CAPÍTULO 5. DEMASIADO CERCA PARA FINGIR INDIFERENCIA
El ectoplasma brillante no sale, ese es el principal problema.
Han pasado cuarenta y ocho horas y Lucien sigue brillando, pero no de manera elegante y vampírica, ni siquiera al estilo Gusiluz del protagonista de aquella saga de películas que tan buenos ratos le ha hecho pasar, Crepúsculo .
Pero no, no es un brillo tan… sexy. Brilla rosa, como una lámpara de Barbie emocionalmente inestable.
Permanece inmóvil frente al espejo de su dormitorio observando su reflejo fluorescente con absoluto vacío existencial.
—Voy a suicidarme.
Sebastian, detrás de él, ni levanta la vista de su libro.
—Ya lo intentó en 1894.
—Aquello fue teatralidad romántica.
—Se lanzó a un lago.
—Era invierno.
—Gritó «el amor no me merece».
Lucien señala agresivamente su propia cara brillante.
—¡Mírame!
Sebastian lo hace.
—Parece una barra luminosa victoriana, aunque también me recuerda a los anuncios de neón que he visto en algunos locales de dudosa moralidad…
Lucien permanece en silencio, ofendido, aunque ni eso lo puede mantener, porque Elsa sigue intentando deshacerse de las esposas mágicas y no hace más que darle tirones. Increíble que una mujer tan menuda posea una fuerza digna de un estibador portuario.
Porque sí, siguen unidos por la muñeca desde hace dos días.
Dos días de dormir accidentalmente cerca, chocar constantemente, discutir por espacio personal, compartir tensión romántica homicida y, lo peor: dos días de tener que cantar con los ojos cerrados mientras la acompaña al baño para simular que tampoco repara en los aromas propios de la humanidad descomponiendo alimentos…
Lucien ya no recuerda la paz.
Elsa revisa un libro mientras Nugget duerme encima de su cabeza como un pollo demoníaco ornamental y las mini sanguijuelas corretean por el ático. Ya hay ocho. Ocho.
Lucien está perdiendo facultades mentales. Una está escondida dentro del piano, otra lleva una cucharilla como arma y la del lazo rosa se niega a caminar y exige transporte emocional.
—Necesitamos los ingredientes finales para el contrahechizo —dice Elsa.
Lucien se deja caer de forma dramática en el sofá, al menos, tanto como le permiten sus ataduras.
—Perfecto. Ojalá impliquen una muerte rápida.
—Solo necesitamos tres cosas —Eso lo hace empezar a temblar, porque nunca significa nada bueno. Elsa levanta dedos. —La primera, lágrimas de gárgola.
—Claro, ahora le digo a la que tengo vigilando la entrada que empiece a llorar para darte unas gotitas… Por lo más sagrado, espero que lo siguiente no sea pelo de unicornio.
—La segunda, vino embrujado del aquelarre subterráneo, ese que está añejado en barrica funeraria —continúa ella, como si nunca la hubiera interrumpido.
—Naturalmente. Es de dominio público que las brujas y los vampiros tenemos una afable relación y no dudamos en ayudarnos los unos a los otros...
—Y pelo de lobo virgen —finaliza, con una tranquilidad que le pone el vello de punta.
Lucien la mira fijamente.
—¿Disculpa?
Elsa consulta el libro.
—Aquí pone específicamente «virgen».
—¿Por qué el universo conoce esa información? ¿Cómo vamos a saber si un lobo es virgen? Eso no se puede ir preguntando por ahí sin que la gente se ofenda… ¿Hay alguna señal que lo evidencie?
—No quiero hablar de ello.
Nugget levanta la cabeza y contesta.
—Yo sí.
—Nadie quiere eso —insiste Elsa con firmeza. Se pone en pie y tira de él. —Vamos, debemos ponernos en marcha para recolectar los ingredientes que necesitamos cuanto antes.
La sanguijuela del lazo rosa aplaude.
—¡Aventura familiar!
Lucien mira al techo.
—Las dejaré en un bosque.
La primera parada es la Catedral de las Gárgolas, porque aparentemente existe una y porque la vida de Lucien ya carece completamente de sentido.
Las esposas mágicas siguen unidas. Eso significa que caminan pegados, tropiezan constantemente y cada vez que uno gira rápido, el otro casi cae.
Lucien odia absolutamente todo.
—Esto es indigno.
Elsa tropieza con un escalón y cae contra él, haciendo que Lucien la sostenga de forma automática. Otra vez. Y lo peor es que parece demasiado natural
Ella levanta la vista hacia él desde demasiado cerca.
—Gracias.
Lucien tarda un segundo excesivo en soltarla, pero eso no es más que un enorme error, porque la tensión entre ellos lleva dos días acumulándose como pólvora sobrenatural.
Elsa lo nota cada vez que él la toca y Lucien cada vez que ella sonríe, por tanto, ambos están empezando a entrar en un territorio emocionalmente problemático.
La gárgola principal los observa desde una cornisa enorme.
—No pienso llorar por ustedes.
Lucien señala las esposas.
—Mírenos bien.
La gárgola mastica piedra pensativamente.
—Uhmmmmm. Bastante triste, sí.
Elsa interviene rápidamente.
—Necesitamos lágrimas para un ritual.
—¿Hay una historia de amor trágica?
Lucien responde inmediatamente:
—No.
Elsa responde al mismo tiempo:
—Tal vez.
La gárgola abre muchísimo los ojos pétreos.
—Oh, me encanta el drama. Desde que me aficioné a las frutinovelas, busco lo mismo en la vida real —declara con la ilusión pintada en su rostro, si es que los rostros de piedra pueden mostrar alguna emoción.
Lucien empieza a desarrollar migraña vampírica.
Treinta minutos después siguen allí, rodeados de un nutrido grupo de gárgolas, porque es indiscutible, son incluso más cotillas que los vampiros.
Están sentados en el suelo, en el centro de un círculo de grotescas criaturas, como unos niños en una noche de campamento mientras les cuentan historias de miedo, solo que aquí la historia es la suya, y Elsa está relatando los últimos días como si fueran parte de una aventura maravillosa.
—¿Y entonces qué sentiste cuando ella explotó el salón? —le pregunta una de ellas. Solo les faltan las palomitas…
—Violencia —dice Lucien.
—Tensión sexual —dice una sanguijuela desde el bolsillo de Elsa.
Lucien quiere prender fuego al planeta, o salir corriendo buscando el sol naciente y achicharrarse para acabar con todo de una vez, o volverse avestruz y esconder la cabeza en el suelo.
Entonces, una mini sanguijuela empieza a chillar porque tiene hambre o miedo.
Automáticamente, la acomoda en su chaqueta, se muerde ligeramente un dedo hasta que aparece una sola gota de sangre y se la da a la criatura, acompañándose de algo muy parecido a una caricia para calmarla.
Las gárgolas observan esto y de repente se hace un silencio total, tanto que es capaz de oír cómo respira Elsa e incluso es capaz de escuchar la sangre caliente que corre por sus venas.
Y, entonces una empieza a llorar piedra.
—Es una imagen tan adorable… —dice entre lágrimas. El resto asiente, como un solo ser.
—No son adorables —protesta Lucien mientras sostiene cuidadosamente a una mini sanguijuela contra el pecho para que deje de temblar haciendo que la criatura se calme al instante.
Elsa lo mira. Las gárgolas no pueden apartar la vista de ese extraño cuadro. Una de ellas, se limpia una lágrima que ha empezado a bajar desde sus ojos pétreos.
—No se preocupe, lo está haciendo lo mejor que puede.
Lucien se queda inmóvil.
—¿Perdón?
Otra gárgola empieza a sollozar.
—Y encima se le ve tan cansado… —observa una, con una ternura anormal en un ente pétreo.
—No estoy cansado.
—¡Ni siquiera piensa en sí mismo! —exclama otra.
Lucien mira a Elsa horrorizado.
—¿Por qué me están tratando como a un viudo victoriano?
Pero Elsa ya se está riendo. Tal vez no a carcajadas, pero Lucien casi puede escuchar esa cantarina risa que intenta salir por sus ojos.
Una gárgola llora más fuerte y Elsa se dirige hacia ella para llenar un frasco.
—Tenemos las lágrimas. Vámonos antes de que empiecen a escribir fanfiction sobre nosotros —le propone, tirando de él.
Demasiado tarde. Una gárgola ya está tomando notas y otra se acerca a aconsejarle cambios...
La segunda parada es peor. Mucho peor: el bar subterráneo de brujas.
Lucien entra mirando alrededor con extrema desconfianza.
Todo el local huele a alcohol, magia ilegal y decisiones románticas lamentables.
La escasa luz favorece que ojos no del todo humanos les observen desde las sombras sin que puedan saber a quién pertenecen.
Algunas criaturas —por su aspecto parecen trolls —, juegan a los naipes en mesas con pinta de no haber visto un trapo húmedo desde antes de su conversión al vampirismo.
Lucien ahoga otra náusea y saca del bolsillo interior de su abrigo, un pañuelo exquisitamente bordado con el blasón de su apellido y discretamente perfumado con cítricos, lo único que puede ayudar a su estómago a no rebelarse.
Elsa parece completamente cómoda, y quizá eso debería preocuparle, porque indica que no es la primera vez que acude a un antro de tan dudosa reputación.
Una bruja pelirroja detrás de la barra la señala y comienza a hacer aspavientos, llamando su atención, antes de empezar a gritar.
—¡Elsaaaaaaaaaaa!
Elsa hace una mueca.
—Oh no.
La bruja mira a Lucien, luego las esposas, y más tarde repara en el brillo rosa ectoplásmico.
—¿Es tu sugar daddy cadáver?
Lucien se atraganta con su propia dignidad.
Elsa grita:
—¡No! —hace una breve pausa, —Bueno… técnicamente no.
Lucien la mira horrorizado.
—¿Qué significa técnicamente?
La bruja pelirroja ya está sirviendo chupitos.
—Esto se está poniendo buenísimo.
Una mini sanguijuela asoma desde el bolso de Elsa.
—Papi está enamorado.
Lucien golpea suavemente la barra con la cabeza, porque lo peor, lo verdaderamente malo, es que quizá la sanguijuela tenga razón.