CAPÍTULO 11. LA CASA VACÍA
Un lunes por la mañana, Elena baja a la cocina y el silencio la recibe antes que el café. No hay música. No hay comentarios ofensivos sobre su desayuno. No hay un fantasma atravesando muebles con la elegancia de un elefante en una cacharrería.
Elena se queda quieta, esperando oír algo.
Un comentario sobre su pijama, una crítica moral a la cantidad exagerada de café que consume una mujer de su edad; incluso aceptaría uno de aquellos discursos insoportables sobre cómo las tostadas «deben tener ambición».
Mira hasta el techo por pura costumbre, porque Nicolás ha desarrollado la desagradable manía de asomarse boca abajo desde lugares imposibles para comentar cosas como «ese yogur tiene la energía de un funcionario deprimido».
Nada. Y el problema no es solo el silencio. El problema es que Elena ya se había acostumbrado a no estar sola.
El café empieza a hervir demasiado tiempo en la cafetera italiana, y por primera vez desde que llegó a esa casa, Elena siente miedo de verdad. No miedo sobrenatural, a fantasmas, maldiciones o cuadros victorianos con aspecto homicida. Algo muchísimo peor. Miedo al vacío.
—Nicolás —llama, intentando sonar tranquila.
Silencio. La llamada se queda suspendida en la cocina, enorme y fría. Elena deja la taza, todavía vacía, sobre la encimera con demasiada fuerza y recorre la planta baja abriendo y cerrando puertas, aunque sabe que abrir puertas es bastante inútil cuando uno busca entidades incorpóreas.
—Vale. Muy gracioso. Ya puedes salir.
Nada. El salón está inmóvil. Las ventanas no se abren solas.
Ningún libro cae de las estanterías. La lámpara ni siquiera parpadea.
La casa parece… apagada, y eso resulta angustioso.
Antes respiraba, crujía, susurraba. Las tuberías sonaban a horas imposibles y las radios se encendían solas cuando Nicolás discutía consigo mismo sobre Frank Sinatra. Ahora el caserón solo parece viejo.
Elena sube las escaleras demasiado deprisa para una mujer con las rodillas en guerra permanente contra las pendientes arquitectónicas.
Lo busca en la biblioteca, en el ático, incluso en el baño absurdo del segundo piso donde una vez se plantó intentando convencerla de que los patos de goma «tienen potencial dramático».
No está. El caserón entero parece distinto sin él: más viejo, más húmedo, más vacío, como si Nicolás hubiera sido el ruido vital de aquellas paredes durante décadas y alguien acabara de desenchufar algo.
Lo encuentra casi una hora después, en la habitación azul.
Está sentado junto a la ventana, mirando el bosque bajo la lluvia, y por un momento Elena ni siquiera respira, del alivio.
Luego lo observa bien y el alivio se transforma en otra cosa, porque Nicolás parece transparente.
No con esa translucidez suave a la que ya se había acostumbrado.
Ahora la lluvia y los árboles se ven a través de él. Elena se queda quieta en la puerta.
—Joder.
Nicolás gira apenas la cabeza y sonríe con debilidad.
—Buenos días.
Elena espera algún comentario disparatado después.
Algo sobre su pelo, sobre la lluvia, sobre cómo las personas que desayunan avena «carecen de espíritu revolucionario»…
Pero Nicolás no añade nada, y Elena comprende que eso es peor que la transparencia.
Hasta su voz suena más lejana. Ella cruza la habitación de inmediato.
—¿Qué está pasando?
—Nada.
—No vuelvas a decirme «nada» cuando pareces una foto mal revelada.
Él deja escapar una risa pequeña, cansada. Elena se arrodilla frente a la silla y por un instante tiene miedo de atravesarlo si intenta tocarlo. Nicolás lo nota enseguida.
—Eh —murmura—. Sigo aquí.
Pero incluso eso suena temporal. Elena aprieta la mandíbula.
—¿Cuánto tiempo?
Él tarda en responder.
—Unos días.
—¿Unos días?
—Quería… arreglarlo primero.
—¡No puedes decir «arreglarlo» como si fueras una tostadora averiada!
Nicolás vuelve la vista hacia la ventana.
—Cada vez cuesta más.
La lluvia golpea el cristal detrás de él y Elena siente cómo el pánico se abre paso en su pecho, frío y espeso, porque ya sabe lo que significa, no necesita que nadie se lo explique.
Los fantasmas desaparecen cuando dejan de estar atados, y Nicolás…
Nicolás está soltando la casa. La comprensión le golpea tan fuerte que tiene que apartar la mirada un segundo.
—No —dice en voz baja.
Nicolás vuelve a mirarla.
—Elena…
—No.
La palabra sale rota. Porque claro que iba a pasar.
Era absurdo pensar otra cosa. Él estaba muerto.
Muertísimo. Técnicamente cadáver desde antes de que internet existiera.
La lógica llevaba meses gritándole que aquello no podía durar.
Pero enamorarse vuelve imbéciles a los seres humanos, y Elena llevaba demasiado tiempo fingiendo que todavía no estaba ocurriendo.
—No puedes desaparecer ahora —dice, intentando sonar enfadada y fracasando de forma humillante—. Todavía no has terminado de criticar mi gusto televisivo.
—Siempre seguirá siendo terrible.
—Y aún no me has enseñado a bailar tango.
—Ni yo sé bailarlo. Y tú eres rígida como una tabla de planchar con aspiraciones.
Ella se ríe, o más bien hace un sonido raro que termina convirtiéndose en algo bastante parecido a llorar. Nicolás baja la mirada de inmediato.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Parecer triste por mí.
Elena lo mira con incredulidad.
—¿Perdona?
—No quiero que me recuerdes con tristeza.
Ella se pone en pie tan rápido que la silla cercana se tambalea.
—¿Y cómo quieres que te recuerde? ¿Como el muerto insufrible que escondía mis mantas y provocaba actividad paranormal en el váter?
—Funcionaba bastante bien como estrategia motivacional.
—¡Nicolás!
La habitación vibra apenas, muy poco, como un eco cansado de lo que antes ocurría. Eso asusta a Elena más que cuando explotaban las lámparas, porque incluso la casa parece demasiado agotada para reaccionar. Nicolás cierra los ojos un momento.
—Antes era más fuerte.
—Pues deja de ser un idiota y vuelve a serlo.
—Ojalá funcionara así.
Elena se aparta de él porque de pronto necesita moverse. Camina hasta la ventana. Luego vuelve. Después otra vez.
—Esto es absurdo.
—Bastante.
—No puedes simplemente… desaparecer.
—Los vivos lo hacéis todo el tiempo.
La frase cae entre ambos con una suavidad devastadora. Elena se queda sin respuesta. Nicolás sonríe apenas.
—Eso era lo peor de estar muerto, ¿sabes? —dice, mirando la lluvia—. Al principio piensas que lo difícil será morirte. Pero no. Lo difícil es ver cómo todo continúa sin ti. La gente sigue trabajando. Riéndose. Enamorándose. Comprando pan. Y un día te das cuenta de que el mundo jamás se detuvo.
Se ríe bajito.
—Es humillante, en realidad.
Elena lo mira sin entender.
—Pasas años creyendo que tu ausencia será capaz de destruir algo, y luego descubres que la gente sigue comprando detergente y pagando hipotecas con total normalidad.
A Elena le suben las lágrimas a la garganta, brutales.
—Cállate.
—Elena…
—He dicho que te calles.
La voz le tiembla, porque no puede soportar la calma con la que él habla de desaparecer, como si ya lo hubiera aceptado, como si ella tuviera que aceptarlo también…
Y una mierda. Sale de la habitación antes de echarse a llorar delante de él como la protagonista de un drama británico con demasiada chimenea y poca solución.
Lo encuentra horas después en el sofá del salón, o más exactamente, encuentra lo que queda de él.
Nicolás está medio tumbado frente a la chimenea apagada, con los ojos cerrados y el cuerpo tan translúcido que el estampado del sofá atraviesa su camisa.
Elena se queda quieta en la puerta. Cuando llegó, el silencio de esta casa era lo único que quería; ahora daría cualquier cosa por volver a oírla llena de él.
Nicolás abre los ojos al notar su presencia.
—Estás mirándome raro.
La voz le sale débil, pero todavía intenta bromear. Elena cruza la habitación.
—Pareces una servilleta encantada.
Él sonríe un poco.
—Eso es ofensivo incluso para estándares paranormales.
Elena se sienta a su lado sin hablar, porque de repente entiende algo insoportable: ya está empezando a echarlo de menos aunque todavía siga allí.
El resto del día resulta horrible. La casa permanece silenciosa.
Ya no suenan radios antiguas. Nadie abre las cortinas.
Nadie reorganiza objetos por «motivos artísticos».
El caserón vuelve a parecer justo lo que era cuando Elena lo compró: un edificio viejo lleno de humedad y tristeza.
Y eso le hace comprender algo espantoso: nunca fue la casa lo que lo cambió todo.
Fue él. Nicolás había llenado aquellas habitaciones de vida hasta conseguir que hasta las paredes parecieran respirar distinto.
Ahora el silencio vuelve a acumularse en rincones y pasillos como si fuera polvo.
Esa noche Elena intenta leer junto a la chimenea y fracasa.
Intenta cocinar y tampoco sale bien. Termina sentada en el suelo del salón, abrazándose las rodillas mientras las brasas se apagan.
Entonces entiende por qué Nicolás se empeñó tanto en salvarla desde el principio.
Porque perder las ganas de vivir no ocurre de golpe: ocurre así, en silencio, una habitación vacía detrás de otra.
Oye un ruido suave a su espalda y, al girarse, encuentra a Nicolás apoyado en el marco de la puerta, o lo que queda de él. Su cuerpo parpadea débilmente por momentos, como una señal de televisión antigua perdiendo cobertura. Elena siente que algo se rompe dentro de ella y él intenta sonreír.
—Sigues dejando enfriar el café.
Y eso es lo que termina de destrozarla, porque incluso ahora sigue intentando cuidar de ella. Cruza el salón tan rápido que casi tropieza con la alfombra y se detiene justo frente a él.
—No quiero perderte.
Abre la boca varias veces antes de conseguir seguir hablando.
—Esto es ridículo.
Nicolás la mira en silencio.
—Tengo cincuenta y tres años. He criado hijos, he firmado hipotecas, he sobrevivido a un divorcio y a cenas familiares donde servían piña en platos con forma de cisne.
La voz se le rompe.
—Y aun así tú eres lo que más miedo me da perder.
La frase sale rota, desnuda, llena de terror.
Nicolás deja de sonreír. Solo la mira, y en su expresión aparece algo peor que la tristeza: amor.
Ese amor inmenso y desesperado de alguien que también querría quedarse pero no sabe cómo.
Levanta una mano temblorosa para tocarle la cara y sus dedos apenas consiguen rozarla antes de empezar a atravesarla.
Y por primera vez desde que llegó al caserón, Elena comprende qué es realmente aquella casa. No es un refugio, ni una ruina, ni una casa maldita. Es el lugar donde alguien la ha amado hasta devolverla a la vida. Y ahora debe aprender a dejarlo marchar.