Amor y otros desastres de otoño en Maple Hollow (Maple Hollow 1) ~ 9 ~
30%

~ 9 ~

Estoy plantada frente a la puerta, con la mirada fija en el pomo antiguo. El dormitorio de mis padres. No he puesto un pie ahí en once meses. Once meses pasando por delante cada día. Siempre prometiéndome que lo haría al día siguiente. Pero el día siguiente tampoco parecía el momento adecuado.

La puerta está cerrada, como si quisiera decirme: Hoy no, Sarah.

Pero necesito los libros de cocina de Mamá. Los que tienen sus notas escritas a mano en los márgenes, sus corazoncitos junto a las recetas que más le gustaban.

Debería haberlos conseguido hace mucho tiempo. Pero no pude. Ni siquiera lo intenté.

En cambio, compré libros de cocina nuevos. Brillantes, modernos. Con fotos preciosas y recetas perfectas. Prefería seguir las instrucciones de cualquier otro antes que abrir esta puerta.

Quizás fue un error.

Quizás debería haber admitido mucho antes que el restaurante nunca volverá a ser el mismo si la comida no sabe como la de Mamá.

Pero ¿qué tenía de malo usar recetas diferentes para los mismos platos? Nadie iba a esperar que supieran exactamente igual que los suyos. Aun así, la comida debería haber sido al menos comestible, y quizás con eso habría bastado.

Eso es lo que pensé.

Pero el festival gastronómico de otoño está a la vuelta de la esquina, y probablemente sea mi última oportunidad de mantener el restaurante a flote. Así que me obligo a alargar la mano hacia el pomo. Y el miedo me paraliza.

¿Y si el olor sigue ahí? ¿Su perfume mezclado con la loción de afeitar de Papá? ¿Y si por un segundo creo que han vuelto porque todo sigue igual que antes, y luego vuelvo a darme cuenta de que no están? ¿Y si entro y ya no quiero salir nunca?

Me descubro conteniendo la respiración como una niña que cree que si se queda quieta, lo que da miedo desaparecerá.

Es solo un dormitorio, me digo.

Pero no es verdad.

Es todo.

Es lo último que me queda de mis padres.

Y entonces las palabras de Oliver me vuelven de golpe a la cabeza: Si ni siquiera lo intentas, pasarás el resto de tu vida preguntándote si podría haber funcionado.

Su voz no me deja en paz y me da el valor que no he tenido en meses. Bajo el pomo.

Nada más cruzar el umbral, los recuerdos me inundan. Mañanas de domingo cuando Ash y yo éramos pequeños y nos colábamos en la cama de nuestros padres a primera hora. Mamá abrazándome, Papá tapándome con la manta.

Recuerdo los desayunos del Día de la Madre que le llevaba a Mamá cada año.

Un poco caóticos, con muy poca mantequilla y demasiada mermelada.

Tostadas medio quemadas, huevos aguados.

Ella siempre se comía ese desayuno con una sonrisa.

Aunque era horrible, nunca lo dejó ver. Estaba orgullosa.

Orgullosa de la intención, orgullosa de mí.

Cierro los ojos y dejo que el momento me atraviese. Duele. Pero al mismo tiempo, siento que esto es justo lo que necesito. Este recuerdo que me conecta con ellos, con todo lo que perdí.

Respiro hondo y cojo los libros de cocina. Las páginas están un poco amarillentas, las esquinas gastadas. Las notas de mi madre, escritas con su letra de siempre, me transportan a una época en que todo era más sencillo. Apenas puedo creer que tenga las recetas en mis manos.

Al girarme hacia la puerta, me encuentro de pronto cara a cara con Ash. Me mira con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que ve.

—¿Qué haces? —pregunta, con curiosidad y un deje de confusión en la voz.

—Voy a participar en el festival gastronómico. Y necesito las recetas de Mamá —digo, aunque todavía me cuesta creer que Oliver me haya dado esta oportunidad.

Ash frunce el ceño.

Antes de que pueda decir nada, me doy la vuelta y vuelvo a mi habitación, que redecoré por última vez hace diez años. Las paredes están llenas de pósteres de grupos y películas que me encantaban de adolescente.

Ash me sigue. Oigo sus pasos.

—¿Estás segura? —noto la preocupación en su voz, no solo su guasa habitual—. En la reunión del pueblo...

—Sé lo que pasó en la reunión del pueblo —lo corto antes de que pueda terminar la frase. Mi tono sale más brusco de lo que pretendía, pero no quiero volver a oírlo. No quiero que lo diga en voz alta—. Oliver me está ayudando con las recetas.

Ash se apoya en el marco de mi puerta.

—¿Oliver quiere ayudarte? —su voz suena escéptica—. ¿Por qué iba a hacer eso? Va a abrir su propio restaurante aquí. ¿De verdad le interesa tener competencia?

Me dejo caer en la cama y coloco los libros de cocina con cuidado a mi lado. Sus portadas de colores tienen un aire alegre.

—No lo sé —admito—. Dijo que cree en mí. Que al menos debería intentarlo.

Ash arquea una ceja.

—¿Y con eso te basta?

No, la verdad es que no. No si lo pienso con frialdad. Oliver no tiene ninguna razón para ayudarme. Ninguna obligación. Y desde luego, nada que ganar.

Más bien todo lo contrario.

Me quedo mirando la receta de tarta de manzana escrita a mano por Mamá y me pregunto qué le habrá llevado a ofrecerme su ayuda.

—Aun así, deberías tener cuidado —dice Ash al cabo de un rato, con la voz más calmada, más seria—. Por si acaso te está tomando el pelo.

Levanto la vista. Tiene el ceño fruncido, la mirada seria, casi adulta. No estoy acostumbrada a verlo así.

—Es de la ciudad, Sarah. Allí cada uno va a lo suyo. Nadie te ofrece nada si no espera algo a cambio. Así funcionan las cosas allí. Al menos... eso es lo que he oído.

Una parte de mí quiere llevarle la contraria.

Decir que Oliver no parece de esos. Que de verdad solo quiere ayudar, que ya lo demostró hoy con el pastel de carne.

Que con esa única frase — entonces lo estropeas y nos reímos y volvemos a intentarlo — me ha dado más de lo que nadie me ha dado en meses.

Pero otra parte de mí no está tan segura.

Los tipos despiadados de ciudad como él seguramente están acostumbrados a desayunar chicas ingenuas de pueblo como yo.

Paso el pulgar por el borde arrugado de la receta. Las palabras de Oliver todavía resuenan en mi cabeza. Dichas con tanta naturalidad, pero justo lo que necesitaba oír. Como si hubiera percibido mi desesperación.

¿Por qué está haciendo esto?

¿Porque le gusto?

No, eso no tiene ningún sentido. Apenas me conoce. Y lo que sabe de mí… bueno, no es precisamente encantador. No fui amable con él. Todo lo contrario. Intenté espantarlo antes de que terminara de instalarse.

Y aun así, me dio el consejo del pastel de carne, y ahora quiere ayudarme no solo con las recetas del festival gastronómico, sino también conseguir que me dejen participar oficialmente.

Es extraño.

¿Qué es lo que quiere en realidad?

Ash tiene razón: Oliver viene de la ciudad. De un mundo donde no te fías de nadie, donde cada uno va a lo suyo.

¿Y yo? Crecí en el piso de arriba de un restaurante familiar donde siempre importaban las personas, no los números.

¿Y si caigo en la trampa? ¿Y si sabe perfectamente lo desesperada que estoy y lo usa en mi contra? ¿Y si quiere darnos el golpe de gracia al restaurante y a mí dejándome en ridículo en el festival?

Pero entonces pienso en el momento en que me sonrió, con dulzura, casi con ternura. Me gustan los realistas , dijo en voz baja, como si esas palabras escondieran algo más.

¿Alguien así puede estar jugando conmigo?

No lo sé. Pero lo que sí sé es que tengo que averiguarlo.

Suspiro y miro a Ash, que sigue plantado en la puerta de mi cuarto, con los brazos cruzados y una mirada que dice: «Vale, haz lo que quieras, pero luego no digas que no te avisé».

—No te preocupes —digo, esforzándome por sonar relajada aunque solo pensar en volver a ver a Oliver esta noche me pone nerviosa—. Tendré cuidado. Te lo prometo.

Ash se encoge de hombros como si hubiera decidido que le da igual. —Vale, me voy al campo de fútbol —murmura antes de darse la vuelta y perderse en silencio por el pasillo hacia su cuarto.

En cuanto se va, me desplomo en la cama junto a los libros de cocina y me tapo la cara con las manos. El corazón me late más rápido de lo que debería.

No sé cuándo pasó. Cuándo un tipo molesto de ciudad con esa mirada arrogante se convirtió de repente en alguien que me tiene tan alterada.

Quizás fue lo del pastel de carne. O cuando esta mañana estaba en la cocina y me miró como si de verdad se arrepintiera de todo aquel numerito de la planta de residuos orgánicos.

Me muerdo el labio, pero aun así no consigo quitarme a Oliver de la cabeza. Voy al armario y abro la puerta con más fuerza de la necesaria.

Mi ropa cuelga ordenada en fila. Colores apagados. Telas cómodas. Nada que grite: «Voy a ver a un hombre que me parece peligrosamente atractivo aunque probablemente debería andarme con ojo».

Aparto las chaquetas, deslizando los dedos por el algodón y el tejano, y estoy a punto de cerrar el armario cuando veo algo que casi había olvidado: un vestido de verano ligero, azul pálido.

Estampado floral delicado. Me lo puse una vez, para una boda, creo.

Nunca más. Ahora lo saco y me lo pongo delante.

La verdad es que es una pena que esté siempre ahí colgado.

Con una chaqueta encima, no quedaría excesivo para mi cita con Oliver. Quizás sería incluso perfecto.

¿Y si me suelto el pelo, con unas ondas suaves? Zapatos bonitos también. Yo no tengo, pero Cassidy sí. Esos color crema con el tacón bajito. Los que jura que son cómodos, aunque nunca me lo he acabado de creer.

Me giro de lado frente al espejo, con el vestido todavía delante, y por un instante me imagino bajando las escaleras con ese mismo conjunto.

El pelo brillante, con ondas suaves, esos zapatos color crema.

Oliver esperándome abajo, mirándome, quizás un poco más de la cuenta.

Quizás sin decir nada. Quizás solo sonriendo.

Contengo el aliento.

No.

No es así como quiero que me vea. No a él.

No quiero que piense que me he arreglado porque yo…

porque espero gustarle. Cuelgo el vestido, quizás demasiado deprisa, y saco mis vaqueros favoritos.

Los que me he puesto mil veces en la cocina.

Encima, un jersey azul marino sencillo. Cómodo. Discreto. Seguro.

Nada llamativo. Sin enviar señales equivocadas.

Justo como la cita a la que voy ahora con los libros de cocina de mamá.