Amor, ruinas y cadenas eternas (Crónicas del desastre sobrenatural nº 3) CAPÍTULO 7. LAS VIDAS QUE SE DEJAN PARA DESPUÉS
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CAPÍTULO 7. LAS VIDAS QUE SE DEJAN PARA DESPUÉS

Después de la lluvia en la biblioteca, las cosas se vuelven extrañas incluso para una casa con fantasma.

Nicolás empieza a evitarla. No lo hace de forma dramática: no desaparece durante días ni se convierte en una presencia atormentada escondida entre las paredes.

Sigue ahí. Habla. Hace comentarios sin sentido sobre sus desayunos.

Critica sus elecciones televisivas con la agresividad moral de un jubilado atrapado entre dimensiones.

Pero mantiene las distancias, y Elena lo nota enseguida, porque Nicolás siempre había ocupado espacio a su alrededor aunque en realidad no ocupara ninguno.

Flotaba cerca mientras ella cocinaba, asomaba junto a su hombro para leer por encima y tenía la costumbre irritante de mirarla como si el resto del universo fuese bastante menos interesante.

Ahora se queda al otro lado de las habitaciones, habla desde los marcos de las puertas, se sienta lejos de ella frente a la chimenea y evita cualquier contacto accidental como si Elena fuese dinamita emocional con detonador sensible.

Ella tarda tres días en cansarse. Ocurre un miércoles lluvioso, mientras prepara café y Nicolás finge interés por una grieta del techo que debe de llevar décadas ahí.

—¿Vas a seguir comportándote como si hubiera intentado exorcizarte?

Nicolás ni siquiera gira la cabeza.

—No me estoy comportando así.

—Ayer atravesaste una pared para no pasar a mi lado en el pasillo.

—Era un atajo eficiente.

—Nicolás.

Él suspira.

—No quiero inundar otra biblioteca hablando.

Elena deja la taza sobre la encimera.

—Solo explotaron algunos libros.

—¡UN DICCIONARIO ATRAVESÓ UNA VENTANA!

—Bueno, sí, pero era un diccionario de alemán. Tenía pinta de agresivo desde el principio.

Nicolás la mira de frente y ahí está otra vez el problema: esa vulnerabilidad que casi nunca deja ver.

Nicolás siempre parece alegre; incluso melancólico conserva algo luminoso, una energía imposible que vuelve ridícula la idea misma de tristeza permanente.

Ahora parece asustado, y eso inquieta a Elena más que cualquier fenómeno paranormal.

—No sé qué me está pasando —admite él en voz baja—. Antes nunca… bueno. Nunca sentía las cosas así.

—¿Así cómo?

Nicolás tarda en responder. La cocina se queda en silencio, salvo por la lluvia que golpea los cristales.

—Tan intenso.

Elena nota algo incómodo retorciéndose en el pecho, porque ella también lo siente, y los dos son demasiado mayores para fingir que no ocurre nada. O más bien lo es ella, porque él lleva décadas muerto y resulta difícil calcular ciertas cosas.

—Nicolás…

—No deberías enamorarte de un fantasma.

—Eso ha sonado más dramático de lo necesario.

—Estoy muerto, Elena. La teatralidad viene en el pack.

Ella resopla, pero Nicolás no sonríe esta vez; sigue mirándola con una tristeza callada. Entonces Elena comprende algo.

—Nunca hablas de tu vida.

Él aparta la mirada al instante, y ese gesto ya explica muchas cosas. La tensión se queda flotando entre ambos el resto del día. Nicolás desaparece unas horas después de la conversación y Elena intenta convencerse de que no le molesta. Fracasa con estrépito.

La casa parece más vacía cuando él no habla, más fría y silenciosa.

Elena se ha acostumbrado tanto a su presencia que el silencio vuelve a dolerle de maneras bastante inconvenientes, así que termina buscándolo y lo encuentra en el ático.

Naturalmente: toda entidad sobrenatural con problemas acaba tarde o temprano escondida en un ático durante una tormenta.

El lugar huele a polvo viejo y madera húmeda.

Hay cajas apiladas y muebles cubiertos con sábanas, y una pequeña ventana desde la que se ve el bosque oscuro balanceándose bajo el viento.

Nicolás está sentado sobre una mesa antigua, mirando hacia fuera con expresión ausente. Elena se acerca con cuidado.

—Muy cliché todo esto.

—¿El qué?

—El fantasma triste escondido en un ático.

—También podría haber elegido un cementerio, pero los cementerios son para fantasmas con más sentido de la estética que yo.

Eso arranca a Nicolás una sonrisa pequeña, aunque no parece satisfecho. Elena se sienta sobre una caja frente a él.

—Cuéntamelo.

Él guarda silencio largo rato. Abajo, la casa cruje alrededor de ambos.

—No hay mucho que contar.

—Eso nunca es verdad.

Nicolás deja escapar una risa seca. Luego baja la vista hacia sus propias manos translúcidas.

—Supongo que siempre pensé que mi vida empezaría más tarde.

Elena guarda silencio, porque reconoce enseguida el tono, ese tipo concreto de tristeza.

—Tenía planes absurdos —continúa él, con voz tranquila—. Quería viajar sin parar. Aprender idiomas. Vivir una temporada en Madrid. Incluso tenía una libreta —añade de pronto.

Elena levanta un poco la cabeza.

—¿Una libreta?

—Sí —responde, sonriendo apenas—. Apuntaba todas las cosas que iba a hacer «algún día».

—Eso suena muy optimista.

—Era horroroso. Muy motivacional. Daba vergüenza hasta estando vivo.

Elena resopla un poco.

—¿Y qué ponía?

Nicolás se queda callado un momento, mirando la lluvia tras la ventana pequeña.

—Aprender francés. Ver auroras boreales. Besar a alguien en un aeropuerto. Tener una cocina amarilla. Publicar un relato, aunque fuera malo. Aprender a bailar tango sin parecer una intoxicación alimentaria.

Elena siente un nudo suave en la garganta.

—¿Y llegaste a hacer algo de eso?

—Compré un diccionario de francés —responde él, con una sonrisa sin humor—. También soñaba con tener una banda, aunque no tocaba bien ningún instrumento. Era muy bueno teniendo potencial y espantoso haciendo cosas con él.

La lluvia golpea más fuerte el tejado.

—Y luego simplemente… seguí aplazándolo todo. Mi padre enfermó y tuve que trabajar más. Después llegaron las facturas, las responsabilidades, el cansancio… Ya sabes cómo funciona. Siempre había algo más urgente que vivir la vida que quería vivir.

Eso golpea a Elena directamente en el pecho, porque claro que lo sabe. Lleva décadas sabiéndolo. Nicolás se pasa una mano por el pelo, cansado.

—Y un día tenía treinta y cuatro años y estaba intentando arreglar una lámpara en una fiesta horrible, organizada por gente que ni siquiera me gustaba demasiado.

—Sigue pareciéndome una forma ridícula de morir.

—Lo fue —admite, con una sonrisa fugaz—. Ni siquiera estaba haciendo nada heroico. Solo quería impresionar a una mujer que con seguridad olvidó mi apellido tres semanas después.

Elena nota cómo algo se rompe con suavidad dentro de él al decirlo. No es dramatismo impostado: es tristeza antigua.

—¿Y cuando moriste…?

Nicolás tarda en responder. La lluvia golpea el tejado con irregularidad.

—Había mucha gente.

Elena parpadea, sorprendida.

—¿En la fiesta?

Él asiente.

—Música, alcohol barato, gente fumando en la cocina, alguien llorando en un baño por culpa de un músico argentino… Lo normal en los ochenta.

—Entonces no estabas solo.

Nicolás sonríe apenas, pero la sonrisa se le escapa enseguida.

—Ese era el problema —dice, mirándose las manos translúcidas—. Había gente alrededor todo el tiempo y aun así sentía que nadie me veía de verdad… Mi madre lloró muchísimo cuando morí. Durante años, creo. Pero incluso antes de morir ya me sentía… secundario en mi propia vida.

Elena lo escucha sin pestañear.

—¿Sabes esa sensación de despertarte un día y descubrir que llevas años aplazándolo todo? —continúa él—. Como si estuvieras calentando antes de empezar a vivir de verdad y de repente alguien apagara las luces del estadio. ¿Sabes qué pensé justo antes de morir?

Ella niega despacio. Nicolás sonríe con una tristeza devastadora.

—«Qué desperdicio». Porque eso era exactamente lo que sentía que había hecho conmigo mismo. Desperdiciar el tiempo. Ir dejando la vida para después hasta que ya no hubo después.

Elena no sabe qué decir, y quizá por eso duele tanto: porque entiende cada palabra. Nicolás baja aún más la voz.

—Creo que esa es la razón por la que sigo aquí.

Ella frunce el ceño.

—¿La casa?

Él asiente.

—Los fantasmas no funcionan como en las películas. No hay cadenas literales ni maldiciones elegantes. Solo… cosas que uno no consigue soltar —dice, mirando alrededor del ático, enorme y oscuro—. Y yo nunca pude soltar la sensación de haber desperdiciado mi vida entera.

Algo se encoge dolorosamente en el pecho de Elena, porque de repente entiende por qué Nicolás la reconoció tan rápido y por qué se obsesionó con hacerla salir, con obligarla a vivir, con enfadarla. Se veía a sí mismo: otra persona dejando pasar la vida desde una habitación triste.

—¿Como yo? —pregunta en voz baja.

Él esboza una sonrisa triste.

—Supongo que por eso me irritabas tanto cuando llegaste.

—Qué romántico.

—Parecías una versión futura de mí mismo, pero con mantas decorativas.

Ella suelta una risa pequeña, pese al nudo en la garganta, y Nicolás la mira con una emoción tan intensa que el ambiente del ático cambia. No explotan cuadros ni llueve dentro de casa, pero las partículas de polvo suspendidas a su alrededor empiezan a elevarse como estrellas diminutas.

—Cuando apareciste… De repente quería quedarme —dice él, con una vulnerabilidad casi insoportable—. Eso resulta bastante incómodo cuando llevas décadas muerto e intentando encontrar la forma de salir de aquí.

Elena lo mira largo rato. Nicolás intenta sonreír otra vez, pero le sale fatal.

—No deberías mirarme así.

—¿Así cómo?

Él deja escapar una risa breve y cansada.

—Como si esto pudiera terminar bien.

Elena se pone en pie despacio. Nicolás se tensa de inmediato al verla acercarse.

—Elena…

—Llevas semanas obligándome a vivir un poco más —murmura ella—. Ahora te aguantas.

Él parece querer responder, pero justo entonces Elena le aparta un mechón de la frente, por puro impulso, y lo toca. Los dos se quedan inmóviles, porque sus dedos no atraviesan nada: encuentran piel tibia y real, apenas durante un segundo. Nicolás inspira bruscamente, atónito.

La casa responde al instante: las luces del ático parpadean, una puerta golpea en el piso de abajo, el viento sacude las ventanas…

Pero no ocurre nada violento, solo un estremecimiento profundo que recorre el caserón, como si hubiera contenido la respiración durante décadas.

Nicolás la mira y Elena siente que algo se rompe dentro de su pecho.

—Eso no había pasado nunca.

Elena tampoco aparta la mano enseguida. Cuando por fin lo hace, la sensación se queda en la punta de sus dedos.

—Pues vas a tener que empezar a acostumbrarte.

—No sé si esto será muy sano.

La voz de Nicolás sale apenas como un suspiro.

Es absurdo que algo tan pequeño le haya acelerado el pulso a Elena de esa manera.

Un roce mínimo. Un segundo. Y, aun así, siente el cuerpo entero demasiado consciente de sí mismo.

Debería apartarse, decir algo sensato, recordar que está en un ático húmedo hablando con un hombre muerto que provoca terremotos cada vez que se pone nervioso. En lugar de eso, da un paso más.

—Nunca he tenido demasiado talento para las decisiones inteligentes.

Nicolás deja escapar una risa bajísima, incrédula y triste al mismo tiempo.

—Eso ya lo noté el día que llegaste.

Elena sonríe un poco, pero no aparta la mirada.

Fuera, la lluvia golpea el tejado con fuerza y el bosque entero parece respirar alrededor del caserón.

Nicolás la mira como si intentara memorizarla, y eso le hace daño de un modo que no esperaba, porque nadie la había mirado así en muchísimo tiempo. Como si verla importara de verdad.

—¿Sabes qué es lo más absurdo? —murmura Elena.

—¿Qué?

Ella tarda en responder.

—Que empiezo a entender por qué sigues aquí.

Nicolás se queda quieto. El silencio entre ambos cambia de golpe. Ya no es incómodo ni tenso. Es algo más íntimo, y más peligroso. Las luces del ático empiezan a parpadear.

—Elena…

—No —lo interrumpe ella con suavidad—. Escúchame tú ahora. Pasé años pensando que desaparecería sin dejar mucho hueco. Como un mueble viejo: lo quitas, notas el espacio un par de días y luego te acostumbras.

—Y entonces apareces tú, que criticas mis mantas y provocas lluvias interiores y… —se detiene y lo mira—. Vuelvo a tener hambre. Y rabia. Y ganas de comprar vestidos ridículos.

Hace una pausa larga.

—No creo que seas un desperdicio, Nicolás.

La casa entera cruje, pero no como antes, de forma violenta o amenazadora: es un sonido largo y profundo, casi un suspiro.

Entonces el viejo reloj del ático, detenido desde hace décadas bajo una capa de polvo, emite un clic seco y las agujas avanzan un minuto.

Ambos se quedan mirándolo. Nicolás palidece incluso para los estándares fantasmales.

—Ese reloj lleva parado desde antes de que yo muriera.

—¿Qué significa?

—No lo sé —confiesa tras un largo silencio.

Y eso, precisamente eso, es lo que da miedo de verdad.