Amor, sangre y ectoplasma (Crónicas del desastre sobrenatural 1) CAPÍTULO 4. CUANDO EL DESASTRE APRENDE A QUEDARSE
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CAPÍTULO 4. CUANDO EL DESASTRE APRENDE A QUEDARSE

El ático huele a azufre, canela y vergüenza.

Lucien permanece sentado rígidamente en el sofá mientras tres mini sanguijuelas demoníacas reptan alegremente sobre él.

Tres. En menos de una hora.

La del lazo rosa duerme dentro de su bolsillo interior, otra intenta morder un cojín y la tercera lleva cinco minutos lamiendo una lámpara.

Lucien intenta no moverse demasiado, pero ajusta el cojín del sofá para que Elsa tenga más espacio al sentarse cerca sin que las criaturas la alcancen. Ni siquiera la mira mientras lo hace; después, mira al vacío con expresión de derrota espiritual.

—Voy a convertirme en noticia local.

Elsa está arrodillada en el suelo revisando el grimorio.

—Técnicamente ya eres noticia local en algunos círculos.

—¿Hay círculos hablando de mis órganos reproductivos malditos?

Sebastian pasa por detrás con una bandeja de té.

—Existe un podcast.

Lucien se lleva las manos a la cara.

—Quiero abandonar este plano de existencia.

Una de las sanguijuelas levanta la cabeza.

—Papi triste.

—Papi humillado —corrige Lucien.

La sanguijuela bosteza y se duerme sobre su pierna.

Elsa los mira y, maldita sea, lo encuentra adorable, y no debería ser adorable.

De hecho, nada de esto debería existir, pero ver a Lucien, aristocrático y atormentado, completamente inmovilizado por miedo a despertar a una mini criatura infernal…

la está destruyendo emocionalmente. Y quizá un poco románticamente, algo mucho peor.

Lucien nota que ella lo observa. Antes de hablar, estira la mano con un gesto distraído y aparta suavemente a la sanguijuela que está a punto de caerse de su hombro… pero en lugar de lanzarla lejos, la coloca con cuidado en su propio antebrazo, como si fuera algo frágil.

La criatura se queda dormida inmediatamente y Lucien suspira.

—Estaba demasiado cerca del borde del sofá.

Elsa parpadea un segundo más de lo necesario, porque no hacía falta moverla así, podía haberla apartado sin más, o haberla dejado caer, o haber pedido a Sebastian que lo hiciera. Pero no, la ha acomodado por sí mismo, como si importara.

Lucien nota su mirada.

—¿Qué?

Elsa aparta la vista demasiado rápido.

—Nada.

—Eso ha sido un «nada» sospechoso.

—Y esa ha sido una frase sospechosamente coqueta para un hombre que da a luz sanguijuelas.

Sebastian abandona inmediatamente la habitación.

Tal vez quiera parecer discreto y profesional, pero Lucien sabe que se va para que no vea cómo se le escapa la risita tonta.

Estrecha los ojos e intenta dotar a su voz de un tono autoritario y formal, acorde con un temible depredador de más de tres siglos de antigüedad.

—No estoy coqueteando.

—Por supuesto que no —incluso cuando se burla de él le parece fascinante.

—Estoy sufriendo.

—Las dos cosas pueden ocurrir a la vez.

La pequeña sanguijuela del lazo rosa asoma la cabeza.

—Se gustan.

Lucien se queda inmóvil y a Elsa se le escapa el grimorio, que cae al suelo con un golpe seco, haciendo que una nube verde invada el salón.

Todos empiezan a toser, incluso las sanguijuelas, y Nugget atraviesa el humo montado sobre la escoba asesina.

—¡El Apocalipsis! —grazna el pollo.

Lucien mira el techo.

—Claro. Perfecto. Más caos.

Elsa agita las manos intentando disipar el humo, pero eso es un craso error, porque provoca que el humo se convierta temporalmente en mariposas fluorescentes.

Lucien las observa flotando por el ático.

—¿Cómo sobrevives sola?

—Con ansiedad y decisiones terribles, créeme.

Eso lo hace resoplar. No es una risa todavía, pero está peligrosamente cerca. Elsa lo nota, sus ojos se suavizan y Lucien siente inmediatamente esa extraña presión cálida en el pecho.

Oh no.

Nononononononono.

No puede enamorarse de una bruja desastre. Tiene estándares. Muy bajos últimamente, quizá, pero estándares.

Elsa vuelve al grimorio chamuscado.

—Vale. Según esto hay una manera de debilitar temporalmente la maldición.

Lucien se incorpora. Una brizna de esperanza vuelve a nacer en su pecho otra vez. Pobre idiota inmortal, ya debería estar por encima de cualquier sentimiento...

—¿Cómo?

Elsa carraspea.

—Necesitamos hacer un ritual de transferencia energética.

—Eso suena terrible.

—Probablemente porque lo es.

Ella sigue leyendo.

Su expresión empeora progresivamente y la esperanza de Lucien disminuye de forma proporcional al aumento de su temor.

—¿Qué?

—Bueno…

—Elsa…

—Parece que necesitaremos contacto físico constante durante el ritual.

Lucien parpadea lentamente.

—Define constante.

Elsa pasa página.

—Ummmmmmm…

Más silencio.

—¿Elsa? —insiste, empezando a perder la paciencia.

—Cuatro horas.

La mini sanguijuela jadea dramáticamente.

—Escándalo —comienza a gritar con esa cómica vocecilla de caricatura.

Lucien se pone en pie tan rápido que dos sanguijuelas salen despedidas del sofá.

—¡Eso es absurdamente innecesario!

—¡Yo no escribí el grimorio!

—¡Esto lo redactó claramente un pervertido medieval!

Elsa intenta no reírse pero fracasa otra vez.

—Bueno, técnicamente podríamos usar una cadena ritual.

Lucien sospecha.

—¿Qué significa “cadena ritual”?

Elsa saca unas esposas doradas de una bolsa y Lucien las mira, arqueando elegantemente una ceja. Luego la mira a ella y de nuevo las esposas.

—No.

—Son mágicas.

—Eso no mejora nada.

—Son profesionales.

—¿Profesionales de qué? ¿No ves que lo estás empeorando?

Nugget cae del techo, la escoba intenta estrangular una cortina. Sebastian reaparece solo para reponer la bandeja del té y marcharse inmediatamente otra vez, como el cobarde chismoso que es.

Elsa suspira.

—Mira, o hacemos esto o en tres días tendrás cincuenta bebés infernales masticando las tuberías y eso se repetirá cada año durante toda la eternidad.

Lucien palidece, porque ella tiene razón, maldita sea. Las sanguijuelas lo miran expectantes desde el sofá y la del lazo rosa eructa una chispa.

Lucien cierra los ojos.

—Odio mi vida.

Elsa sonríe un poco.

—Yo creo que es interesante.

Lucien abre los ojos lentamente y le sorprende ver que ella sigue sonriendo.

Durante un instante ocurre algo raro, porque el piso sigue siendo un desastre —hay humo verde, una escoba homicida, un pollo sobrenatural y pequeños parásitos infernales escondidos en los cojines —, pero de pronto…

se siente acogedor, como un hogar absurdo.

Lucien se queda mirándola un segundo más de lo debido. Elsa también lo nota y el aire se vuelve más lento, más suave.

La pequeña sanguijuela los señala emocionada.

—¡Ahora se besan!

Ambos reaccionan inmediatamente.

—¡No!

La sanguijuela se encoge.

—Qué tensión tan tóxica.

Y justo en ese momento, Elsa golpea de forma inadvertida una de las esposas y eso las activa accidentalmente. Las esposas doradas salen disparadas y una se cierra alrededor de la muñeca de Lucien a la vez que la otra lo hace alrededor de la de Elsa. Ambos se quedan congelados.

Lucien tira suavemente, pero no pasa nada.

Elsa prueba un hechizo, aunque esa parece una peor idea, porque las esposas brillan intensamente y de pronto ambos salen despedidos hacia adelante.

Lucien atrapa a Elsa por reflejo antes de que se estrelle contra la mesa.

Ahora ella está prácticamente encima de él, demasiado cerca.

Tanto, que Lucien puede oler la canela, el humo, la tinta mágica y el champú herbal que utiliza.

Mientras, Elsa es plenamente consciente del frío elegante de su piel, su respiración innecesariamente agitada y esos malditos ojos dramáticos de vampiro gótico…

Ninguno es capaz de moverse ni pronunciar palabra alguna. El ambiente cambia cargándose de tensión.

La mini sanguijuela abre muchísimo la boca.

—Ooooooooooh...

Entonces, el grimorio explota de verdad y el salón entero desaparece bajo una nube de ectoplasma brillante.