Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 15 ~
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El aroma del pan de calabaza aún flota en el aire cuando entro en la cocina, que por primera vez en mucho tiempo resulta cálida y acogedora.

Miro el pan que tengo delante, brillante y dorado, y los muffins de calabaza y arándanos que hicimos juntos, que, al igual que el beso de ayer, son mucho más que simple comida.

Es como si hubiéramos mezclado algo más que ingredientes.

Creamos un momento que ahora vive en cada bocado.

Mis dedos rozan suavemente el pan mientras una sonrisa asoma a mis labios.

El beso de anoche, ese momento tierno e indescriptible, no deja de repetirse en mi cabeza. Cuando nuestros labios se encontraron, todo encajó, como si el ruido que llevaba dentro se hubiera acallado de golpe.

No fue solo un beso.

Fue la respuesta a todas las preguntas que me han atormentado estos últimos días.

Ash entra en la cocina con ojos somnolientos, camiseta arrugada y el pelo revuelto.

—¿Ya hay café? —pregunta distraído mientras saca una taza del armario.

En cuanto su mirada se posa en el pan de calabaza dorado y los muffins de calabaza y arándanos, se detiene en seco.

—Huele increíble —murmura, cogiendo un muffin.

Le da un mordisco y abre los ojos de par en par.

—Guau. ¿Qué es esto?

—Muffins de calabaza y arándanos —digo, absurdamente orgullosa de lo que Oliver y yo hemos creado juntos.

Ash me mira incrédulo.

—¿Los has hecho tú? —pregunta como si de verdad no pudiera creerlo.

Noto cómo me arden las mejillas.

—Sí. Con Oliver.

—¿Ahora cocináis juntos? Pensaba que solo te estaba dando consejos de cocina.

Ash le da otro mordisco al muffin.

—Aunque, si este es el resultado…

Así que incluso él está a favor de que pasemos tiempo juntos. Y ya sé que Oliver no pretende hacerme daño. No hay truco, no hay segundas intenciones. Oliver está aquí por mí. No solo por el restaurante, no solo por el festival. Por mí , porque le gusto.

—Bueno, a veces solo hacen falta los ingredientes adecuados —no puedo evitar sonreírle de oreja a oreja a mi hermano—. Y un poco de valor para probar algo nuevo.

Ash se encoge de hombros.

—Si tú lo dices —responde con un deje de aburrimiento.

Vuelvo a mirar el pan de calabaza y los muffins, todavía sin poder creer que haya hecho algo tan delicioso.

—Hacía mucho que no te veía tan feliz —dice Ash de repente.

—Seguramente tengas razón.

Desde el accidente de mamá y papá, todo se me ha venido encima. Sin darme cuenta, Oliver me alivió un poco esa carga ayer.

Ash coge otro trozo de pan de calabaza.

—Bueno, me tengo que ir —dice con prisa.

—Que te diviertas en clase.

Y antes de que me dé cuenta, ya se ha ido con una sonrisa, y no puedo evitar sonreír yo también.

Una calidez se instala en mi pecho mientras aparto la vista del pan y recorro con la mirada la cocina donde Oliver y yo cocinamos, reímos y compartimos retazos de nuestras vidas ayer.

Perdida en mis pensamientos, me acerco a la ventana y miro afuera. Maple Hollow, el pueblo que me hizo quien soy, el lugar que siempre me ha resultado tan familiar, de repente parece un sitio que estoy viendo por primera vez.

Veo posibilidades de sacar adelante el restaurante.

Veo un futuro que me ilusiona.

Me sorprendo sonriendo al pensar en el cuaderno de Oliver, que sigue sobre la mesa. Es como un pequeño trozo de él que ha llegado hasta mi cocina.

Una fracción de segundo después, se me ocurre una idea. Cojo el cuaderno y paso las páginas. No tardo en encontrar algo que me llama la atención de inmediato: notas sobre el risotto de calabaza de mamá. Un plato sencillo que podría intentar hacer yo sola.

Decidida, dejo el cuaderno a un lado y cojo el libro de cocina de mi madre.

La cubierta gastada y familiar resulta reconfortante entre mis manos.

Las páginas me resultan familiares de un modo que casi duele, como si aún pudiera percibir rastros de ella en cada ingrediente.

Encuentro el capítulo que busco y empiezo a estudiar los ingredientes y las instrucciones.

Entonces respiro hondo y me pongo el delantal. Resulta extraño estar sola en la cocina, intentando algo nuevo. Pero al mismo tiempo, ya me hace ilusión enseñarle mi plato a Oliver más tarde.

Con gesto decidido, enciendo el fuego, cojo las chalotas y empiezo a preparar el risotto de calabaza.

Unas horas más tarde, estoy sentada en el pequeño banco del rincón de la cocina con un cuenco humeante de risotto de calabaza delante. Me llevo una cucharada a la boca y pruebo con cuidado.

Y entonces… llega la decepción.

No está mal.

Pero tampoco está bueno.

La calabaza está demasiado blanda, el arroz demasiado duro, y de alguna manera a todo le falta ese algo especial: eso que había en cada bocado ayer. Probablemente la risa de Oliver. Su voz tranquila. Su cercanía.

Suspiro bajito y dejo el cuenco delante de mí. La decepción me envuelve como la niebla que llega de los campos. Esperaba poder hacerlo sola. Seguramente fue un poco ingenuo por mi parte.

Pero no voy a dejar que me desanime. Le preguntaré a Oliver qué hice mal. Y me lo explicará sin reírse de mí, sin hacerme sentir poca cosa. Estoy segura.

Y quizá simplemente lo hagamos juntos otra vez. Quizá se convierta en algo más que un simple risotto.

No tardo mucho en decidir qué hacer. Si mi risotto no ha sido un éxito, al menos lo que Oliver y yo creamos juntos ayer sí lo fue. El pan de calabaza. Los muffins.

—Quizá consigan algo más que arrancarme una sonrisa.

Lo dispongo todo con cuidado, colocando trocitos de pan en servilletas y poniendo los muffins en un paño de cocina a cuadros que era de mamá. Con dos bandejas cargadas de pan de calabaza y algo muy parecido a la esperanza, por fin salgo.

El aire fresco del otoño me recibe al instante. Me llega el olor a hojas secas, mezclado con el suave crujido del follaje multicolor que arrastra el viento por la acera.

—¡Eh, Sarah!

Me giro. Indie —hoy con mallas a rayas amarillas y negras y un bloc de dibujo bajo el brazo— se detiene frente a mí y observa las bandejas con curiosidad. —¿Qué es eso? Tiene una pinta ilegalmente buena.

Y lo es. —¿Quieres probar? —le acerco las dos bandejas.

Indie duda un segundo, y puedo verlo en sus ojos: ese cálculo de si debería arriesgarse. Conoce mi cocina. Y sabe que soy más famosa por las tostadas quemadas y la sopa pasada de sal que por algo mínimamente decente.

—Adelante. No te arrepentirás —digo.

Sonríe con educación, pero aún puedo ver ese atisbo de duda que disimula con valentía tras una falsa curiosidad. Seguramente porque estos pasteles tienen buena pinta, algo que no suele pasar con mi comida.

—¿Tú hiciste esto? O sea... ¿ de verdad lo hiciste tú? —pregunta con cautela diplomática mientras coge un muffin.

La observo acercárselo a la nariz y olerlo como si fuera un libro viejo que no quiere abrir hasta estar segura de que no la decepcionará.

—Con Oliver —digo, y un segundo después le da un mordisco.

Sus ojos se abren de par en par. —Vale... guau. —Me mira como si tuviera que replantearse por completo su opinión sobre mi cocina—. ¡Sarah! Esto es divino. En serio. Sabe exactamente a lo que debería saber el otoño.

Antes de que pueda responder, otra voz grita: —¿Qué sabe a otoño? ¿He oído bien? ¿Alguien ha dicho divino?

Suzi, la dueña de la pequeña tienda vintage de enfrente, está en medio de su escaparate a medio montar con una guirnalda de luces enrollada al cuello y la cabeza ladeada con curiosidad.

Le hago señas. —Ven a verlo tú misma.

Menos de dos minutos después, está junto a nosotras. Coge un trozo de pan de calabaza y cierra los ojos con deleite. —Vale. Tienes que poner esto en el menú ya.

Sí. Debería hacerlo. Aunque nunca haya estado en el menú, sé que mamá lo habría aprobado sin dudarlo.

La voz corre a una velocidad increíble. Al principio son solo unas cuantas miradas curiosas de quienes pasan, pero luego cada vez más gente se detiene.

A algunas apenas las conozco, a otras hace siglos que no las veo.

Es como si el pan de calabaza se hubiera anunciado solo y la gente de Maple Hollow hubiera acudido a la llamada.

Risas, voces y todos esos mmm y ahh deliciosos a mi alrededor hacen que me duelan las mejillas de tanto sonreír.

Y aun así, no podría ser más feliz.

—Esto entra oficialmente en el menú del restaurante a partir de ahora —anuncio lo bastante alto para que todos me oigan—. Pasaos cuando queráis. Las puertas siempre están abiertas.

La gente asiente con aprobación, alguien aplaude, y otra voz grita: —Oh, gracias a Dios, por fin una razón para volver al restaurante.

—Y si a alguien le gusta el pastel de carne —añado guiñando un ojo—, ese también está sospechosamente bueno ahora.

Las guarniciones aún necesitan trabajo, igual que el risotto de calabaza, pero ni loca lo admito en voz alta. Aun así, por primera vez en mucho tiempo, siento que esto podría funcionar de verdad.

Observo a Suzi robar las últimas migajas de muffin de la bandeja con un suspiro dramático. —¿Cómo has podido hacernos esto, Sarah? Eso apenas era una muestra.

Me río y prometo que habrá más pronto. Muy pronto.

Poco a poco, los pequeños grupos van dispersándose. La gente saluda, se abraza, sonríe. Las bandejas están vacías, pero mi corazón, no sé cómo, se siente más lleno que nunca.

Con una sonrisa enorme, echo a andar hacia el restaurante.

Y entonces mi mirada se desvía hacia el local donde estará el restaurante de Oliver, ahora lleno de herramientas, botes de pintura y planos enormes.

Está de pie detrás del amplio ventanal.

Oliver.

Con las manos en los bolsillos, despreocupado, y un brillo cálido en el rostro.

Me estaba observando.

No dudo ni un segundo. Voy directa a su puerta y doy dos golpecitos en el cristal. En cuanto abre, no puedo evitar lanzarme a sus brazos.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunto.

Me besa primero en la mejilla, luego en los labios. —Lo suficiente para ver que tenías a todo Maple Hollow comiendo de tu mano esta mañana.

Gracias a él.

Me apoyo en él, aspiro su aroma familiar y noto cómo el calor se extiende por mi pecho.

—Todo esto es gracias a ti —murmuro contra su hombro—. Ni siquiera sé cómo agradecértelo.

Oliver niega suavemente con la cabeza y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. —No tienes que agradecerme nada —dice en voz baja—. Verte tan feliz... eso me basta.

Me aparto lo justo para mirarlo a los ojos. De repente, las palabras me salen a borbotones. —Hoy intenté hacer risotto de calabaza. Sabía a cartón y no tengo ni idea de por qué. Y necesito urgentemente guarniciones para el pastel de carne. Algo especial. Algo que nadie se espere. ¿Puedes ayudarme?

Su sonrisa se vuelve traviesa, casi retadora. —Por supuesto. Pero para eso necesitaremos los ingredientes adecuados.

Me río bajito y noto el pulso acelerado hasta en las yemas de los dedos. —Y sé exactamente dónde conseguirlos.