CAPÍTULO 12. GRACIAS POR DEVOLVERME LA VIDA
Tres días después, Elena ya no espera nada.
Duerme fatal otra vez. Baja a la cocina durante las madrugadas esperando encontrarlo flotando encima de la nevera, criticando sus hábitos alimenticios como un espectro sindicalizado, pero no hay nadie: solo la luz tenue sobre las encimeras y el viento golpeando los cristales.
El cuarto día encuentra una taza movida unos centímetros sobre la mesa y llora tanto que termina sentada en el suelo, abrazándose las rodillas y riéndose entre lágrimas de lo ridícula que resulta la situación.
—Fantástico, Elena —murmura con la voz rota—. Has llegado al punto en el que una taza mal colocada destruye tu estabilidad psicológica.
La taza vibra apenas un poco. Eso la obliga a levantar la cabeza de golpe. Silencio. Luego una cuchara cae sola dentro del fregadero.
Clonc.
Se pone en pie tan rápido que casi se lleva la silla por delante.
—¿Nicolás?
Nada. Pero la lámpara del techo parpadea una vez. Después otra. Y entonces una voz agotadísima murmura desde algún punto del salón:
—Estoy empezando a odiar la física.
A Elena se le rompe el corazón mientras corre hacia él.
Lo encuentra sentado en el suelo junto a la chimenea, o más o menos sentado.
Su cuerpo se ve borroso por momentos, translúcido hasta el punto de que el fuego atraviesa parte de su torso.
Tiene peor aspecto que nunca. Cansado. Débil.
Como una fotografía antigua a punto de borrarse.
Pero aun así sonríe al verla, y eso duele muchísimo más.
—Hola —dice él.
Elena se queda mirándolo un buen rato. Durante meses se ha acostumbrado tanto a él que incluso verlo así le provoca un alivio desproporcionado. Sigue ahí. Sigue hablándole. Sigue poniendo esa sonrisa estúpida. Y eso basta para que algo dentro de ella quiera derrumbarse.
—Tienes un aspecto horrible.
Nicolás suspira.
—Eso es bastante ofensivo para alguien que está haciendo esfuerzos sobrenaturales enormes para mantenerse atractivo.
—Pareces un posavasos encantado.
—Vale. Eso sí ha dolido.
Elena cruza el salón tan rápido que la manta del sofá cae al suelo a su paso. Se arrodilla frente al fantasma sin atreverse del todo a tocarlo.
—Joder, Nicolás…
Él intenta bromear.
—No quiero alarmarte, pero creo que me estoy muriendo otra vez.
Ella suelta una especie de ruido entre risa y sollozo.
—Eso no tiene ninguna gracia.
—Un poco sí.
—No.
—Vale, quizá no demasiado.
Elena se lleva ambas manos a la cara, intentando contener las lágrimas, pero fracasa de forma estrepitosa. Nicolás la mira con una tristeza suave, inmensa, y durante un instante parece todavía más humano que cuando se manifestaba en toda su plenitud.
—No llores así —dice en voz baja—. Que al final voy a empezar a creer que vas a echarme de menos.
Elena suelta una risa rota entre lágrimas.
—Te odio muchísimo.
—Eso ya lo sé.
Elena inspira hondo, intentando serenarse. Fuera llueve con suavidad sobre el bosque y el caserón permanece inmóvil alrededor de ambos, como si también estuviera esperando.
—¿Cuánto tenemos? —pregunta al final.
Nicolás baja la vista.
—No mucho.
El silencio posterior resulta insoportable. Elena aprieta los labios con fuerza.
—No es justo.
—No —admite él, con una sonrisa apenas—. Pero tampoco lo era que una lámpara barata acabara conmigo y aquí estamos.
Ella suelta una risita ahogada, bañada en llanto.
—Sigues haciendo chistes horribles.
—Y tú sigues poniendo demasiadas mantas en los sofás. Todos tenemos defectos.
Elena lo mira largo rato, intentando memorizarlo todo: la forma en que sonríe, el pelo despeinado, la manera ridícula de sentarse como si aún tuviera un cuerpo sólido, el brillo cálido de sus ojos incluso ahora.
Y entonces comprende algo terrible: tiene miedo de olvidar su voz. Eso la destroza por completo.
—No quiero que desaparezcas.
Nicolás cierra los ojos un instante.
—Lo sé.
—No quiero volver a esta casa vacía.
—Entonces no lo hagas.
Ella frunce el ceño entre lágrimas.
—¿Qué?
Él la mira con una ternura tan inmensa que casi resulta insoportable.
—No vuelvas a esconderte aquí dentro como cuando llegaste. Esa nunca fue la idea, Elena.
—¿La idea era que me enamorara de un muerto y desarrollara traumas permanentes?
—Bueno, eso ha sido un efecto secundario bastante desafortunado.
Ella suelta otra risa quebrada. Nicolás la mira en silencio un momento antes de continuar, más serio ahora.
—Cuando llegaste aquí ya habías empezado a desaparecer mucho antes que yo.
Las lágrimas vuelven a acumularse de golpe en los ojos de Elena.
—No sabía hacer otra cosa.
—Lo sé.
—Toda mi vida fue cuidar de alguien.
—Y ahora te toca cuidarte a ti.
Ella niega con la cabeza.
—No sé cómo se hace eso.
Nicolás sonríe con dulzura.
—Mentira. Ya has empezado.
La lámpara parpadea sobre ellos con suavidad.
—Vuelves a cocinar cosas que no vienen en envoltorios tristes.
Te ríes. Sales de casa. Has vuelto a pintar —enumera, mirándola con una expresión que Elena ya conoce de memoria y que todavía le cuesta sostener—.
Incluso has empezado a discutir con desconocidos en el supermercado. Eso me ha parecido precioso.
—La señora estaba manoseando todos los aguacates.
—Y tú defendiste el orden público alimentario. Estoy muy orgulloso.
Elena se tapa la boca, intentando no romperse otra vez. Nicolás baja la voz.
—Ya no eres aquella mujer que llegó aquí esperando desaparecer en silencio.
Ella llora sin disimulo ahora.
—Eso es porque estabas tú.
Él sonríe con infinita tristeza.
—No, Elena. Eso es porque estabas tú debajo de toda esa tristeza. Yo solo hice ruido hasta que volviste a salir.
La casa cruje con suavidad alrededor de ambos. Nicolás mira hacia el techo un instante.
—Creo que ya casi es hora.
Ella siente auténtico pánico.
—No.
—Eh.
Él intenta tocarle la mano y esta vez lo consigue, apenas unos segundos. Sus dedos son cálidos y temblorosos, como si sostener ese mínimo contacto le costara un esfuerzo inmenso.
—Mírame.
Elena levanta la vista, llorando.
—Gracias.
Eso la rompe por dentro.
—¿Por qué me das las gracias tú a mí?
Nicolás sonríe.
—Porque hacía mucho tiempo que no quería quedarme en ninguna parte.
Elena aprieta los dedos contra los suyos antes de que empiecen a atravesarse.
—Te quiero.
Él cierra los ojos un segundo al oírlo. Cuando vuelve a abrirlos, también están llenos de lágrimas.
—Y yo a ti.
El fuego de la chimenea se eleva con suavidad. Las luces tiemblan una última vez. Nicolás la mira con una mezcla insoportable de amor y paz.
—Prométeme algo.
Ella asiente, llorando.
—No vuelvas a convertirte en un fantasma antes de morirte.
Elena deja escapar una carcajada rota entre lágrimas.
—Eso ha sido de lo más manipulador.
—He tenido décadas para perfeccionar técnicas.
Ella intenta responder algo más, pero entonces él empieza a desvanecerse de verdad. Primero las manos. Luego los hombros. La luz del fuego le atraviesa el cuerpo casi por completo. Elena siente auténtico terror.
—Nicolás…
Él sigue sonriendo.
—Vive muchísimo, ¿vale?
Y entonces desaparece. No hay explosión ni horror, solo silencio, uno suave y tranquilo. La casa deja escapar un último crujido, largo y profundo, parecido a un suspiro. Y después descansa.
Elena permanece inmóvil frente a la chimenea durante una eternidad, llorando en silencio mientras el fuego consume despacio la madera y fuera la lluvia empieza por fin a detenerse.
Cuando amanece, el bosque entero está cubierto de niebla dorada y, por primera vez en años, Elena abre todas las ventanas de la casa. El aire frío entra despacio en todas las habitaciones. La casa ya no parece un mausoleo. Parece una casa.
Elena se queda quieta en mitad del pasillo, escuchando cómo el bosque se despierta poco a poco bajo la niebla de la mañana, y entonces, durante apenas un segundo, el viento mueve una de las mantas del sofá igual que una mano traviesa.
Elena cierra los ojos.
—Ya sé que las mantas te parecían demasiadas —murmura.
El silencio que sigue ya no resulta vacío. Solo tranquilo.