Amor, ruinas y cadenas eternas (Crónicas del desastre sobrenatural nº 3) CAPÍTULO 8. LAS PEQUEÑAS COSAS
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CAPÍTULO 8. LAS PEQUEÑAS COSAS

Elena descubre que volver a sentirse viva resulta más agotador de lo esperado.

Nadie se lo había advertido. Las películas siempre enseñan el momento bonito: la protagonista sonríe bajo la lluvia, se compra flores carísimas o corre por una playa mientras suena música inspiradora.

Nadie explica la parte incómoda, aquella en la que una mujer de cincuenta y tres años se queda mirando una estantería de acuarelas en una papelería durante veinte minutos porque no recuerda qué cosas le gustaban antes de convertirse en una persona funcional para los demás.

Lo complicado empieza un lunes por la mañana, mientras Elena bebe café en la cocina y Nicolás mira la taza con expresión crítica.

—Sigues preparándolo fatal.

Ella levanta la vista.

—No puedes beber café.

—Eso no significa que no tenga estándares.

—Estás muerto.

—Por eso aprecio las pequeñas alegrías de la existencia.

Elena resopla y vuelve a llevarse la taza a los labios. Nicolás flota hasta colocarse frente a ella, con medio cuerpo dentro de la mesa.

—No, espera. Así no.

—¿Cómo que así no?

—Estás bebiendo café como alguien que necesita medicación.

—Necesito medicación.

—Sí, pero no mientras desayunas —la reprende con suavidad, apoyado en el aire con la tranquilidad irritante de quien jamás ha tenido problemas de espalda—. Primero, hueles el café.

Hace el gesto automático de coger la taza y sus dedos la atraviesan. La porcelana vibra un poco sobre la mesa, como si la casa hubiese intentado reaccionar a su frustración.

—Sigo considerando esto discriminación paranormal —murmura.

—Te recuerdo que moriste en 1987.

—Y aun así merezco cafeína.

Elena lo mira con agotamiento.

—Nicolás, es lunes.

—Exacto. Por eso necesitamos rituales psicológicos de supervivencia.

Ella suspira, pero obedece. El aroma caliente sube desde la taza: café recién hecho y lluvia tras las ventanas. La cocina está iluminada por una luz gris de otoño y la casa cruje a su alrededor. Nicolás sonríe.

—¿Ves?

—Sigo pensando que estás dramatizando una bebida caliente.

—Y tú llevas décadas sin fijarte en nada bonito durante más de cinco segundos.

Eso la deja callada, porque, por desgracia, tiene razón. Nicolás se ha convertido en algo irritante, una especie de Pepito Grillo fantasmal que señala pequeñas verdades incómodas con entusiasmo injustificado.

Durante las semanas siguientes se obsesiona con enseñarle cosas pequeñas, sin grandes transformaciones vitales ni discursos inspiradores: caminar sin prisa, leer por placer, dormir una siesta sin culpa… Existir sin tener que justificarse, y esto último le resulta a Elena especialmente difícil.

Una tarde decide limpiar la cocina de forma compulsiva solo porque lleva una hora sentada leyendo y eso empieza a provocarle ansiedad física. Nicolás la mira desde encima de la nevera con creciente indignación espectral.

—¿Qué haces?

—La encimera tiene migas.

—Son dos migas.

—Las migas se expanden.

—Eso no funciona así.

Elena sigue limpiando con energía nerviosa mientras él la persigue por la cocina como un inspector de sanidad con poderes espectrales.

—Llevas una hora sin hacer nada productivo y tu cerebro ha entrado en pánico, ¿verdad?

—No estoy entrando en pánico.

—Has reorganizado tres veces los paños de cocina.

Ella aprieta los labios y Nicolás suspira.

—Ven conmigo.

—No.

—Elena.

—Estoy limpiando.

—Estás teniendo un brote doméstico.

Al final él consigue sacarla al porche delantero haciendo que los armarios de la cocina se abran y se cierren sin parar, hasta que ella amenaza con aprender exorcismos por internet. Terminan sentados frente al bosque húmedo, mientras llovizna entre los árboles. Elena se cruza de brazos.

—Esto es perder el tiempo.

—No. Esto es tener tiempo.

Ella no responde. Nicolás tampoco habla durante un rato, algo raro en él. El bosque respira alrededor de ambos y el viento mueve la hiedra de la fachada.

—¿Sabes qué creo? —dice él al final—. Que llevas tanto tiempo intentando merecerte el derecho a existir que ya no recuerdas que venía incluido de serie.

Elena siente el golpe de esas palabras en el pecho. Y Nicolás ni siquiera parece darse cuenta de lo acertado que acaba de estar, porque a continuación señala un cuervo enorme sobre una rama.

—Ese pájaro tiene energía de pandillero.

La primera pelea seria ocurre precisamente por culpa de una siesta. Elena se queda dormida en el sofá una tarde lluviosa, después de pasar toda la mañana limpiando el ático. Cuando despierta, sobresaltada, ya ha anochecido y siente el pánico automático de haber «perdido tiempo».

—Mierda.

Nicolás levanta la cabeza. Está tumbado en el aire, sobre la alfombra, y frente a él una revista vieja pasa páginas torpemente cada pocos segundos.

—Qué lenguaje tan elegante.

—Me he dormido dos horas.

—Sí. Ha sido precioso. Yo llevo veinte minutos intentando llegar al horóscopo y la casa insiste en abrirme recetas con gelatina.

—Tenía cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

Elena abre la boca. Luego vuelve a cerrarla, porque en ese momento no se le ocurre nada. Nicolás sonríe, satisfecho.

—Exacto.

Ella se incorpora, molesta.

—No puedo pasarme la vida descansando.

—Tú tampoco puedes pasarte la vida castigándote por sentarte quince minutos.

—No me castigo.

Nicolás arquea una ceja.

—Elena, el otro día pediste perdón en voz alta porque se te cayó una cuchara y estabas sola en la cocina.

Eso resulta difícil de defender, así que ella le lanza un cojín, que lo atraviesa sin esfuerzo.

—¡Eso ha sido agresión paranormal!

—¡Eso ha sido terapia gratuita!

Después empiezan los paseos. Elena sospecha que Nicolás se aburre dentro de casa, aunque él insiste en que «el bosque tiene una energía cinematográfica excelente». La obliga a salir cada tarde, aunque llueva un poco. O bastante. O diluvie.

—Los seres humanos normales no pasean voluntariamente bajo tormentas.

—Los fantasmas tampoco y aquí estamos.

El bosque resulta distinto cuando uno deja de atravesarlo pensando únicamente en facturas, divorcios y ansiedad existencial.

Elena empieza a notar cosas que llevaban allí todo el tiempo: el olor húmedo de los pinos, la niebla desplazándose entre los árboles como humo lento, el sonido de sus propias botas hundiéndose en el barro.

Y Nicolás hablando sin parar a su lado. Siempre hablando.

—Ahí me caí una vez intentando impresionar a una chica.

—¿Toda tu vida giró alrededor de impresionar mujeres?

—No. A veces también hacía el ridículo gratis.

Elena termina riéndose más durante aquellos paseos que en los últimos cinco años de su matrimonio.

El siguiente desastre empieza con la pintura. Todo ocurre porque Nicolás encuentra una caja en el ático llena de acuarelas secas y cuadernos olvidados.

—¿Pintabas?

Elena tarda en responder.

—Hace mucho.

—¿Por qué lo dejaste?

Ella se encoge de hombros, y esa es probablemente la respuesta más triste posible. Nicolás se queda mirando la caja, pensativo.

—¿Qué?

Él no responde. Frunce un poco el ceño y las tuberías crujen dentro de las paredes. Elena ya reconoce ese sonido. Significa problemas.

—Nicolás…

La caja cae sola desde la estantería del ático y ella da un respingo. Después empieza a deslizarse escaleras abajo, golpeando cada peldaño, uno por uno, hasta el último.

—¿La casa acaba de obedecerte?

Nicolás parece bastante orgulloso de sí mismo.

—Tenemos una relación laboral compleja.

—Eso no explica nada.

—Digamos que cuando paso mucho tiempo en un sitio… algunas cosas aprenden a reaccionar a mí.

—Antes solo reaccionaba a mí.

—La casa no discrimina. Reacciona a quien se queda el tiempo suficiente.

La caja golpea el último escalón y se abre, dejando escapar pinceles secos sobre el pasillo. Nicolás mira el desastre.

—Bueno. Elegancia quizá no, pero iniciativa sí. Vas a volver a pintar.

—No.

—Sí.

—Nicolás, no lo he hecho en décadas.

—Perfecto. Entonces las expectativas son bajísimas.

Ella se resiste durante dos días enteros. La tercera noche descubre que el fantasma ha colocado acuarelas, pinceles y papel sobre la mesa del comedor con la solemnidad de quien organiza un funeral con colores.

—Esto es manipulación emocional.

—Correcto.

—Podrías dedicar tus poderes a cosas útiles.

—Estoy intentando devolverle personalidad a una mujer que lleva años funcionando como una tostadora triste. Considero esto bastante útil.

Elena protesta, pero acaba sentándose. Al principio sostiene el pincel con incomodidad, como si usara una parte olvidada de sí misma; hasta la mano le tiembla. Nicolás se sienta frente a ella, callado durante el silencio más largo de la historia moderna del universo.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras presenciando el nacimiento de un animal en peligro de extinción.

—Es justo lo que estoy haciendo.

—Estás respirando muy fuerte.

—Estoy emocionado artísticamente.

—Pareces un documental sobre apareamiento de ballenas.

Nicolás se indigna tanto que una corriente paranormal recorre el comedor y todas las acuarelas salen disparadas de la mesa.

Una aterriza contra la pared, otra explota sobre una cortina y una tercera impacta en la cara de Nicolás.

Ambos se quedan paralizados. La acuarela azul atraviesa despacio su mejilla fantasmal antes de estrellarse contra el suelo.

—Esto habría sido bastante más humillante si siguiera siendo corpóreo —murmura él.

Elena se ríe tanto que acaba doblada sobre la silla.

Después, ya más calmada, empieza a pintar con cierta torpeza: colores suaves, lluvia, árboles, las sombras del bosque alrededor de la casa.

Nada especialmente bueno, pero tampoco terrible.

Y mientras pinta, algo ocurre: su respiración cambia, los hombros se relajan y durante casi una hora deja de pensar en todo lo que hizo mal en su vida.

Cuando levanta la vista del papel, Nicolás sigue mirándola. Está muy quieto, con una expresión tan suave que Elena nota el peligro de la situación.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar sintiendo cosas profundas y sobrenaturales.

—No puedo evitarlo. Acabas de parecer feliz durante cuarenta y siete minutos seguidos.

Eso le provoca un nudo en el pecho, porque él tiene razón. Ha sido feliz. Sin entusiasmo cinematográfico: una felicidad tranquila y serena, y quizá eso importe aún más.

Los días se llenan de pequeñas rutinas imposibles: café por las mañanas, música antigua en radios que nadie conecta, paseos bajo la lluvia, películas malas comentadas por un fantasma hablador…

Elena vuelve a leer novelas enteras junto a la chimenea mientras Nicolás corrige en voz alta las decisiones argumentales de los personajes.

—¡No puedes casarte con ese hombre! ¡Tiene energía de contable irresponsable!

—Nicolás, el libro transcurre en el siglo XIX.

—Los hombres irresponsables existían ya entonces.

Y poco a poco, casi sin darse cuenta, Elena empieza a hacer cosas que antes parecían imposibles. Se compra flores sin motivo, vuelve a ponerse pintalabios algunos días… Incluso baila sola alguna noche, cuando cree que Nicolás no está mirando. El problema es que Nicolás siempre está mirando.

Una de esas noches Elena está descalza en el salón, balanceándose al ritmo de una canción antigua que suena en la radio.

Ni siquiera baila bien: se mueve un poco mientras ordena libros.

Entonces gira y descubre a Nicolás mirándola junto a la chimenea, con una expresión tan emocionada que se detiene en el acto.

—No empieces.

—¿Sabes qué acabas de hacer?

—¿Humillarme?

—Has bailado sin sentir vergüenza.

Ella nota calor subiéndole por el cuello.

—Solo estaba moviéndome un poco.

—No. Estabas viviendo un momento completamente inútil solo porque te apetecía.

Elena se queda quieta, porque suena ridículo, pero también importante. Nicolás sonríe con suavidad.

—Esas son las cosas que hacen que la vida valga la pena.

El silencio que queda es cálido. La radio sigue sonando bajito, la lluvia golpea las ventanas, y Elena lo mira entendiendo de repente algo peligroso: Nicolás le está enseñando a disfrutar de las cosas pequeñas, pero hace semanas que le enseña algo bastante más difícil, que es a existir sin pedir disculpas a todas horas, y quizá nadie había hecho eso antes por ella.

Nicolás la mira en silencio desde el otro lado del salón. Luego sonríe un poco.

—Además ahora insultas mejor.

Elena suelta una carcajada cansada.

—Eso también te lo debo a ti.

—Estoy dejando un legado precioso.