~ 7 ~
El temporizador de la cocina suena estridente. Saco el pastel de carne del horno y deslizo la bandeja caliente sobre la encimera con un movimiento rápido. Un aroma increíble se eleva, cálido, sabroso, más rico de lo habitual por alguna razón.
No debería hacerme ilusiones tan pronto. Las probabilidades de que esto termine en decepción siguen siendo demasiado altas. Aun así, el corazón me late más rápido mientras cojo el cuchillo. La corteza está ligeramente dorada, el interior suave. Corto un trozo, soplo un poco y lo muerdo.
Y... vaya.
Está bueno.
No como el de mamá —todavía falta algo, esa nota familiar, ese recuerdo de las tardes de domingo con la música country sonando suavemente de fondo— pero está jugoso. Y no solo comestible. Realmente delicioso.
Mastico lentamente y dejo el cuchillo. Durante un momento no pasa nada, pero entonces, de repente, se me llenan los ojos de lágrimas. Por primera vez en semanas, siento que no todo se está desmoronando. El alivio me invade como una oleada. Cálido y abrumador.
Quizás este sea el punto de inflexión. No es una obra maestra, no es un plato premiado, pero está francamente bueno. Algo que podrías servir a la gente sin sentirte avergonzada.
Quizás... quizás no todo esté perdido todavía.
Respiro hondo, cierro los ojos un segundo y luego me pongo a bailar por la cocina. Con los brazos en alto, giro y casi me resbalo en las baldosas. Se me escapa una risa, clara y libre, como si acabara de quitarme un peso de encima.
Pero entonces me detengo.
Porque en medio de todo ese alivio, algo más surge en mi interior. Algo silencioso, pero profundo.
Vergüenza.
Por cómo traté a Oliver. Lo mala que fui con él, lo obsesionada que me volví con mi rabia por haberse convertido en mi competencia. Cómo lo aparté de mí, fría y distante, porque no quería que viera lo mal que lo estaba pasando.
Y aun así me ayudó.
De repente el bocado que tengo en el estómago me pesa.
Se me cierra la garganta. Aprieto los dientes, pero no sirve de nada.
Las lágrimas pugnan por salir de todos modos, calientes e incómodas.
Parpadeo rápidamente para contenerlas antes de que se derramen, pero no puedo librarme de mis pensamientos tan fácilmente.
Oliver me ayudó aunque yo era la última persona que lo merecía. Sin burlas. Sin juicios. Sin segundas intenciones.
Miro fijamente la fuente de horno frente a mí. Luego el cuchillo. Mis manos. Y antes de que pueda pensarlo demasiado, ya me estoy moviendo. Corto varios trozos del pastel de carne. Los más bonitos, uniformes y jugosos, que brillan bajo la luz, van a un plato.
Ojalá todavía tuviera algo del chutney de mamá, que siempre quedaba perfecto con su pastel de carne. O puré de patatas cremoso con una costra dorada de mantequilla. Esas judías verdes con beicon que crujían al morderlas. Unos cuantos aros de cebolla dorados.
O la verdad... cualquier cosa.
Pero lo único que tengo es un poco de perejil, que deshojo con cuidado y espolvoreo sobre el pastel de carne como si fuera algo precioso. No es mucho, pero al menos el pastel de carne no queda completamente desnudo.
Limpio el borde del plato, lo coloco bajo una de esas viejas campanas de cristal para tartas que normalmente solo usamos para la tarta de manzana y salgo del restaurante.
Fuera, el aire es frío pero claro. Sujeto la campana de cristal contra el pecho como si fuera un regalo de valor incalculable, y con cada paso el corazón me late más fuerte.
No porque esté emocionada por el éxito del pastel de carne, sino porque no dejo de imaginar cómo va a reaccionar Oliver cuando me disculpe. Porque eso es exactamente lo que tengo que hacer ahora. Le debo las gracias, y mucho más que eso.
¿Aceptará mis disculpas? ¿Se dará cuenta de que lo digo en serio, verá lo avergonzada que estoy por cómo actué? ¿Que de verdad me arrepiento de haberlo tratado así?
Eso espero.
Doblo la esquina y entro en la sección del viejo restaurante que tuve que ceder hace unas semanas para mantener viva la otra mitad.
La puerta se cierra suavemente a mi espalda.
El olor a café rancio, madera vieja y un rastro de producto de limpieza me llega a la nariz.
Huele a una mezcla de recuerdos y renovación.
La sala está casi vacía, salvo por unas cuantas mesas y sillas dispersas que aguardan tímidamente bajo la luz tenue.
Oliver está apoyado contra una mesa alta, con el portátil abierto frente a él y el pelo revuelto como si no se hubiera quedado quieto ni un segundo en horas. Mira fijamente la pantalla, completamente absorto en lo que está haciendo.
Me detengo. Me tiemblan las manos.
—Hola.
Oliver levanta la vista.
—¿Sarah?
Parece sorprendido, pero también un poco escéptico. Probablemente sin saber qué pensar de mi visita repentina.
Levanto el plato un poco más y esbozo una sonrisa vacilante.
—Ha salido bien.
Una sonrisa se extiende por su rostro, fugaz pero genuina.
—Oh. Eso es... inesperado —dice, y por un momento el escepticismo desaparece de sus ojos. Mira el plato, el pastel de carne, luego a mí, y veo un destello de interés en su mirada—. La verdad es que tiene muy buena pinta.
—Pensé que a lo mejor querrías probarlo.
Me acerco con cuidado, y justo en ese momento me doy cuenta de que he olvidado traerle un tenedor.
—Bueno, solo si quieres.
Oliver aparta un poco el portátil y su expresión se vuelve seria de nuevo.
—¿Has venido por eso?
Hay una nota de sospecha en su voz.
Bajo la mirada y niego con la cabeza.
—En realidad, quiero pedirte perdón —admito en voz baja, con el plato entre las manos como una ofrenda de paz—. Yo... fui muy grosera contigo. Y aun así me ayudaste sin un solo comentario crítico. Te debo mucho más que las gracias.
Por un momento bajo la mirada al plato, casi como si necesitara asegurarme de que es bastante bueno para demostrar que soy sincera. Desde luego no es lo mejor que ha comido en su vida, pero es lo que tengo para ofrecerle ahora mismo.
Oliver me estudia como si estuviera sopesando mi disculpa, como si quisiera asegurarse de que lo digo en serio.
Pero entonces algo cambia en su rostro. Lentamente, casi con cautela, empieza a sonreír, no mucho, pero lo suficiente para que yo lo note.
Es una sonrisa pequeña, pero por alguna razón me da esperanza.
—Todos tenemos momentos en los que no somos la mejor versión de nosotros mismos —dice por fin, y su voz suena de pronto mucho más suave. Casi reconfortante.
El alivio me inunda.
—¿Quieres probarlo?
Oliver da un bocado, mastica pensativo y luego asiente con aprobación.
—Está muy bueno.
Una pequeña sonrisa de satisfacción le asoma a los labios.
Un elogio de un chef famoso. Por algo que yo cociné. Vaya. Por un momento, de verdad siento que he conseguido algo.
—Deberías dejar que todo el pueblo lo pruebe —sugiere entonces, con un tono menos juguetón, más reflexivo.
—Podría cortar el pastel de carne en cubitos y clavarles palillos.
Como las bandejas de muestras del supermercado.
Él asiente, pensativo.
—Luego lo pones todo en una bandeja y te paseas por el pueblo con ella.
Porque nadie entraría por voluntad propia al restaurante a pedir pastel de carne. Eso es lo que está pensando, aunque por suerte no lo dice en voz alta.
—¡Es una idea genial, gracias!
Así conseguiré que la gente vuelva al restaurante. Siempre que pueda hacer que el pastel de carne me salga así, claro. Quizá primero debería comprobar si el resultado de hoy se puede repetir.
De repente, me mira con una intensidad sorprendente. Como si estuviera estudiando cada pequeño movimiento de mi rostro, cada mínimo destello de expresión. El aire parece más pesado, de algún modo. Más denso. Su mirada me inquieta, como si buscara algo que ni siquiera sé que existe.
Y de pronto me siento acalorada, como si me ardiera todo el cuerpo.
—¿Qué? —pregunto.
Oliver ladea ligeramente la cabeza.
—¿No querías participar en el festival gastronómico de otoño? —pregunta en voz baja, casi con indiferencia, aunque hay un destello en sus ojos que no logro descifrar—. En la reunión del pueblo... parecía que te importaba mucho.
Bajo la mirada. Sí me importa. Mucho, de hecho. Más de lo que quería admitir entonces. Pero...
—El alcalde dejó bastante claro que piensa que no debería —murmuro, mientras noto cómo me arde la cara de vergüenza.
Oliver arquea una ceja.
—El alcalde también me pidió que organizara un camión de comida. En seis días. No es precisamente alguien conocido por sus decisiones meditadas.
Suelto un bufido suave.
—Ah, el alcalde. Si la impulsividad fuera un deporte olímpico, saldría en la caja de los cereales.
Oliver sonríe, visiblemente divertido, y siento que algo de la pesadez que llevo dentro se alivia.
—Por desgracia, no es solo impulsivo. También es terco como una mula —digo, poniendo los ojos en blanco—. Ese hombre no ha dado marcha atrás en una decisión en su vida. En cuanto dice que no puedo participar, queda grabado en piedra. Qué digo, en hormigón. Seguramente plastificado y enmarcado.
Oliver se recuesta y me observa con esa sonrisilla torcida que me inquieta mucho más de lo que quiero admitir.
—Me dejó elegir a mí.
Dejo de respirar por un segundo y el corazón me da un vuelco. Podría elegir a cualquiera. A algún hipster que sirva kimchi vegano o pan de masa madre artesanal. Pero en cambio... ¿me lo está proponiendo a mí?
—¿Y me elegirías a mí? —pregunto en voz baja, casi en un susurro, mientras me obligo a sostenerle la mirada aunque de repente me cuesta. Porque ahora mismo sus ojos dicen mucho más que sí, tu pastel de carne estaba bueno . Mucho más.
Su expresión se suaviza.
—He probado tu pastel de carne, Sarah. Y he visto cuánto te importa esto. Claro que te elegiría.
Por un momento el aire chisporrotea entre nosotros, cargado como el instante antes de que estalle una tormenta.
Mis ojos se desvían brevemente hacia su boca, luego vuelven a los suyos, que parecen ver algo en mí de lo que ni siquiera soy consciente.
Intento que el momento no crezca demasiado, pero algo dentro de mí suspira anhelante: cercanía, reconocimiento... ¿él?
—¿Y qué se supone que voy a ofrecer? ¿Este pastel de carne y un poco de perejil decorativo? —hago un gesto de impotencia—. No tengo menú para el festival. Ni puesto...
Y, sinceramente, tampoco mucha confianza en mí misma.
—Entonces empieza poco a poco —sugiere—. Haz lo que puedas , y yo te ayudaré. Lo resolveremos juntos. No tengo tiempo de montar algo desde cero, pero puedo echarte una mano.
Niego con la cabeza, dubitativa.
—No sé. Tienes tu propio restaurante. Y seguro que tienes mejores cosas que hacer que ayudarme a pelar patatas o planificar un menú.
—Sarah —dice en voz baja pero firme—. Acabas de aparecer aquí con un pastel de carne que de verdad me ha hecho plantearme ponerlo en mi carta. Si hay algo que sabes hacer, es cocinar. Solo necesitas que alguien te lo recuerde.
Sus palabras me calan hondo.
—¿Y si lo estropeo? ¿Otra vez? —susurro.
—Pues lo estropeas —dice con sencillez—. Nos reímos y lo volvemos a intentar. Pero si ni siquiera lo intentas, te pasarás el resto de tu vida preguntándote si podría haber funcionado.
El corazón me late con fuerza. Quiero esto. Lo deseo tanto que podría salvar mi restaurante. Y sin embargo, me da más miedo decir que sí que cualquier mirada escéptica del alcalde.
Oliver sigue mirándome. Tranquilo. Paciente. Dispuesto a cogerme si me caigo. Y de repente me imagino tropezando y cayendo directamente en sus brazos.
Solo porque ha sido amable. Amable, honesto y, vale, lo admito, ridículamente atractivo.
Lo miro fijamente, a este hombre de pelo revuelto y mirada firme que no vacila. El hombre que acaba de decirme que fracasar no es una catástrofe. El hombre que aún tiene valor mientras yo apenas encuentro el mío.
Sin venir a cuento, me pregunto qué se sentiría al besar sus labios.
¿He perdido la cabeza? Aquí estoy, con el pelo sin peinar, harina en la camisa y una mancha en el delantal que desde luego no es de hoy, y voy y me pongo a imaginar que lo beso.
Como si alguien como él fuera a fijarse alguna vez en alguien como yo. Soy justo lo contrario de lo que él consideraría deseable. Y aun así, no consigo espantar los sentimientos que empiezan a crecer dentro de mí.
No tengo remedio.
Me froto las sienes deprisa, intentando quitarme esos pensamientos de la cabeza.
—Creo que tengo fiebre —murmuro.
Oliver parpadea.
—¿Qué acabas de decir?
Vuelvo a sacudir la cabeza, esta vez con más fuerza, como si pudiera expulsar los pensamientos vergonzosos de mi cerebro.
—Nada. Estoy bien.
Me obligo a sonreír.
—¿Y bien? —pregunta, con voz seria de nuevo aunque sin presionar—. ¿Participarás? ¿En el festival gastronómico de otoño?
Levanto las cejas, dudando.
—¿Y me ayudarás con los platos?
Sin pensárselo siquiera, asiente.
—Por supuesto. Todo lo que necesites.
Algo cálido se extiende por mi pecho. Una pequeña chispa de esperanza que, de pronto, ya no resulta tan fácil de ignorar. Quizás... quizás esto sea realmente el comienzo de algo nuevo.
—De acuerdo.
Me tiembla un poco la voz por la emoción y la expectación, por no hablar del revoloteo que siento en el estómago cada vez que lo miro.
—Participaré.
Una sonrisa le cruza el rostro.
Antes de que se emocione demasiado, levanto un dedo en señal de advertencia.
—Pero tú se lo dices al alcalde. Esto va a ser una empresa enorme, y no soy ninguna aventurera intrépida que se presenta voluntaria para misiones así.
Oliver se ríe por lo bajo.
—Cobarde.
Me encojo de hombros.
—Realista.
Su sonrisa se suaviza, casi tierna.
—Me gustan los realistas —dice en voz baja—. Especialmente los que siguen luchando incluso después de haberse convencido de que ya han perdido.
Su mirada se vuelve de repente tan reflexiva, tan serena y seria, que no sé qué hacer conmigo misma. El corazón me da un vuelco. Avergonzada, bajo la mirada.
—Debería... eh... debería ir a repartir las muestras de pastel de carne.
Levanto el plato un poco más, como si eso bastara para justificar mi excusa.
Esa pequeña sonrisa discreta aún perdura en sus labios.
—Vuelve más tarde. Sobre las cinco. Trabajaremos en el menú del festival.
Lucho a partes iguales contra el impulso de abrazarlo y el de estallar en lágrimas de puro alivio.
—Sí. Nos vemos luego —logro decir antes de dirigirme hacia la puerta. Al llegar, me doy la vuelta y busco su mirada—. Gracias.
Oliver asiente con esa expresión indescifrable otra vez.
—Nos vemos luego —murmura antes de volver a su ordenador.
Salgo del restaurante con una calidez en el estómago que probablemente me acompañará un buen rato.