~ 6 ~
Perdido en mis pensamientos, salgo de la cafetería y respiro hondo el aire fresco del otoño.
El olor a hojas húmedas se mezcla con el dulce aroma de tarta de calabaza que llega desde una de las casas de la calle.
Las hojas crujen bajo mis zapatos mientras sigo caminando, con la mirada fija en el pequeño parque del cenador.
La luz dorada del sol se filtra entre los árboles, proyectando sombras danzantes sobre la acera.
Esta calle parece sacada de alguna película cursi de otoño. Algunas personas pasean envueltas en gruesos jerseys y bufandas. Un perro deambula de tronco en tronco, olfateando cada uno a conciencia, y un hombre mayor me saluda con tanta calidez que cualquiera diría que nos conocemos de toda la vida.
Todo parece tan acogedor. Tan relajado. Pero entonces pienso en Sarah y en la cafetería. El zumbido de la cafetera todavía resuena en mis oídos, junto con el runrún de las viejas luces de neón. Tiene una cafetería, pero no tiene clientes.
En Nueva York, un lugar así habría quebrado hace mucho. Mala comida, sin clientes, bancarrota. Fin de la historia. En la ciudad no hay sitio para la nostalgia sentimental. Ni para las cosas que no funcionan. Y sin embargo, de algún modo, aquí en Maple Hollow parece bastar.
Sigo dándole vueltas mientras avanzo por la calle. Lo único que necesitaría es un buen cocinero para que la cafetería volviera a funcionar.
Pero por lo visto no quiere. Demasiado orgullosa, seguramente. Sí, tiene que ser eso. Al fin y al cabo, fue demasiado orgullosa para aceptar mis disculpas. Aunque por un instante, después, logré ver más allá de toda esa lengua afilada, y debajo había… incertidumbre, creo.
Paso junto a un banco del parque donde unos niños juegan en la acera con sus madres.
Sus voces suenan tan despreocupadas, tan claras.
Apenas hay tráfico, el ruido llega amortiguado y todo respira tranquilidad.
Comparado con Nueva York, donde el ruido no cesa nunca, donde todo el mundo está constantemente atrapado en el tráfico y la gente por la calle siempre parece estresada, aquí la vida transcurre más despacio.
La pregunta de por qué Sarah se aferra con tanta desesperación a esa cafetería cuando es evidente que no puede mantenerla a flote sigue dándome vueltas en la cabeza mientras doblo la esquina y el viento me trae el olor a manzanas frescas.
De repente, alguien me arranca de mis pensamientos con un grito:
—¡Oliver! ¡Oliver!
Me doy la vuelta y veo al alcalde Cooper corriendo hacia mí como una ardilla gigante tras una avellana. Lleva la corbata torcida, media camisa por fuera, un móvil en una mano y un folleto arrugado en la otra.
—Oh, gracias a Dios —jadea como si acabara de terminar un maratón.
Puede que así sea. Solo que no uno físico.
Uno emocional. De esos en los que cada día hay que demostrar que todavía queda algo que merece la pena salvar—.
Ya me estaba imaginando lo peor. Que habías desaparecido otra vez.
O que estabas meditando. O… lo que sea que hagan los chefs famosos.
—Señor Cooper —digo, desconcertado—. Bonito día de otoño para usted también.
—¿Bonito día de otoño? —resopla—. ¡Más bien catástrofe otoñal! El festival gastronómico es en seis días, Oliver. ¡Seis! Y el camión que se encargaba de los platos tradicionales acaba de cancelar. ¡Así, sin más! —agita el folleto en el aire como prueba oficial del apocalipsis.
—¿Qué platos tradicionales? —nada más decirlo, tengo la sensación de que es justo lo que quería que preguntara.
—Los que hacen que este festival exista, literalmente —va contando con los dedos de forma dramática—. Empanadillas de calabaza fritas con mantequilla de salvia. Albóndigas de arándanos. Cazuela de pan de maíz. Y, por supuesto, los churros de manzana y canela.
Arqueo una ceja.
—Los churros no son precisamente locales.
—Llevan siendo tradición cinco años, y en Maple Hollow cinco años equivalen a cincuenta en cualquier otro sitio —se frota las sienes—.
Sin esos platos, no viene nadie. ¡Nadie!
Y después del escándalo del envenenamiento con la sopa de calabaza del año pasado, ya va a ser bastante difícil que la gente aparezca.
Parpadeo.
—¿Envenenamiento?
—Un malentendido —espeta—. Y eso queda entre nosotros.
Madre mía.
Respiro hondo, algo que el alcalde probablemente también debería hacer. Tiene las mejillas sonrojadas y parece peligrosamente cerca de un colapso nervioso. Las hojas giran tan despacio por la calle que hasta el viento parece compadecerse de él.
Ahora me agarra del brazo.
—Tú eres nuestro as culinario. El gran gourmet.
Tienes que ayudar, tienes que… hacer algo.
Cocinar. Organizar. Obrar milagros. Eres nuestra última esperanza.
Nuestra tabla de salvación —a estas alturas estoy convencido de que ha perdido la cabeza—.
Si no, se acabó el festival. Se acabó todo. ¡Maple Hollow morirá para siempre!
Me libero el brazo con cuidado, tratando de no parecer maleducado.
—Señor Cooper, soy chef, no dueño de un camión de comida. Y desde luego no soy un servicio de rescate de emergencia para festivales.
—Detalles, detalles, irrelevante. Cocinar es cocinar, y a ti se te da bien. Eso es lo único que importa.
—Estoy aquí para montar mi restaurante —respondo con calma—. Un restaurante que ahora mismo es una obra. Sin personal de cocina, sin equipamiento. Ni siquiera tengo un horno que funcione.
—Pero tienes visión —exclama como si eso fuera un ingrediente mágico capaz de sustituir la infraestructura—. Tienes estilo. Gusto. Y ese… aire francés.
Frunzo el ceño.
—Soy de Nueva York.
—Prácticamente lo mismo.
Ya. Prácticamente idéntico.
Levanto las manos en señal de rendición.
—Aunque quisiera ayudar, no tengo tiempo. Todavía estoy trabajando en el menú, aún no tengo proveedores y todavía tengo que pelearme con un fontanero por la renovación completa del sistema de ventilación.
Ahora mismo solo tengo gastos y apenas reservas. Necesito que entre dinero cuanto antes. Después de lo que pasó en Nueva York, tengo suerte de que me aprobaran un préstamo para otro restaurante.
—Oliver —dice el alcalde en tono suplicante—, Maple Hollow te necesita. Yo te necesito. Eres nuestro as en la manga. Nuestro comodín en este juego de perdición culinaria.
—Vienen camiones de comida de todo el estado —al menos eso es lo que dijo en la reunión del ayuntamiento ayer—. Creo que Maple Hollow puede sobrevivir a un festival de otoño sin churros de manzana y canela.
Me mira como si hubiera profanado algo sagrado. —¡El festival es lo mejor del año! La gente habla de él. El año pasado hasta aparecimos en un blog. Uno de verdad. ¡Con comentarios!
—Aun así, tengo que pagar el alquiler y tengo una cocina que parece la escena de un crimen —respondo—. Quizás puedas encontrar a alguien que... ya sabes... tenga tiempo. Y un food truck.
—¡Oliver, por favor! Ya hablé con Bonnie, la de la biblioteca del pueblo. Quiere hornear galletas de calabaza, pero que Dios nos ampare, me mandó fotos y parecen pisadas naranjas.
Aprieto los labios, debatiéndome. No puedo ayudarlo.
De verdad que no puedo. ¿Cómo se supone que va a funcionar esto?
Ya de por sí no tengo tiempo, y la última vez que cociné comfort food fue en la escuela de cocina.
Con un chef ejecutivo respirándome en la nuca que estallaba como un tomate pasado cada vez que alguien cortaba un dado de boniato de forma irregular.
Ante mi silencio, el alcalde agacha la cabeza. —Entonces supongo que tendré que hacer yo mismo la cazuela de pan de maíz. Que Dios nos pille confesados.
Me froto la frente, sabiendo ya que no puedo dejarlo marchar así.
Maldita sea.
—Vale —digo finalmente, plenamente consciente de que me voy a arrepentir de esto—. Veré qué puedo hacer. Quizás conozca a alguien con un food truck. O a alguien que pueda echar una mano a última hora.
El alcalde Cooper levanta la cabeza, y lo que pasa después es un poco inquietante. Se le ilumina la cara como si alguien le hubiera dicho que la Super Bowl se iba a celebrar en Maple Hollow.
—Oliver. Sabía que podía contar contigo. Eres un héroe. Un héroe con paladar.
Abro la boca para aclarar que en realidad no he aceptado resolver su problema, solo ver si puedo encontrar una solución, pero ya está hablando otra vez.
—¿Sabes qué? Puedes elegir tu propia ubicación.
Considéralo un agradecimiento por salvarnos en un momento tan crítico.
—Emocionado, se pone a mi lado y me pasa un brazo por los hombros.
Con el otro, señala hacia fuera—. El sitio frente al centro comunitario es muy popular, pero si prefieres algo más romántico —su mano se desplaza más a la izquierda—, está la esquina junto al puesto de manzanas.
Por las tardes tiene una luz preciosa. O justo al lado del cenador, donde las fotos siempre quedan especialmente mágicas si necesitas contenido para redes.
—Yo... espera. No he dicho que yo...
—No pasa nada, no tienes que decidir ahora mismo. —Saca el móvil—. Te mando los planos y un mapa completo del recinto del festival. Ah, ¿y necesitas electricidad? Da igual, haré que instalen una línea por si acaso. Más vale prevenir que curar.
Abro la boca, dispuesto a protestar, pero el alcalde me da una palmada entusiasta en el hombro como si acabara de salvarle la vida.
—Eres una auténtica bendición para este pueblo.
Nada más decirlo, se da la vuelta y se aleja a grandes zancadas. Alcanzo a verlo una última vez con el móvil delante de la cara, como si se estuviera grabando. No distingo lo que dice, solo esa sonrisa enorme que seguramente le durará toda la semana.
Me quedo ahí plantado, algo abrumado, con la vaga sensación de que acabo de meterme en algo que no se arregla tan fácilmente como el pastel de carne de Sarah con dos cucharadas de vinagre de sidra de manzana.