CAPÍTULO 8. Y LA VERDAD EMPIEZA A DOLER MENOS
El problema de casi besarse es que después hay que seguir existiendo normalmente, y eso resulta imposible, especialmente cuando debes continuar viendo a esa persona y pasando horas junto a ella porque además le pediste que se mudara a tu ático mientras trabajaba en deshacer tu maldición, y si encima tienes una mini sanguijuela comentando en voz alta cada microexpresión romántica, eso ya es insoportable.
Lucien lleva exactamente treinta y seis horas evitando mirar directamente a Elsa. Treinta y seis.
Sebastian está disfrutando demasiado con esto.
—Va a arrancarse los ojos si sigue girando así la cabeza cada vez que ella entra en una habitación —comenta mientras riega una planta carnívora.
Lucien lee un libro al revés.
—No sé de qué hablas.
—Acaba de saludar a una lámpara pensando que era Elsa.
Lucien baja lentamente el libro.
—La iluminación era tenue.
Desde la cocina se oye un estruendo y luego la voz de Elsa:
—¡¡No metas eso en el microondas!!
Pequeña pausa.
—¡¡Nugget, eso incluye fuego maldito!!
Lucien se pone en pie automáticamente por instinto, puro instinto. Entra en la cocina y encuentra humo violeta, una tostadora poseída, dos sanguijuelas cubiertas de mermelada, y a Elsa subida sobre la encimera intentando controlar el desastre.
Ella levanta la vista al verlo. Y ahí está otra vez, esa tensión, ahora peor, porque ambos saben perfectamente que estuvo a punto de pasar algo en el callejón.
Elsa se aparta un mechón de pelo chamuscado.
—Todo controlado —le informa intentando mostrar indiferencia.
La tostadora escupe un cuchillo y Lucien lo atrapa al vuelo sin mirar siquiera.
—Tu definición de «controlado» me preocupa bastante.
Elsa sonríe un poco y Lucien siente inmediatamente el impulso idiota de devolverle la sonrisa.
Oh, esto va fatal.
La sanguijuela del lazo rosa aparece desde una olla.
—Papá miró la boca de mamá otra vez.
Silencio absoluto. Lucien se golpea lentamente la cabeza contra la nevera, Elsa se pone roja y Nugget grazna escandalizado.
—¡Pasión prohibida!
Más tarde, encerrados en el estudio de Lucien, intentan centrarse por fin en la maldición.
El ático ha sido parcialmente evacuado de sanguijuelas después de que tres intentaran iniciar un culto debajo del fregadero y ahora solo quedan siete dormidas, una escondida en una lámpara y otra dibujando pentagramas con kétchup. Progreso.
Elsa revisa el grimorio original mientras Lucien pasea sin poder ocultar sus nervios. Porque Elsa está sentada en SU sillón, con SUS gafas de lectura puestas y mordiendo distraídamente la punta de SU Montblanc mientras piensa.
Eso no debería ser atractivo, sino invasivo. Sin embargo, resulta devastador.
Elsa pasa una página y entonces frunce el ceño.
—Espera.
Lucien se detiene.
—¿Qué?
Ella relee un fragmento y su semblante va cambiando progresivamente. Su rostro empieza expresando primero sorpresa, después comprensión y por último, algo parecido a la pena, y Lucien odia inmediatamente esa cara.
—¿Qué has encontrado?
Elsa duda.
—Creo que… la maldición no era exactamente sobre castigarte.
Lucien siente un mal presentimiento ancestral. Elsa le enseña el texto donde las letras antiguas brillan apenas sobre el pergamino:
«Que jamás vuelvas a huir de aquello que teme tu corazón inmortal».
Lucien se queda muy quieto. Elsa habla más despacio ahora.
—La bruja que te maldijo… no intentaba destruirte —comienza a explicarle. Lucien no responde, pero algo en sus facciones cambia, una mínima expresión casi invisible. Elsa continúa. —Creo que quería obligarte a cuidar algo, a quedarte, a dejar de escapar emocionalmente.
La palabra emocionalmente le hace daño físico, y Lucien se aleja de forma pausada hacia la ventana.
La lluvia golpea el cristal, conformando un perfecto ambiente dramático, y odia eso también. Nota que Elsa lo observa en silencio.
—¿Qué pasó?
Lucien tarda muchísimo en responder y cuando lo hace, su voz ya no tiene sarcasmo, ni teatralidad, solo cansancio.
—La conocí hace doscientos años —comienza. Elsa no interrumpe, solo lo mira con fijeza. —Era brillante, poderosa, y también terrible gestionando emociones humanas. —Hace una pausa, y su mirada se pierde en el horizonte, como si en ese momento estuviera volviendo al pasado. —Nos enamoramos.
El pecho de Elsa se agita de forma un tanto incómoda. El estómago le da un vuelco y de repente es consciente de que las palabras del vampiro le han hecho daño de una forma íntima, arrolladora, porque amó a alguien y a pesar de hacerlo sigue solo…
Lucien sonríe apenas, triste, antes de continuar.
—Y ella quería… más.
—¿Más?
—Una vida juntos. Permanencia. Eternidad compartida.
Elsa entiende inmediatamente el problema, porque Lucien parece tener pánico existencial al apego. Por supuesto, es un vampiro emocionalmente estreñido.
Lucien evita mirarla mientras sigue hablando.
—Yo desaparecí antes de que pudiera pedírmelo.
¡Ouch! Eso sí fue cruel.
Elsa lo ve claramente ahora, siglos de distancia emocional, relaciones superficiales, control absoluto y luego esta maldición absurda obligándolo literalmente a “crear vínculos”. Es ridículo y un poco triste.
Lucien se ríe sin humor.
—Supongo que me lo merecía.
Eso le rompe algo a Elsa, porque lo dice como alguien que lleva demasiado tiempo creyendo que no se merece ser amado. Se pone en pie lentamente.
—Oye.
Lucien apenas levanta la vista.
Elsa se acerca muy despacio hasta quedar frente a él, muy cerca otra vez.
—Sí, cometiste un error —dice ella suavemente—. Pero no creo que seas un monstruo.
Lucien la mira sin preámbulos y Elsa siente ese tirón otra vez, ese vértigo extraño que aparece cada vez que él baja las defensas, porque debajo del vampiro dramático, debajo del sarcasmo y del control obsesivo, hay alguien profundamente solo.
La lluvia llena el silencio entre ambos.
—Deberías —murmura con voz tan queda que apenas consigue oirlo.
—¿Qué?
Él la observa con una intensidad peligrosa, oscura, vulnerable, hambrienta de algo que no es sangre.
—Pensar que soy un monstruo.
Elsa deja de respirar un segundo porque ahora sí, ahora sí quiere besarlo, muchísimo. Y por la forma en que Lucien la está mirando, él también.