CAPÍTULO 3 . COSAS QUE NO DEBERÍAN EXISTIR
Lucien despierta colgado boca abajo de la lámpara del salón y permanece inmóvil unos segundos.
—No.
Mira lentamente alrededor, rogando para que sea parte de una nueva pesadilla, pero no es así. Definitivamente, está colgado de la lámpara. Otra vez.
La maldición está avanzando.
Eso siempre ocurre antes de la eclosión: su cuerpo entra en una especie de «modo nido infernal» y empieza a desarrollar comportamientos completamente indignos.
Sin ir más lejos, el año pasado reorganizó compulsivamente los cojines del sofá a las cuatro de la mañana. Hace veinte años robó mantas de un hotel. En 1912 construyó una fortaleza emocional con cortinas…
Lucien odia cada segundo de su existencia. Debajo de él, Sebastian desayuna tranquilamente leyendo el periódico.
—Buenos días.
Lucien sigue boca abajo.
—Mátame.
—Ya hemos hablado de esto.
—Hazlo más fuerte.
Sebastian pasa página.
—La bruja vuelve hoy.
Lucien se descuelga de la lámpara con toda la dignidad que puede reunir un vampiro reproductivamente maldito.
—Perfecto. Maravilloso. Fantástico. Qué alegría exponer mi degradación física a una mujer caótica que incendia aves de corral.
Sebastian bebe café. El olor continúa provocando náuseas en el vampiro.
—Creo que le gusta.
Lucien se gira horrorizado.
—¿Qué?
—A la bruja.
—¿Por qué dirías algo tan amenazante?
—Porque anoche sonrió cuando hablaba.
Lucien lo señala acusadoramente.
—Eso significa burla.
—Mmm.
—Desprecio, quizá.
—Claro.
—Compasión como máximo.
Sebastian dobla el periódico lentamente.
—Ayer la llamó «encantadora» mientras deliraba con fiebre.
Silencio. Lucien palidece todavía más, si eso es posible. El vuelco en su estómago no tiene nada que ver con el nauseabundo olor de su segunda bebida favorita ni con su estado gestante.
—¿Qué?
—También dijo que tenía «energía de mapache adorable».
Lucien se queda inmóvil.
Sebastian sonríe apenas.
—Y luego vomitó un murciélago.
Lucien cierra los ojos.
—Voy a mudarme de continente.
Llaman a la puerta y Sebastian mira la hora, con una calma que Lucien empieza a envidiar con todas sus fuerzas.
—Puntual.
Lucien entra instantáneamente en pánico aristocrático.
—¿Estoy horrible?
Sebastian lo observa.
—Parece un cadáver cansado.
—Perfecto.
La puerta se abre para dar paso a Elsa cargando con tres libros enormes, una bolsa sospechosamente viva y un café gigante, con Nugget detrás usando un pequeño sombrero robado de alguna parte.
Lucien la observa. Lleva un jersey enorme lleno de manchas de tinta y el cabello recogido de manera desastrosa.
Parece haber dormido aproximadamente cuarenta minutos.
Y aun así, algo en ella llena el ático inmediatamente.
Una mezcla de ruido, calor y caos. Vida, en resumen. Y eso resulta profundamente sospechoso.
Elsa sonríe al verlo.
—Oh, qué bien, sigue consciente.
Lucien se ofende.
—Por supuesto que sigo consciente. ¿Por qué no iba a estarlo?
En ese instante se le cae un murciélago dormido de la manga.
Silencio. Elsa lo mira, Lucien mira el murciélago y el murciélago bosteza. Lucien lo recoge del suelo con cuidado.
—No hagas preguntas.
Elsa empieza a reírse otra vez haciendo que Lucien sienta esa cosa rara en el pecho. Las hormonas, seguro. Cada vez le afecta más esta maldición con todos sus efectos secundarios.
Ella deja los libros sobre la mesa.
—He investigado tu maldición.
Lucien se tensa.
—¿Y?
Elsa hace una mueca incómoda.
—Bueno… la parte buena es que sí tiene solución.
Lucien casi se emociona.
—¿Y la mala?
Elsa abre uno de los grimorios. En él hay dibujos medievales extremadamente perturbadores.
—Parece ser una maldición de fertilidad vengativa.
Sebastian escupe café. Lucien parece dispuesto a destruir el universo.
—Esa frase no debería existir.
Elsa intenta mantener expresión profesional, pero fracasa un poco. Es imposible que ese rostro hermoso que parece dibujar eternamente una dulce sonrisa, tenga apariencia solemne y formal, por más que lo intente.
—Hace siglos una bruja te maldijo para que «jamás volvieras a escapar de la carga de crear vida».
Lucien mira al vacío.
—Dios mío.
—Técnicamente los dioses no participan en…— comienza ella, con aire de profesora de parvulario dando clases.
—Era una expresión emocional, Elsa —replica, dolido. Ella carraspea antes de continuar.
—El caso es que cada año tu cuerpo produce familiares parásitos vinculados mágicamente a ti.
—Eso no mejora nada.
—Lo sé.
Lucien se deja caer dramáticamente sobre el sofá.
—Voy a llorar sangre.
—Eso sería útil para el ritual.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco —declara Elsa abriendo la bolsa misteriosa, donde algo sisea dentro.
—¿Qué es eso? —Lucien se incorpora, acercándose de forma involuntaria a ella y a la extraña bolsa.
—Ingredientes.
—Eso no responde mi pregunta.
Elsa suspira, abre la bolsa, y empieza a sacar cosas.
Una vela negra, sal roja, un pez muerto —y ahí Lucien empieza a sospechar que la maldición afecta a su olfato, puesto que no lo ha detectado con anterioridad y tiene pinta de apestar —y algo que parece un calcetín maldito.
Sebastian decide irse, a pesar de que ninguno de aquellos objetos parezca lo suficiente amenazante como para hacerle huir.
—No pienso participar en esto —afirma antes de salir del salón, y su huida provoca una rara sospecha en el vampiro.
Elsa empieza a preparar el ritual en el suelo, y Lucien la observa moverse por el ático mientras murmura cosas y organiza símbolos mágicos. Es un desastre absoluto, pero un desastre bonito...
No.
No.
No necesita encontrar atractiva a la mujer que probablemente va a hacer explotar su salón, de hecho, hace siglos que no encuentra atractiva a ninguna mujer. Si le pasa ahora, es otro síntoma claro de la maldición, que se agrava cada año. ¿Sentimentalismo? ¿Emociones? Eso no les pasa a los vampiros.
Elsa levanta la vista y le sorprende observándola con fijeza.
—¿Por qué me miras así?
Lucien responde demasiado rápido.
—No te miro así.
—Definitivamente me miras así.
—¿Así cómo?
Elsa se encoge de hombros.
—Como si quisieras despedirme y besarme al mismo tiempo.
Lucien deja de existir espiritualmente durante un segundo. Quiere que el suelo de la habitación se abra y lo escupa en otro continente. Escucha la risa disimulada de Sebastian en la cocina y aquello aún lo mortifica más. Se pone en pie, intentando crear distancia entre él y la bruja.
—Eso es ridículo.
Elsa sonríe lentamente.
—Ajá.
Lucien se gira hacia una pared. Necesita recomponerse, porque por desgracia, ella no está equivocada, y eso es peligrosísimo, sobre todo porque en ese momento siente un retortijón infernal en el abdomen que lo paraliza, un dolor imposible que se desplaza a su pubis.
Oh no. Otra vez no.
Nononono
Algo pequeño se mueve por dentro de su pantalón y Elsa lo nota.
No puede evitar contemplar fijamente la zona, pese al rubor que comienza a cubrir sus mejillas.
Lucien no puede hablar, ni moverse. El dolor parece partirle en dos, haciéndose eterno, y sabe que no solo será una pequeña criatura prematura quien salga de él.
Un pequeño bulto se desliza lentamente por debajo de la tela negra, subiendo hasta la cinturilla de su pantalón. Luego otro. Elsa abre muchísimo los ojos.
Lucien parece preparado para lanzarse directamente al sol.
Y entonces una diminuta sanguijuela demoníaca aparece asomando por el minúsculo hueco presente en la parte superior de la cremallera, rueda ligeramente por la bragueta y cae sobre el suelo ritual para mirar alrededor confundida.
Se parece a la que ya había visto. Tiene colmillitos, unos ojitos enormes… Y un diminuto lazo rosa en la cabeza.
Silencio.
Lucien la señala horrorizado. Quedarse en la azotea hasta que salga el sol o meterse en un horno crematorio, le parecen opciones de lo más apetecibles en ese momento.
—¿Por qué lleva un lazo?
La sanguijuela lo mira feliz.
—Papiii…
Elsa hace un ruido extraño y Lucien se gira lentamente hacia ella.
—No te atrevas.
Ella se tapa la boca. Tiembla. Sabe que está a punto de soltar una carcajada, y él se siente tan profundamente avergonzado que no tiene fuerzas ni para protestar.
La sanguijuela estornuda fuego diminuto y Elsa explota de ternura.
—¡Es repugnantemente adorable! —exclama con ojos brillantes. —¿Nos la podemos quedar?
Lucien grita hacia el techo:
—¡Esto es una maldición, no una guardería!