Amor, sangre y ectoplasma (Crónicas del desastre sobrenatural 1) CAPÍTULO 1. LA NOCHE EN QUE ENCUENTRA A LA BRUJA
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Amor, sangre y ectoplasma (Crónicas del desastre sobrenatural 1)

Amor, sangre y ectoplasma (Crónicas del desastre sobrenatural 1)

Por Dara Cross

© inepub.com

CAPÍTULO 1. LA NOCHE EN QUE ENCUENTRA A LA BRUJA

Lucien Devereux descubre que algo va mal exactamente igual que todos los años: porque se despierta con náuseas.

—No.

Silencio en el dormitorio. Lucien permanece tumbado boca arriba dentro de su ataúd forrado de terciopelo negro, mirando el techo con expresión de profundo resentimiento existencial.

—No, no, no, no.

Se incorpora de forma muy lenta, tal vez demasiado, pero no puede hacerlo de otro modo, porque el cuerpo le pesa como si hubiera bebido cemento mezclado con sangre de turista borracho. Tiene frío. Tiene calor. Tiene ganas de asesinar a alguien… Todo encaja: la maldición ha vuelto. Otra vez.

Después de ciento cuarenta y siete años, Lucien debería conocer perfectamente las fases del horror, pero ni aun así consigue saltar alguna de ellas.

La primera fase es la de negación elegante. A estas alturas, sigue intentando negar lo que está pasando en su interior, como si de ese modo pudiera cambiar los hechos. Alerta spoiler: no puede.

Después llega la segunda fase, la fiebre vampírica.

Porque sí, los vampiros también sufren episodios febriles que hacen que su sangre adquirida de forma poco ética —no olvidemos que se dedican a alimentarse de fluidos ajenos —parezca hervir en sus frías venas, dejándoles débiles, temblorosos e indefensos.

Seguidamente, y cuando aún no se ha repuesto de la segunda fase, llega la tercera. Esa es la peor para Lucien, porque siente unos antojos tan extraños, que no puede evitar avergonzarse de sí mismo cuando los recuerda.

Y finalmente, la última fase: las sanguijuelas. Cincuenta. Siempre cincuenta.

Lucien cierra los ojos con sufrimiento, porque lo peor es no saber qué es lo que le deparará el futuro.

Sin ir más lejos, hace tres años una de ellas aprendió a abrir cajones y cuando se despertó al anochecer, tenía la casa hecha unos zorros.

¡Con lo difícil que es encontrar personal de servicio que se adapte a sus horarios y costumbres y sea mínimamente fiable!

Y el orden es fundamental, porque nunca se sabe cuándo va a venir algún amigo viajero, y otra cosa no, pero los vampiros son los seres más cotillas del universo.

Le ha costado siglos hacerse con una reputación, y no puede permitirse perderla por algo que se escapa por completo a su control.

Aunque, pensándolo bien, lo peor ocurrió hace doce años, cuando una de ellas sobrevivió suficiente tiempo para desarrollar apego emocional.

La llamó «papi oscuro».

Lucien todavía no se ha recuperado psicológicamente, porque digan lo que digan, los vampiros tienen su corazoncito.

Que sí, que hay que cultivar la imagen de ser frío, insensible y cruel, básicamente porque si la gente conociera que son todos unos sentimentales, iban a durar diez minutos en la jungla que se ha convertido el mundo.

Se pone en pie con dignidad aristocrática. O lo intenta, porque inmediatamente se marea y tiene que agarrarse al borde del ataúd.

—Perfecto —murmura—. Absolutamente humillante.

En la cocina de su ático gótico, Sebastian —su mayordomo humano y único testigo de sus desgracias desde hace décadas —levanta la vista del periódico.

—Ha vuelto, ¿verdad?

—Voy a morir —declara, mientras se deja caer en una silla con dramatismo terminal.

Sebastian ni siquiera pestañea.

—No puede morir. Técnicamente ya está muerto.

—Entonces voy a morirme más. O peor.

Sebastian dobla el periódico lentamente.

—¿Síntomas?

Lucien señala una taza y si fuera capaz de llorar, se le saltarían las lágrimas.

—No soporto el olor del café —confiesa. El café… Uno de los pocos placeres humanos de los que puede disfrutar y ahora le da asco. Es una verdadera tragedia.

Sebastian suspira.

—Oh, estamos en una fase avanzada.

Lucien apoya la frente sobre la mesa.

—No puedo pasar por esto otra vez.

—La última vez solo perdimos tres alfombras.

Lucien levanta la cabeza indignado.

—¡Una sanguijuela intentó ahogar a un sacerdote!

—Bueno, técnicamente el sacerdote empezó primero.

Lucien gime como un hombre condenado, porque lo peor no es la maldición.

Lo peor es que existe documentación. Ahora no es como hace cien años, cuando aún no existía internet y algunos secretos se podían esconder bajo la alfombra y hacer como que nada pasaba.

En la actualidad, internet lo ha cambiado todo, y no solo para los humanos normales.

Esa parte está más o menos controlada. Lo peor son los foros secretos sobrenaturales, donde por desgracia todo el mundo parece conocerle.

«¿Alguien sabe si el vampiro francés sigue pariendo sanguijuelas?»

Lucien quiere prender fuego al planeta cada vez que lee algo parecido.

Sebastian desliza un sobre negro sobre la mesa hacia su patrón. Como el problema de Lucien es cíclico, ha estado investigando pese a saber que no es su cometido. No puede evitar sentir un cierto aprecio por ese viejoven que se ve tan perdido como un adolescente cuando empieza a cambiarle la voz.

—He encontrado una posibilidad.

La primera reacción de Lucien es la desconfianza.

—Eso dijiste antes de la bruja búlgara —rememora con un estremecimiento incontrolable. Sebastian se encoge de hombros.

—En mi defensa, ella sí eliminó el problema.

—¡Me convirtió temporalmente en lámpara! —exclama, quejoso.

—Pero una lámpara muy elegante.

Lucien abre el sobre con cansancio, dispuesto a agarrarse a un clavo ardiendo si hay una mínima posibilidad de acabar con esa pesadilla.

Dentro hay una tarjeta chamuscada donde solo pone Elsa de las Cenizas.

Especialista en maldiciones complejas. Debajo hay una dirección escrita a mano y una mancha sospechosamente parecida a salsa de tomate que hace a Lucien fruncir el ceño.

—Esto parece falso.

En ese instante algo explota al otro lado de la ciudad. Lucien corre a mirar por la ventana y ve como una columna de humo rosa asciende hacia el cielo nocturno. Luego, muy a lo lejos, se oye un grito femenino.

—¡No toques eso, maldita cabra!

Después, silencio total, el habitual a esas horas de la noche.

Lucien mira a Sebastian, quien bebe café como si nada hubiera sucedido.

—Podría ser una buena señal —sugiere.

Treinta minutos después, Lucien llega a un edificio ruinoso en el barrio mágico oculto de la ciudad. Justo cuando está confirmando la dirección en la tarjeta, algo viscoso cae desde el techo justo delante de él.

Lucien observa la sustancia verde. No hay duda alguna de que aquello es un ectoplasma, consecuencia directa de los hechizos de la bruja.

—Ya la odio —murmura, casi para sí.

Inspira hondo, intentando tranquilizarse.

Es plenamente consciente de que las hormonas le convierten en un ser irracional y emocional, pero eso no evita sentir sus efectos.

Comienza a subir las escaleras pensando en el audiolibro que le recomendó Sebastian el año pasado, ese que le ayuda a relajarse, y maldice por no haber traído consigo los auriculares inalámbricos para escucharlo.

Ay, ese sí que es un invento maravilloso…

Se ha aficionado al uso de ese pequeño dispositivo que le permite dormir escuchando su música favorita, algo impensable hasta no hace demasiado tiempo.

El mundo ha evolucionado a peor en multitud de cosas, pero los dispositivos inalámbricos son de lo mejorcito.

Consigue un mínimo control de sus emociones hasta llegar al tercer piso, que es su destino.

Al ir a tocar el timbre, no puede evitar escuchar un batiburrillo de sonidos que le hacen plantearse salir huyendo a máxima velocidad.

Un maullido demoníaco, cristales rompiéndose, y alguien llorando, todo lo que augura caos y descontrol.

De repente, la puerta del piso explota hacia afuera y Lucien consigue esquivarla por los pelos.

Una nube de humo púrpura sale disparada al rellano, y en medio del caos aparece ella, Elsa, con su cabello desordenado, el jersey quemado y su bella cara manchada de hollín, sosteniendo un pollo completamente azul.

Elsa se queda congelada al verlo; el pollo también. Lucien solo puede observar la escena, tan surrealista que tarda en recuperar el sentido del habla.

—¿Qué demonios es eso?

Elsa baja la vista hacia el pollo.

—Depende de cuánto sepa usted de nigromancia avícola —contesta con un encogimiento de hombros mientras el pollo pone el final perfecto a la oración con un eructo de fuego.

Lucien cierra los ojos. Respira hondo, pensando en los mantras del otro libro de yoga que Sebastian le hace leer una y otra vez cuando «está en esos días». Los vuelve a abrir.

—No.

Elsa parpadea.

—¿No qué?

—No puede ser usted.

—¿Busca a la bruja profesional? Porque si es así, sí, soy yo.

El pollo intenta picotear a Lucien y él lo aparta con expresión ofendida.

—No. Me niego. He sobrevivido a plagas, inquisiciones y la Revolución Francesa para terminar aquí.

Elsa cruza los brazos.

—Bueno, perdone por no estar a la altura de sus estándares vampíricos misteriosos.

Lucien se queda completamente inmóvil.

—¿Cómo sabe que soy un vampiro?

Elsa lo recorre con la mirada, bajando los ojos por su ropa completamente negra, su piel pálida, el bastón antiguo y la cara de sufrimiento eterno.

—Intuición femenina —declara burlona.

Justo entonces, algo pequeño se mueve dentro del abrigo de Lucien. Ambos bajan la vista para descubrir una pequeña sanguijuela demoníaca que asoma la cabeza desde el bolsillo, un ser minúsculo, con colmillitos que mira a Elsa con una clara devoción y dice:

—¿Mamá?

Silencio absoluto. Lucien parece dispuesto a desintegrarse espontáneamente, Elsa abre muchísimo los ojos incapaz de disimular su asombro y el pollo azul prende fuego a una cortina.

En ese momento, Lucien comprende, con horror absoluto, que este va a ser el peor año de toda su inmortalidad.