CAPÍTULO 11. EL PROBLEMA DE QUERER SALVARLO TODO
—No toques nada.
Lucien lo dice con la gravedad de un hombre que ya ha sufrido demasiado. Elsa levanta las manos.
—No voy a tocar nada.
—La última vez que dijiste eso apareció un caballo espectral en el baño.
—¡Técnicamente apareció medio caballo!
—¡Eso fue aún peor!
El salón lleva una hora pareciendo el escenario de una invocación ilegal de altísimo presupuesto: velas negras consumiéndose de forma contínua sobre todas las superficies disponibles, símbolos brillando en el suelo con una luz azul enfermiza, ingredientes imposibles flotando dentro de recipientes de cristal y, rodeándolo todo, cincuenta mini sanguijuelas observando el ritual con la intensidad emocional de un público demasiado implicado en una telenovela.
Sí. Cincuenta. Completas. Todas presentes y todas insoportablemente ruidosas.
Lucien está de pie dentro del círculo ritual vestido completamente de negro porque, según él:
«Si voy a sufrir una posible mutilación metafísica, al menos será con elegancia».
Elsa intenta concentrarse en el ritual y no en el hecho bastante inconveniente de que Lucien sigue siendo atractivo de un modo arrebatador, incluso rodeado de velas negras, símbolos demoníacos y posibilidades reales de escisión.
Sabe que pensar en eso ahora es un error monumental, pero su cerebro parece haber decidido traicionarla desde hace semanas, porque no deja de fijarse en sus manos, en la calma oscura de su voz y, sobre todo, en la manera en que la besó, como si ella fuese algo precioso y peligroso al mismo tiempo, algo que debía sostenerse con cuidado y aun así resultaba imposible soltar.
Terrible situación.
Sebastian reparte snacks entre las sanguijuelas.
—Nada de morder dimensiones hoy.
Varias parecen ofendidas.
Elsa consulta el grimorio por quinta vez.
Intenta ocultar los nervios, pero sabe que no lo está consiguiendo.
Y quizá los nervios aún sean lógicos, pero lo que empieza a sentir es terror, porque su problema siempre ha sido que cuanto más le importa algo, más probabilidades hay de que salga mal.
Y nunca le ha importado tanto nada como esto, o nadie, para ser más exactos.
Lucien nota su expresión.
—Hey. —Ella levanta la vista y ve cómo se acerca dentro del círculo, más suave ahora, más humano. —Respira. Si no lo haces, acabarás muerta.
Elsa resopla nerviosa.
—¿Me estás hablando tú de muertos, en concreto tú, que estás muerto?
—Por eso tengo alguna experiencia en el tema.
Ella sonríe un poco y Lucien siente esa satisfacción absurda al conseguirlo. Qué horror enamorarse…
Nugget aterriza sobre el grimorio.
—Si morís, ¿puedo quedarme el ático?
—NO —gritan ambos.
Las sanguijuelas aplauden.
Elsa empieza el ritual. La habitación se oscurece de forma progresiva, los símbolos brillan, las velas flotan y la magia vibra bajo el suelo.
Lucien siente la maldición reaccionar dentro de él, un dolor antiguo y profundo que despierta bajo su piel como algo que hubiera estado esperando este momento en concreto.
Las mini sanguijuelas empiezan a inquietarse, pero Elsa continúa recitando.
Todo va bien. Demasiado bien.
Eso debería haber sido una pista, porque entonces una sanguijuela pequeña levanta la cabeza y pregunta:
—¿Mamá está llorando?
Elsa parpadea. Oh, mierda. Una lágrima acaba de caer sobre el grimorio. Lucien abre muchísimo los ojos.
—Elsa.
La lágrima brilla y el círculo mágico comienza a cambiar de color.
Sebastian se asoma a la puerta. La curiosidad sigue siendo más fuerte que la prudencia.
—Oh, eso no parece correcto.
Elsa entra en pánico inmediatamente.
—¡NO, NO, NO, NO—!
Demasiado tarde.
La magia explota, literalmente.
Una onda púrpura atraviesa el ático con la violencia de una explosión silenciosa; las velas revientan una detrás de otra, las sanguijuelas empiezan a gritar de emoción absoluta y, durante un segundo terrible, parece que la realidad entera se dobla sobre sí misma.
Entonces empiezan a crecer.
Lucien observa horrorizado cómo una mini sanguijuela pasa de tamaño perro salchicha a tamaño labrador en cuestión de segundos, y después sigue creciendo hasta alcanzar dimensiones de motocicleta problemática.
—No.
Otra atraviesa una pared.
—NO.
Una tercera despliega alas.
—¡¿POR QUÉ TIENE ALAS?!
Sebastian ya está poniéndose un casco de emergencia.
Inteligentísimo.
Elsa contempla el desastre con horror absoluto.
—Creo que el ritual amplificó el vínculo emocional de la maldición.
Lucien la mira fijamente.
—Esas palabras no significan nada bueno.
La sanguijuela gigante del lazo rosa rompe el techo. Ahora mide tres metros y sigue llevando el lacito.
—MADRE —dice con voz demoníaca.
Elsa grita, Lucien también, y Nugget saca un machete diminuto de alguna parte.
—¡SE ACABÓ LA DIPLOMACIA!
Diez minutos después, Barcelona está parcialmente bajo ataque sanguijuelil .
No completamente, sino solo… incómodamente.
Una sanguijuela gigante se enrolla alrededor de una estatua, otra roba churros, dos persiguen tranvías por diversión, y Lucien corre por las calles mojadas de Barcelona intentando mantener algo parecido al control mientras, detrás de él, una sanguijuela gigante derriba mobiliario urbano con el entusiasmo despreocupado de un cachorro hiperactivo.
—¡ESTO ES TU CULPA! —grita mientras esquiva una farola arrancada.
Elsa corre junto a él.
—¡YA LO SÉ!
La sanguijuela gigante del lazo rosa aterriza frente a ellos. El suelo tiembla y varios turistas empiezan a grabar.
Uno comenta: —Barcelona está rarísima este año.
Lucien señala a la criatura monstruosa.
—¡Mírala! ¡Mide siete metros!
La sanguijuela pestañea inocentemente.
—¿Papi enfadado?
Lucien se lleva las manos a la cara.
—No puedo ni odiarlas.
Elsa lo mira y de pronto entiende algo: la maldición ha crecido porque se alimenta del miedo de Lucien al apego, pero ahora… él ya no está solo.
Ella le agarra el rostro de golpe y Lucien se queda completamente inmóvil. En mitad del caos, de los gritos, con una sanguijuela gigante destruyendo un quiosco justo detrás de ellos, Elsa lo mira a los ojos.
—¡No puedes seguir intentando controlar esto solo!
Lucien deja de moverse.
—¡La maldición siempre empeora porque tú sigues creyendo que querer a alguien es una debilidad!
Silencio, incluso la sanguijuela gigante deja de romper cosas.
Lucien la mira.
Y Elsa ve exactamente el instante en que las palabras consiguen atravesar todas sus defensas, deslizándose entre siglos enteros de miedo, culpa y costumbre hasta alcanzar algo mucho más vulnerable de lo que Lucien jamás permitiría mostrar.
Porque es verdad. Lo ha sido siempre. Mucho antes de conocerla, mucho antes de las esposas, de la maldición y de todo este desastre imposible. Lucien lleva siglos creyendo que amar a alguien significa acabar destruyéndolo de forma inevitable.
La lluvia cae alrededor de ellos.
Elsa baja la voz.
—No tienes que cargar con todo tú solo.
Lucien siente cómo algo se rompe dentro de él, algo antiguo y agotado que llevaba siglos tensándose hasta el límite, resistiendo de forma desesperada ante cualquier cosa que sonara remotamente parecida al amor, al apego o a la posibilidad terrible de necesitar a alguien.
Y entonces… la maldición reacciona y las sanguijuelas empiezan a encogerse otra vez.