EPÍLOGO. FLORES
La primera vez que Elena se ríe sola en mitad de un aeropuerto casi provoca un incidente diplomático menor.
Ocurre en Lisboa, siete meses después de que Nicolás desaparezca, mientras intenta entender por qué una máquina automática acaba de tragarse veinte euros sin entregarle nada, salvo una profunda desconfianza hacia la tecnología moderna.
Elena está frente al aparato con los brazos en jarras, preparada para iniciar una guerra civil contra la ingeniería portuguesa, cuando una idea descabellada le atraviesa la cabeza con claridad devastadora:
«Nicolás habría dicho que la máquina detectó energía emocional de señora cansada.»
Diez minutos después termina comprándose un pastel carísimo en una cafetería del aeropuerto, solo porque tiene buena pinta, y mientras se sienta junto a la ventana con un café mediocre y azúcar de más, comprende algo curioso: hace un año aquello le habría parecido un gasto inútil y ahora le parece una tarde bastante buena.
Y entonces se ríe. Allí mismo, en mitad del aeropuerto.
Una carcajada real, espontánea, luminosa.
Un hombre alemán la mira con auténtica preocupación.
Elena tarda en serenarse mientras se seca las lágrimas de risa y descubre algo importante: ya no le duele sonreír al pensar en él.
Eso no significa que haya dejado de echarlo de menos.
Dios, no. Todavía hay noches en que el silencio de la casa le resulta demasiado grande.
Todavía a veces gira la cabeza esperando oír comentarios ofensivos sobre sus decisiones culinarias o críticas injustificadas hacia los documentales escandinavos.
Aún siguen pasándole cosas raras. Una radio que se enciende de repente, una ventana abierta, algo que aparece fuera de sitio. Elena ha decidido ignorar cualquier implicación paranormal porque prefiere conservar una estabilidad mental mínimamente funcional hasta la menopausia avanzada.
Pero también han ocurrido otras cosas. Buenas cosas.
Ha viajado todo lo que ha podido. Descubrió que le encantan las ciudades pequeñas con cafeterías carísimas y camareros que la llaman «cariño» sin permiso.
Aprendió a pedir vino en italiano y a comer sola en restaurantes sin sentir que el universo entero la está juzgando.
Incluso tiene amigos otra vez, lo cual todavía le resulta raro.
Los jueves cena por videollamada con su hija mientras ambas discuten recetas y se insultan con cariño.
Algunos domingos conduce sin rumbo, solo porque puede.
Hace poco pasó cuarenta minutos sentada frente al mar, comiéndose un bocadillo regular y pensando que Nicolás habría criticado sin cesar aquel pan.
Ha empezado a llenar la nevera de imanes ridículos de ciudades donde nunca imaginó ir sola, y hace unas semanas se compró unos pendientes rojos innecesarios del todo, únicamente porque le apetecía. Eso todavía le parece un comportamiento bastante revolucionario.
Elsa de las Cenizas sigue llamándola por teléfono a horas extrañísimas para contarle cosas imposibles. Elena le ha prometido que, a la vuelta de su próximo viaje a Estambul, aprovechará para pasar unos días en Barcelona.
La última vez que hablaron, Elsa llevaba veinte minutos quejándose de «un muerto sindicalista en Cuenca» mientras Elena preparaba una tortilla francesa.
—No preguntes —le había advertido la joven al instante—. Cuanto menos sepas, mejor.
—Eso intento desde hace meses, Elsa.
—Excelente. Vas progresando.
Hablan durante horas algunas noches. De fantasmas. De la vida. Del duelo. A veces de nada. Elena no esperaba hacer amigas nuevas después de los cincuenta, y menos una especialista sobrenatural con energía de mapache insomne, pero la vida parece disfrutar sorprendiéndola.
También volvió a pintar. Al principio fatal, luego aún peor.
Después empezó a mejorar. Ahora hay lienzos repartidos por toda la casa: bosques húmedos, ventanas abiertas, cielos lluviosos y una cantidad alarmante de lámparas que su terapeuta considera «simbología emocional bastante evidente».
Porque sí, además tiene terapeuta. Nicolás estaría tan orgulloso… Eso le hace muchísima gracia.
Un año después de todo, Elena descubre por fin dónde está enterrado.
No ha sido fácil. Rastrear a un muerto de los ochenta requiere tal cantidad de llamadas telefónicas que bastaría para destruir cualquier voluntad de vivir.
Elena pasa tres semanas hablando con parroquias, registros municipales y un funcionario asturiano llamado Ricardo que parece odiar a toda la humanidad. Pero lo consigue.
Así que un domingo lluvioso de octubre conduce hasta un cementerio pequeño, a las afueras de un pueblo donde nadie la conoce.
Lleva flores y, por supuesto, son demasiadas, porque Elena jamás ha sabido hacer las cosas a medias y además sospecha que Nicolás habría protestado sin disimulo si aparecía con un ramo triste de supermercado.
Habría sido capaz de morirse dos veces, la segunda de vergüenza.
—No voy a escatimar contigo ahora —murmura mientras avanza entre las tumbas húmedas.
El cementerio es tranquilo y pequeño, lleno de hierba mojada y de árboles enormes que se mueven con suavidad bajo el viento.
Y entonces lo encuentra:
Nicolás Valdés Ortega.
1953 – 1987.
Elena se queda quieta muchísimo rato, porque de pronto todo resulta real de una manera distinta. Ya no es el fantasma luminoso que flotaba por las cocinas y atravesaba paredes criticando sus mantas decorativas. Era un hombre. Un chico casi. Treinta y cuatro años. Demasiado joven. Demasiado él.
Intenta imaginarlo vivo, protestando por el tráfico, riéndose demasiado alto en algún bar lleno de humo. Y de pronto la idea resulta tan real que le duele el pecho. Porque Nicolás existió de verdad y ella tuvo la suerte imposible de conocerlo incluso después de muerto.
—Bueno —dice al fin, agachándose frente a la lápida—. Sigo pensando que tuviste un gusto horrible para morirte.
El viento mueve un poco los árboles. Elena deja las flores sobre la tumba y se queda allí sentada varios minutos sin hablar. No llora al principio. Solo pasa los dedos por las letras grabadas en la piedra.
Y entonces sí. Entonces se le escapa una lágrima. Solo una. Porque ya no duele igual. Ahora la tristeza viene acompañada de algo cálido. Algo bueno.
—Me salvaste la vida, idiota —dice en voz baja.
La lluvia empieza a caer con suavidad alrededor del cementerio y Elena sonríe mientras se seca la cara.
—Y lo peor es que tenías razón en casi todo. Eso sigue pareciéndome insoportable.
El silencio permanece tranquilo a su alrededor. Luego ella inspira hondo y, por primera vez en mucho tiempo, no siente vacío al pensar en el futuro. Tiene planes. Quiere aprender francés. Volver a Italia. Pintar más. Quizá adoptar un perro.
Quiere seguir viviendo. De verdad.
Elena se pone en pie y mira la tumba una última vez.
—Gracias —murmura con una sonrisa pequeña, luminosa—. Por devolverme la vida.
El viento recorre el cementerio. Las flores se balancean sobre la lápida húmeda. Durante un instante, muy breve, Elena juraría oír una risa familiar mezclándose con el aire, y una de las flores rueda sola sobre la piedra, como si alguien acabara de darle un pequeño golpe teatral desde el otro lado.
Y Elena sonríe, porque el futuro ya no parece una habitación vacía.
FIN