Amor, sangre y ectoplasma (Crónicas del desastre sobrenatural 1) CAPÍTULO 9. QUEDARSE EMPIEZA A PARECER PELIGROSO
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CAPÍTULO 9. QUEDARSE EMPIEZA A PARECER PELIGROSO

La tensión sexual en el ático ya debería considerarse riesgo biológico. Sebastian prácticamente se niega a entrar en habitaciones donde estén ambos solos.

—La energía aquí dentro podría cocinar carne —murmura mientras abandona el salón con una bandeja de té donde sirve disimuladamente sangre a su jefe. —Por cierto, debería renovar el pedido al banco de sangre, que con estos pequeños comilones estamos entrando en reserva.

Lucien lo ignora, o lo intenta, porque ahora mismo tiene problemas mucho más graves.

Está tumbado sobre el sofá, envuelto en mantas, con una expresión de sufrimiento victoriano extremo mientras nueve mini sanguijuelas duermen repartidas encima de él como parásitos decorativos.

La maldición ha alcanzado el punto máximo, y eso significa fiebre vampírica, agotamiento brutal, sensibilidad emocional desastrosa y cero capacidad para fingir dignidad provocando que Lucien odie cada segundo de su novida .

Elsa aparece en el salón cargando bolsas de ingredientes y se detiene en seco al verlo.

—Por la Madre de todas las Sombras…

No estaba preparada psicológicamente para esto, porque Lucien, normalmente elegante y controlado, parece completamente desarmado. Tiene el cabello desordenado, la camisa negra medio abierta, las ojeras más marcadas y una mini sanguijuela dormida sobre el pecho.

Eso debería verse ridículo. En cambio, se ve peligrosamente íntimo.

Lucien levanta apenas la cabeza.

—¿Por qué me miras como si estuvieras evaluando decisiones terribles?

Elsa entra lentamente.

—Porque probablemente lo estoy haciendo.

La sanguijuela del lazo rosa abre un ojo.

—Mamá quiere besarlo otra vez.

Lucien deja caer la cabeza hacia atrás.

—¡Por la noche eterna…!

Elsa le quita suavemente la sanguijuela del pecho mientras la criatura protesta.

—¡Mi cama!

—Necesita espacio para respirar —dice Elsa.

Lucien la mira mientras ella reorganiza con esmero las mantas a su alrededor, y ante tanta delicadeza, se percibe un exceso de…

¿cariño? Eso le provoca algo extraño, cálido, peligrosamente parecido a la esperanza y a la ilusión, y Lucien no sabe qué hacer con eso.

Porque hace demasiado que nadie lo cuida, no de verdad.

Hace siglos que nadie lo toca sin miedo o interés, pero Elsa…

Elsa lo mira como si incluso sus partes más absurdas siguieran mereciendo ternura, y eso le resulta casi insoportable.

Ella termina de colocar una manta.

—Tienes fiebre.

—Soy un cadáver.

—Un cadáver con fiebre.

—Eso ni siquiera tiene sentido biológico.

Elsa sonríe un poco y él siente el impulso automático de condenarla a una sonrisa perpetua. Malísima señal.

Nugget atraviesa el salón llevando un cuchillo diminuto, pero nadie reacciona ya. La convivencia ha destruido sus estándares.

Elsa se sienta junto a Lucien en el sofá, muy cerca. Él puede sentir el calor de su cuerpo incluso a través de las mantas, aunque sabe que eso debería ser imposible, y entre ellos se instala un silencio agradable, cómodo.

Las mini sanguijuelas dormitan alrededor mientras la lluvia golpea las ventanas y por primera vez en días, el ático parece tranquilo.

Lucien habla sin pensar demasiado, quizá por la fiebre, o tal vez sea porque está cansado de esconderse.

—Nunca dejo que nadie me vea así.

Elsa gira apenas la cabeza hacia él para encontrar que Lucien mantiene la vista fija en el techo, huyendo de su mirada.

—Durante la eclosión desaparezco del mundo. Cambio de ciudad. De país a veces. —Se ríe sin humor. —No es exactamente el momento más seductor de un vampiro ancestral.

Elsa lo observa en silencio, luego baja la mirada hacia una pequeña sanguijuela dormida abrazada a su pecho y esboza una sonrisa.

—Creo que eres bastante adorable.

Lucien gira la cabeza inmediatamente, su expresión muestra un horror absoluto.

—No vuelvas a usar esa palabra conmigo.

Elsa se ríe bajito.

—¿Por qué? ¿Daña tu reputación oscura?

—Tengo una reputación aterradora.

Una sanguijuela dormida murmura.

—Papi llora viendo documentales.

Lucien cierra los ojos.

—Voy a matarlas a todas.

Elsa sigue riéndose, y él… él se queda mirándola porque le gusta ese sonido, quizá demasiado. El salón queda de nuevo en silencio poco a poco. La lluvia, la respiración lenta de las criaturas, la luz tenue…Es entonces cuando Elsa nota algo raro: Lucien está temblando.

—¿Qué ocurre?

Lucien tarda en responder, orgullo vampírico luchando por sobrevivir. Finalmente suspira.

—Duele.

La palabra sale bajísima. Honesta. Causando un nudo inmediato en el pecho de la bruja, porque él nunca admite debilidad. Nunca.

Se acerca un poco más.

—¿La maldición?

Lucien asiente apenas.

—Cuando nacen… absorben energía de mí.

Elsa mira alrededor a las criaturas dormidas, con sus pequeñas colas, y los colmillitos diminutos, y luego vuelve a mirarlo a él, tan cansado, tan vulnerable…

Algo dentro de ella termina de romperse emocionalmente, porque ya no ve al vampiro arrogante, sino a alguien que lleva siglos soportando esto solo.

Levanta lentamente una mano hacia su rostro y Lucien se queda inmóvil cuando sus dedos apartan suavemente un mechón oscuro de su frente. El contacto cambia el aire entero. Elsa lo siente en el acto. Nota la respiración de Lucien más lenta, más profunda.

Él cierra los ojos apenas un segundo contra su mano, y eso… eso casi acaba con ella. Porque es un gesto involuntario, hambriento, como si necesitara afecto mucho más de lo que sabe admitir.

Cuando vuelve a abrir los ojos, la está mirando de una forma completamente distinta, sin sarcasmo ni distancia, sin protección. Solo verdad, oscura y vulnerable.

—Elsa.

Ella deja de respirar un instante, porque la forma en que dice su nombre debería ser ilegal. Muy despacio, Lucien levanta la mano y cubre la de ella contra su rostro. Frío contra calor.

La tensión entre ambos se vuelve insoportable.

Elsa puede notar la ausencia de latidos en su pecho, puede sentir su respiración rozándole la piel y ver exactamente el momento en que Lucien deja de intentar resistirse, y entonces él susurra:

—Esto es una mala idea.

Elsa traga saliva.

—Probablemente.

Ninguno se mueve, porque ambos quieren exactamente lo mismo. La sanguijuela del lazo rosa abre un ojo soñoliento, los observa, sonríe, y vuelve a dormirse.

Lucien se inclina primero, muy despacio, como si todavía estuviera dándole la oportunidad de escapar, pero Elsa no se aparta ni siquiera un poco, y cuando finalmente se besan… todo encaja de golpe. El sarcasmo, la tensión, las discusiones, la ternura escondida… todo.

El beso empieza suave, casi cauteloso, pero dura aproximadamente tres segundos antes de convertirse en algo mucho más hambriento.

Lucien la atrae hacia él con una mano temblorosa y ella se sienta prácticamente sobre sus piernas sin darse cuenta.

Las mantas caen al suelo haciendo que una mini sanguijuela despierte.

—Puaj. Lenguas.

Nadie le hace caso, porque Lucien está besándola como si llevara siglos muerto de hambre, o quizá sea exactamente por eso.