~ 5 ~
Mis dedos se tensan alrededor del cuchillo mientras corto la cebolla en trozos diminutos. El sonido atraviesa el silencio. Tan fuerte que no puedo ignorar lo que llevo días evitando pensar: voy a perder este lugar si no consigo darle la vuelta.
Me apoyo contra la pared fría de azulejos. Durante un momento, no pasa nada. Entonces, sin previo aviso, las lágrimas me escuecen en los ojos, silenciosas. Me tapo la boca con la mano porque de pronto tengo miedo de que se me escape un sonido que no podré contener.
Quiero ser fuerte. Por mamá. Por papá. Por Ash. Por el restaurante. Por mí misma.
Pero ¿y si ya no puedo con esto?
¿Y si me equivoqué y no soy capaz de cargar con este legado?
Por primera vez, me permito pensarlo.
Y es como si algo dentro de mí se resquebrajara.
La puerta del almacén se abre y Ash entra con las manos en los bolsillos.
—Las sillas están bajadas y los menús, limpios. Con eso basta, ¿no?
Señala las mesas con la cabeza, como si acabara de completar una obra maestra.
Me quedo quieta con el cuchillo en el aire, la cebolla a medio cortar.
—¿Puedes rellenar también los saleros?
—Siguen llenos desde ayer.
Sonríe y echa un vistazo al reloj.
—Me voy a jugar al fútbol con los chicos. Total, ya no me necesitas, ¿no?
Niego con la cabeza, intentando que no se me note la decepción.
—Sí, claro. Ve. Ya me las apaño.
—Hasta luego.
Ash coge una manzana y sale de la cocina.
La puerta se cierra con un clic y oigo sus pasos alejarse deprisa.
Miro la cebolla a medio cortar sobre la tabla, luego el libro de recetas que compré la semana pasada.
Como siempre, pienso en sacar los recetarios de mamá de su dormitorio, pero aparto la idea en cuanto llega.
Una receta es una receta. Esta vale igual.
Me vuelvo hacia el mostrador, aparto los ingredientes que sobran y me pregunto cuánto tiempo más podré aguantar así.
Me arden los ojos, y el golpe sordo del cuchillo contra la tabla me recuerda todas las veces que he preparado este pastel de carne solo para fracasar antes siquiera de llegar a las guarniciones.
Mamá siempre lo hacía todo bien. Siempre sabía lo que querían los clientes.
Nada complicado, solo comida casera de la de verdad.
Abro el libro de recetas, la mirada se me queda fija en el título, y por un momento vuelvo a sentirme como una niña junto a mi madre, demasiado bajita para asomar por encima del mostrador, deseando con todas mis fuerzas hacerlo todo bien.
Oliver podría hacer esto. Por supuesto que podría. Prepararía este plato en la mitad de tiempo y con el doble de estilo. En la reunión del ayuntamiento de ayer, tenía ese aire de seguridad en sí mismo, como si todo le saliera sin esfuerzo.
Aparto el pensamiento, respiro hondo y me obligo a concentrarme. Puedo hacerlo, y solo es cuestión de tiempo que mi pastel de carne salga como lo hacía mamá.
Cuando por fin le coja el tranquillo, los clientes volverán. Y con suerte ganaré lo suficiente para contratar a un cocinero de verdad. Uno que sepa cocinar, no como yo.
Sin querer, miro hacia la pared divisoria improvisada. ¿Seguirá Oliver ahí? Apenas ha pasado una hora desde que cruzó por delante del restaurante y me miró a través del escaparate de aquella manera tan rara.
¿Por qué iba a venir alguien como él a Maple Hollow? Si de verdad es un chef tan exitoso, una estrella, como no paraba de repetir el alcalde ayer, entonces ¿por qué aquí? ¿Por qué nuestro pueblecito tranquilo donde lo más emocionante de la semana es el maíz fresco de la huerta de al lado?
Remuevo la mezcla de carne como si fuera a encontrar una respuesta en ella. Seguro que ni siquiera es tan brillante como todos creen. Nadie deja las grandes ciudades, los focos, el público internacional, solo para abrir un restaurante aquí . No tiene ningún sentido.
A menos que busque empezar de cero. Pero, por favor, aquí en Maple Hollow no.
La campana sobre la puerta suena, ese ding-ding esperanzador que me hace dar un vuelco el corazón durante una fracción de segundo.
¡Un cliente! ¡Por fin!
Me limpio las manos en el delantal a toda prisa y salgo de la cocina.
Entonces lo veo.
Oliver.
Fuerzo una mueca que podría pasar por sonrisa si alguien fuera muy generoso.
—Vaya, vaya. El mesías culinario de Maple Hollow. ¿Se te ha acabado el caviar?
Oliver se detiene en medio del restaurante, los hombros ligeramente tensos, como si esperara cualquier cosa menos encontrarme en plan borde total.
—En realidad, quería... —empieza, pero levanto una ceja y lo corto en seco.
—¿Quejarte? ¿De que el olor de mi cocina grasienta se cuela por la pared y contamina tu elegante restaurancito?
Cruzo los brazos y me apoyo en el mostrador.
—Lo siento, el sistema de ventilación es del 63 y tiene una personalidad muy honesta.
Se le escapa un amago de sonrisa, aunque enseguida recupera la compostura.
—Quería disculparme —dice, arrastrando las palabras—. Pero si eso choca con tu estética de encanto vintage...
—Oh, no te preocupes. Aquí también aceptamos disculpas. Mejor servidas con propina y un café para llevar.
Me giro a medias y, por instinto, alargo la mano hacia la cafetera, pero me detengo.
—¿O solo bebes matcha ceremonial en tazas de arcilla hechas a mano?
—Depende —responde con sequedad—. ¿El café de aquí es al menos de origen único, o da la vuelta al mundo en un vaso de papel?
—El café de aquí es como el restaurante: directo, fuerte y sin florituras. Hay quien incluso lo llamaría honesto.
Me acerco un paso más y le sostengo la mirada.
—Hablando de honestidad, ¿qué va a ser exactamente este restaurante tuyo? ¿Un bar de pasta? ¿Un monasterio zen? ¿O Jamie Oliver tiene pensado hacer una visita sorpresa?
Levanta una ceja.
—Ya lo verás.
Suelto un bufido.
—Claro. Voy preparando las palomitas... o espera, ¿en tu local solo serviréis ensalada de algas con espuma de soja de origen ético?
—La espuma de soja está pasada de moda —dice con un levísimo atisbo de sonrisa—. Estoy trabajando en un concepto con brotes de abeto fermentados y vuelta a lo esencial.
—Y yo que pensaba que yo era la cómica —niego con la cabeza, secretamente aliviada porque Maple Hollow jamás aceptará algo así—. Aun así, buena suerte. Quizás pronto necesitemos reservas y diez años de experiencia en yoga solo para atravesar tu puerta.
—Y quizás pronto necesites algo más que kétchup y recuerdos nostálgicos para conservar a tus clientes.
Touché.
Eso dolió.
Pero ni de broma voy a dejar que lo note.
Así que sonrío con dulzura. —Espera y verás, dios de la gastronomía. La gente viene por el sabor, y aquí todavía se sirve con tocino extra y corazón de verdad.
Su mirada se detiene en mí un momento. Algo destella en sus ojos. Pero no dice nada. Cruzo los brazos con más fuerza y ensancho mi sonrisa con falsa amabilidad.
—Adelante —lo desafío—. Di lo que realmente estás pensando. Aguanto más de lo que crees.
Él respira hondo, baja la mirada un instante y luego vuelve a mirarme como si no fuera su competencia, sino una persona de verdad con corazón y con historia.
Eso es peor que cualquier comentario sarcástico. Mucho peor.
—Escuché lo que dijeron de tu comida en la reunión del pueblo ayer —dice en voz baja. Sin ironía. Sin sarcasmo. Solo honestidad—. Todo ese asunto del festival gastronómico... fue duro de oír.
Siento que algo se me tensa por dentro. Como si ese último resquicio de orgullo que me sacó de la cama esta mañana amenazara de pronto con venirse abajo.
Pero no dejo que se note. Por fuera, al menos. Por dentro es otra historia.
—Ah, ¿te refieres al espectáculo en el que un puñado de críticos gastronómicos aficionados se quejaron del maíz pasado y el pastel de carne seco? —me encojo de hombros—. Es imposible contentar a todo el mundo.
Él solo asiente despacio. Sin mucha convicción. Luego pregunta, casi como quien no quiere la cosa: —Es más fácil fingir que no te afecta que admitir que dolió, ¿verdad?
Lo miro fijamente, consciente de que acaba de tocar un nervio que ya tengo demasiado a flor de piel.
De pronto me pongo a pensar en todo lo que no tengo bajo control.
La tubería oxidada debajo del fregadero que llevo semanas ignorando. Los clientes que se esfuman. Los libros de recetas de mamá, que huelen tanto a recuerdos que ni siquiera puedo tocarlos. La culpa de sentir que le estoy fallando.
Porque no soy como ella.
Pero ¿de verdad puedo contarle eso a él? ¿Precisamente a él?
Es el enemigo. El tipo que apareció aquí con el encanto de un chef televisivo y el doble de peligro. Debería hablar con él lo menos posible. Vete tú a saber qué trama.
Así que respiro hondo. —Tengo que... volver a la cocina. El pastel de carne me espera.
Mi voz sale queda, casi como una disculpa. Sin sarcasmo, solo retirada.
Ya estoy a medio camino de la puerta de la cocina cuando lo oigo decir a mi espalda: —Dos cucharadas de vinagre de sidra de manzana en la mezcla. Le da profundidad y evita que se seque.
Me detengo un instante, pero no me vuelvo. Solo un leve asentimiento, apenas perceptible, y luego desaparezco en mi mundo de recetas crípticas y confianza desmoronada.
Antes de que vuelva a sonar la campanilla de la puerta, regreso al mostrador y miro el bol como si pudiera contener respuestas. De pronto, la mezcla de carne me parece un rompecabezas que llevo cien veces resolviendo mal.
Vinagre de sidra de manzana.
Me vuelvo hacia el estante. Recorro las botellas con la mirada. Balsámico, vinagre de vino blanco... ahí está. Vinagre de sidra de manzana. Medio escondido detrás de un tarro de encurtidos que ha conocido tiempos mejores.
Mamá nunca lo usó, o al menos no en su pastel de carne, que yo recuerde. Aunque, claro, lo hacía distinto cada vez, guiándose por la intuición. Y su pastel de carne siempre salía perfecto.
Sostengo la botella de vinagre en la mano. ¿Y si arruina el sabor por completo? ¿Y si Oliver tiene razón y de verdad ayuda?
Me muerdo el labio mientras desenrosco la tapa con cuidado. El olor es fuerte y penetrante, me pica en la nariz. Pero algo dentro de mí susurra: Total, ya no tienes nada que perder.
Así que vierto despacio dos cucharadas, remuevo la mezcla una última vez, le doy forma al pastel y lo meto en el horno.
—Muy bien, Oliver —murmuro—. Veamos qué pasa.
Cierro la puerta del horno.
Una hora más y sabré si estaba jugando conmigo o si de verdad quería ayudarme.