CAPÍTULO 6. EL PROBLEMA DE ENAMORARSE DE UN MUERTO
El primer fenómeno paranormal serio ocurre un domingo por la tarde, justo cuatro segundos después de que Elena piense, sin querer, que Nicolás es muy guapo.
No lo piensa de forma dramática ni romántica. No hay música de fondo ni iluminación cinematográfica. Está apoyada contra la encimera de la cocina, pelando patatas y mirándolo hablar sobre cuánto odia las cocinas modernas.
—Todo ahora es gris —protesta él, flotando cerca del techo—. ¿Qué le pasó a los colores? En los ochenta las cocinas tenían personalidad. Algunas parecían discotecas con tostadora.
Elena resopla.
—En los ochenta también se sobrevivía a base de mayonesa radiactiva y decisiones decorativas criminales.
—Y aun así éramos felices.
Nicolás sonríe al decirlo, despeinado y luminoso, con esa energía desbordante que llena habitaciones enteras pese a estar muerto. Elena lo mira un segundo más de la cuenta y no puede evitar reconocer que es muy, muy guapo.
El cuadro del pasillo explota.
CRASH.
Ambos dan un respingo. Elena deja caer la patata en el fregadero y Nicolás atraviesa media lámpara del susto.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HA SIDO ESO?!
Desde el pasillo llega el sonido inequívoco de cristal rompiéndose contra el suelo. Nicolás parpadea. Elena sale de la cocina y encuentra el retrato horrible de la señora victoriana con cara de asesina destrozado sobre el parquet. El marco sigue vibrando.
—¿La casa acaba de sufrir un infarto?
Nicolás se materializa detrás de ella con expresión incómoda.
—No exactamente.
—Nicolás.
Él se rasca la nuca con gesto culpable.
—A veces pasan cosas cuando me altero emocionalmente.
Elena gira la cabeza.
—¿Alterarte emocionalmente hace explotar cuadros?
—No siempre. Una vez reventé un espejo en 1998 porque vi Titanic.
—Eso no mejora la situación.
—El final era muy triste.
Ella se inclina para recoger un trozo del marco roto mientras intenta ignorar el detalle más preocupante de toda la conversación.
—¿Y ahora por qué te has alterado?
Nicolás abre la boca. La cierra. Luego señala la patata abandonada en la cocina.
—Porque ibas a mutilarla con saña.
Elena lo mira.
—Eres pésimo mintiendo.
—Y tú demasiado observadora.
Los siguientes minutos se convierten en una investigación criminal de lo más disparatada.
Nicolás insiste en que el cuadro explotó por la humedad estructural, la mala energía victoriana o la condensación emocional acumulada, una explicación que Elena considera deplorable desde el punto de vista científico.
—Los marcos no tienen crisis nerviosas.
—No puedes demostrar eso.
Él empieza a pasearse por el pasillo intentando reproducir el fenómeno de forma «controlada», palabra preocupante en boca de un fantasma bastante inestable.
—Bien —dice Nicolás, colocándose frente a otro retrato espantoso—. Voy a pensar en algo neutro.
—Perfecto.
—Impuestos.
Nada ocurre. Nicolás asiente, satisfecho.
—Funcionó.
—Qué alivio.
Nicolás vuelve a concentrarse.
—La declaración de la renta.
El retrato vibra.
—Interesante.
Elena empieza a arrepentirse de participar en aquello.
—Ahora pensaré en algo desagradable.
—¿Más desagradable que Hacienda?
—Calcetines mojados.
Una lámpara explota en el piso de arriba, y ambos se quedan inmóviles.
—Eso parece desproporcionado —admite Nicolás.
Elena entrecierra los ojos.
—¿Y si piensas en algo que te ponga nervioso? —dice, mirándolo.
Una puerta se cierra de un portazo al final del pasillo.
Elena ya no necesita más pruebas.
Durante los días siguientes la situación empeora. Elena empieza a notar un patrón: cada vez que Nicolás se pone nervioso, ocurren cosas. Pequeñas al principio, como bombillas que parpadean o puertas que se abren solas. Luego empiezan los fenómenos absurdos.
Y todo se complica cuando Nicolás descubre que Elena tiene la costumbre de salir de la ducha cantando. No especialmente bien, pero con ganas, y lo justo para resultarle encantadora.
La primera vez es un martes por la noche. Nicolás intenta reorganizar una estantería, atravesando libros, cuando oye a Elena cantar algo de Rocío Jurado en el piso de arriba. Se queda congelado. Después, una taza explota sola en la cocina.
—¡¿Qué ha sido eso?! —grita Elena desde el baño.
—¡PROBLEMAS TÉCNICOS!
Elena descubre que cada vez que Nicolás intenta negar sus sentimientos, el tostador expulsa pan disparado como artillería.
—Esto empieza a parecer una metáfora agresiva.
—No lo hago a propósito.
—¡Me acaba de golpear una tostada en la frente!
Una tarde Nicolás se pone nervioso porque Elena le sonríe de un modo más cálido que de costumbre, y empieza a lloviznar sobre él.
—¿Está lloviendo solo encima de tu cabeza?
—Creo que sí.
—Pareces una depresión atmosférica con trauma afectivo.
Cada vez que Elena menciona a su exmarido, objetos pequeños se caen por la casa.
—¿Y ese ruido?
—No te preocupes, es solo que el salero ha decidido lanzarse al vacío.
Una noche, Elena sale de la ducha envuelta en una toalla y encuentra todas las cucharillas flotando alrededor de Nicolás, en mitad de la cocina.
—¿Por qué están volando los cubiertos?
Nicolás levanta la vista, horrorizado, y las cucharillas caen al suelo al instante.
Clang clang clang.
—No estaba prestando atención.
—¡Eso no responde nada!
—Bueno… estaba pensando.
—¿Y pensar convierte la cocina en Hogwarts?
Él suspira con expresión de derrota.
—Cuanto más fuertes son mis emociones, más difícil me resulta mantener la estabilidad física.
—Eso suena peligroso.
—Por lo general, no pasa nada grave.
Justo entonces una botella atraviesa la pared. Se miran un instante en silencio.
—De acuerdo. A veces sí pasan cosas graves.
Elena empieza a sospechar algo todavía peor pocos días después, durante una tormenta más fuerte de lo habitual. Está sentada junto a la chimenea, leyendo, mientras Nicolás, tumbado boca arriba en el aire, habla de películas antiguas imposibles de encontrar.
—Nadie aprecia el cine sobrenatural de los ochenta como merece.
—Porque la mitad eran personas gritando delante de humo verde.
—Eso es estética.
Elena sonríe un poco sin levantar la vista del libro, y entonces nota algo: el silencio.
Nicolás ha dejado de hablar, y eso ya es preocupante de por sí.
Levanta la vista y descubre que la está mirando, y no es una mirada casual: es la de alguien que ha olvidado lo que decía a mitad de frase.
Alrededor de ambos empiezan a flotar cosas: una página suelta, una cuchara, el mando de la televisión…
Elena ve cómo una manta abandona el sofá y se eleva por el aire con solemnidad fantasmal.
—Nicolás.
Todo cae al suelo de golpe.
—¡Joder! ¿Qué está pasando?
—Nada.
—¡LA GRAVEDAD ACABA DE RENDIRSE!
Nicolás se pasa las manos por el pelo, frustrado.
—No sé controlarlo bien.
—¿Controlar qué exactamente?
Él tarda en responder, y eso pone nerviosa a Elena.
—Nicolás.
El fantasma suspira.
—Las emociones fuertes afectan a… bueno. A esto —dice, señalándose entero con un gesto amplio—. Mi estabilidad se desmorona cuando mis emociones se vuelven más profundas.
Elena se queda callada. Hay una palabra flotando en medio de aquella conversación que ambos evitan. Él siente algo. De pronto el calor de la chimenea se vuelve excesivo, el repiqueteo de la lluvia se intensifica y el salón parece encogerse.
—Ah —dice ella al fin.
Nicolás aparta la mirada, y eso confirma más que cualquier confesión.
El problema empeora cuando Elena descubre que Nicolás sí puede tocarla.
No siempre y no de todo, pero puede. Sucede por accidente, una madrugada, mientras ella intenta alcanzar una caja de libros demasiado alta en la biblioteca.
La escalerita resulta una trampa mortal disfrazada de mueble doméstico y Elena pierde el equilibrio con un ruido alarmante.
—¡Mierda!
Nicolás acude en el acto y la agarra, solo un segundo: un brazo alrededor de su cintura, una mano sujetándola del codo.
Sólido. Real. Elena se queda quieta, porque por primera vez lo siente: calor, presión, contacto.
Nicolás también. Respira con dificultad, aunque técnicamente no lo necesita.
La transparencia de sus manos fluctúa alrededor del codo de Elena antes de deshacerse otra vez en humo translúcido.
—Eso no debería haber sido posible —murmura él.
Y por primera vez parece aterrado de verdad. La sorpresa le cruza el rostro tan rápido que casi parece miedo, y entonces el contacto se rompe: sus manos atraviesan el cuerpo de Elena y él retrocede como si se hubiera quemado.
La estantería entera explota a su espalda. Los libros salen disparados: uno impacta contra la lámpara, otro aterriza en la chimenea y varios quedan desparramados por el suelo. Elena sigue agarrada a la escalera, intentando procesar demasiadas cosas a la vez.
—¿Acabas de tocarme?
Nicolás parece horrorizado consigo mismo.
—No era capaz antes.
—¿ANTES?
—Lo normal es atravesar cosas cuando intento sujetarlas.
—¡¿Y ESO QUÉ SIGNIFICA?!
—¡NO LO SÉ!
Empieza a llover dentro de la biblioteca. Pequeñas gotas caen desde el techo mientras Nicolás sigue mirándola con pánico.
—Oh, no.
—¿Qué pasa ahora?
—Creo que estoy teniendo una crisis existencial paranormal.
—¡ESTÁ LLOVIENDO EN LA BIBLIOTECA!
—¡ESO YA LO ESTOY VIENDO!
Elena retrocede mientras los libros siguen desparramados por el suelo y el agua cae sobre ambos con una suavidad impropia. Entonces ocurre algo todavía peor: Nicolás vuelve a mirarla y toda la habitación empieza a temblar.
Se miran en silencio, porque los dos entienden la situación al mismo tiempo.
—Esto no parece muy sano —dice Elena.
Nicolás se ha quedado sin palabras y ella lo mira con atención. No parece avergonzado, sino asustado: como quien acaba de descubrir que su propio cuerpo ya no obedece las reglas habituales del universo. El agua sigue cayendo alrededor de ambos y algunos libros flotan a pocos centímetros del suelo.
—Nicolás…
—Nunca había pasado esto.
—¿El qué?
Él tarda en responder.
—Sentir algo tan fuerte —admite, con la voz débil—. Creo que enamorarme de ti está empezando a alterar las leyes de la física.
La lámpara explota. Oscuridad total. Y Elena, en mitad de la biblioteca inundada, rodeada de libros destruidos y lluvia sobrenatural, descubre algo tan peligroso como inconveniente: que tal vez ella también se está enamorando un poco.