Amor, sangre y ectoplasma (Crónicas del desastre sobrenatural 1) CAPÍTULO 10. CUANDO EL CAOS RESPONDE AL CORAZÓN
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CAPÍTULO 10. CUANDO EL CAOS RESPONDE AL CORAZÓN

Besarse ha sido un error. Un error enorme. Catastrófico. Y absolutamente maravilloso…

Ahora el ático entero lo sabe. Además, las mini sanguijuelas les observan como si estuvieran viendo una telenovela sobrenatural de máxima audiencia.

Lucien lleva exactamente veinte minutos intentando recuperar la compostura vampírica sin éxito, principalmente porque Elsa sigue sentada demasiado cerca, todavía puede sentir el sabor de su boca y una mini sanguijuela acaba de preguntarle cuándo será la boda.

—No va a haber boda —gruñe Lucien.

La del lazo rosa levanta una diminuta ceja.

—Eso no es lo que decía tu cara cuando la besabas.

Lucien contempla seriamente incendiar el sofá y cometer filicidio mientras Elsa se tapa la risa con la mano, otro grave error. Verla sonreír después de besarlo hace que el cerebro de Lucien deje de funcionar otra vez y eso es una pésima señal.

Sebastian entra en el salón y repara en las mantas tiradas, Elsa despeinada y Lucien por completo descompuesto de manera emocional.

—Ah —exclama simplemente. Jamás una simple interjección significó tanto.

Lucien se pone inmediatamente en pie.

—No ha pasado nada.

Sebastian asiente de forma lenta.

—Por supuesto.

—Nada.

—Claro que sí.

Una mini sanguijuela levanta un cartel diminuto hecho con servilletas y donde ha conseguido escribir con algo de color marrón que no quiere ni plantearse qué pueda ser: Se besaron .

Sebastian sonríe.

Traidor. Lucien decide cambiar de tema antes de su entierro social.

—¿Qué has encontrado sobre el ritual final?

Elsa tarda un segundo en volver a la realidad, porque Lucien besa con un peligroso encanto, quizá por los siglos de experiencia, y eso es parte del problema; no la experiencia, sino que bese con tanto arte. Agita la cabeza para alejar ese tipo de pensamiento, y abre el grimorio con presteza.

—Vale. Sí. El ritual definitivo.

Lucien se sienta de nuevo, más lejos esta vez por mera supervivencia emocional.

Elsa aclara la garganta.

—Aquí pone que hay una forma de romper la maldición.

Silencio total. Tanto Lucien como Sebastian están pendientes de la bruja con un interés esperanzado. Luego ella sigue leyendo y su expresión empeora, tanto que Lucien detecta peligro inmediato.

—¿Qué?

Elsa tarda demasiado en responder, otra señal de fatalidad inequívoca.

—El hechizo necesita un intercambio equivalente.

Lucien frunce el ceño.

—¿Equivalente cómo?

Elsa traga saliva.

—La maldición está unida a tu inmortalidad.

Pausa.

—Para romperla… tendrías que entregar parte de ella.

El silencio cae pesado sobre el salón. Incluso las sanguijuelas dejan de moverse.

Lucien permanece inmóvil y Elsa siente el miedo subiéndole por el pecho, porque ahora mismo él está pensando exactamente lo que ella teme.

Y entonces él pregunta:

—¿Cuánto?

Elsa cierra el libro.

—No lo sé.

Lucien asiente una sola vez, como si eso bastara, como si ya hubiera tomado una decisión, y Elsa lo odia.

—No.

Él levanta la vista.

—¿No qué?

—No puedes decidir eso tan rápido.

Lucien parece genuinamente confundido.

—Llevo siglos sufriendo esta maldición.

—¡No me importa!

El salón vuelve a quedar en silencio y Sebastian escapa, como siempre que el aire se corta.

Elsa se da cuenta tarde de sus palabras: desbordantes de emoción y de una franqueza abrumadora.

Lucien la observa y en sus ojos asoma una vez más una vulnerabilidad diminuta, aunque no por ello menos peligrosa.

—Elsa…

Ella se pone en pie abruptamente. Necesita espacio, aire y, sobre todo, un cerebro funcional.

—No quiero que sacrifiques algo así sin saber qué ocurrirá después.

Lucien también se levanta.

—¿Y qué sugieres? —pregunta él más suavemente.

Elsa abre la boca, pero la vuelve a cerrar tras unos segundos. No tiene respuesta, porque la verdad es horrible: si rompe la maldición, podría perder parte de sí mismo y si no la rompe, seguirá sufriendo por toda la eternidad.

Lucien observa su expresión y entonces entiende algo enorme. Ella tiene miedo por él. No por la maldición ni por el caos, sino por él.

Tomar conciencia de ello le golpea en el pecho muerto y a la vez extrañamente cálido, casi humano.

La voz de Elsa sale mucho más baja ahora.

—No quiero perderte.

Silencio absoluto. Las mini sanguijuelas jadean al unísono y una se desmaya de forma dramática, seguro que fue una de las que estuvieron con ellos la noche de las gárgolas, porque todo se pega…

Lucien deja de respirar, porque nadie, nadie le había dicho algo así en muchísimo tiempo, y Elsa parece horrorizada por haberlo admitido.

Perfecto.

Ahora ambos están emocionalmente desnudos.

Menuda pesadilla...

Lucien da un paso hacia ella con lentitud y la mira como si acabara de descubrir algo imposible, algo que jamás creyó merecer. Elsa siente el corazón completamente fuera de control porque él vuelve a mirarla así, como antes del beso, como si fuera un regalo del cielo…

Entonces, Nugget atraviesa el salón perseguido por tres sanguijuelas con cucharas.

—¡Revolución fiscal!

Todos parpadean, y el momento se rompe.

Lucien cierra los ojos.

—Gracias, universo.

Pero incluso mientras el caos vuelve, sus dedos buscan los de Elsa de forma automática, y ella los aprieta de vuelta.