CAPÍTULO 6. CINCUENTA RAZONES PARA NO HUIR
Lucien despierta porque alguien le está mordiendo un dedo del pie.
Abre los ojos lentamente, pero solo hay oscuridad y silencio.
Esa extraña paz le rodea desde que lograron liberarse de las esposas mágicas tras un sinfín de intentos caóticos, si bien en el fondo reconoce que a veces extraña la cercanía constante de la bruja
Otro mordisco le devuelve a la realidad. Lucien apenas levanta la cabeza desde el ataúd y encuentra una mini sanguijuela colgando ofensivamente de su pie desnudo.
La criatura lo mira.
—Snack.
Lucien contempla el techo.
—He tocado fondo como ser inmortal.
La sanguijuela bosteza y cae dentro del ataúd, pero inmediatamente aparecen otras cuatro. ¿Cómo? Nadie lo sabe.
Lucien siente un escalofrío absoluto de horror paternal.
Oh no.
OH NO.
La eclosión… ¿Está completa?
Se incorpora de golpe, pero es un grave error, porque dentro del ataúd ya hay seis sanguijuelas, un calcetín robado y Nugget durmiendo como si pagara alquiler.
Lucien grita, un grito elegante, aristocrático y profundamente masculino.
—¡¡Sebastiaaaaaaaan!!
Caos inmediato.
Diez minutos después, el ático parece una guardería satánica. Está infestado de sanguijuelas minúsculas y demoníacas, todas ellas bullendo en una actividad insoportable.
Lucien permanece de pie en mitad del salón sujetando dos a la vez mientras otra intenta trepar por su pantalón.
—¡¿Por qué son tan rápidas?!
Sebastian atrapa una con una red de mariposas.
—Porque son parcialmente demoníacas.
—¡Eso no explica nada! Son criaturas del infierno, no Ferraris…
Elsa entra en ese momento y se detiene ante la caótica escena. El salón es un apocalipsis: una sanguijuela muerde una lámpara, otra está dentro del piano, tres corren en círculos persiguiendo a Nugget y una ha conseguido ponerse el sombrero de Sebastian.
Elsa abre muchísimo los ojos.
—¡Por mis calderos!
Lucien señala desesperadamente alrededor.
—¡Ya son treinta y dos!
Como respuesta, una voz diminuta sale desde debajo del sofá:
—¡Treinta y tres! —y al escucharla, Lucien parece a punto de desmayarse.
Elsa debería estar preocupada, tal vez sería lo más lógico, porque esto es espantoso, pero las mini sanguijuelas son absurdamente ridículas. Una le enseña los colmillos, otra rueda por el suelo, haciendo la croqueta, la del lazo rosa lleva un tenedor como si fuera una espada y Lucien…
Lucien está cubierto de pequeños parásitos infernales mientras intenta mantener la dignidad vampírica. Es la cosa más atractiva y patética que Elsa ha visto jamás. Ya está un paso más cerca de necesitar terapia.
Una sanguijuela se le engancha a la pierna.
—Mamá.
Elsa la recoge automáticamente y la criatura ronronea. como un gatito feliz.
Lucien la señala horrorizado.
—¡No las animes!
—¡No la estoy animando!
La sanguijuela se duerme instantáneamente en brazos de Elsa. Lucien la observa, después mira a Elsa y de nuevo a la sanguijuela.
—Traidora.
—Creo que solo le gusto.
—Eso es peor.
Sebastian pasa por detrás cargando una caja. Dentro hay sangre en minúsculos biberones de juguete.
Lucien se tapa la cara.
—Voy a caminar hacia el océano.
Elsa observa los biberones, como si no le hubiera escuchado.
—¿Los preparaste antes? —pregunta a Sebastian, quien asiente tranquilamente.
—La supervivencia requiere adaptación.
Lucien lo señala indignado.
—¡Los etiquetaste!
Elsa mira uno: O Negativo - No agitar , y luego otro: AB Positivo - Para las que muerden muebles.
Elsa empieza a reírse a carcajadas, sin hacer nada por reprimir la risa. Ríe tanto, que gruesos lagrimones corren por sus mejillas mientras se dobla y se agarra al respaldo de un sillón para no caer en mitad de su ataque hilarante.
Lucien se cruza de brazos.
—Me alegra que mi sufrimiento sea un entretenimiento tan divertido para algunos.
Una mini sanguijuela trepa hasta su hombro.
—Papi dramático.
Lucien la despega lentamente.
—No uses ese tono conmigo.
En ese instante algo explota en la cocina y todos se giran.
Luego aparece una sanguijuela cubierta de harina.
—Hice pan.
Sebastian suspira profundamente.
—Han aprendido a colaborar.
Lucien parece al borde del colapso nervioso sobrenatural y se deja caer en un sillón, sin fuerzas ya.
Elsa intenta ayudar, pero todos sabemos qué pasa cuando ella se propone usar la magia. Esta vez, mezcla accidentalmente polvo feérico, leche infernal y un hechizo calmante. Como resultado, las sanguijuelas empiezan a flotar.
Treinta y siete mini criaturas demoníacas levitan lentamente por el salón.
Lucien las observa ascender.
—No.
Una atraviesa el techo.
—NO.
Otra muerde el ventilador y empieza a girar violentamente.
Elsa intenta arreglarlo con magia y lo empeora todo, porque ahora brillan. Lucien se gira muy lentamente hacia ella.
—Elsa.
—¿Sí?
—Te quiero lejos de cualquier hechizo durante diez minutos.
Elsa parpadea.
—¿Has dicho “te quiero”?
Silencio. Lucien se queda congelado y Sebastian abandona inmediatamente la habitación, para variar. Porque será un chismoso, pero aún es más cobarde.
Las sanguijuelas jadean colectivamente y Lucien abre muchísimo los ojos.
—No. No en sentido romántico.
Una sanguijuela levanta una ceja diminuta.
—Mentirosillo.
Lucien entra en pánico aristocrático total.
—¡Quería decir que necesito distancia operativa!
Elsa sonríe, iluminada por un gesto que le devuelve a Lucien el recuerdo del sol acariciando su piel; una oleada de calidez, ternura y… algo más. Todo empeora al darse cuenta de que, en medio de aquel infierno pegajoso, brillante y parasitario, jamás se había sentido menos solo.