~ 16 ~
El otoño se respira en el aire. Esa mezcla familiar de tierra húmeda, manzanas maduras y castañas asadas que te hace sentir al instante que has llegado a algún lugar especial.
Un velo dorado de luz se cierne sobre el pequeño mercado de agricultores, con el sol atravesando las hojas coloridas sobre nuestras cabezas.
Técnicamente, debería estar en el restaurante.
Todavía queda mucho por hacer. Hay que conectar los últimos electrodomésticos, abastecer las cámaras frigoríficas y revisar el pedido de vajilla nueva.
La lista en mi cabeza es larga. Demasiado larga.
Pero cuando Sarah me miró esta mañana con ojos brillantes y me preguntó si iría al mercado con ella, no dudé ni un segundo.
Quiero disfrutar de esto. De cada momento con ella.
Además, yo también necesito ingredientes. Productos frescos para probar algunos de mis nuevos platos. Así que es medio paseo, medio trabajo. Al menos en teoría.
Cada puesto ofrece algo nuevo que descubrir: calabazas de todas las formas y tamaños, manzanas relucientes, peras sonrosadas, pan de masa madre recién horneado, mantequilla batida a mano en pequeños moldes de madera.
El aire pasa de oler a canela a sidra de manzana recién prensada, a hierbas todavía húmedas por el rocío de la mañana.
La gente ríe, los niños brincan entre montones de hojas con sus botas de agua.
Y justo en medio de todo estamos Sarah y yo. Ella con una cesta de mimbre bajo el brazo, como si hubiera salido de una de esas viejas películas otoñales donde todo es demasiado bonito para ser verdad, y sin embargo resulta completamente real.
Paseo a su lado mientras ella se detiene una y otra vez a admirar cosas. Le brillan los ojos de emoción.
—Mira estas calabazas butternut tan pequeñitas —dice, dándome un codazo—. Parecen bombillitas.
Sonrío.
—Perfectas para un risotto. Y para el local que se está convirtiendo en el mejor rincón otoñal de Maple Hollow.
Su risa suena ahora clara y libre, como si con cada paso fuera recuperándose a sí misma. Entonces me acerca un manojo de salvia fresca a la nariz.
—¿A que huele a hogar?
—Depende de si por hogar te refieres a mi restaurante o a tu local.
—Quizás ahora sean los dos —dice en voz baja.
Sus palabras caen con suavidad, pero se me quedan dentro.
Quizás ahora sean los dos.
Me detengo un momento y la observo alejarse, bromeando con un vendedor, aceptando una rodaja de manzana y riendo como si no tuviera ni una sola preocupación en el mundo.
Y me encanta verla así. De verdad. Pero su frase me resuena en la cabeza.
Los dos. ¿Quiere decir... juntos? ¿El local y el restaurante?
¿Eso es lo que quiere, que los llevemos juntos?
El pensamiento me hace tragar saliva. Espero que no. No porque no crea que ella pueda hacerlo. Todo lo contrario. Es valiente, tiene un corazón enorme y es tan apasionada que contagia. Pero no puedo volver a pasar por eso.
Ya le confié mi corazón y mi sueño a una mujer, y la herida aún no ha terminado de cerrar.
No. Mi restaurante en Maple Hollow es solo mío.
Es mi nuevo comienzo, mis cimientos, la prueba de que puedo sobrevivir a la traición de Claire y quizás hasta salir fortalecido.
Aunque el corazón se me desboque cada vez que Sarah me mira así —abierta, sincera, como si viera en mí algo que simplemente la hace feliz—, necesito ir con cuidado.
Quizás ella sea diferente. Quizás lo nuestro sea diferente. Aun así, no estoy preparado para compartir mi sueño con ella. Todavía no. Quizás. No lo sé.
Sarah se detiene de pronto frente a un pequeño puesto de madera que rebosa de frascos de colores, botellas y cestas de delicias caseras. Sus dedos rozan vacilantes un frasco de mantequilla de manzana de un dorado pálido, aromatizada con canela y nuez moscada, según la etiqueta.
—Dios mío —murmura casi con reverencia—, mantequilla de manzana. Con canela. Mamá también la hacía.
Coge el frasco con cuidado, como si sostuviera un recuerdo que pudiera romperse.
—Siempre la hacía para sus tortitas —dice, más para sí misma que para mí. Su voz es suave, llena de añoranza—. Eran esponjosas y solo un poquito saladas, con esta mantequilla de manzana por encima... y luego mucho sirope de arce.
Cierra los ojos, como si el solo pensamiento pudiera devolverle aquellas tortitas.
—Si pudiera volver a probarlas...
—Podríamos intentar hacerlas juntos —le propongo, porque no hay nada que desee más que devolverle ese precioso recuerdo.
—No hay receta.
Sarah suspira hondo.
—Mamá nunca apuntó cómo hacía sus tortitas. Yo la observaba, pero las hacía de forma distinta cada vez, así que nunca pude copiarlas. Siempre me pareció algo mágico.
—Aún podemos intentarlo —digo en voz baja, queriendo darle algo a lo que agarrarse—. Cuéntame qué recuerdas.
Sarah cierra los ojos un momento, como si intentara alcanzar algo que se le escapa.
—No sé por dónde empezar —murmura al fin—. La masa nunca era como la de las tortitas normales. Era más espesa, pero también muy esponjosa, casi como la de un bizcocho.
Asiento mientras habla.
—Espesa pero esponjosa. Vale. ¿Qué más?
—La masa se hinchaba en la sartén como si estuviera viva.
Su voz se vuelve más suave a medida que recuerda.
—Y siempre la echaba con un cucharón, nunca con una cuchara. Creo que así conseguía la forma perfecta, y las tortitas nunca eran demasiado grandes. Justo del tamaño ideal.
—¿Y qué ingredientes usaba?
Se encoge de hombros.
—Lo típico de las tortitas —dice con un deje de frustración—. He probado un montón de recetas diferentes, pero nunca me salen como las de mamá.
—Vale. Lo descubriremos juntos —digo, dedicándole una sonrisa franca.
El tibio sol otoñal se filtra entre los árboles, cuyas hojas van tornándose poco a poco en todos los tonos de rojo y dorado. Sarah se sube el cuello de la chaqueta.
—Es como si mamá tuviera su propia magia en la cocina. Algo que ninguna receta podría plasmar jamás.
Sacude la cabeza como queriendo apartar esos pensamientos.
—De verdad que lo intenté, ¿sabes? Probé un sinfín de recetas, fui cambiando ingredientes uno a uno, añadí todo lo que se me ocurrió, pero nunca quedaba bien.
La rodeo con el brazo, queriendo que sepa que estoy con ella.
—Cuanto más lo intentaba, peor salían. Y hace unos días… —Suelta algo parecido a un resoplido, como si ni ella misma pudiera creerlo—. Hace unos días no hice tortitas. Hice losas de piedra.
Me río bajito, más por ternura que por gracia. —¿Losas de piedra?
—¡Sí! Duras como piedras —dice, poniendo los ojos en blanco—. En cuanto les di la vuelta supe que aquello no iban a ser tortitas. Eran tan sólidas que pensé en usarlas de posavasos. Y el sabor… bueno, espero que nunca hayas probado lo que es morder mármol. Fue un auténtico desastre.
No puedo evitar sonreír. —Y por eso vamos a reconstruir la receta —digo, decidido a ayudarla—. ¿Y qué hay de la crema de manzana?
Sarah pasea la mirada por los coloridos puestos del mercado. —La crema de manzana no era solo una mezcla de puré de manzana y mantequilla. Tenía algo más. Era casi como una mousse, muy aterciopelada. Quizás era el toque de canela que siempre añadía, o algo más. No lo recuerdo bien.
—¿Cómo de dulce era? —pregunto, intentando ayudarla a ordenar el recuerdo.
Sarah se da golpecitos en la barbilla. —Era el equilibrio perfecto. Un punto de sal, la canela y un toque de nuez moscada, pero nunca demasiado. Y luego el sirope de arce…
Asiento, vuelvo a respirar hondo y la miro. —Lo conseguiremos, Sarah. Quizás no sea exactamente igual que entonces, pero sí algo muy parecido.
De repente, sus ojos brillan un poco más. —Me encantaría intentarlo —dice en voz baja—. Quizás encontremos la manera.
Me inclino y la beso. No deprisa, no con cautela, sino con honestidad y profundidad, porque en ese momento lo necesito. Porque su recuerdo toca algo en mí que creía perdido hace mucho. Porque veo esa chispa en sus ojos, y me desarma siempre.
Cuando nos separamos, sus manos siguen en mi pecho, su mirada aún fija en mí, algo aturdida. Y entonces aparece esa sonrisa pequeña y repentina.
—¿Sabes qué podríamos hacer? —Su voz suena queda, casi cómplice—. Si conseguimos reconstruir la receta, podríamos servir las tortitas en el festival gastronómico.
Solo tenemos dos días y medio. —Si damos con ellas a tiempo, desde luego que sí —La atraigo hacia mí y junto mi frente con la suya—. Entonces todo Maple Hollow probará algo que merece la pena recordar.
En lugar de responder, vuelve a besarme, y con ese beso dice más de lo que las palabras podrían expresar.