CAPÍTULO 9. LOS VIVOS SIEMPRE SE VAN
El primer indicio de que algo empieza a ir mal llega un martes por la mañana, justo ocho segundos después de que Nicolás insulte una tostadora.
—Te estoy diciendo que antes las cosas tenían más dignidad —protesta desde la encimera, señalando el aparato con decepción moral—. Ahora todo pita. ¿Por qué pita todo? Una tostadora no debería sonar como un camión dando marcha atrás.
Elena se sirve café sin prisa.
—Creo que tu problema real es haber muerto antes de internet.
—Mi problema real es que las cocinas modernas parecen consultas dentales.
Elena va a responder algo cuando oye un clic seco procedente del pasillo. Luego otro. Y otro más. Ambos giran la cabeza al mismo tiempo. Los tres relojes antiguos del recibidor acaban de detenerse a la misma hora. Nicolás frunce el ceño.
—Eso es nuevo.
—¿Qué significa?
—Por lo general, esta casa funciona como una anciana poseída por la cafeína. Nada aquí permanece quieto.
Elena siente un escalofrío pequeño e incómodo mientras uno de los relojes intenta arrancar otra vez y fracasa con un sonido triste.
—No me gusta esa explicación.
—A mí tampoco, y podríamos decir que soy parte del problema.
Entonces Nicolás intenta atravesar la pared hacia el comedor, como hace siempre, pero algo sale mal.
Durante un instante su cuerpo se queda atrapado a medias dentro del marco de la puerta.
No de forma cómica. Más bien… incorrecta.
Como una imagen mal sincronizada. Nicolás parpadea.
Luego mira hacia abajo. Solo tiene medio torso fuera de la pared.
—Oh.
Elena deja la taza sobre la mesa.
—¿Qué significa «oh»?
—Nada tranquilizador.
Él intenta moverse otra vez y esta vez sale de golpe, demasiado rápido, y se tambalea unos centímetros sobre el suelo antes de recuperar la estabilidad. La lámpara de la cocina parpadea. Después también lo hace él. Solo un instante, como una bombilla agotándose.
Elena siente un vacío inmediato en el estómago.
—Nicolás.
—Probablemente sea fatiga espectral.
—Eso suena inventado.
—La medicina paranormal todavía tiene lagunas importantes.
Intenta bromear, pero la voz le llega rara, como si durante una fracción de segundo hubiese hablado desde muy lejos.
Entonces ocurre otra cosa: la radio del salón, que llevaba toda la mañana sonando bajito, se apaga sola.
No de golpe, sino como si alguien fuese bajando poco a poco el volumen.
Y ahí Elena entiende que algo va mal de verdad.
Durante el resto del día siguen ocurriendo pequeñas cosas. Nada espectacular, nada dramático, y precisamente por eso resulta peor. Nicolás desaparece unos segundos en mitad de una frase sobre Frank Sinatra y reaparece mirando alrededor con auténtica confusión.
Antes, cuando Nicolás se enfadaba, las ventanas temblaban.
Cuando se reía, las bombillas parpadeaban y la casa parecía respirar a su alrededor como un animal enorme y antiguo.
Ahora no. Ahora Nicolás cuenta una historia absurdísima sobre un cura que intentó exorcizarlo en 1998 con agua bendita robada de una botella de Font Vella, y no ocurre nada.
Ni una luz, ni un crujido, ni siquiera suenan las tuberías.
El silencio resulta rarísimo. Nicolás también lo nota, porque deja de hablar a mitad de frase.
Y por primera vez desde que Elena lo conoce, parece escuchar la casa igual que ella. Vacía.
—Esto se parece a cuando una empresa despide empleados quitándoles primero la cafetera —murmura desde debajo de la alfombra.
Más tarde, Elena descubre algo todavía peor.
Uno de los relojes del recibidor llevaba meses estropeado y solo funcionaba cuando Nicolás pasaba cerca, porque la casa hacía cosas inexplicables a su alrededor.
Ahora está completamente quieto, con las agujas inmóviles.
Elena lo mira. Luego gira la cabeza hacia Nicolás y repara en que él también está mirando el reloj y aparta la vista demasiado rápido.
Elena intenta sonreír, porque sabe que él está haciendo esfuerzos enormes por mantener el tono ligero esos días, pero algo dentro de ella empieza a tensarse con una lentitud insoportable.
Aquella noche lo encuentra sentado junto a la ventana del salón, sin moverse, mientras la lluvia resbala por los cristales y el bosque oscuro se balancea al otro lado como una respiración gigantesca.
Nicolás mira el exterior con expresión ausente y durante un segundo Elena siente un miedo irracional, casi infantil, porque puede ver los árboles con claridad a través de él.
No mucho, solo un poco más de lo normal, pero suficiente.
—Nicolás.
Él levanta la cabeza. Sonríe tarde. Demasiado tarde para que Elena no se preocupe.
—¿Sí?
Ella se acerca, con la manta todavía alrededor de los hombros.
—Te estás apagando.
Nicolás baja la vista antes de responder.
—Bueno… piensa que llevo muerto décadas. La decadencia era esperable.
Ella no se ríe, y él suspira.
—No sé qué está pasando —admite al fin—. Nunca me había ocurrido algo así.
La lluvia golpea más fuerte las ventanas.
Elena se queda quieta frente a él sin saber qué decir, porque el problema es que empieza a comprenderlo.
Siente como si algo dentro de la casa hubiese cambiado desde aquella noche en el ático.
Desde el reloj. Desde el momento en que él empezó a mirarla como si volver a existir fuese posible.
Y quizá ahí esté precisamente el problema.
Los siguientes dos días son una colección de pequeñas alarmas disfrazadas de normalidad.
Nicolás sigue hablando sin parar. Sigue criticando documentales infumables, reorganizando libros y haciendo comentarios ofensivos sobre sus elecciones culinarias, pero hay momentos en que simplemente…
falla. Parpadea, se vuelve translúcido o se queda congelado como alguien intentando recordar algo importantísimo.
El peor momento llega el jueves, mientras Elena cocina pasta.
Nicolás está sentado sobre la encimera, explicándole por quinta vez por qué el ajo es una emoción además de un ingrediente, cuando de repente desaparece a mitad de frase.
No de forma gradual, como humo. Simplemente deja de estar ahí. A Elena el corazón se le dispara.
—¿Nicolás?
Nada. La cocina se queda en silencio, salvo por el hervor del agua y la lluvia contra las ventanas.
—Nicolás.
Esta vez casi suena desesperada.
Entonces él reaparece junto a la nevera, con expresión desconcertada.
—…y por eso las personas que no usan ajo con toda seguridad están vacías por dentro.
Elena lo mira fijamente.
—Acabas de desaparecer.
Nicolás parpadea.
—¿Qué?
—Durante casi diez segundos.
Él intenta bromear.
—Bueno, tampoco es mi récord más humillante. En 1997 desaparecí dentro de un armario empotrado durante dos días.
Pero la sonrisa no le dura, porque él también empieza a asustarse.
Elena tarda en decidir a quién llamar porque, por desgracia, «creo que el fantasma del que me estoy enamorando podría estar desintegrándose» no aparece en ningún manual práctico para mujeres divorciadas.
Al final piensa en Elsa. Elsa de las Cenizas, para ser exactos, que sigue teniendo el nombre más ridículo que Elena ha oído jamás, y eso incluye a un peluquero de Santander llamado Aitor Tilla.
La conoció años atrás, cuando la chica todavía era adolescente y estudiaba en el mismo instituto que su hija.
Hubo un problema horrible que Elena nunca ha terminado de comprender —algo relacionado con una funeraria, ataques de ansiedad y una experiencia sobrenatural bastante ilegal— y durante meses Elsa prácticamente vivió en su casa, porque era incapaz de quedarse sola.
Elena le preparaba cenas, la ayudaba con los exámenes y fingía no escuchar ciertas conversaciones inquietantes sobre cementerios y espíritus.
Desde entonces, Elsa la llama una vez al año por Navidad y tiene la costumbre preocupante de saber demasiado sobre fantasmas.
Esa misma noche Elena se decide a llamarla.
Tarda media hora en hacerlo, porque explicar «creo que me estoy enamorando de un fantasma que quizá se está muriendo otra vez» no es una conversación que una espere mantener con normalidad después de los cincuenta, pero al final acaba haciéndolo, escondida en el despacho pequeño del segundo piso mientras Nicolás escucha música antigua en la planta baja. La llamada conecta tras varios tonos.
—Si es otra maldición funeraria, esta semana no puedo. Estoy ocupada.
Elena parpadea.
—Hola a ti también.
Silencio breve.
—Ah. Elena. Perdón. Pensaba que eras otra persona con problemas espectrales.
—¿Te ocurre eso muy a menudo?
—Más de lo razonable, créeme.
Elsa sigue teniendo esa voz peculiar que Elena recuerda a la perfección: tranquila, joven y agotada al mismo tiempo, como alguien que lleva demasiados años viendo cosas imposibles y ya no conserva energía para sorprenderse.
Hablan unos minutos, durante los cuales Elena evita el tema.
Luego deja de evitarlo, porque no sabe cómo formularlo sin que suene a desequilibrio.
—Elsa… ¿los fantasmas pueden desaparecer?
Al otro lado se hace un silencio inmediato.
—¿Qué tipo de fantasma?
—Uno… bastante real y útil.
—Eso no aclara nada.
—Critica mis cortinas, reorganiza especias y cree que el ajo tiene propiedades espirituales.
—Ah. Fantasma doméstico. Esos son peores.
Elena aprieta más fuerte el teléfono.
—¿Pueden desaparecer o no?
—¿Hace cuánto empezó a sentirse… más presente?
Elena tarda un segundo en responder.
—Desde hace unos meses.
—¿Y más estable emocionalmente?
—Bueno… ahora se ríe muchísimo, discute conmigo y escucha a Raphael a todas horas, aunque creo que eso debería considerarse una enfermedad paranormal.
Elsa no se ríe.
—Elena, los fantasmas no suelen mejorar.
Eso le hiela algo por dentro.
—¿Qué significa eso?
—Que por norma permanecen atrapados en lo peor que sintieron. Miedo. Ira. Culpa. Obsesiones. Por eso son peligrosos. Porque no cambian.
La lluvia golpea más fuerte las ventanas del despacho.
—¿Y si cambian?
Silencio breve. Luego Elsa responde en voz muy baja.
—Entonces dejan de necesitar quedarse.
Un escalofrío trepa por la espalda de Elena.
—¿Cómo?
—Los fantasmas permanecen por cosas que no consiguen soltar. Asuntos pendientes.
Abajo, en la cocina, Nicolás empieza a cantar algo de Raphael, desafinando hasta provocar dolor de oídos, y la normalidad del sonido hace que todo resulte muchísimo peor.
—¿Y si lo superan?
—Entonces se van.
Elena deja de respirar un segundo.
—¿Irse significa…?
—Nadie lo sabe con exactitud —responde Elsa, con una suavidad inesperada—. Pero sí. Desaparecen.
La lluvia golpea los cristales del despacho mientras Elena siente cómo las piezas encajan en su cabeza de una forma insoportable.
La tristeza, la sensación de haber desperdiciado la vida, la culpa, el miedo: todo aquello había mantenido a Nicolás atado al caserón durante décadas.
Y ahora se ríe, quiere quedarse, vuelve a sentirse vivo… y eso podría estar matándolo otra vez.
Cuando baja las escaleras encuentra a Nicolás sentado sobre la encimera de la cocina, mirando la lluvia tras la ventana.
No está haciendo nada, y eso resulta extraño, porque Nicolás siempre está haciendo algo: hablando, flotando boca abajo, criticando electrodomésticos, cantando fatal.
Llenando la casa entera de ruido y de energía.
Ahora solo mira la lluvia, con la radio apagada. Elena lo observa desde la puerta.
—¿Qué haces?
Nicolás gira apenas la cabeza hacia ella y sonríe un poco. Demasiado poco.
—Pensaba.
—Eso nunca trae nada bueno.
—Por lo general, no.
El silencio vuelve a instalarse entre ambos.
Entonces Elena nota otra cosa: la cocina ya no reacciona a él.
Antes las bombillas vibraban cuando Nicolás estaba nervioso y las ventanas crujían cuando se reía demasiado fuerte.
El aire entero parecía alterarse alrededor de sus emociones.
Ahora nada. La casa permanece quieta, como si estuviese empezando a olvidarlo.
Y de repente Elena entiende algo horrible: no es que Nicolás se esté debilitando, es que está dejando de pertenecer a este plano.
Él vuelve a mirarla justo entonces y su imagen parpadea un instante, muy pequeño, pero Elena lo ve y siente auténtico terror. Aun así sonríe, porque todavía no piensa decirle nada. Ni a él. Ni a sí misma.