~ 12 ~
El aroma del pan de masa madre recién tostado me envuelve mientras compruebo que la sartén esté caliente y casco un huevo. Chisporrotea suavemente. La mañana es tranquila, la luz del sol se filtra a través de las cortinas del salón, y todo parece extrañamente ligero.
Me apoyo en la encimera con la taza de café y sonrío para mis adentros al recordar la noche anterior, aunque sé que no debería. Ni siquiera debería estar pensando en Sarah, y sin embargo anoche soñé con ella.
Estaba en mi cocina con una camisa enorme puesta —quizá mía, quizá algo que mi cerebro inventó— y se reía. Fuerte, cálida, despreocupada. Estaba cocinando algo, probablemente algo tan corriente como tortitas, pero en el sueño olía a hogar. A vainilla, mantequilla dorada y... a ella.
Lo recuerdo todo.
Cómo me acerqué lentamente por detrás, descalzo sobre el cálido suelo de madera. Cómo me detuve justo detrás de ella y me permití disfrutar del momento: su cabello ligeramente despeinado, la nuca expuesta, un pequeño lunar justo debajo de la oreja.
Entonces la rodeé con los brazos, la atraje hacia mí, y mis labios le rozaron la piel. Tenía el cuello cálido, el cuerpo suave, y se recostó contra mí como si fuera lo más natural del mundo.
Y yo... sentí que por fin había encontrado mi lugar.
Todavía puedo sentirlo todo. Su calidez, su aroma. Cómo se relajó contra mí como si yo fuera su refugio.
—Un sueño. Solo un maldito sueño —me digo, aunque el recuerdo parece más real que la mayoría de las cosas que he vivido en los últimos años.
Muerdo la tostada aún caliente, intentando a la vez alejarme de los pensamientos sobre Sarah y aferrarme a ellos, cuando suena el teléfono.
El nombre en la pantalla me paraliza.
Claire.
Me quedo mirando el teléfono mientras el tono de llamada me taladra los oídos. Respiro hondo y contesto.
—Hola, Claire.
—Hola, Oliver. Pensé en llamarte. Ya sabes, para saludar y eso.
Su voz suena alegre. Demasiado amigable.
No digo nada. No hace falta. La calidez de hace un momento se ha esfumado, como si alguien hubiera abierto una ventana y dejado entrar el frío.
—Me han dicho que tienes otro restaurante. ¿En un pueblecito de Vermont?
—continúa como quien no quiere la cosa. Pero conozco ese tono.
—Connecticut —carraspeo—. Maple Hollow.
Una risa breve al otro lado de la línea.
—Claro. Suena... maravilloso.
Me dejo caer en el taburete de la isla de cocina y miro el huevo en la sartén. Ya está demasiado hecho. La yema se ha rendido.
—¿Qué quieres, Claire?
Un momento de silencio. Luego un suspiro.
—No lo sé. Solo quería saber cómo estabas. Ver si sigues enfadado.
Hay que tener cara. Se me tensa la mandíbula.
—Ahora mismo no tengo tiempo para esto.
Mi voz se mantiene calmada, controlada, y me enorgullezco de ello.
—Claro —dice. Y luego, más bajo—: A veces te echo de menos, ¿sabes?
—Vaya, cuánto lo siento —respondo con sequedad.
Se queda callada.
—A veces me pregunto si fue un error...
Aprieto el teléfono con rabia, pero me obligo a mantener la compostura.
—Eso deberías haberlo pensado antes de clavarme un puñal por la espalda.
El silencio al otro lado es tan denso que parece llenar la habitación. Entonces la oigo, suave, casi vacilante.
—Lo siento. De verdad que lo siento.
—Sí, bueno. Que te vaya bien —digo secamente, y cuelgo antes de que pueda añadir nada más.
Durante un momento, me quedo ahí sentado mirando el colorido día de otoño. El sol sigue brillando.
Pero de repente hace frío.
El zumbido en el oído persiste mucho después de que la llamada haya terminado.
Exhalo lentamente por la nariz, como se supone que hay que hacer en los momentos de estrés. No sirve de nada.
Claire tiene el don de arrastrarme a ese viejo estado mental con solo unas palabras. Y aunque a estas alturas debería saber que ya no puede hacerme daño, aún duele.
Miro el desayuno. Huevo, tostada, café tibio. Ya no me apetece nada. Aparto el plato y me recuesto en la silla, buscando pensamientos mejores.
Sarah.
Su risa resurge de inmediato en mi mente. Su voz. La calidez de su mano rozando la mía. Soñé con besarla. Y ahora me pregunto si ese corazón acelerado de ayer fueron solo imaginaciones mías, o si ella también lo sintió.
Quizá Sarah sea diferente. Quizá no.
Y aunque lo fuera, Maple Hollow es pequeño. Demasiado pequeño. ¿Qué pasaría si de verdad hubiera algo entre nosotros y saliera mal? ¿Me echarían del pueblo? Por supuesto que se pondrían del lado de Sarah. Tendría que marcharme de Maple Hollow, y mi sueño volvería a desmoronarse.
Suelto un resoplido y me paso la mano por la cara. Me estoy adelantando a los acontecimientos. Demasiado. Ni siquiera ha pasado nada entre Sarah y yo.
Todavía, susurra una voz en mi interior, y sé que tengo que ignorarla.
Así que me distraigo. Cojo el cuaderno de la encimera y lo abro por la lista de tareas.
Ampliar concepto: hecho.
Reforma de cocina: pendiente.
Contactar proveedores.
Organizar contabilidad.
Formar equipo.
Anoto cosas mecánicamente, marco casillas, escribo preguntas. El rasgueo del bolígrafo sobre el papel me ancla. Estructura. Planificación. Algo que puedo controlar.
A diferencia de los sentimientos.
Durante un rato, me pierdo en listas de tareas, comparando precios de cristalería nueva, anotando ideas para platos que quiero probar. Incluso apunto lo del tirador roto del frigorífico. Sienta bien mantenerse ocupado. Amortigua el caos en mi cabeza.
Al final me recuesto y dejo caer el bolígrafo.
Mi mirada se posa en el boceto del restaurante con el patio proyectado en la entrada.
Unas cuantas mesas bajo guirnaldas de luces, un lugar para sentarse, reír, comer.
Un lugar donde pertenecer. Y de repente recuerdo que todavía necesito la aprobación.
Necesito el permiso del alcalde para el patio.
Y entonces caigo en la cuenta de golpe.
¡El alcalde!
Enseguida cojo el móvil, abro los mensajes y compruebo si hay novedades.
Nada. Ni llamadas, ni correos.
Qué raro. Cassidy dijo ayer en el ayuntamiento que se lo transmitiría. Aunque también dijo que las probabilidades de que él se ocupara del asunto no eran precisamente altas. ¿O fue todo teatro?
Siento una punzada aguda.
¿Se olvidó? ¿O no lo mencionó a propósito? No quiero acusarla de nada, de verdad que no, pero no sería la primera vez que alguien traiciona mi confianza.
Quizá debería volver. O llamar. Sí. Voy a llamar.
Marco su número. Suena. Cinco veces.
Luego, un clic.
—¡Qué día tan espléndido en el pueblecito más grandioso del mundo, Maple Hollow!
—la voz alegre y estruendosa del alcalde Cooper me estalla en el oído—.
Ha llamado al buzón de voz del alcalde Cooper, corazón y cerebro de Maple Hollow, disponible las veinticuatro horas.
Si tiene algo que comunicar, deje un mensaje después del pitido.
Pero solo si es importante. Todo lo demás puede dejarlo con mi asistente o echarlo al buzón.
¡El papel nunca se cuelga y no necesita contraseña!
Y recuerde: el paraíso en la tierra no es un mito, huele a tortitas, tiene arces y se llama Map—
El pitido corta el resto de la grabación. Me pregunto si el alcalde siquiera es consciente de ello.
—Hola, soy Oliver Scott. Solo quería informarle de que he encontrado una solución para el problema del festival gastronómico.
Me detengo un momento.
—Sarah Miller sustituirá al camión de comida que cancelaron. Está trabajando en nuevas—
Otro pitido me avisa de que se ha acabado el tiempo de grabación.
Por supuesto. El hombre se enrolla hablando de sí mismo durante varios minutos, pero da a los que llaman menos de veinte segundos para explicar su asunto. Le pega perfectamente. El alcalde Cooper, el gran animador de Maple Hollow, el tipo de hombre que jamás compartiría un micrófono.
Se me pasa por la cabeza un pensamiento: quizá se extiende tanto porque ya no le queda nadie dispuesto a escucharlo.
Sea como sea, dije lo importante.
De todos modos, tendré que enviar la solicitud del patio por correo electrónico. Puede que él insista en que el papel es el medio más fiable, pero dudo mucho que a estas alturas pudiera siquiera encontrar su máquina de fax.