CAPÍTULO 2. Y LA PUERTA YA NO SE CIERRA IGUAL
El ático está ardiendo un poco. No mucho, solo una cantidad socialmente incómoda de fuego.
Lucien permanece inmóvil en medio del salón mientras detrás de él una cortina azul verdosa se consume lentamente y la pequeña sanguijuela sigue asomando desde su bolsillo.
—Mamá —repite feliz.
Elsa señala a la criatura.
—¿Eso ha hablado?
Lucien tiene la mirada vacía de un hombre que ha sufrido demasiado.
—Ojalá fuera la parte más humillante de mi situación.
El pollo azul atraviesa la cocina envuelto en llamas y Elsa sale disparada detrás de él.
—¡Nugget! ¡No maldigas mis muebles!
Un segundo después se oye el estruendo de vidrio al romperse y algo que suena sospechosamente a ópera demoníaca.
Lucien contempla el caos. Si pudiera llorar, tal vez lo estaría haciendo. La inmortalidad no prepara para momentos así, cuando el caos abraza hasta estrangular. Y encima se siente incapaz de concentrarse lo suficiente como para recordar sus mantras. Como colofón, la sanguijuela bosteza.
—Tengo hambre.
—Yo también y no digo nada —le suelta a la criatura. El tono de su voz muestra tal enojo, que vuelve a esconderse en el bolsillo con presteza.
Lucien no dudará en restregarle a Sebastian quién es el elegante poseedor de la razón: esta vez va a morirse peor.
Elsa reaparece cubierta de harina brillante y el pelo le humea ligeramente.
—Controlado.
Detrás de ella, una silla sale flotando por el pasillo y explota.
Lucien la mira fijamente.
—No parece controlado.
—Bueno, depende del nivel de exigencia. —Nugget reaparece con un cuchillo en el pico y Elsa le quita el cuchillo, con una calma que le deja boquiabierto. —¿De dónde sacas estas cosas? —le reprende con dulzura, pero el pollo le contesta con un graznido de odio ancestral.
Lucien toma aire lentamente. Necesita centrarse y recordar quién es. Es un vampiro noble, refinado, temido durante siglos… No puede perder la compostura.
—He venido porque sufro una maldición ancestral compleja —dice con dignidad—. Me informaron de que usted era especialista en estos asuntos.
Elsa se queda muy quieta. Luego mira a la sanguijuela medio escondida en el bolsillo, a Lucien y otra vez a la sanguijuela.
—¿Qué tipo de maldición?
Lucien permanece en silencio y ella espera pacientemente. La sanguijuela muerde el bolsillo del abrigo haciendo que Lucien mire al techo como quien implora paciencia cósmica.
—Cada año doy a luz a cincuenta sanguijuelas infernales.
Elsa parpadea. Luego vuelve a parpadear. Después ladea la cabeza, como si no hubiera escuchado bien, o como si estuviera procesando la información.
—¿Cómo…?
Lucien cierra los ojos.
—No haga preguntas biológicas.
—No pensaba hacerlas, pero ahora tengo MUCHAS.
—No las haga.
—¿Cómo…?
—No.
—¿Pero salen de…?
—NO.
La pequeña sanguijuela levanta la cabeza.
—Papi se pone sensible durante la puesta —le informa con su vocecilla de dibujo animado.
Lucien parece a punto de lanzarse por la ventana y Elsa se tapa la boca. Está intentando no reírse, pero eso lo empeora todo.
—¿Se está riendo de mí?
—¡No! —pausa—. Un poco.
La escoba empieza a perseguir al pollo y Elsa los señala.
—Eso es relativamente leve.
Lucien reconsidera todas sus decisiones vitales desde 1783. Cree que la fiebre está subiendo y se plantea por un momento si todo esto no será un delirio febril mientras reposa tranquilamente en su ataúd de ébano con incrustaciones en plata. La sanguijuela vuelve a asomar.
—Me cae bien mamá.
Elsa sonríe automáticamente con una dulzura extrema, y Lucien observa eso con sospecha, porque algo raro acaba de ocurrirle en el pecho. Algo pequeño y cálido que no quiere analizar por el momento.
—No la llames así —dice rápidamente.
La sanguijuela se ofende.
—Qué borde.
Elsa rompe a reír, la risa le sale tan natural, tan inesperadamente luminosa, que Lucien se queda quieto un segundo más de lo debido.
Gran error. Porque ella tiene una risa bonita, ridículamente bonita, pero él no necesita eso en su vida, en especial ahora que técnicamente está entrando en fase parasitaria reproductiva demoníaca.
Elsa lo mira otra vez, más atentamente esta vez. Intenta no ver solo su belleza. Repara en sus ojeras y en una palidez alarmante incluso para un vampiro. No puede negar que intenta sostener su dignidad con las últimas fuerzas que le quedan.
—¿Cuánto falta para… ya sabe… la eclosión?
Lucien responde como quien anuncia una ejecución pública.
—Doce días.
Elsa silba.
—Uf.
—¿Uf? ¿Eso es todo?
—Bueno, es que cincuenta me parece muchísimo.
Lucien la señala con gravedad absoluta.
—El año pasado una aprendió a abrir el gas.
Elsa intenta no reír otra vez pero fracasa, y Lucien la mira horrorizado.
—Esto no es gracioso.
—¡Un poco sí!
—¡No lo es!
—¡Usted ha dicho «eclosión»!
—¡Porque ES una eclosión!
Nugget grazna desde encima de la nevera porque la escoba sigue intentando asesinarlo, la sanguijuela eructa y, contra toda lógica, Elsa vuelve a reírse.
Lucien la observa en silencio. Hace mucho tiempo que nadie se ríe cerca de él sin miedo, y la idea le incomoda profundamente.
Elsa recupera el aliento.
—Vale. Escuche. Buscaré información sobre la maldición. Pero no prometo nada.
Lucien se endereza inmediatamente.
—Le pagaré lo que quiera.
—No necesito dinero.
Lucien saca una libreta.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que necesita mucho dinero.
Elsa se queda callada y Lucien alza una ceja lentamente.
—¿Cuánto debe?
—Eso no es asunto suyo.
—¿Más de diez mil?
Silencio.
—¿Más de veinte?
Elsa mira al techo y Lucien suspira como un aristócrata agotado por la pobreza ajena.
—Bruja.
—Vampiro embarazado.
Nugget rompe un jarrón y Lucien, por primera vez en siglos… casi sonríe.