CAPÍTULO 7. EL ERROR DE NO APARTARSE A TIEMPO
—Esto NO es una cita.
Lucien lo dice por quinta vez, quizá sexta, porque Elsa ya ha perdido la cuenta.
Caminan por el barrio sobrenatural bajo la lluvia nocturna. Lucien lleva abrigo negro impecable mientras Elsa lleva un paraguas roto con alta probabilidad de estar maldito, tan desastre, tan ella...
—Nadie ha dicho que sea una cita —responde ella.
Lucien la mira.
—Sebastian literalmente dijo «diviértanse en su cita».
—Sebastian también cree que Elvis era un nigromante.
—Porque lo era.
—¿En serio crees que si lo hubiera sido yo no estaría al tanto?
Lucien sigue caminando.
—No importa.
Sin embargo, Elsa ya ha comprendido que esa aparente simpleza oculta un mar de fondo. Ha aprendido a intuir las intenciones reales detrás de cada palabra, gesto y suspiro.
Por su parte, las mini sanguijuelas se quedaron en casa con Sebastian. Tomaron esta decisión como la más sensata después de que una de ellas intentara morder a un repartidor de Amazon, decretando así un necesario descanso psicológico para todos..
Elsa mira de reojo a Lucien y le encuentra guapísimo, y eso empieza a ser un problema. Con el cabello oscuro ligeramente húmedo por la lluvia y esa expresión perpetua de aristócrata cansado, parece salido de una novela gótica escrita por mujeres con problemas de autoestima.
Y encima huele bien. ¿Cómo puede alguien oler bien estando técnicamente muerto? Es injusto…
Lucien nota la mirada.
—¿Qué?
Elsa aparta la vista rápidamente.
—Nada.
—Otra vez el «nada».
—¿Por qué eres tan perceptivo?
—Porque llevo tres siglos evitando traiciones.
—Y ahora detectas tensión sexual. —Lucien tropieza, literalmente, y Elsa sonríe triunfal. —Ja.
—No ha sido por eso.
—Claro que no —dice con sorna.
—El suelo está mojado.
—Por supuesto...
El problema es que Lucien ya no sabe cómo comportarse cerca de ella. Al principio era sencillo, ella era caos, él era sufrimiento elegante y ambos sobrevivían. Pero ahora…
Ahora conoce demasiadas cosas sobre Elsa, como que habla dormida, baila mientras cocina, adopta criaturas peligrosas porque «dan pena», y se muerde el labio cuando intenta concentrarse. Información letal, porque eso indica que empieza a importarle.
Llegan al bar sobrenatural, un tugurio oscuro llamado El ataúd feliz. Solo por ese detalle, Lucien ya lo odia. Dentro hay jazz demoníaco, humo violeta y criaturas mágicas jugando a las cartas.
La camarera los mira entrar. Se parece demasiado a la pelirroja de la otra noche, en el otro antro, quien le llamó el sugar daddy de Elsa. Aún se ruborizaría al recordarlo si tuviera la capacidad de ruborizarse.
—¿Mesa íntima para pareja? —pregunta la pelirroja.
—NO —dicen ambos al mismo tiempo.
La camarera los ignora completamente.
—Qué tiernos.
Lucien desarrolla un tic nervioso mientras acompañan a la pelirroja y el párpado se le dispara como el obturador de una cámara.
No sería tan preocupante si aquello no pareciera un guiño constante ante personajes decididamente de lo más cuestionable, de manera que pueda peligrar su integridad inmortal.
Se sientan en un reservado oscuro. Muy juntos.
Demasiado juntos, pero es que no hay espacio suficiente para una mínima distancia interpersonal.
Cada vez que la pierna de Lucien roza la suya de forma accidental, Elsa intenta pasar por alto el extraño calor que la invade, mientras que Lucien opta por ignorar absolutamente todo.
El camarero hace acto de presencia y Lucien identifica el problema al instante. «Oh, no... Un maldito exorcista».
Lucien lo detecta por el aroma a agua bendita, el rosario que asoma de uno de sus bolsillos y la energía de señor profundamente insoportable. El camarero mira a Lucien entrecerrando los ojos.
—Tú.
Lucien responde automáticamente:
—No he hecho nada ilegal esta semana.
Elsa gira la cabeza lentamente.
—¿Esta semana?
—No preguntes.
El exorcista se inclina hacia él.
—Reconozco tu aura demoníaca.
Lucien suspira.
—Sí, bueno, yo reconozco tu personalidad y aquí estamos ambos sufriendo.
Elsa se atraganta con la risa, pero el exorcista NO aprecia eso. Entonces ocurre la tragedia: una pequeña cabeza emerge del bolso de Elsa. La mini sanguijuela mira alrededor.
—¿Hay snacks?
Lucien cierra los ojos.
—No.
Elsa mira horrorizada el bolso.
—¿¡Cómo has llegado aquí!?
La del lazo rosa sonríe.
—Misión familiar.
El exorcista grita, muchísimo, generando que media taberna entre en pánico. La sanguijuela también grita porque le contagian el ambiente, y para finalizar, Nugget aparece inexplicablemente desde una lámpara.
—¡Guerra!
Y de pronto todo degenera extremadamente rápido.
Cinco minutos después, una mesa está ardiendo, Elsa intenta lanzar hechizos defensivos, el exorcista persigue a Lucien con agua bendita y la mini sanguijuela muerde tobillos al azar.
Lucien esquiva una silla voladora.
—¿Esto no iba a ser una salida tranquila, para desconectar?
Elsa lanza un hechizo. Craso error, porque el resultado es que la espuma de todas las bebidas cobra vida. Ahora hay cócteles agresivos.
El jazz demoníaco sigue sonando, y eso es lo peor, una banda sonora infernal para el caos absoluto que precede al apocalipsis.
Lucien agarra a Elsa de la mano.
—¡Vámonos!
Salen corriendo bajo la lluvia mientras detrás de ellos alguien grita: —¡¡El mojito tiene colmillos!!
Y entonces… silencio. Por fin.
Ambos se detienen en un callejón mojado, respirando agitadamente. Lucien sigue sujetando la mano de Elsa, pero ambos fingen ignorarlo.
La lluvia cae suavemente alrededor.
Elsa empieza a reírse primero, esa risa auténtica, incontrolable y tan suya. Lucien intenta resistirse, pero fracasa, y de pronto ambos están riéndose en mitad de la noche como dos completos idiotas sobrenaturales.
Elsa tiene lágrimas en los ojos.
—Tu cara cuando el mojito intentó morderte…
Lucien se ríe otra vez, abierto, cálido, sorprendentemente hermoso, y Elsa se queda completamente quieta, porque nunca lo había visto así, sin dramatismo, sin máscaras, sin dignidad defensiva, solo feliz.
Lucien nota cómo ella lo mira y la risa se apaga lentamente entre ambos.
Ahora el silencio cambia y se vuelve más lento, más íntimo. La lluvia resbala por el rostro de Elsa y Lucien siente un impulso peligrosísimo: acercarse y besarla. La idea aparece con una claridad brutal.
Elsa también deja de respirar un segundo, porque él está mirándola exactamente igual, como si fuera lo más hermoso que ha visto en su larga vida.
Muy despacio, Lucien levanta una mano hacia el rostro de ella, quien siente el corazón desbocado. Está muy cerca ya, sus respiraciones se entremezclan y sus labios están cada vez más cerca, casi se rozan…
Entonces una voz diminuta sale del bolso:
—Voy a vomitar sangre del amor.
Ambos se separan de golpe.
La mini sanguijuela asoma la cabeza.
—Qué lentos sois.