CAPÍTULO 12. DONDE YA NO EXISTE LA HUIDA
Las sanguijuelas vuelven a tamaño normal en mitad de la Gran Vía.
Una tras otra.
POP.
POP.
POP.
Como globos infernales agotados tras un exceso de emociones, desinflándose delante de turistas que, de forma un tanto singular, ya han decidido no cuestionar absolutamente nada después de cierta hora de la noche en Barcelona.
Algunos incluso aplauden.
Uno pide hacerse una foto con una de ellas y la sanguijuela acaba mordiendo el móvil.
Lucien permanece inmóvil bajo la lluvia, observando el desastre silencioso que ha dejado el caos a su alrededor mientras una mini sanguijuela se desliza desde un semáforo todavía humeante, otra emerge de un cubo de basura con expresión confundida y, al fondo de la calle, Nugget acosa a un agente blandiendo una baguette mágica, viviendo su propia versión de la revolución francesa.
El aire todavía vibra con restos de magia, con adrenalina y con algo nuevo.
Entonces Lucien clava sus ojos en los de Elsa, quien sigue sujetándole el rostro entre las manos, empapada por la lluvia, despeinada y respirando todavía demasiado rápido después del caos, de la confesión y de haberle arrancado la barrera emocional delante de media ciudad.
Tan hermosa…
La realidad lo golpea con la delicadeza de un piano cayendo desde un quinto piso. Está enamorado de ella, completa, absoluta e irremediablemente, y lo más desconcertante de todo, es que, por primera vez en siglos, ya no siente la necesidad inmediata de huir.
Elsa lo mira con nerviosismo creciente, porque acaba de gritarle sus traumas emocionales bajo la lluvia, delante de turistas, policías y al menos tres criaturas infernales emocionalmente dependientes.
Situación delicada.
Lucien abre la boca lentamente y ella intenta prepararse psicológicamente para cualquier cosa.
—Creo…
Hace una pausa dramática por completo innecesaria.
—Creo que necesito terapia.
Elsa parpadea una vez y luego empieza a reírse, fuerte, sin poder evitarlo.
Lucien intenta mantener la dignidad más o menos tres segundos antes de terminar riéndose también, porque, la verdad es que hay sangre demoníaca dentro de una fuente pública, un tranvía tiene marcas de colmillos del tamaño de una sandía y Sebastian está sobornando testigos con croquetas mientras asegura que todo ha sido «una experiencia artística inmersiva».
La dignidad murió hace horas, quizá días, pero de pronto, todo parece ligero de una forma extraña y peculiar, como si algo enorme hubiera dejado de aplastarle el pecho sin que se hubiera dado cuenta hasta ahora.
Elsa vuelve a mirarlo, esta vez más suave, más tranquila.
—¿Cómo te sientes?
Lucien se queda quieto un instante. Escuchándose, esperando encontrar el dolor habitual escondido dentro de sí, la presión constante de la maldición retorciéndose bajo su piel, el vacío insoportable que llevaba siglos acompañándolo incluso en los momentos de calma.
Pero no encuentra nada. Las sanguijuelas siguen ahí, pequeñas, molestas y adorablemente infernales.
Aunque el agujero negro que había dentro de él… ha desaparecido.
Pestañea de forma lenta, casi sin terminar de creerlo.
—No me duele.
Elsa sonríe de inmediato, pero Lucien apenas llega a devolverle la sonrisa porque algo extraño acaba de atravesarle el cuerpo.
Frío.
Parpadea confundido.
La lluvia ya no le resbala sobre la piel con aquella sensación muerta a la que se había acostumbrado hacía siglos; ahora la siente fría, real, casi eléctrica contra el rostro.
Su respiración se corta. Se lleva una mano al pecho y nota el latido. Fuerte. Humano.
Elsa frunce el ceño al percatarse de su cambio de expresión.
—Lucien…
Él apenas la escucha, porque el hambre ha desaparecido. No el hambre normal. La otra. La terrible. La interminable. Y entonces lo entiende de golpe, con una mezcla imposible de vértigo y alivio. La maldición lo estaba manteniendo muerto.
Toma la mano de Elsa para colocarla en su pecho y que pueda notar el latido de su corazón, vivo, calentando la sangre de sus venas. Cuando siente el latido firme, Elsa abre muchísimo los ojos.
—¡Por mis calderos!
Lucien se ríe una sola vez, incrédulo, empapado bajo la lluvia mientras siente el corazón golpeándole las costillas como si estuviera aprendiendo a existir otra vez.
—Creo… —traga saliva lentamente—. Creo que ya no soy un vampiro.
Elsa sonríe de inmediato y Lucien siente que esa sonrisa concreta, esa maldita sonrisa luminosa y desarmante, va a matarlo mucho más rápido que cualquier maldición ancestral con toda probabilidad.
La sanguijuela del lazo rosa trepa por su abrigo hasta acomodarse junto a su hombro.
—¿Papi ya no está roto?
La pregunta debería resultar incómoda, pero no es así
Lucien mira a la diminuta criatura, luego mira a Elsa, y por primera vez en muchísimo tiempo, la respuesta no pesa, no duele ni asusta.
—No —dice al final, con una pequeña incredulidad todavía temblándole en la voz—. Creo que no.
La sanguijuela se emociona tanto que rueda calle abajo y termina chocando contra un puesto de castañas. Nadie parece sorprendido en particular.
Tres días después, Lucien sigue reaccionando como un hombre resucitado de forma milagrosa a cosas por completo normales: la luz del sol, el café caliente, dormir y despertarse sin escuchar un vacío monstruoso dentro del pecho…
Ayer pasó veinte minutos enteros sentado en el balcón por la sencilla razón de poder sentir el calor de la mañana sobre la piel sin arder vivo, y Elsa tuvo que fingir que no lo veía emocionarse frente a una tostada con mantequilla.
Resulta que después de varios siglos alimentándose en exclusiva de sangre y sufrimiento emocional, descubrir el pan recién hecho puede convertirse en una experiencia religiosa.
Elsa todavía sigue quedándose en el ático casi todas las noches.
Al principio lo hizo por precaución, porque Lucien está atravesando una transformación mágica por completo desconocida y nadie sabe con exactitud qué efectos secundarios podría tener recuperar de golpe una humanidad perdida hacía siglos.
Después… bueno. Después simplemente ninguno de los dos parecía tener demasiadas ganas de marcharse.
Hay un tentáculo mágico saliendo del baño desde el martes, purpurina ectoplásmica incrustada en el techo de la cocina y una sanguijuela viviendo ilegalmente dentro del piano con una seguridad inmobiliaria ofensiva. Pero ahora también hay otra cosa. Risas. Constantes.
Lucien entra en la cocina una mañana y encuentra a Elsa bailando descalza mientras cocina algo humeante de forma sospechosa al ritmo de una canción que suena demasiado alegre para la cantidad de fuego verde implicado en la sartén.
Nugget lleva un delantal diminuto donde pone Besad al cocinero y las mini sanguijuelas corretean por el suelo usando calcetines enrollados como sacos de dormir improvisados.
Lucien se queda observando la escena desde la puerta y siente esa calidez otra vez, ese sentimiento absurdo, aterrador y profundamente humano de pertenencia.
Elsa lo ve entrar y sonríe de forma automática, como si su cuerpo ya hubiera aprendido a buscarlo antes incluso de pensar.
—Buenos días.
Lucien se acerca con ese andar pausado que lo caracteriza.
—Una de las sanguijuelas estaba intentando freír monedas.
—Sí, esa es Brenda. Tiene inquietudes empresariales.
Lucien resopla una risa casi involuntaria, porque ahora ya lo hace. Reírse, y mucho.
Elsa deja la cuchara de madera sobre la encimera y lo observa con atención.
—¿Qué pasa? —le pregunta con una sonrisa.
Lucien tarda un segundo más de la cuenta en responder, porque todavía no termina de acostumbrarse a esto.
A ella. A alguien que quiera quedarse junto a él.
A despertarse por las mañanas y no sentir esa necesidad desesperada de desaparecer antes de que alguien consiga importarle demasiado. Se le escapa un profundo suspiro.
—Nunca imaginé que terminaría compartiendo apartamento con una bruja caótica, un pollo criminal y cincuenta parásitos infernales.
Nugget señala indignado con el ala.
—¡Cuarenta y nueve! Gary se independizó.
Desde el pasillo una voz diminuta responde inmediatamente:
—¡Pago impuestos!
Lucien sigue sin entender cómo una de sus antiguas criaturas infernales ha terminado administrando un pequeño videoclub ocultista en el Raval, pero Sebastian insiste en que técnicamente eso cuenta como integración social.
Elsa se acerca despacio hasta quedar frente a él.
La tensión incómoda sigue existiendo un poco, sin embargo, ahora está mezclada con algo más cálido, más seguro, más parecido a un hogar.
Ella le arregla distraídamente el cuello de la camisa con un gesto pequeño e íntimo que resulta peligrosamente doméstico.
Lucien observa cómo baja la vista hacia sus manos y siente una necesidad tan intensa y tranquila al mismo tiempo que casi consigue asustarlo. Casi.
—Elsa.
Ella levanta la cabeza y Lucien le acaricia suavemente la mejilla con los nudillos.
—Quédate.
La palabra sale sencilla esta vez. Sin defensas. Sin ironía. Sin miedo.
Elsa sonríe de forma lenta, y hay tanta ternura en esa expresión que algo dentro de Lucien vuelve a derretirse de manera irreversible.
—Pensaba hacerlo igualmente.
Entonces lo besa, y Lucien responde al instante, rodeándole la cintura mientras las mini sanguijuelas empiezan a aplaudir emocionadas desde el suelo de la cocina.
Nugget rompe a llorar de felicidad.
—¡EL AMOR ES REAL Y DEDUCIBLE A NIVEL FISCAL!
Sebastian entra justo en ese momento. Mira la escena, las sanguijuelas, el fuego verde de la cocina, suspira con la resignación profunda de un hombre al borde del colapso espiritual y deja otro biberón de sangre sobre la mesa.
—Voy a necesitar vacaciones.
La sanguijuela del lazo rosa asoma la cabeza desde dentro de una taza.
—¿Podemos ir todos?
Sebastian se gira hacia Lucien con auténtico terror en la mirada y él se lo piensa un segundo, luego mira a Elsa riéndose en mitad de aquella cocina imposible, el ático destrozado, las criaturas absurdas que ahora consideran ese lugar su hogar y el caos maravilloso en el que se ha convertido su vida.
Contra toda lógica, contra siglos enteros de miedo y contra cada una de sus antiguas costumbres… sonríe.
—Supongo que sí.