrededor—. He oído que... cocinas ahora. Quiero decir, de verdad.

Esa última palabra suena como si todavía no supiera si esto es un rumor, un bombazo o una broma.

Arqueo una ceja.

—Las noticias corren por Maple Hollow más rápido que el olor del pan de calabaza recién horneado.

Sonríe (bueno, esboza el más leve atisbo de sonrisa) y se sienta en una mesa junto a la ventana.

—He pensado que era mejor comprobarlo yo mismo. Al fin y al cabo, soy el responsable de la representación culinaria de nuestro pueblo.

Así que todavía piensa que podría avergonzar a Maple Hollow en el festival gastronómico.

—Cuidado. Tus suposiciones están a punto de tambalearse.

Le devuelvo la sonrisa, cojo mi bloc de pedidos y hago clic con el bolígrafo.

—Aviso: ya no se trata de si soy lo suficientemente buena para el festival gastronómico. La verdadera pregunta es si el festival gastronómico está a la altura de mi comida.

Apenas puedo creer que acabo de decir eso, pero sienta bien. Liberador.

El alcalde parpadea. Esta vez no con diversión, sino porque está claramente desconcertado. Deja el menú a un lado, se recuesta y me mira con una ceja enarcada.

—¿Festival gastronómico? ¿De qué hablas? Creía haberme expresado con bastante claridad en la última reunión del ayuntamiento.

Me quedo paralizada a medio gesto. El bolígrafo queda suspendido sobre el bloc.

—Oliver dijo que hablaría contigo.

Su sonrisa desaparece por completo.

—¿Ah, sí? ¿Sobre qué? No recuerdo haber hablado con él.

Su voz suena tranquila, pero también algo confusa.

Frunzo el ceño.

—¿Estás completamente seguro? —pregunto, probablemente con demasiada franqueza—. No sería la primera vez que... digamos... se te pasa algo por alto.

Entrecierra los ojos.

—Si te refieres al incidente de las luces de Navidad, aquello fue un accidente porque el becario etiquetó mal el inventario del almacén...

—Por supuesto —digo rápidamente, intentando esbozar una sonrisa encantadora pero no demasiado culpable—. Bueno, en cualquier caso, voy a llevar yo el puesto de comida tradicional de este año.

Me estudia con atención, como si intentara leerme la cara y averiguar si lo he engañado o si me he confundido yo misma. Y mientras estoy ahí de pie, de repente caigo en la cuenta: Oliver nunca habló con él.

Algo frío se me instala en el estómago, y no precisamente agradable. Intento ordenar mis pensamientos. ¿Por qué Oliver no habló con él?

¿Se le olvidó? No. Oliver nunca olvida nada, especialmente cuando se trata de comida.

¿No tuvo tiempo? Es posible, teniendo en cuenta cuánto tiempo ha pasado ayudándome con las recetas.

No hay manera de que lo hiciera a propósito, y a fin de cuentas, da igual. Si Oliver no lo hizo, me encargo yo ahora mismo. Me yergo, cuadro los hombros y miro al alcalde directamente a los ojos.

—Bien. Entonces me gustaría pedir formalmente permiso para ofrecer platos tradicionales en mi puesto durante el festival gastronómico.

Arruga la frente antes siquiera de responder.

—Como ya expliqué en la reunión del ayuntamiento, buscamos representantes establecidos. Con experiencia. No experimentos.

—Ni siquiera has probado la comida —replico.

—No me hace falta —dice, con las manos cruzadas sobre su barriga redonda—. Quizá lograste un plato exitoso por casualidad, pero eso no basta. Aquí lo que importa es la fiabilidad. La previsibilidad. Y la imagen pública. Seguro que lo entiendes.

Imagen pública. Me encantaría lanzarle una calabaza. En cambio, digo con calma:

—Entonces déjame demostrar que puedo ofrecer exactamente eso. Fiabilidad. Calidad. Sabor. Y sí, también imagen pública.

El alcalde se recuesta.

—¿Y cómo te imaginas exactamente que funcione eso? —pregunta—. Al final, se elegirá un ganador entre todos los puestos de comida. El que tenga la mejor comida. Estamos hablando de vendedores profesionales, Sarah. Empresas de catering. Chefs de primera.

¿Una competición? Es la primera vez que oigo hablar de esto. Seguramente sea otra de sus ideas de última hora que Cassidy tendrá que sacar adelante a contrarreloj antes del festival.

—No puedo arriesgarme a que un puesto de Maple Hollow quede en último lugar. Sería una vergüenza para el pueblo. Inaceptable. Lo entiendes, ¿verdad? —continúa con insistencia.

Sus palabras me caen como un jarro de agua fría, pero no dejo que se note. Mantengo la voz serena.

—¿Y si eso no pasa? ¿Y si este año no se ríen de Maple Hollow, sino que lo celebran?

—Por favor. Nadie se ha reído nunca de mi pueblo —resopló.

—Te diré solo una cosa.

Hago una pausa dramática, mirándolo fijamente.

—Sopa de calabaza.

Se pone rojo al instante.

—No tengo ni idea de qué me hablas —responde, aunque es evidente que sí lo sabe.

Es imposible que haya olvidado el desastre del festival gastronómico del año pasado.

—Dame una oportunidad. No te arrepentirás.

Es evidente que está debatiéndose.

—¿Y si tu restaurante queda en ridículo y todo el mundo piensa que Maple Hollow no tiene nada mejor que ofrecer que magdalenas recalentadas e historias sentimentales?

Aprieto los labios. Por un momento, quiero soltar algo cortante. Quizás incluso con rabia. Pero entonces pienso en las sonrisas de los clientes esta mañana. En el sabor del pastel de carne, el suave tintineo de las tazas de café, la primera vez que sentí que de verdad había llegado.

Odio tener que hacer esto, pero parece que ha llegado el momento de jugar mi última carta.

—Oliver me ayudó a cocinar los platos de hoy, y va a seguir ayudándome.

Se le ilumina la cara al instante. Claro. Confía en Oliver, pero no en mí. Muchas gracias, ¿eh?

—Oh... bueno, si es así... me pica la curiosidad por ver si tu pastel de carne está a la altura de semejante promesa.

Y tanto que lo está. Y aunque hoy cociné el pastel de carne sin Oliver, el alcalde no tiene por qué saberlo.

Le sonrío con total seguridad.

—Marchando un pastel de carne.