CAPÍTULO 10. NO QUIERO PERDERTE
Después de hablar con Elsa, Elena no puede dejar de mirar a Nicolás, y cuanto más lo mira, más detalles pequeños encuentra.
Nicolás tarda más en acudir cuando ella lo llama.
A veces atraviesa objetos sin querer, aunque esté quieto.
También empieza a olvidar cosas mínimas.
Una mañana se queda callado en mitad de una crítica larguísima sobre Bruce Springsteen y luego pregunta:
—¿Cómo se llamaban aquellas cosas donde rebobinábamos canciones con bolígrafos?
Elena tarda en responder.
—¿Casetes?
Nicolás chasquea los dedos.
—Eso. Joder. Acabo de olvidarlo durante un minuto entero.
Elena intenta reírse.
—Bueno, tampoco eran una tecnología demasiado sofisticada.
—No, pero eran mías.
Y ahí está otra vez el miedo. Porque Nicolás siempre hablaba del pasado como algo vivo, brillante, exagerado.
Ahora empieza a sonar como alguien que lo mira desde muy lejos.
Otras veces, ciertas partes de él parpadean durante medio segundo, como una imagen defectuosa en un televisor antiguo.
Y cada vez que Elena intenta preguntarle, él cambia de tema con una habilidad irritante.
—No estás comiendo suficiente fruta.
—Nicolás.
—¿Sabías que las mandarinas desaparecieron de mi existencia después de 1987? Estoy viviendo un renacimiento cítrico.
—Nicolás.
—También me he perdido internet. Eso me sigue pareciendo ofensivo.
Ella acaba arrojándole una servilleta. La servilleta lo atraviesa y Nicolás finge indignación.
—Eso ha sido violencia doméstica paranormal.
Pero Elena ya no se ríe igual, porque empieza a comprender algo horrible: Elsa tenía razón y los fantasmas no se quedan para siempre. Y Nicolás cada día parece menos anclado a la casa.
La noche del desastre llega, por supuesto, con tormenta, porque sus vidas parecen gobernadas por una entidad literaria obsesionada con el dramatismo atmosférico.
La lluvia golpea los ventanales con fuerza mientras el viento hace crujir el caserón entero.
Elena intenta leer junto a la chimenea, aunque lleva diez minutos mirando la misma página sin procesar una sola palabra.
Nicolás está tumbado en el aire frente al fuego, observándola en silencio.
Eso ya es raro de por sí, porque él jamás permanece callado tanto tiempo.
—Estás pensando demasiado fuerte.
—Y tú estás evitando conversaciones como un adolescente torpe.
—Eso es injusto. Yo era un adulto torpe.
—Llevas diez minutos mirando fijamente una lámpara apagada.
—Estoy vigilándola.
—¿Por qué?
—La última explotó por motivos románticos y ya no confío en la iluminación doméstica.
Ella deja el libro a un lado.
—¿Cuánto tiempo?
Nicolás no responde, y Elena siente el corazón golpeándole en el pecho, porque sabe que él entiende la pregunta a la perfección. Aun así insiste, tras unos segundos de silencio.
—¿Cuánto tiempo te queda aquí?
La lluvia parece intensificarse alrededor de la casa. Nicolás cierra los ojos un instante antes de incorporarse en el aire.
—No lo sé.
—Yo creo que sí sabes algo.
Él tarda en responder, y eso ya es respuesta suficiente.
Elena siente cómo el miedo se abre paso dentro de ella, lento y espeso, y además llega tarde.
Tardísimo, porque a pesar de saber desde el principio que enamorarse de un muerto era una idea espantosa, no ha podido evitarlo. Y aun así aquí está.
—Elena…
—No —lo corta ella, poniéndose en pie demasiado rápido, y empieza a caminar por el salón, nerviosa—. No quiero escuchar ninguna estupidez noble sobre «aprovechar el tiempo» o «siempre supimos que esto pasaría». No quiero discursos de película independiente con música triste de piano.
—No pensaba decir eso.
—Perfecto, porque te juro que si empiezas a hablar como un poeta moribundo voy a tirarte agua bendita.
Nicolás sonríe un poco, pero apenas le dura un segundo.
—Me cuesta permanecer aquí cuando… cuando por fin dejo de sentirme atrapado.
Elena se queda quieta.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Creo que sí lo tiene —dice él, con la voz frágil—. Los fantasmas nos quedamos atrapados por cosas que no podemos soltar. Pero contigo ya no siento eso.
Elena deja escapar una risa pequeña y rota.
—Fantástico. Así que ayudarme resulta contraproducente para mis intereses románticos.
Nicolás baja la vista.
—Cuando llegaste, esta casa parecía un ataúd enorme. Y tú… tú parecías alguien esperando morir despacio.
Levanta otra vez los ojos hacia ella.
—Ahora vuelves a vivir. Y yo… ya no siento que desperdiciara mi vida del todo.
Se ríe bajito, pero suena roto.
—Lo curioso es que ahora entiendo por qué la gente se aferra tanto a vivir.
Elena nota enseguida el nudo en la garganta. Nicolás la mira como si acabara de descubrir algo cruel.
—Porque cuando por fin encuentras algo que te hace feliz… ya no quieres irte a ninguna parte.
Eso la destroza, porque lo entiende del todo, y porque una parte horrible de ella quiere odiarlo, gritarle, exigirle que siga roto y atrapado, muerto y miserable, si eso implica quedarse. Pero no puede, porque lo quiere.
El silencio se vuelve insoportable. Luego Nicolás habla muy bajo.
—No quiero irme.
Y ahí está el verdadero problema, porque Elena le cree. Cruza la habitación en tres zancadas. No piensa, no razona, solo llega hasta él y le agarra la camisa con ambas manos, como si pudiera sujetarlo al mundo por pura cabezonería. Nicolás se queda clavado en el sitio.
—Elena…
—Cállate — le ordena con voz temblorosa.
—Soy demasiado mayor para enamorarme así. Esto no entraba en mis planes. Tú no entrabas en mis planes.
Él la mira con una intensidad casi dolorosa, y entonces ocurre algo: no atraviesa sus manos.
Por el contrario, el cuerpo de Nicolás se vuelve sólido bajo sus dedos poco a poco, como si la casa entera estuviera haciendo un esfuerzo gigantesco para mantenerlo allí.
El aire vibra, las luces parpadean y Elena nota su respiración, o algo muy parecido a respirar.
Nicolás le acaricia la cara con una mano temblorosa, como si todavía no terminara de creer que puede hacerlo.
—Esto parece peligroso.
—Sí.
—Deberíamos detenernos.
—Sin duda.
Pero no se apartan. Nicolás intenta acercarse demasiado rápido y atraviesa parcialmente el brazo de Elena antes de recomponerse, horrorizado.
—Perdón.
—No te disculpes en mitad de un momento romántico sobrenatural.
—Estoy improvisando corporeidad, Elena.
Entonces consigue sostenerle la cara entre las manos y el mundo entero parece contener la respiración.
El beso no es elegante. Nicolás besa como alguien que lleva décadas muerto y acaba de recordar de golpe qué es necesitar a otra persona.
Elena responde igual de mal, porque hace años que nadie la mira como si fuera importante.
Y justo entonces explota una ventana.
—¡¿Qué ha sido eso?!
—¡Creo que el techo del pasillo!
Una lámpara estalla y el suelo vibra bajo sus pies, pero ninguno se aparta todavía, porque Nicolás sigue sosteniéndola.
De verdad, sólido, real. Y Elena siente las lágrimas acumulándose en los ojos, incontenibles.
Nicolás apoya la frente contra la suya mientras, alrededor de ambos, el caserón decide que ese es el momento perfecto para perder la compostura por completo.
—Esto está empeorándolo —susurra él.
—Lo sé.
Todas las radios de la casa empiezan a sonar al mismo tiempo. Raphael desde el comedor. Frank Sinatra desde el pasillo. Una copla antiquísima de Juanita Reina desde el piso de arriba… La escalera cruje como si el caserón entero estuviera atravesando una crisis nerviosa arquitectónica.
—¡¿Está sonando música en el baño?!
—¡No tengo control sobre esto!
Arriba vuelve a oírse otro crujido enorme, con muchas posibilidades de ser estructural y sin duda caro, pero Elena ya no puede fingir que no entiende la verdad.
Cuanto más le demuestra Nicolás su amor…
más cerca está de desaparecer. Y por primera vez en muchísimos años, perder algo vuelve a dolerle como a una persona viva.